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LA LLEGADA DEL DIVINO JARDINERO

In document San Bernardo de Claraval (página 39-49)

En el Castillo de Fontaine, en el grupo de almas buenas que Dios tenía entre aquellos moradores, había una que sobresalía en mérito, en brillo, en lucidez. Era la de la propia Alicia que, en su papel de madre, formadora de conciencias, siempre delante en el ejemplo y la virtud, había llegado a esa etapa de perfección, de vida sobrenatural, de unión a Dios que hace que el alma esté ensimismada en El y El sea su única aspiración,

Sí, Alicia se encontraba en sazón, era fruto maduro para ser presentada a la mesa del gran Rey...

La festividad de San Ambrosio, de quien era devotísima la piadosa Alicia, siempre se celebraba con inusitada pompa y solemnidad en el Castillo.

Algún tiempo antes de la fiesta, Alicia había acudido, como lo tenía por costumbre, a adornar la capilla del santo. ¿Cuántas horas se pasaron de oración ante el altar de aquel mediador de sus peticiones?... ¡Ni ella misma podía decirlo con certeza! El santo, en medio de aquellas súplicas y afectos del corazón enamorado a lo divino, de aquella alma extraordinaria, le confió, por permisión divina, que el día de su festividad vendría el Señor a buscarla para llevarla a gozar de su presencia en una felicidad eterna.

Era el año 1107. Alicia había prevenido a su esposo, a sus hijos y a alguno de sus íntimos, pero ¿quién iba a pensar que serla verdad aquella insinuación de la madre, viéndola alegre, contenta y risueña? ¡si gozaba de completa salud! (10).

Oigamos con que emotiva sencillez nos lo describe un cronista del siglo XVII:

«Aleida (Alicia), era devotísima del Doctor de la Iglesia San Ambrosio, y el día de su fiesta juntaba todos los clérigos de Fontanas de Dijon, ciudad allí vecina, cabeza de Borgoña, y de todos los pueblos circunvecinos, y que hacía la fiesta con mucha solemnidad (de San Ambrosio) y después daba de comer y regalaba (a) los clérigos. San

Ambrosio agradecido a la devoción de Aleida la favoreció con Nuestro Señor y de su parte la dijo, que el primer día que había de venir dedicado al santo nombre de Ambrosio, la había Nuestro Señor de llevar para Sí. Publicó Aleida a marido y a hijos y a personas confidentes la merced que el Señor la quería hacer, y con admiración de todos se cumplió lo que Aleida había pronosticado. Se previno con Sacramentos para aquel día, mandó a Guido su hijo mayor agasajase y regalase a los clérigos que acos- tumbraban (a) venir el día de San Ambrosio, los cuales le ayudaron a morir y la rezaron la Letanía y ella (dice Guillermo), rezaba también, y respondía, y cuando dijeron aquellas palabras «Per passionem et crucem tuam libera nos», levantando la mano para santiguarse y en esta sazón dio el alma a su Criador.

»Se publicó la muerte de Aleyda en toda la comarca y llegó a las orejas de Gerardo Abad de San Benigno de Digion, que no está más de media legua de Fontanas, que es el monasterio célebre y de quien yo dejé hecha bastante memoria en el Tomo 5.º, y vino luego con sus monjes, y pidió a Tescelino y a sus hijos les entregase el cuerpo de Aleyda con quien se querían honrar en el monasterio, viniendo de buena gana en ello padre e hijos. El Abad y monjes fueron contentos con semejante tesoro que llevaron con mucha devoción sobre sus hombros. La clerecía y pueblo de Digion salieron al encuentro ayudando a celebrar las Exequias y finalmente se dio en el monasterio un honrado sepulcro a Aleyda, donde se pusieron alrededor con bultos las imágenes de sus hijos» (11).

* * *

Bernardo apenas podía creer lo que sus ojos habían presenciado, lo que sus oídos escucharon, lo que había sucedido a su alrededor en el espacio de tan pocas horas... ¡No, no podía ser cierto! Más bien pretendía engañarse a sí mismo, y figurarse que fuera un sueño, un triste sueño, que estaba bajo la influencia de una pesadilla.

Pero el tiempo transcurría y los días no llenaban el vacío de la ausente, de su querida, de su amada, de su bondadosísima madre.

¡Era preciso hacerse fuerte!... ¡¡Pero si no podía!!... El recuerdo se avivaba a cada hora, cuando recorría la casa intentando encontrar a la que se había ido, ¡se había ido para siempre!...

11 FRAY A. DE YEPES, op. cit. Tomo VII. Centuria VII, pág. 135. Yepes cita lo que

dice Guillermo, al comenzar el relato. También puede comprobarse en la Vita Pr. Lib. I, p. 4.

¡Oh, dulce madre mía!, —exclamaba a solas con su dolor— ¿cómo podré vivir sin ti?, ¿cómo podré estudiar o trabajar sabiendo que ya no me aguardan unos brazos abiertos para ofrecerme descanso?...

¿Cómo podré caminar sin la luz de tus ojos que me guiaban, sin la ternura de tus caricias suaves?, ¿cómo podré vencer en las dificultades de cada día sin tus consejos santos, en la tarea de elevarme a un nivel superior, sin tu mano firme que siempre me empujaba a subir?...

A una semana sucedía otra y un mes tenia que dejar paso a otro que le sustituyese, mas el recuerdo de aquella madre seguía intenso, penetrante, absorbente, en la mente y en el corazón del joven Bernardo.

Por eso le sonaba a vacío cuanto oía a su alrededor, le parecía insustancial lo que a los demás ilusionaba, creía que con nada podría llenar aquel hueco que la muerte dejara en su alma.

Mas la madre desde el cielo, continuaba rogando. En la presencia de Dios, en la esplendidez de la gloria, en la perfección de la alabanza, podía ser mejor escuchada que en aquellas plegarias encendidas que por sus hijos enviaba a su paso por la tierra.

¿Cómo va a dejar de ser atendida la oración de una madre que pide con fe, con constancia, con pureza sublime, la mayor gloria de Dios en las almas de sus hijos?

Dios es Padre de bondad. Podrá dilatar la petición para probar la fe; podrá llevar por caminos desconocidos al alma que cree verse perdida, cuando en realidad se encuentra más segura; podrá enviar pruebas y más pruebas que purifiquen lo que hay de humano, de orgulloso, de propia satisfacción... pero al fin la oración humilde, atenta y perseverante, siempre es despachada por el Padre Común con abundancia de gracias y carismas que perfeccionan al alma y la asemejan a los espíritus angélicos.

Por eso los hijos de Tescelín y Alicia habían de pasar por tantas transformaciones. Por eso aquellas almas habían de hacer época a lo largo de los siglos. Por eso Bernardo había de llegar a ser una gloria de la Iglesia Universal, un paladín de Dios, un gigante de su época.

* * *

Al dolor seco, obsesionante, arrebatador, fue sustituyendo un recuerdo sereno, tranquilo, resignado.

A las madres nunca se las olvida. Las madres jamás mueren para sus hijos. Las madres se imponen sobre la muerte: es inútil su aguijón, es

impotente su zarpa, es poco afilada su guadaña para cortar el recuerdo en los hijos bien nacidos.

Pero sobre lo implacable se rehace la propia existencia para volver a vivir, siguiendo sus pasos, pisando sus huellas, enarbolando muy en alto aquella memoria siempre bendecida.

Por eso Bernardo llegó a comprender que su alma rota podía unirse, que el hueco de su corazón podía llenarse, ¿cómo?, ¿con quién? ¡Ah! con nada vulgar, con nada pequeño, con nada humano:

¡¡Sólo con otra madre!! ¡¡Con aquella Madre del cielo, de bondad extraordinaria, de hermosura infinita, de gracia llena!!...

CONTRASTES

Era aquel tiempo para Bernardo, de intereses encontrados, de ahogos interiores, de fuerzas opuestas. ¿Quién vencería?

Su alma quería ser generosa, su espíritu sutil, su corazón clamaba por ambiciones puras.

Mas los enemigos eran temibles: una edad propicia a las seducciones a los halagos del mundo, al goce de los sentidos; una imaginación apropiada a soñar, a idealizar el mundo, a formarse su propio ambiente; un porte distinguido, figura esbelta, tez nacarada, cabellera abundante y sedosa, actitud modesta, sonrisa atractiva, elocuente palabra; en todo digno, sencillo y varonil.

El mismo nos va a describir el estado de aquella temporada en que se libraban dentro de su ser formidables batallas:

«Yo mismo muchas veces (pues no tengo empacho de confesarlo), sobre todo a los principios de mi conversión, hallándome con el corazón duro y como helado, iba en busca de alguien a quien mi alma pudiese amar, puesto que aún no acertaba a amar a Aquel a quien todavía no había encontrado, o al menos no le amaba tanto como deseaba, y por eso mismo le buscaba; aunque, a decir verdad, en manera alguna le hubiera podido buscar, si no experimentara ya algún amor hacia El. Iba pues, en busca de alguno en quien mi espíritu lánguido y perezoso pudiera reanimarse y reposar, pero no hallaba a nadie que viniera en mi socorro, y derritiendo el hielo durísimo que aprisionaba y detenía todas las potencias de mi alma, hiciera reaparecer en mi la amena y dulce primavera de las consolaciones espirituales. Con esto quedaba mi pobre alma más y más tediosa, y sumida en tan profunda tristeza y desaliento, que la ponía casi al borde de la desesperación, y lamentándose de su triste situación exclamaba: ¿Quién será capaz de soportar el rigor de tan extremado frío?» (Ps. 147, 17) (12).

El enemigo que nunca duerme, aprovechaba aquella circunstancia para sembrar tentaciones a su alrededor y robar a aquella alma su blancura, su hermosura, su resplandeciente brillo...

Los cronistas de la época relatan con mil detalles la furia de las potestades infernales:

Muchas veces hizo huir al enemigo de su pureza que lo asediaba por medio de mujeres de mala condición. En cierta ocasión despidió a una que con astucia perversa intentaba ganar su voluntad. Otra vez fue él mismo el que huyó de atrevidos ardides femeninos. Y una tercera embestida cuentan que se le presentó cuando, caminando con varios amigos, hicieron alto en una posada. A altas horas de la noche fue asaltado su aposento y el joven, dándose cuenta de la trama, comenzó a gritar: «¡Ladrones!, ¡ladrones!». Los que reposaban en las proximidades, acudieron presurosos, más, al creer que Bernardo dormía, atribuyeron a sueños las exclamaciones oídas. Varias veces se repitió la escena y ya, al siguiente día, al emprender de nuevo el regreso, fue interrogado por sus compañeros sobre los sueños macabros que suponían habría tenido: Bernardo con aplomo y serenidad contó las pérfidas intenciones de la posadera, verdadero ladrón que quería robar su castidad (13).

¡Alma valiente, de temple de acero, de fuerza y persuasión del valor que encierra la gracia! Podrá sentir desmayos, desfallecimientos, torturas...; podrá encontrarse anonadada, confusa, turbada... ¡pero jamás vencida!

* * *

Cuando un alma apenas abierta a la luz no se deja deslumbrar, cuando parpadea con serenidad, cuando al producir las primeras floraciones primaverales sabe preservarse de los ardientes rayos del próximo verano..., éstos, nunca llegarán a herirla de muerte, no la asolarán, jamás llegarán a secarla. Siempre lozana, siempre enhiesta, siempre en armonía, exhalará su perfume intenso sólo y para lo grande, lo blanco y lo bello...

La gracia divina seguía fluyendo a raudales en aquel corazón joven que no se rendía ante los brillantes colores de las pompas del mundo.

Ya en esta época, un acto heroico fortaleció más y más su voluntad para la exquisita virtud. Con motivo de una fiesta a la que asistió, fija su mirada en una joven hermosa, se siente conmovido, pero, pronto grita la voz de su conciencia y, temeroso de que las redes le prendan, huye con

espanto, sin saber adonde..., hasta dar con un estanque al cual se precipita briosamente sin acertar a salir. De allí sacaron al joven medio moribundo por la permanencia en aquel baño de agua helada (14).

Este avis le hará rehuir de las danzas y salones, de banquetes y reuniones, de músicas ligeras y conquistas fáciles...

No significa esto cobardía, sino, al contrario, mucho tesón, dominio de las pasiones, y una férrea voluntad. ¡Cuánto hubo de luchar, pues, aquel corazón alegre y expansivo, inclinado al amor! Por cuántas pruebas, por cuántos ahogos, con cuántas lágrimas de sangre venció, es cosa que sólo en el cielo podremos saber...

Por otros caminos surgieron también los peligros. Amigos de alegrías vanas, querían atraerlo con diversas frivolidades: excursiones, recreos, asistencia a los torneos tan en boga en aquella época, donde desfilaba lo más granado de la aristocracia... lujo, joyas, derroche de perfumes...

Pero Bernardo seguía imponiéndose ante los demás, al imponerse a sí mismo.

El peligro fue mayor ante la curiosidad de la ciencia. Su clara inteligencia le llevaba a la investigación, sus deseos de saber le arrastraban, su inclinación a los trabajos intelectuales tendía a absorberle. A ello cooperaba su misma familia que, por distraerle de aquella preocu- pación en que lo veían, le pintaban con fantástico atractivo un porvenir seductor, lleno de fama, de gloria, de honor...

Mas el recuerdo de su madre fue siempre un detenerse en el precipicio. Cuando la duda lo acechaba, cuando vacilaba, cuando su pensamiento fluctuaba y no sabía a qué lado inclinarse, levantaba la vista, miraba a lo alto, clavaba los ojos en el cielo y en su alma parecía oír la voz de la madre: —Bernardo, hijo mío, para mayores cosas te he formado. No te pares, no te detengas, no quieras quedarte tan bajo—.

Y así llegó a la persuasión de que «existen hombres que estudian sólo por saber, y esta curiosidad es censurable; otros aprenden para que los tengan por sabios,.. Pero los hay también que quieren saber para edificar a los otros, y esto es caridad; los hay, finalmente, que quieren saber para su propio provecho y edificación, lo cual se llama prudencia» (15).

DECISIÓN

La lucha proseguía, era preciso tomar un camino cierto, seguro, ¡un sólo camino!

Había llegado el momento de elegir carrera, y, la elección no podía dilatarse más. Bernardo pensaba, oraba, meditaba.

Si imitaba a sus hermanos en el manejo de las armas ¿qué conseguiría?, ¿galardones?, ¿laureles?, ¿medallas, en el mejor de los casos?

¡Oh, no, no! No le llenaba aquello; le atraían más las almas que las armas...

Si seguía la magistratura... podría llegar a ser conocido por su propio nombre, fama, riqueza... No, tampoco le llenaba esto; sentía un vacío interior a su solo pensamiento...

Cuando le hablaban de que tendría fácil acogida en la Corte, su tristeza se acentuaba.

Hubo quien intentó sondearle: su hermana. Aprovechando unos momentos de intimidad, quiso penetrar dentro de aquel corazón en el cual siempre encontraba cabida, refugio, cariño ¡se querían tanto!... No pasó desapercibida a Humbelina una ráfaga de luz que pareció iluminar la frente de su hermano cuando le habló de la carrera eclesiástica, de la intimidad con Dios, de representar a Cristo... Pero se detuvo confusa al ver que Bernardo se puso serio de repente. ¿Por qué? Ella le decía que su apellido, su distinción y su talento podrían llevarle a las más altas dignidades de la Iglesia... ¿Qué había en ello de menos bueno? ¿Por qué aquel cambio brusco de Bernardo? ¡Qué muchacho, cuando ya creía adivinarlo, pe- netrarlo, comprenderlo, lo entendía menos!

La guerra interior había de durar por algún tiempo aún.

¡Qué torturas pasa el alma cuando quiere verse libre de las cadenas del cuerpo, cuando quiere imponerse y pisar lo que al tirano le seduce! Sólo una voluntad firme, decidida y fortalecida por la gracia, puede triunfar de tantas acometidas.

Eso de crucificar la propia vida y hacerse indiferente para cuanto no sea Dios, es un triunfo que sólo de lo alto puede venir y sólo de El puede esperarse.

Bernardo lo sabía y así, en medio de aquel frío interior que le parecía sentir en la oración, entre la aridez que encontraba en su alma, en la inquietud de su espíritu, en cuanto le rodeaba, gemía rogaba, suplicaba...

Pero no se engañó al poner su confianza en la Madre del cielo, y en aquella otra madre de la tierra que también se encontraba ya en el cielo... ¡Cuánto podía el recuerdo de la madre muerta! Cómo le servía de consuelo, luz y guía lo confiesa él al cabo del tiempo:

«...Mas he aquí que súbitamente a la voz o a la vista de algún hombre espiritual y perfecto, o bien al solo recuerdo de una persona difunta o ausente, soplaba el Espíritu Santo en mi alma, y todos aquellos hielos se liquidaban en aguas corrientes de dulces lágrimas que me servían de pan día y noche. ¿Y de dónde procedía esto, sino del perfume que exhalaba aquella persona? Claro está que aquello no era todavía la unción de la gracia del Espíritu Santo recibida inmediatamente en mi alma, sino sólo el perfume de esa unción que me llegaba por conducto de otra persona: por lo cual, si bien me regocijaba por una parte del don que recibía, por otra me llenaba de confusión, el considerar que sólo había llegado a mi una simple emanación en lugar de una rica y abundante unción. Con todo, encantado con la suave fragancia de aquel perfume que aún no me era permitido tocar, me consideraba indigno de que Dios me comunicara sus dulzuras por si mismo» (16).

Bernardo miraba mucho hacia arriba en donde estaban todos sus amores... El recuerdo de aquellas confidencias maternales que desde los primeros años habían sembrado en su alma sentimientos de superarse a sí mismo, sería siempre en él un aliciente, un refrigerio en medio del fuego devorador con que lo querían arrastrar la masa de los adocenados, un algo definitivo en todas sus empresas.

* * *

Dios se deja cautivar por el humilde y Bernardo se mostraba humildísimo a lo largo de aquella dura prueba.

Y así sucedió que con motivo de ir a visitar a sus hermanos que por estar al servicio del Duque de Borgoña se encontraban en Grancey, a cuyo

castillo habían puesto cerco, durante el camino le iba acometiendo intensamente el pensamiento de hacer algo grande por Cristo.

En este estado, hizo un alto para entrar en una capilla que encontró al paso. ¡Cómo le aguardaba allí el Señor! ¡Qué torrente de lágrimas derramó! ¡Qué alivio encontró por fin, su corazón, cuando se decidió a dar crédito a aquella voz que gritaba en su interior y le llamaba a una vida de austeridad y penitencia, de mortificación y muerte a sí mismo.

—Sí, Jesús mío, me entregaré a Ti sin reservas, totalmente, generosamente. Te devolveré amor por amor y vida por vida...

—Superaré cuantos obstáculos encuentre en mi camino... —Pisaré tus huellas...

—Te seguiré adonde quiera que me lleves...

Y así, valiente, decidido, arrollador, se levantó presuroso con ansias de comenzar a practicar aquellas inspiraciones que tan claramente viera escritas en su alma...

Una última mirada al Crucifijo en la penumbra, y prosiguió la marcha... (17).

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