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EL ABAD DE CLARAVAL Y LOS CLUNIACENSES

In document San Bernardo de Claraval (página 137-152)

Los acontecimientos que se habían sucedido en el castillo de Fontaine, fueron cayendo como rocío vivificador en el corazón del buen Bernardo, llenándolo de gozo santo; su madre en el cielo, y toda la familia se había entregado al servicio del Señor ¿cabe mayor alegría en la tierra?

Sin embargo, la Providencia le reservaba otras sorpresas no tan agradables, pero que le habían de hacer ejercitarse en la paciencia.

Su primo Roberto, hijo de Diana, hermana de su madre le había seguido siendo todavía un niño. Bernardo lo amaba entrañablemente. Se esforzara por sembrar en aquella alma desde los primeros años las más exquisitas flores de la virtud ¡y se recreaba viéndolas dar su aroma embriagador!

Junto a Bernardo estuvo Roberto desde los primeros días en Chatillon de Sena y, al irse a Cister aquel grupo de voluntarios, si bien no pudo ingresar al principio por su corta edad, las frecuentes visitas al querido «maestro» hacían más llevadera la separación hasta que pudo ser admitido.

Ante el entusiasmo por la vida cisterciense y a sus ruegos, se le autorizó a pronunciar los santos votos cuando sólo contaba 16 años... Era un modelo de candor y de gracia, causando la admiración de los monjes aquella alegría y pureza que se reflejaba en sus ojos casi infantiles.

Pero he aquí que sus padres le habían prometido a Cluny en sus primeros años. Cuando el niño quiso ingresar en Cister, los cluniacenses mostraron su disgusto, alegando que tenían derechos sobre él, pues además de sus cualidades naturales, era noble, rico e inteligente.

Aprovechando un viaje del Abad de Claraval, consiguieron de la Santa Sede que autorizase el traslado de Roberto, mandando el abad Pons emisarios que lo trajesen, haciéndole creer que Bernardo lo tenía como secuestrado, y con tanta sujeción y penitencia, pronto arruinaría su salud (91).

Al regresar Bernardo y enterarse de la marcha de su querido hijo espiritual, no pudo disimular su pena y su amargura:

—¿Por qué me lo han arrebatado? ¿Fui demasiado severo con él? —¿No supe comprender su alma, su sensibilidad, sus pocos años? Estas y otras muchas interrogantes se hacían eco en el corazón de Bernardo, sin que se mitigase su dolor al transcurrir el tiempo.

Al fin, un día que se encontraba en el campo, no pudiendo contener por más tiempo su dolor, lo exteriorizó en esta magnífica carta, expresión clara de su bondad, de su paternidad, de su amor a las almas:

«Roberto, hijo amadísimo; bastante tiempo y aun más de lo que pude aguantar, he estado aguardando a que la piedad de Dios se dignara visitar tu alma por sí y la mía por ti; a ti para inspirarte saludable compunción y a mí para darme el gozo de tu salud. Pero como hasta hoy ha sido fallida mi esperanza, me siento ya sin fuerzas para ocultar mi dolor, y reprimir mi ansiedad, y disimular mi tristeza; de suerte que, aun contra lo que según razón debiera suceder, me veo forzado yo, el herido, a llamar al que me hirió; yo, el desdeñado, a buscar a mi menospreciador; yo, el ofendido, a dar satisfacción al ofensor; yo, finalmente, el que debiera verse rogado, a rogar. Y es que el dolor, cuando es inmenso, no delibera, ni se ruboriza, ni consulta a la razón, ni teme mengua de la propia dignidad, ni obedece a ley, ni se sujeta a juicio, ni sabe de medida ni de orden; sólo busca por todos los medios aquello que le puede apartar de lo que le suele sufrir, y le puede conseguir gozar de lo que le duele carecer.

»Pero dirás: “Yo ni herí ni menosprecié a nadie. Al contrario, despreciado y herido de diversos modos, antes fui yo el que me ausenté del que procuraba mi daño. ¿Quizás inferí injuria porque me escapé de la injuria? ¿No conviene más ceder que resistir al perseguidor? ¿No está bien alejarse del que va a herirnos, en vez de herirle?” Muy bien; conforme estoy contigo. No para disputar, sino para terminar con toda discusión escribo la presente. Huir de la persecución no es culpa del que huye, sino del que persigue; no lo niego. Callo todo lo sucedido; no inquiero por qué o cómo pasó; no discuto las culpas, no examino causas, no recuerdo injurias. Todo esto suele más bien excitar que apaciguar discordias. Quiero sólo hablar de aquello que tengo en más en el corazón. ¡Pobre de mi, que carezco de ti! que no te veo, y vivo sin ti; por quien morir es para mí vivir, y vivir es morir. No pregunto, pues, por qué te marchaste, sino que me quejo de que todavía no hayas vuelto. No me quejo de las causas de la ida, sino de la tardanza de la vuelta. Ven, y todo lo doy por terminado. Vuelve,

y ya me basta. Vuelve, vuelve, y cantaré alegre. Había muerto y ha resucitado; hallé de nuevo al que había perdido.

»Cierto que fue culpa mía el que te marchases; habíame mostrado demasiado austero, con un delicado jovencito; te había tratado con dureza más inhumana de lo que requería tu tierna edad. Por ello solías murmurar de mí, si mal no recuerdo, cuando aún vivías entre nosotros, y aún hoy, según he oído decir, por esta misma causa no dejas de quejarte de mí. No quiero culparte. Quizá me podría excusar y decir que era preciso emplear estos medios para refrenar la petulancia natural de tu edad, pues hay que educar a la juventud con áspera y severa disciplina, diciendo la misma Escritura: Da a tu hijo, con la vara, y librarás a su alma de la muerte. Y también: El Señor a los que ama los castiga; y a quienquiera recibe por hijo suyo, azótale. Y aquello: Más útiles son los azotes del amigo que los besos del enemigo.

»Mas, como ya he dicho, sea mía toda la culpa de lo ocurrido, no suceda que, mientras discutimos de quien fue, retardemos la enmienda. Pues bien, sin duda desde este momento empezará a ser tuya, si no perdonas al penitente y perdonas al que se confiesa reo; porque cierto es que si pude alguna vez ser indiscreto en algo contigo, estoy seguro de no haber sido nunca malévolo. Y si guardas algún recelo en adelante y temes que más tarde he de volver a caer en la misma indiscreción, sepas que no soy el de antes, como creo que tú tampoco eres el que fuiste. Mudado tú, me hallarás también mudado; y al que temías como dómine, lo podrás abrazar seguro como a compañero. Por tanto, sea mía la falta, de que tú me culpas y de que no quiero excusarme; sea tuya, como muchos piensan, aunque yo no te acuso; sea de ambos juntamente, que es lo que yo más creo; de hoy más, si te niegas a venir, tú sólo quedarás inexcusable y único culpable. ¿Quieres librarte de toda culpa? Pues vuelve. Si reconoces la tuya, te perdono. Perdóname a mí al reconocer la mía. De lo contrario, o te muestras demasiado indulgente contigo, pues conoces tu culpa y la disimulas; o eres para mí demasiado falto de misericordia, pues aún ofreciéndote satisfacción, no quieres perdonarme.

»Ahora bien, si tras esto rehúyes aún volver, busca otra excusa para halagar a tu conciencia, pues de ningún modo puedes temer rigores de mi parte. ¿Ni puedes temer que a tu vuelta me muestre severo contigo, cuando hoy te llamo y me postro a tus pies por amor a ti? Muestro humildad, prometo caridad, ¿y temes? Ven intrépido a donde te llama mi humildad y te quiere atraer mi caridad. Llégate confiado, prevenido con tales

seguridades. ¿Huiste del severo? Vuelve al manso. Te atraiga la ternura de quien te apartó de sí con su dureza. Mira, hijo, por qué camino te deseo atraer; no inspirándote el temor servil de los esclavos, sino el amoroso espíritu de los hijos adoptivos, para que puedas clamar sin temor a ser desoído; “¡Abad! ¡Padre!” Quiero representarte mi inmenso dolor, quiero moverte a que vuelvas, no con amenazas, sino con halagos; no con terrores, sino con súplicas. Otro tal vez te hubiera escrito de diverso modo. Y ciertamente, ¿no te podría haber argüido de culpa e infundir miedo? ¿No te podría haber recordado el voto y propuesto el juicio? ¿No podría haberte tachado de desobediente? ¿No podría haberme indignado contra tu apostasía al ver que trocabas la estameña por las ricas pieles, las legumbres por las delicias, la pobreza por las riquezas?

»Pero conozco tu alma, y sé que es más fácil de rendirse al amor que ser empujada por el temor.

* * *

»...El muchacho fue seducido, siguiendo al seductor; pasó a Cluny, hízose tonsurar, hízose afeitar, y se lavó por entero; se quitó el rústico vestido, viejo, sórdido; se vistió otro de precio, nuevo y flamante; y en esta forma ingresó en el convento. Y ¡Con qué honor fue recibido! ¡Con qué reverencia! ¡Con qué triunfo! Le ponen por encima de todos los de su edad, y como el triunfador que vuelve de la guerra, así es alabado el pecador en las concupiscencias de su deseo. Lo levantan sobre el pavés, lo colocan a gran alteza, de modo que descuelle el adolescente sobre muchos ancianos; todos los hermanos le hacen acatamientos, todos le prodigan caricias y alabanzas, todos le felicitan y rinden parabienes, todos se alegran como los vencedores cuando, habiendo conquistado muchos despojos, llega la hora de repartirse el botín. ¡Dios mío! ¡Y qué de cosas se hicieron para la perdición de una sola pobrecita alma! ¿Qué pecho, por robusto que fuese, no se ablandara con esto? ¿Qué ojo interior por muy espiritualmente que mirase, no se turbaría ante eso? ¿Quién fuera capaz, en tales circunstancias, de recogerse a solas con su conciencia y distinguir la verdad entre tanta pompa y permanecer humilde entre tantas exaltaciones?

»Entre tanto, se hace recurrir sobre este asunto a Roma; se acude a la autoridad de la Sede Apostólica; se engaña al Papa para que no niegue su permiso, diciéndole que el muchacho había sido antes ofrecido por sus padres al monasterio. Y como no hubo quien informase en sentido contrario, pues ni se esperó a alguien que pudiese contradecirlo, se juzgó y

se falló conforme al deseo de la parte oída; y se sentenció contra los ausentes. Ganaron la causa los que habían cometido la injusticia; y los que habían sufrido ésta, perdieron aquélla. El reo fue absuelto sin ser obligado a reparación. La sentencia absolutoria, demasiado fácil, queda robustecida por un privilegio cruel, con el cual se consigue que el vacilante se afirme en su estado y se tranquilice en sus dudas. Y éste es el tenor de las letras, éste es el sumario del juicio, ésta es la conclusión de la causa, para que retengan al que se cogieron, y se callen los que le perdieron. Y entre tanto, ¡que perezca un alma por la que Cristo murió! ¡Y esto sólo porque así lo quieren los cluniacenses! Hácese una nueva profesión sobre otra profesión, se ofrecen votos que no se han de cumplir y promesas que no se han de satisfacer, e írrito el primer pacto, se dobla la prevaricación en el segundo, y el pecador hácese pecado sobre toda ponderación.

»Vendrá, vendrá quien juzgue de nuevo lo mal juzgado y anule las sentencias basadas en juramentos ilícitos; vendrá quien haga justicia a los injuriados, quien sentencie según derecho a favor de los pobres, quien arguya por los humildes de la tierra. Vendrá ciertamente el que amenaza en el salmo por boca del Profeta diciendo: Cuando me tome mi tiempo, Yo juzgaré las justicias. ¿Qué hará de los juicios injustos el que juzgará las mismas justicias?

* * *

»Vean y juzguen qué ha de quedar más firme; si el voto de un padre que dispone de su hijo o el voto de un hijo que se obliga a sí mismo. Y véalo también tu siervo Benito, nuestro legislador, y juzgue qué es más regular, si lo que se hizo con un pequeñuelo sin él mismo saberlo, o lo que éste después hizo por sí consciente y discreto, al tener ya edad para hablar por boca propia. Aunque, además de esto, no hay duda de que, si fue prometido, no fue de ningún modo entregado. Ni siquiera formularon sus padres la petición prescrita por la Regla, ni la manita del niño se envolvió con el mantel del altar junto con la petición y ante testigos. Cierto que se habla de la tierra entregada juntamente con el infante; pero si se quedaron con ella, ¿por qué no le retuvieron a él? ¿Buscaban más el don que a quien le acompañaba, y estimaban más un predio que un alma? Por otra parte, si estaba ofrecido al monasterio ¿qué hacía en el siglo? Si se había de criar para Dios, ¿por qué se le dejaba expuesto a Satanás? ¿Por qué la oveja de Cristo estaba indefensa en campo abierto, expuesta a los mordiscos del lobo? Del siglo, no de Cluny, bien lo sabes, Roberto, viniste tú al Cister. Nos buscaste, nos rogaste, nos tocaste a la puerta...

* * *

»...Habiéndote probado durante un año en todo ejercicio de paciencia, y habiendo vivido perseverantemente sin queja ni pesar, por tu propia voluntad y por espontáneo impulso, profesaste; y entonces por vez primera, despojado del traje seglar, te vestiste el hábito de la Religión.

»¡Oh joven insensato! ¿Quién te fascinó para no querer ya cumplir tus votos, que pronunciaron tus labios? ¿No es verdad que por tu propia boca te has de justificar o condenar? ¿A qué te preocupas del voto de tu padre, descuidando con negligencia el tuyo propio, siendo así que por tu confesión y no por la de él habrás de ser juzgado y por tus votos y no por los suyos habrás de responder?

* * *

»Y esto, hijo, lo digo, no para confundirte, sino para avisarte como a hijo amadísimo; pues, aunque tengas en Cristo muchos pedagogos, no hallarás muchos padres; porque has de concederme que he sido yo el que te engendré para la Religión con mis lecciones y mis ejemplos. Después te alimenté con leche, lo único que podías tomar entonces; y luego te habría dado pan, si hubieras esperado a crecer algo. Mas ¡ay! ¡Cuán de prisa y a destiempo me has sido arrebatado! Temo que lo que fue objeto de mis caricias, lo que robustecí con mis exhortaciones y consolidé con mis oraciones y ayunos, se convierta en nada y venga a caer y perecer; y habré de llorar en mi desdicha, no tanto la pérdida de mis esfuerzos fallidos, cuanto el desastroso fin de mi hijo que se condenará. ¿Y estás tú conforme en que se gloríe en ti y por ti otro que nada hizo por ti, nada puso en ti? Va a sucederme a mí lo que a aquella mujer que se presentó a Salomón, después que otra le había hurtado a escondidas su hijo, habiendo sofocado y muerto al propio. Tú también me has sido arrebatado de mi seno; de mis entrañas te me han arrancado. Por eso lloro al perdido, pidiendo que se me devuelva el que violentamente me robaron. No puedo olvidarme de quien es carne de mi carne, no puedo olvidarme de mis propias entrañas; y la parte que de ellas me queda se retuerce con dolor por la que le ha sido arrancada.

* * *

»...Te espantan las vigilias, los ayunos, los trabajos manuales; pero todo esto lo tendrás en poco si meditas lo que son las llamas eternas. El recuerdo de las tinieblas exteriores hace que hallemos menos pesada la

soledad del claustro. Si piensas en la futura cuenta que se nos pedirá por las palabras ociosas, no te disgustará mucho el silencio. Aquel eterno llanto y aquel crujir de dientes, vivos en tu memoria, harán que se te dé igual un colchón que una estera. Finalmente, si de noche velas bien despierto para cantar los salmos, como manda la Regla, muy dura habrá de estar la cama para que no duermas en paz. Así también, si de día trabajas cuanto debes, según tu profesión, muy ruin habrá de ser la comida para que no la tomes con apetito.

»Levántate, soldado de Cristo; levántate; sacúdete el polvo; vuélvete al campo de batalla, de donde huiste, a pelear con mayor fortaleza después de la fuga y a triunfar con mayor gloria.

* * *

»...Si Cristo está por nosotros, ¿quién contra nosotros? Seguro puedes pelear allí donde estás seguro de vencer. ¡Oh victoria segura por Cristo y con Cristo, de la que nadie puede defraudarte, ni herido, ni postrado, ni hollado, ni muerto, si posible fuere, mil veces! La única causa de no alcanzarla es la fuga. Huyendo puedes perderla, muriendo no puedes. Y feliz tú, si murieses luchando, porque al punto serías coronado. Pero ¡ay de ti si, rehuyendo la pelea, perdieses juntamente la victoria y la coronal No lo consienta Aquél, hijo carísimo, que, por el juicio de las presentes líneas, te habría de condenar a mayor castigo, si de ellas no hallare ninguna enmienda» (92).

Es posible que esta sublime llamada de padre tardase en llegar a poder de Roberto. Lo cierto es que mientras duró el abadiazgo de Pons en Cluny, Roberto siguió en aquel monasterio; por eso Bernardo hubo de esperar aun cuatro años para ver la vuelta del hijo amado.

Cuando Pedro el Venerable, hombre de altísima virtud, fue nombrado Abad de Cluny, envió a Roberto a Claraval, su Casa de profesión, permitiendo asimismo a varios monjes que se trasladasen de Cluny a Claraval por habérselo pedido así para llevar una vida de mayor perfección.

Las relaciones del Abad Pedro con el Abad Bernardo fueron muy cordiales y se tenían mutuamente en gran aprecio y estimación.

Roberto siguió en Claraval toda la vida regular con gran perfección hasta que fue elegido Abad de Casadei (Maisson Dieu), en la diócesis de Besançon, en donde terminó sus días siendo de gran edificación y virtud.

* * *

No pocos disgustos ocasionó también al Abad de Claraval su deseo de mejorar las costumbres de los clérigos y la fustigación que hizo de los excesos de Cluny.

Cluny había llenado una larga época. Dos siglos de historia cumplieron plenamente la reforma que se propusiera, comenzada por el Abad Bemón, amparado por Guillermo, el viejo Duque de Aquitania, en el año 927.

Ya con anterioridad había querido restaurar la regularidad monacal San Benito Aniano; pero murió antes de haberlo conseguido.

La ciencia y el arte se cultivaban y florecían, pero la disciplina interior desaparecía más cada día por influencias políticas y la intromisión de los señores feudales.

El Abad era más bien un funcionario de los reyes con poco o ningún interés en sostener la observancia.

Entre los primeros y más grandes abades de Cluny está San Odón que, lleno del amor de Dios, intentó volver a la pureza de la Regla Benedictina. Muchos monasterios aceptaron su idea y al morir eran innumerables los discípulos que querían imitarle.

Destaca también Máyolo que, protegido por el Emperador Otón, lleva la idea e intentos de reforma, a los monasterios de Alemania e Italia. Cuando le sucedió Odilón de Mercoeur, la reforma ya se extendía por Inglaterra y España.

En tiempos de San Hugo el Grande, continuador de aquella empresa,

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