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Los hipomóviles

In document Division 250 - Tomas Salvador (página 43-48)

La casi paradisíaca paz que gozaba Carlos Langarica en la 1.ª Batería del 2.º Grupo artillero se rompió el día que llegaron los caballos y los mulos. Si todas las palabrotas que pronunciaron a cuenta de los tales pudieran ser reunidas… ¡Bah! ¡Para qué hablar de lo imposible…!

El desconcierto fue espantoso, epopéyico, digno de ser cantado por el vate más insigne. Fue todo un terremoto de malas artes solípedas alborotando las tranquilas aguas de un lago. Un lago como aquel que había en el centro del campamento, donde se bañaban las muchachas de los servicios auxiliares y algunos divisionarios, por aquello de hacer méritos. Pero aquélla era otra historia.

La real, para Langarica, empezó cuando Radio Macuto —el que nunca se equivocaba, aunque mucho exageraba— dio el notición de que la División no sería motorizada, como había sido la creencia general, sino hipomóvil. Aquello de ser hipomóviles tenía mucha miga; la palabra se prestaba a mucha guasa, sí, señor. Pero cuando las explicaciones de los entendidos concretaron su significado, que era, nada menos, que un panorama caballuno gateando por las cuestas del camino, se arrugaron muchos ombligos.

Un movimiento de pánico acunó las altas y bajas esferas. Creyéndose en la motorización de la unidad se había procurado escoger en la recluta una gran cantidad de conductores y mecánicos. La tracción a sangre significaba un desempleo general o una adaptación a marchas forzadas.

Desgraciadamente —fatalmente, según Langarica—, todo se confirmó. Los varios trenes diarios que descargaban el material empezaron a llenar la base de carros y armones con la clásica lanza de tiro.

La Artillería era la que recibía el palo más gordo. Todas las piezas y afustes serían de arrastre hipomóvil, con su acompañamiento de carros baleros y carros de sección. Lo cual, naturalmente, significaba un número tan fabuloso de caballos que hasta el más flemático perdía la cabeza. Los oficiales y demás mandamases, cabos inclusive, conocían el paño. Pero en Artillería se habían infiltrado muchos recomendados, muchos Langaricas, estudiantes de Derecho, escribientes, cobradores de facturas, etc., que en su vida sólo habían visto el caballo del lechero. Pero aunque hubiera sido sólo uno el infiltrado, el mala pata, éste, se decía Langarica, era él.

Para colmo, los semovientes procedían de requisa, no estaban domados y venían medio muertos de hambre a causa del prolongado viaje. Poner estos animales en manos inexpertas significaba una guerra chica en medio de la guerra grande. Y todo esto, con el tiempo apremiando, pues el general quería abandonar el campo antes de un mes.

Langarica hubo de conocer varios arrestos por su peculiar manera de entender la doma. La culpa la tenía un caballejo serbio, con tanta mala idea en la mirada que

Carlos se sentía insultado en sus más próximos parientes.

—¡De quién serás tú hijo, mamón! —le gritaba, golpeándole en los dientes con el revés del machete.

El caballo, antes de quedarse sin dentadura, le arreó un mordisco que le dejó paralizado un brazo. Aquello fue una declaración de guerra. Para ver a Langarica sacar de la cuadra al semoviente venía gente hasta del campamento Sur.

Carlos, por las noches, soñaba que el caballejo crecía enormemente, se le venía encima, le apresaba entre sus patas y se entretenía babeándole y mordiéndole, mientras un corro de chicas guapas se reían sin compasión. Posiblemente este sueño fuera un reflejo de la realidad. Sucedía que en las escasas horas que tenía tiempo y ánimos para bajar al pueblo, terminado el adiestramiento cotidiano, para gozar de los tremebundos jarros de cerveza de las brauereibrauerei, era rechazado implacablemente por los propios compañeros.

—¡Quita de aquí, marrano, que hueles a cuadra!

Las camareras, aunque no comprendían, olían. Y se reían, propinándose tremendas palmadas en las nalgazas. Langarica tenía que reconocer la verdad: olía a cuadra desde una legua. Y hasta la misma cerveza a su lado, terminaba por parecer la enorme meada de un caballo enfermo de epizootia.

Hubo, también, de renunciar a las excursiones por los alrededores, donde otros voluntarios aseguraban existían planes de buten, con gachises románticas que se despepitaban por los soldaditos morenos y nerviosos. Todo aquello, desde luego, era puro cuento. Pero no por eso Langarica se sentía menos desgraciado. No podría, cuando volviera a España, contar sus amores con las Erikas, Hildas, Bertas y Elfriedas que reían en bandadas, alegrando las orillas del lago azul y las tardes melancólicas de los heroicos soldados prestos a ofrendar su vida en los campos de batalla.

Toda la culpa era de los caballos. Quizá en el frente, cuando su batería rompiese el fuego y el olor de la pólvora atormentara su garganta, quizá, entonces, recobrara su destino de luchador. Pero estaba seguro que después, apagados los bélicos sonidos, el único, el enorme recuerdo sería para los caballos. Y estaba seguro, también, que cuando le preguntaran sus hijos o nietos por sus hazañas en la guerra, por su unidad de combate, habría de responder, bajando la cabeza, avergonzado:

Tiempo

Era el tiempo. Tiempo para todo y para nada. Tiempo alegre de juventud; tiempo de cantar; tiempo de reír; tiempo de adiestramiento, tiempo de añorar.

—Paulino, ¿qué piensas, hombre? —le preguntaban.

Y no sabía qué responder. Sería un empeño demasiado grande explicar todo lo que sentía. O, posiblemente, demasiado fútil concretar cómo se estaba vaciando su yo interior para dejar paso a un hombre nuevo. Un hombre que estaba aprendiendo un nuevo oficio: el oficio de matar, de aprender el camino más corto para llegar a la muerte, de abreviar el inseguro momento de la emoción paralizante, del miedo acechando cada uno de los movimientos de la mano encargada de arrojar una bomba o de apretar un gatillo.

Tiempo… Un tiempo que volaba y el mismo tiempo que se hacía leve, suave, inmaterial. Un tempo que se hacía distancia, como aquella que le separaba de su patria, de los suyos. Un tiempo que se distendía o se anulaba, como había sucedido al recibir las primeras cartas.Habían llegado el día 8 de agosto. Hasta entonces sólo ellos, los soldados, mantenían vibrante el hilo del tiempo. Y las cartas habían llegado. Quince días después de la salida de España. Hasta entonces no había podido ser. Podían escribir ellos, llenar tarjetas, misivas largas como novelas; pero no podían esperar contestación hasta que sus señas fueran firmes. Desde entonces lo serían. Aunque las unidades se desplazaran constantemente. Ya no eran hombres civiles, ciudadanos afincados en una urbe de calles larguísimas; eran soldados, tenían una dirección militar, un feldpost feldpost ; un número cabalístico, conjurando el cual la emoción humana vertida a miles de kilómetros les llegaría con toda su intensidad.

El número de su feldpost feldpost le hizo cavilar. Le sonaba a cosa conocida, amiga: el 8128. Después de unas horas de intensa meditación cayó en la cuenta: el número 8128 era un viejo y amistoso problema; el número 8128 era el quinto y último de los números perfectos descubiertos por el hombre. Un descubrimiento que no valía para nada, desde luego, salvo para justificar a los filósofos de las matemáticas.

Paulino lo era. Sabía que los números tenían su ética, sus reglas, sus excepciones. La perfección de un número no consistía en su moralidad, o en su estética; nacía de la perfecta conjunción de sus divisores. El 8128 era perfecto porque era suma de todos sus divisores, excepto él mismo. Y porque, desde Euclides hasta el año primero de la Segunda Guerra Mundial, los matemáticos sólo habían encontrado cinco números cuya suma de divisores fuera su misma cantidad.

Paulino gustaba mucho de estas cosas. Paulino era un hombre serio, tan serio que por eso mismo hacía reír más a sus camaradas. Como había pasado aquel día, en que, estando en el campo de tiro, ante la obligada postura en que le había colocado el instructor alemán, se le había escapado un viento sonoro que dejara asustado al

germano y asombrado a un teniente de Regulares que también soplaba lo suyo.

Todo iba quedando diluido en el tiempo. Un tiempo que transcurría veloz, aunque a los impacientes se les antojase impasible. La ansiada hora no tardaría en llegar. Los números impasibles de la esfera se sucederían ante sus ojos. Ojos que tenían abiertos para ver y sentir, para captar las enseñanzas de sus prolongados minutos, cada uno de ellos lleno de sugerencias.

Aparte de los ejercicios de tiro, donde, la verdad sea dicha, había tanta aglomeración que sólo se disparaban tres tiros y quedaba listo el asunto, en el pequeño cine del campamento aprendían a desmontar y volver a montar el complicado esqueleto de las ametralladoras, a manejar los teléfonos de campaña y las señales ópticas más urgentes. Fueron también, en una ocasión, a la cámara de gas, para comprobar la eficacia de las respectivas máscaras…

Generalmente, excepto el patear las carreteras a la voz de: «¡Derecha… ar!», «¡izquierda… ar!», «¡media vuelta… va!» —que no costaba nada— las restantes experiencias se aprendían con cuentagotas, una vez, dos a lo sumo… Los oficiales decían… Los jefes decían… Bueno, decían que el genio español de la improvisación bastaba y sobraba para cubrir todas las contingencias; y que un español, después de oler la madera de un máuser, valía tanto como cualquier veterano alemán.

Paulino sabía que aquello no era cierto; que los números y el tiempo tenían una rígida concepción y un sencillo mecanismo de desarrollo donde todo error, insignificante al principio, se va agrandando después, a medida que se va separando el camino divergente. Paulino sabía que aquellas prisas, aquel entusiasmo, aquella fiebre de llegar cuanto antes, se pagarían en sangre y en sufrimientos.

Las clases de teórica, en los grandes desvanes de los pabellones, se invertían, mayormente, en contar chistes verdes, en dormitar por los rincones oscuros, en aprender canciones y grados militares. Algunos veteranos se empeñaban en conocer el mecanismo de las bombas de palo; pero las bombas de mano para la instrucción, nunca mejor dicho, de verdadero palo.

Paulino sabía que el brigada de Material recibía grandes cantidades del mismo, acompañado de hojas impresas con las instrucciones. Pero las prolijas relaciones venían en alemán y el solo intento de traducirlas hubiera empleado más tiempo del que disponían. En el almacén, pues, se iban quedando las pistolas de señales, con sus cartuchos rojos, verdes, blancos…; las sirenas de mano; las destelladotas; las telas y paneles para señales a la aviación; los trípodes para convertir las ametralladoras en antiaéreos; los banderines de señales morse…

Todo era complicado; todo exigía un tiempo que se escapaba desesperadamente por todos los requisitos; un tiempo que todos se empeñaban en acortar, desde el general al simple soldado.

Por ser todo tan complicado, lo era hasta la cocina. Paulino, desde un principio, se sintió atraído por los carros-cocina. Eran unos artilugios parecidos a las antiguas locomotoras tipo «Comet»; lustrosos de betún y grasas, tenían dos ollas, una para el

café o té, y otra para el plato caliente, único, que los alemanes servían al mediodía, dejando para las cenas el rancho en frío. Recibían el calor indirectamente. Un pequeño horno calentaba una masa de glicerina, que servía de baño maría donde se deshacían, al vapor, las viandas. Paulino se explicó de esta manera aquellas espesas sopas alemanas que se podían comer con tenedor. Además, todo muy bien colocado, limpio, nuevo.

Las cocinas, en fin, eran de una simplicidad suma. Por aquella parte no se podía temer. Aunque quizá echaran de menos los voluntarios las fritangas de sus cocinas regionales. Pero los alemanes desconocían las frituras. Aquello se tenía que arreglar. Y se arregló. Surgieron peroles, sartenes, especias, furrieles encargados de suministrar los alimentos escasos en Intendencia.

Paulino demostraba tanta afición a los problemas culinarios, se empeñó de tal modo en demostrar la tabla de calorías, era tan meticuloso con el tiempo necesario de cocción, que fue nombrado furriel. Después de algunas vacilaciones aceptó. En la panza de la cocina pintó su número cabalístico: el 8128.

—¡Hombre, el feldpost …! —decían quienes lo veían—. No está mal. Así no lofeldpost olvidaremos.Pero Paulino no pretendía estimular la mala memoria de sus camaradas. Había querido, únicamente, recordar el tiempo real, el tiempo que era despreciado; había querido protestar, mudamente, con la euforia del instante, que es sólo una parte del tiempo, como la cocina era únicamente una parte de la impedimenta y el número una parte del todo. Pero tanto el número como la cocina tenían una rara perfección.

La explicación era un poco complicada. Paulino no intentó siquiera hacerse comprender. La simbología venía a terminar así: número y cocina eran la suma de sus divisores; el número de sus dígitos y polidígitos y la cocina de sus viandas, aglutinadas, deshechas, desleídas, espesadas por el vapor. ¡Ojalá la División empleara el común denominador de su entusiasmo en simplificar su quebrada estructura, su tiempo quebrado, sus horas imperfectas…!

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