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TESCELINO SAURE Y EL MENOR DE SUS HIJOS

In document San Bernardo de Claraval (página 121-124)

El Señor, que no se deja vencer en generosidad, seguía prodigando gracias a raudales sobre su siervo Bernardo que ponía todos sus afanes en llevar almas a Dios, para demostrarle que lo amaba. Quería, a la vez, introducir a Dios en las almas, porque sabía que sólo El podía hacerlas felices.

Bernardo había ofrecido a Dios su primera juventud, y el capullo de su vida temprana comenzó a abrirse con la austera vida del monje cisterciense. Sus pocos años no le impedían, sin embargo, darse exacta cuenta de las miserias del mundo, de la locura de las criaturas que lo seguían, y del olvido de las cosas santas... Había penetrado en la sed de almas que abrasaba a Cristo en la cruz, y a la conquista de estas almas consagraba todas sus energías, sin importarle el sueño, ni el cansancio, ni la salud. Se ofreciera a El por completo, y quería que se cumpliese en su persona «lo que faltaba a la Pasión de Cristo», según expresión del Apóstol de las gentes.

El Abad Bernardo para todos tenía palabras de consuelo, de paz, de amor. Sabía penetrar en las conciencias y conmover los corazones. Por eso cada día se hacía más real aquella visión que poco tiempo antes tuviera, la cual, le llenó el corazón de inefables consuelos:

Una noche, al terminar el oficio de maitines, salió al campo que rodeaba al monasterio para respirar un rato el aire Ubre y expansionar su espíritu a solas con la naturaleza, de lo cual gustaba mucho. Como su oración era continua, interrogaba al Señor sobre el futuro de la Abadía, expresándole sus deseos de arrastrar a muchas almas por aquel camino de penitencia y mortificación, que es decir lo mismo que reparación y amor (80).

Estando en este altísimo coloquio le pareció ver que de aquellas montañas circunvecinas bajaba una enorme muchedumbre de hombres de

muy distintas edades y condiciones que llenaban el valle y penetraban en el monasterio, desbordándose por los muros.

—¿Será verdad, Dios mío, se decía, que vengan hombres pecadores y salgan transformados en monjes esparciendo por la tierra el «buen olor de Cristo?»

* * *

Y los hijos llegaron por decenas y por centenas... En Claraval pasaban de 700 el número de monjes, y las fundaciones que se hicieron en vida de San Bernardo, fueron más de 160...

Entre tantas vocaciones, hubo especialmente dos que tocaban muy de cerca el corazón de Bernardo y lo llenaban de alegría y consuelo. Fueron: La del pequeño Nivardo que, cumplida la edad canónica, ingresó en Cister. Allí hizo el noviciado bajo la sabia y prudente dirección de Esteban Harding que supo pulsar en aquella alma juvenil y candorosa las cuerdas más sensibles del amor... y así creció, vivió y murió para Cristo embalsamando su paso por este mundo con el perfume de los santos...

Al hacer la profesión Fray Nivardo fue enviado a Claraval. Dom Esteban quiso que se uniese a sus hermanos para que se sirviesen de mutua ayuda y edificación.

Y, a los seis hijos, se unió también el padre.

El viejo guerrero, el caballeroso e hidalgo Tescelín, acostumbrado a mandar y ordenar, a conducir hombres y a imponer su voluntad, el valiente soldado que había lucido su valor en tantas batallas, quiso demostrar que aún era capaz de un mayor heroísmo: Obedecer, humillarse y anularse.

Y no jugó a ser santo, sino que, poniendo su genio, su voluntad y toda su hombría, se presentó un buen día en Claraval a pedir al Abad Bernardo el tosco hábito de los monjes...

Al divulgarse la noticia, fue el comentario de las gentes durante una buena temporada. No se hablaba de otra cosa en la región. Sus mismos hijos se mostraban asombrados. Sólo Bernardo encontraba natural aquella entrega total al Dios misericordioso.

Aquel anciano de 70 años quería entregar voluntariamente a su Señor su cuerpo y su alma antes de que El se la viniese a pedir a la fuerza...

—¿No seré un estorbo para el monasterio, hijo mío?, había preguntado Tescelín a Bernardo. ¿No crees que desentonaré en la

Comunidad? ¿Estaré todavía a tiempo para rectificar mi pasado, mis yerros, mis olvidos de Dios?

—‘Padre mío, si sabe rezar, no será un estorbo, sino una bendición para el monasterio; si aprende a cambiar su mentalidad de hombre de mundo, dando a las cosas un fin sobrenatural, será una edificación para la Comunidad; si se entrega a la plenitud del amor, confiando su pasado a la misericordia de Dios, El derramará sobre su alma incontables bendiciones. Todo el que se lave en la Sangre del Cordero quedará blanco como la nieve. Cristo vino a curar a los enfermos, puesto que los sanos no tenían necesidad de salud...

Y Tescelín ingresó en Claraval, le fue impuesto el hábito religioso y, sin distinguirse de los demás monjes, se entregaba con todo ardor a los ejercicios más humildes. Aprendió a orar, a centrarse en Dios, a olvidarse de sí mismo. El Señor le permitió hacer la profesión religiosa, llevándoselo poco después a gozar de la alegría y ventura de aquel cielo sin fin al lado de Alicia, su bienaventurada esposa, para esperar juntos que sus hijos fueran llegando también allí y reunirse todos otra vez, pero ahora sin angustiosas separaciones... (81).

In document San Bernardo de Claraval (página 121-124)