12, 13 y 14 de noviembre
Recobró el conocimiento porque no podía respirar. Él hubiera jurado que sólo estaba durmiendo. Galo Madrid tenía tanto sueño atrasado que siempre estaba durmiendo. Cada instante. Siempre que podía. Hurtándole unos minutos al frío, a la intranquilidad del claro abierto en el fuego enemigo. Y solía despertar de mala manera cuando algo o alguien rompía la inquietud del instante.
El agobio de aquel momento tenía una nueva raíz. Había tanto humo en la habitación que no se podía respirar. No estaba seguro al principio de que fuera una habitación o un pozo de tirador. Lo mismo importaba. Tan pronto estaban en una como en otro. En aquel instante se encontraba en un refugio. La deducción se imponía porque estaba acostado todo lo largo que era. Y sin fusil. ¿Dónde diablos estaría el fusil? No pudo pensar mucho en ello porque la asfixia era más urgente.Al toser sintió un latigazo de dolor subirle desde las piernas. Renunció a moverse hasta haber despertado por completo. Levantando la cabeza divisaba una neblina ocupando el lugar del aire. Al mover un brazo el humo se apartó, como si fuera una cortina. Un par de velas ardían en un rincón… Muchos camaradas dormían sobre montones de paja, cubiertos con sus mantas. Ninguno parecía darse cuenta de nada.
Comprendió de repente. Algunas veces, en las horas anteriores, había llevado heridos a aquella habitación, un sótano en un edificio de ladrillo. Le había tocado ahora ser transportado. Estaba herido. Se olvidó hasta de respirar. Por otra parte, una vez despierto, se respiraba mejor. En todo caso, la atmósfera no estaba mucho más cargada que aquella respirada en días anteriores, cuando en el pozo se llevaban unas brasas y se cubrían con una manta.
Estaba herido… ¿Grave? Recordó el dolor en las piernas. Intentó moverse y se repitieron los pinchazos. No muy fuertes, pero lo suficiente para quitarle las ganas de provocarlos por mera curiosidad. Ya se lo diría el sanitario. Estaba tranquilo. Una herida significaba escapar del infierno desencadenado sobre Possad en el último día.
Le intranquilizaba, sin embargo, el que no hubiera nadie atendiendo. Un fragor sordo de disparos y un pepinazo del doce coma cuatro le indicaron que se estaba combatiendo. Temblaron aparatosamente las paredes y hasta la estufa se tambaleó. Varios heridos se incorporaron. Alguien, en un rincón, hipaba como si se estuviera muriendo. Seguramente se estaba muriendo.
Carlos García, de la 3.ª, le tocó en un brazo, dándole el gran susto. Le tenía al lado y no le había visto.
—¿Qué tienes?
—No lo sé. Deben de ser las piernas. ¿Y tú? —¿No lo ves?
Lo veía. Un brazo astillado. Unas vendas mantenían el miembro herido pegado al pecho. Tenía la guerrera destrozada. Los practicantes metían el cuchillo a las ropas para llegar antes a la pupa.
—Somos muchos —comentó.
—Hay más. Por ahí —contestó vagamente García. —¿No nos evacúan?
El otro no respondió. No importaba. Volvió sobre el viejo agobio.
—¡Esa maldita estufa! ¿No puedes hacer algo? No consigo mover las piernas. García se arrastró unos pasos y maniobró en el fuego. Tenía un brazo sano y podía hacerlo. Cuando se hubo reintegrado a su sitio le ofreció tabaco. Fumaron unos instantes en silencio.
—Oye, Galo —preguntó García—, ¿qué día es hoy?
Reflexionó. El día 10 de noviembre habían relevado a los alemanes de la División 18. Aquella misma noche habían dormido en Possalok y aquella misma noche habían sufrido el primer bombardeo de artillería. Pero lo difícil era situar si el día 10 quedaba muy lejos o muy cerca. No se acordaba en absoluto.
Arreció el combate. Se escuchó crujir una escalera y, a poco, tosiendo, entraron dos hombres llevando a otro herido. Casi no había sitio y dudaron antes de dejarle en un rincón. El herido iba sin sentido con la cara llena de sangre. Algunos de los cuerpos tumbados se reanimaron.
—¿Qué pasa ahí fuera?
El sargento, pues era sargento uno de los que trasladaban al herido, respondió mientras se calentaba nerviosamente las manos en la estufa.
—Aviación.
—¿Qué día es hoy? —preguntó García, machaconamente. El otro se encogió de hombros y se marchó.
—¡Nadie me quiere decir…! —¡Cállate de una vez!
García le miró sorprendido, pero se calló. Fueron entrando más heridos, ahora por su pie. Tíos suertudos con un tiro sedal, seguro. Ninguno de su compañía. Le inquietaba aquello. Su compañía. ¿Dónde estaba su compañía?
Empezaba a recordar. Su compañía había ocupado Possalok el día 10 por la noche. Otra compañía había quedado en Possad y otra más en un monasterio que quedaba bastante a retaguardia. Los alemanes habían cedido sus posiciones sin ocultar su alegría. Mucho frío. Para mayor ironía al pelotón suyo le habían acomodado en una sauna, uno de aquellos baños de vapor que existían en todos los poblados rusos. El baño quedaba a trasmano, a la derecha de una carretera, enfrente de un río llamado Wischera. Enfrente de la caseta existía una pequeña trinchera con tierra removida y trapos abandonados.
En el río, helado, se mostraban unos puestos, sobre unos montones de paja al resguardo de unos árboles caídos. Bosque a derecha e izquierda. Una carretera que debía de ser importante y unas casas esparcidas. Tal era el panorama completo. Reinaba un silencio muy raro, donde los morterazos sonaban como desgarraduras y los disparos sueltos como petardos.
Habían llegado cansados, muertos de frío e irritados. La compañía tenía ciento ocho hombres disponibles. El pelotón suyo, cinco, con el sargento Barrios como Jefe. Ningún cabo. Había que montar puestos…
—Hay tres refugios llenos de heridos —estaba diciendo uno de los heridos menos graves.
Una de las velas se apagó bruscamente. Los que podían mirar, incorporándose, trataron de inquirir la causa del apagón. Se había caído, sencillamente. La estufa ya no hacía humo, pero el frío se dejaba sentir solapadamente. La paja estaba humedecida. Había sido arrancada de los pajares destruidos y el poco calor del refugio había licuado la escarcha que la cubriera.
Allá afuera disminuía el jaleo, El ruido de las descargas se iba haciendo más pausado. Solamente las granadas persistían en buscar carnaza entre las ruinas. Llegó un oficial con la ametralladora colgando del pescuezo.
—¿Qué hay, muchachos?
Nadie contestó. No le conocían. Insistió… Ha venido la Primera a reforzarnos…
—Nosotros estamos heridos —contestó Varea, el cabo Varea, desde un rincón. El oficial reprimió un gesto. No sabía, sin duda, dónde se había metido. Galo preguntó:
—¿Cuándo nos evacúan?
—Veremos si esta noche puede ser…
Dejó temblando las últimas palabras. Carlos volvió sobre su tema: —¿Qué día es hoy?
—Hoy… Estamos a doce, muchacho; a doce. Ya es de noche. ¿Qué te pasa? —Nada.
Se marchó el teniente. Algunos comentarios se desataron. «Nos evacuarán esta noche». «¡Esta noche…!».
Galo estaba preocupado. Tenía unas ganas enormes de orinar. La herida o heridas no le dolían. Tenía ganas de orinar. Se estaba aguantando las ganas desde el amanecer… Porque aquella noche, cuando salía a orinar, había empezado el jaleo. No se acordaba si había satisfecho su necesidad. No se acordaba de nada. Casi de nada. Todo había sido tremendo… Poco después de medianoche una cortina de fuego había caído súbitamente sobre Possalok. De la sauna empezaron a salir los del pelotón. Apenas tuvieron tiempo de arrojarse contra el trincherón. Una tremenda marea de rasos estaba cruzando el Wischera. Sobre el estrépito de las granadas se escuchaban sus gritos y cantos.
No se esperaban los ataques de noche. Era la primera vez que sucedía, excepto los golpes de mano. Y el impacto era tremendo. La ametralladora había comenzado a cantar. Pero los enemigos eran muchos. Antes de cinco minutos varias posiciones españolas a derecha e izquierda quedaban anegadas por la marea humana, vociferante y terrible. Algunas casas ardían en el pueblo. Empezaron a recibir impactos en gola. Eutiquio se dobló sobre un tronco con un balazo en la frente. Barrios ordenó la retirada, cargando con la máquina y con las municiones.Apenas alcanzado Possalok se desencadenó el infierno. Los pozos y las casetas avanzadas habían sido pulverizados. Galo recordó haberse tirado de cabeza en una cuneta. Un casco de mortero le había rasgado el capote. En la cuneta había doce hombres de la tercera sección. Las casas, ardiendo; las trazadoras y los impactos luminosos de las grandes piezas iluminaban todo aquello como si fuera de día. Hacia el pueblo grande, Possad, se escuchaba idéntico fragor.
Un sargento ordenó rápidamente los fuegos. La carretera recogía todos los disparos. Los cañonazos levantaban la tierra helada y los cascotes parecían trozos de acero. Un antitanque español tiraba detrás del grupo. La helada agrietaba los rostros y las salpicaduras de nieve cegaban. Para recibir una orden era preciso que ésta fuera gritada al oído.
Desde donde estaba, Galo disparaba en dirección al cruce de carreteras. Otros lo hacían contra el río. Grotescas figuras humanas se movían entre el humo. Algunas, alcanzadas de lleno por una descarga, se desmoronaban como una tienda de campaña cuyo palo se rompiera. Los restos de un tejado volaron por los aires y fueron a caer en el centro del grupo. Un soldado comenzó a chillar con un tronco en los riñones.
Galo había ayudado al camarada. Apenas dejado éste a cubierto, cinco rusos habían saltado la carretera, creyendo no encontrar resistencia. Fueron acogotados en una lucha breve pero desesperada. Un español recibió un bayonetazo en plena cara. Galo se agarró con uñas y dientes a un enemigo desconcertado. El sargento le había sacudido, no recordaba si segundos u horas después: «¡Déjale ya!». El ruso estaba cubierto de sangre. La que iba brotando desprendía una extraña humareda…
¡Ahora la estaba viendo! ¡Un vapor humano escapándose del cuerpo roto! La sangre, casi hirviendo en comparación con la temperatura exterior, formaba un vapor más intenso que el de la respiración, que ascendía casi medio metro hasta condensarse, hasta que el rojo líquido agujereaba la nieve y se perdía de vista…
Dos horas después todas las casuchas ardían. Las infiltraciones enemigas dentro del poblado habían sido rechazadas. Pero éste se encontraba cercado. Los restos de la compañía española se aplastaban al terreno teniendo las casas ardiendo a sus espaldas. Los enlaces se hacían atravesando las hogueras entre las nubes de humo. El enemigo también estaba pegado al terreno. Algunos pequeños grupos hostilizaban desde las saunas y el grueso de las fuerzas ocupaba los bosques. El incendio iluminaba los pasillos cortafuegos que dividían el arbolado. Bultos negros de cadáveres punteaban la nieve. La artillería propia tiraba débilmente.
Poco antes de amanecer los rusos desencadenaron otro ataque, desordenado y feroz, como todos los suyos. Casi todas las máquinas españolas estaban inutilizadas, por falta de munición o por bajas en sus servidores. Se tiraba con fusil, escogiendo la víctima. Los rusos, sembrando de muertos el terreno, fueron ocupando la parte de Possalok más cercana a la carretera de Radowscha. Un teniente iba recorriendo a saltos los grupos españoles que resistían. Al llegar al grupo de Galo, reducido a siete hombres, dijo que quedaban cuarenta y cinco hombres útiles de la compañía. Y que se preparasen a retirarse hacia el camino de Possad. Los heridos iban siendo retirados a un refugio intacto, en las últimas casas del pueblo, pues aunque la aldea estaba rodeada, el hostigamiento era más débil por allí. Los heridos eran pocos. No llegaban a docena y media. Pero eran graves; los menos graves y los leves resistían como los demás.
Se agotaban definitivamente las municiones. Poco a poco, los grupos dispersos se iban reuniendo. Las casas incendiadas distraían al enemigo, que continuaba inundándolas de metralla. Los rusos aullaban como condenados, señal, más de otra cosa, de que estaban muy castigados. Los españoles callaban y apretaban los dientes. Casi todos tenían heridas e iban sucios, llenos de barro y ahumados. Los capotes, mojados circunstancialmente, se helaban enseguida, poniéndose tiesos y crujientes.
La retirada comenzó. Desde Possad se iba abriendo camino una sección, según anunciaba la radio. Desde Possalok, diez hombres útiles se encargaban de hostilizar el bosque a derecha e izquierda. Los heridos iban en dos trineos y algunos en mantas, arrastrados por la nieve y a hombros. Galo cargó con un andaluz menudo y consumido que se quejaba cuando se detenían. Iban por la cuneta, agazapados, esperando que las patrullas de protección dieran la señal de avanzar. Dos máquinas iban retrasadas, disparando rafagazos. Los rusos no demostraban mucho entusiasmo en entorpecer aquello.
Se corría y se arrastraba… Un salto y cuerpo a tierra. Una mina estalló a cincuenta metros más allá de donde Galo jadeaba con su herido. Un camarada la había pisado. Al llegar allí encontró al herido que gritaba como un loco, en el centro de un manchón de sangre y pólvora. Galo gritó también. El herido tenía un pie convertido en una masa informe. Sus gritos se iban debilitando. Llegaron silenciosamente dos españoles y recogieron al cuitado, rasgando un capote para oprimir con sus tiras la pierna mutilada.
Quinientos metros después encontraron las avanzadillas que habían salido de Possad. Todo había sido más rápido después. Algunas casas aisladas ardían en las afueras del pueblo, mucho más importante que Possalok, y los cuerpos de algunos rusos tenían ya en las costillas la escarcha del amanecer.
Dijeron luego los camaradas de la 2.ª que por allí también habían atacado los rusos, pero más débilmente y sin duda para impedir que acudieran en socorro de Possalok. Había sido rechazado el empujón y en aquellos momentos sólo la artillería castigaba el pueblo.
Los heridos fueron trasladados al refugio. Galo fue ayudado a llevar al suyo hasta el sótano, aquel mismo en que se hallaban. Se acordó de él y trató de identificarle. No lo consiguió. Todos los heridos parecían iguales. Unos tenían la manta sobre la cabeza y otros se incorporaban apoyados en la pared; pero todos se perdían en el anonimato de la sangre y el dolor…
Le acuciaba de nuevo la necesidad. Sentía el vientre oprimido y en los flancos un latido muy fuerte. En el refugio no había nadie. No se escuchaba rumor de combate. Intentó cambiar de postura para conseguirlo. Las piernas…
Se escucharon voces y a poco se arrastraban varios soldados por los escasos peldaños, llenando el sotanillo. Galo escuchaba un poco asustado. Uno de los hombres empezó a dar órdenes en voz baja. Debía ser un oficial. Los otros dos camaradas comenzaron a revolver entre los cuerpos hacinados. Otros más asomaban por las escaleras. Retiraron cinco cuerpos. Su rigidez no ofrecía dudas. Quedó más sitio. Se encendieron más velas y alguien trajo una palada de brasas. La atmósfera se calentó un poco y las palabras fueron subiendo de tono. Todos los que podían incorporarse miraban.
—Bueno, machotes —comentó el oficial—. Vamos a ver si sois tan valientes aquí como allí fuera. Por lo pronto os vamos a calentar un poco.
—¿No nos evacúan? —Más tarde, hombre…
Surgió un cacharro con agua caliente y mientras dos camaradas colocaban unas cajas en un rincón, un sargento empezó a hacer equilibrios entre los heridos. Llevaba una botella en la mano. Soltaba palabrotas y elogios, repartidos imparcialmente. Los heridos de vientre se quedaban sin beber. Aquello era la calefacción interior.
Al llegar a Galo levantó las mantas y miró. Galo le observaba tratando de recoger en su expresión la naturaleza de su herida. Pero el suboficial rizó su mejor sonrisa y le ofreció la botella. La recogió y chupó hasta que un golpe de tos le hizo devolver parte del líquido. El sargento se echó a reír y se iba a marchar cuando Galo le hizo una señal.
—¿Qué quieres? —Una marmita.
El otro comprendió enseguida y llamó a uno de los curiosos. Galo escondió el recipiente bajo la manta y orinó hasta llenarlo. Se sentía un poco cohibido. No porque entre soldados fuese aquélla una acción extraña. Pero le dolía encontrarse tan inútil para apartarse unos pasos.
El médico empezó a practicar unas curas rápidas, amenizando su labor con palabras gruesas. A la luz de las velas se veían gigantescas sombras en el rincón donde estaba el improvisado quirófano. Galo deseaba y temía al mismo tiempo que le llegase el momento de la cura. Se hizo el propósito de ahogar todo lamento. Lo mismo debieron de pensar los demás, porque en cuanto a los heridos respectaba no se escuchaba una palabra. Las telas desgarradas y pegadas a la carne crujían
endemoniadamente. El doctor, o sanitario, o lo que fuera, sudaba copiosamente. Los que presentaban congelaciones eran retirados. Los practicantes pedían ayuda. Se necesitaban brazos fuertes que golpearan aquellos miembros ateridos. Como el combate parecía haber cesado, no faltaban camaradas que acudían, unos en busca del hermano, otros de los amigos o componentes de su pelotón.
Galo esperó su hora entre las nieblas de la fiebre. Escuchaba al oficial preguntar a los heridos la causa de su herida y hacía esfuerzos para recordar «cómo fuera lo suyo». Debió de ser aquella misma mañana del día 12 de noviembre. Pero no recordaba… No recordaba… Casi sollozó cuando el cirujano le interrogó, y el otro hubo de animarle.
Se desmayó cuando sintió que al par de su ropa se desgarraba su carne.
Cuando despertó todo continuaba igual. Todo igual… todo igual… Tardó mucho tiempo en comprenderlo. Era el mismo refugio, la misma chimenea que humeaba, la misma paja húmeda bajo el cuerpo, las mismas detonaciones haciendo crujir las paredes… Sudaba. Estaba sudando. Parecía extraño, pero era la verdad.
Tenía la cabeza apoyada en un morral: ¿el suyo? No, no era posible. Todo lo suyo había quedado en Possalok. No tenía ni fusil en aquellos instantes. Le dolía la cabeza, le dolían las piernas. Sabíase vendado y creía notar que las vendas estaban demasiado apretadas. Sintió deseos de fumar y revolvió como pudo los bolsillos hasta encontrar unos cigarrillos muy arrugados. Le faltaban cerillas. El vecino de al lado le tocó con la mano. Había estado observándole.
—Toma.
Cerillas rusas, de madera. Recordó como un relámpago la sorpresa de los prisioneros cuando veían las españolas de papel.
—¿Qué ha pasado? —preguntó. El camarada se encogió de hombros.
—Chico, esto es un degolladero. Entramos ayer y ya me han cascado. Soy de la Primera…
—¿Ayer?
—Bueno. Anoche… Esta noche… ¡No sé cuándo, demonios! —Está bien, hombre. No te enfades.
—No me enfado.
Escucharon el jaleo. Era fuerte, sobre todo por los impactos de la artillería. No… Era aviación. Le vino a las mientes que nunca había visto en acción a la cacareada Luftwaffe
Luftwaffe. Se lo dijo al otro.
—Estos ruskisruskis tienen unos aparatos que suenan igual que las motocicletas. Van por las carreteras y se colocan detrás de los coches. El chófer se cree que es algún enlace y se apresura a dejar paso. Menudo recado dejan entonces los mamones esos.