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Cruz de Hierro

In document Division 250 - Tomas Salvador (página 189-194)

El nuevo frente ardía intermitentemente. Si algo nuevo había en todo aquello, en verdad, pasaba desapercibido para Conrado Venturán. Los últimos meses habían estado demasiado cargados de acontecimientos. Le quedaba un estupor perenne en las pupilas y una conformidad fatalista en todos los ademanes.

Pero Conrado tenía una cinta en el segundo ojal de la guerrera. Los alemanes llamaban aquello con uno de sus clásicos nombres compuestos que no había Dios que entendiera. Algo así como: Kriegsverdienstkr Kriegsverdienstkreuz, II euz, II klasse, mit klasse, mit SchwerternSchwertern. Un jaleo, desde luego. Los españoles lo decían más claro: Cruz de Hierro de Segunda Clase. De todas formas, era demasiado largo. Con decir: «la de Hierro», ya estaba bien. Todo en su punto y a nadie se le ocurría confundirla con la otra: «la de Palo», que exornaba las tumbas de los caídos.

Y que a Rusia se había ido por una de las dos cruces, bien seguro de que para encontrar la una había que pasar por la otra. No era un juego macabro de palabras, era una tremenda realidad. Tanta realidad que Conrado estaba un poco confuso. En realidad, la floración de las dos clases de cruces había sido extraordinaria. Los españoles se ganaban a pulso una y otra.

Conrado, por decir verdad, se sentía confuso porque la cinta sobre el pecho le obligaba a permanecer en héroe constantemente. Y Conrado Ventarán sólo se sabía pobre diablo, humilde diablo, españolísimo diablo dado a todos los diablos en la ruda verdad de la guerra. Tenía una cruz de Hierro… ¿Y bien? ¿Qué significaba? Que había estado ALLÍ. Y «Allí» era la sucesión cruenta y dilatada de nombres: Posición Navarro, Sitno, Russa, Otensky, Possad, Udarnik, Kopzy, Mal Samoschje… Pero otros muchos camaradas también habían estado, quedándose algunos para siempre. Claro que no era él sólo quien tenía florecida la verde tela del uniforme. En su compañía había veinte cruces de Hierro. Y veinte cruces de Hierro en los ochenta hombres escasos que restaban, una vez recuperados heridos y congelados, era una cifra extraordinaria.

Febrero se decantaba en una nerviosa interpolación guerrera. Los rusos habían roto el frente, después de mucho amagar, después de mucho tantear y castigar con su poderosa artillería las líneas alemanas. Alemanas, porque para los españoles constituía una amarga satisfacción saber que por donde ellos estaban todo había permanecido. Sin embargo, los antiguos pueblos otrora con resonancias españolas y pejigueras castrenses, Krutik, Kopzy, Udarnik, Miasnoi Bor, Lenjawino y otros muchos, quedaban al otro lado. La marea de ululantes rusos, gritando sus frenéticos hurras, los había sumergido. El regimiento cuatro-dos-dos, alemán, había relevado a los españoles en los últimos días de diciembre. Y por allí, hasta cerca de Schudowo, si los macutazos no mentían, se había roto el frente.

la altura de Poslbereja; Germanowa, otrora posición frontal al Wolchow, constituía ahora el ángulo sobre el cual giraba la nueva situación. Y en los pueblos de Ugolky, Kotowizy, Kirilowa y Tributchino se cocían los nuevos horizontes de las habas guerreras españolas. Suerte mulana, que decía Ramón Casado, que por haber servido en Regulares tenía empachado el árabe.

Sin embargo, todo hacía predecir que el ataque ruso había fracasado. Había, sí, cruzado la carretera de Nowgorod a Leningrado, y tragándose mucho terreno al lado izquierdo de la misma, en dirección a los terrenos increíblemente pantanosos de Bol Samoschje. Como el ataque había sido tremendo, decían que todo un Ejército ruso había intervenido, el 2.º. Y destacamentos muy importantes de los Ejércitos 52 y 59, con grandes masas de artillería, tanques y morteros. Allí se quedarían. Entre la nieve y los grandes espacios solitarios, paralizados.

Los españoles no habían intervenido en aquellas luchas, salvo para rechazar los acostumbrados tanteos sobre el río, y para dejarse los huesos en las patrullas. Pero se había permanecido en una nerviosa duermevela, con los correajes puestos y los fusiles delante de las narices. La aviación alemana había aparecido, por fin, machacando incesantemente la penetración. Todo iría por sus pasos contados.El Batallón Román había dado una campanada de las suyas. Una marcha de cuarenta y ocho horas, por terrenos impracticables, agotadora, hasta llegar a las escuelas de Mal Samoschje, donde unos alemanes habían quedado aislados. Conrado hubiera podido hablar de aquello, si hubiera querido. Pero no quería. Sabía que dentro de la guerra todos los combates tenían las mismas características, la misma muerte y la misma monotonía. ¿Una marcha de cuarenta y ocho horas? ¿Dos días enteros en plena retaguardia enemiga? Bueno… ¿Y qué diablos era eso? Nada, hombre, nada… ¿Los movimientos tácticos para estrangular la bolsa? Nada, hombre, nada. Todo era acostumbrarse.

Y acostumbrarse también a aquella cinta de bordes negros, franja blanca y ancho caudal rojo. Si hubieran estado siempre los mismos, los veteranos, no tendría ninguna importancia. Tarde o temprano la tendrían todos. Pero estaban llegando nuevos voluntarios. Para cubrir bajas, decían. Un batallón que se había quedado sin sitio y ahora venía tapando huecos. Los recién llegados venían dispuestos a emular las hazañas de sus mayores, como decía el alférez Olimpo mientras se arrancaba una ladilla. Para empezar, deseaban escuchar, escuchar siempre. Y abrían los ojos de becerro para entender mejor. Había quien satisfacía su curiosidad metiéndoles ruedas de molino en las gargantas.

El caso era que todo podía ser verdad. La mayor exageración podía justificarse, explicarse. Lo que no tenía justificación era una Cruz de Hierro. Por lo menos esta explicación no la encontraba Venturán. Y temía que cuando volviera un día a España la cosa sería más difícil todavía. Curiosas anomalías del hombre-soldado. Estaba orgulloso de haber merecido aquella condecoración. Pero ¿se podía uno enorgullecer a todas horas, en uniforme civil, en la vida cotidiana?

Cuando lo había escrito a su casa. «Queridos padres. Me han dado la Cruz de Hierro. Estoy muy contento…». Y allí se había atrancado. Su madre era una viejecita que se horrorizaba cuando tenía que matar un conejo. ¿Podría él decirle que en Possad había matado a muchos hombres que caían delante de su ametralladora como si fueran sombras alucinadas? ¿Podía contar, en la mesa del comedor, bajo la lámpara, cómo había en Sitno entrado en el molino destrozando carne humana a bayonetazos y hasta mordiscos? ¿Entenderían lo que significaba caer revuelto con los dos mejores camaradas, en un impacto de cañón, y recibir en la cara la masa encefálica del hermano de armas? No… Aquello no se podía explicar. Dejaría que creyesen que las Cruces representaban un aura heroica descendiendo sobre el soldado, sin saber de dónde proviene, respondiendo únicamente a los íntimos y encendidos entusiasmos. Él mismo, antes de conocer la realidad, se había imaginado que la heroicidad no necesitaba actos materiales para depositar sus laureles en las manos del valiente.

Casi, por decir verdad, la imaginación comprende mejor la heroicidad en acto pasivo, morir, por ejemplo, con una canción en los labios o con una frase sublime. Sí… Allí estaba la verdad… Nadie se imagina lo que cuesta, de verdad, ser un valiente; cómo es preciso vencer el «yo interior» cobarde y negativo, lógico y humano, que exige la inhibición ante el riesgo. Ganar aquella primera batalla era el comienzo. No bastaba ser valiente. Valiente con la imaginación, recibiendo el fuego enemigo con la sonrisa en los labios. Era necesario demostrarlo, extrovertirse, colmarse en puros actos raciales de brutalidad instintiva. Todo aquello era difícil de soñar. Necesitaba un paisaje concreto, un enemigo, una situación.

En cambio, soñar con la heroicidad pasiva, con la muerte gloriosa, eso, verdad, estaba al alcance de cualquiera, hasta del intelectual cobarde que sueña de día y reniega de noche. La muerte en aquellas condiciones era la aureola nadie sabía de dónde llegada, descendiendo lentamente sobre las frentes marchitas, como una sombra de Cambrone musitando escatológicas palabras. La realidad del Héroe era un sueño de adolescentes.

Conrado no sabía si era un héroe. Parva cosecha había recogido; y duelos; y quebrantos; y sangre en las manos. Había sufrido como un animal y aguantado como una persona. Todo tenía una explicación. Todo menos su íntimo desencanto. Había destruido la leyenda del valiente despreciando la vida. Cuantos había conocido, unos vivos y otros muertos, habíanse agarrado a la vida desesperadamente. Hambrientos, coléricos, destrozados por el frío y las balas, no pensaran nunca en morir. Ni lo deseaban. Querían vivir, como lo había deseado él y lo seguía deseando cada día más angustiosamente, comprendiendo de cara a la muerte el valor de la vida.

Aquello era muy difícil de explicar. Explicarlo sencillamente, claro, sin tópicos, sin recurrir a las frases grandilocuentes, tartarinescas. Tenía que acostumbrarse. Debía, por ejemplo, aprender a poner en orden sus ideas. La «de Hierro» en su pecho era un adorno, un símbolo. En su interior, en su río íntimo, era un cuerpo extraño

arrojado violentamente. Había apartado el caudal y bajado al fondo, había removido o sacudido las tranquilas aguas de su caudal; había, incluso, levantado el cieno del fondo. Deber suyo, en lo sucesivo, era cerrar las aguas sobre el cuerpo extraño, dejarlo alojado en las profundidades sin que desde la superficie se notara su existencia, aunque sintiendo, eso sí, el tremendo peso en las entrañas.

Toda conmoción psíquica venía a suponer lo mismo: una sacudida del alma y un desfallecer del cuerpo, como la alegría, como el miedo, como el dolor de los camaradas caídos. Era preciso dejar que la vida decantara sus impresiones, sus terribles impactos, sus tremendas experiencias. Buena escuela tenía: la guerra.

Los camaradas decían de él, en broma, vamos: —¡Vamos a celebrarlo!

Lo celebraron con una borrachera, o media borrachera. Había llegado el aguinaldo de España en aquellos días, y aunque mucho se perdía entre Planas Mayores y furrielerías, algo llegaba. Se bebía mucho en la División; mucho, demasiado.

La primera vez, con el sargento Toledano y los cuatro de su escuadra había bajado a Grigorowo, ¡buena retaguardia!, donde los guripas del Rancho Grande tenían fama de ser los tíos más tirados de la Blau DivisionBlau Division. Y en verdad. Los de Transmisiones tenían una enorme chabola, con una no menos enorme estufa, donde se armaban unos

aleos enormes y se cantaba las veinticuatro horas del día.

El Rancho parecía una casa de orates. Allí arribaban cuantos se escapaban de la previa censura y todas las patrullas que montaban guardia en torno a la alambrada del Cuartel General, que no dejaban pasar su horita sin ir a calentarse los hocicos.

Aquella misma noche la Parrala bombardeó el campamento, como casi todas las noches, terminando con la celebración de mala manera. Una de sus bombas, arrojada con diabólica puntería, había penetrado por el hueco de la chimenea del barracón donde dormían los de la Compañía de Mano de Obra, matando a veintidós de una sentada, veintidós que estaban durmiendo, sin molestarse en bajar a los refugios, porque los españoles no se molestaban por tan poca cosa.

Conrado, ayudando a retirar heridos y muertos, se acordó de una conversación que había escuchado entre su capitán y el otro alemán, en visita de cumplido. El doiche

doiche se asombraba del valor de los españoles, de su sentido trágico de la muerte; pero lo desaprobaba abiertamente: «Vosotros paseáis encima de las trincheras; tenéis como punto de honor no abandonar una batería, o una vez perdida quemáis una compañía para recuperarla; no bajáis a los refugios porque hace frío y se está mejor en el camastro. Nosotros no hacemos eso. Un cañón, veinte, mil… no valen la vida de un hombre, porque un cañón cuesta diez mil marcos y se fabrica en ocho horas, mientras que un hombre tarda muchos años en hacerse, y vale… lo que su carga de experiencias…».

Bueno. Todo eso decía. Y algo más, exagerando, sin duda. Conrado se hacía un taco de los gordos… Tenía una cinta en el pecho y estaba vivo. No había sacrificado

su vida estúpidamente. No creía que la vida se sacrificara estúpidamente. Y, en todo caso, no tenía miedo a que eso sucediera. Bueno, miedo sí tenía. Y más entonces, obligado a guardar el tipo, a despreciar los cobijos, a pasear encima de las trincheras, a alardear de tranquilidad cuando la muerte rondara a su lado.

Todo eso, y mucho más, lo había hecho anteriormente, casi atávicamente, sin reflexionar, siguiendo o precediendo al instinto sin saber qué tanto por ciento correspondía a cada cosa, sin miedo a las consecuencias. Lo hacía porque le daba la gana. Pero, en lo sucesivo, habría de hacerlo casi obligatoriamente. No podía defraudar a los que se miraban en su espejo, a los que soñaban con su ejemplo… ¿Por qué, Señor, por qué…?

Maldijo profusamente y se quedó más tranquilo. Posiblemente lo mejor fuera no forzar la mano de las cosas. Sí, quizá…

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