El pasmo y admiración de las gentes del contorno no tenía límites al conocerse la noticia. ¿Cómo era posible que aquel señor rico, con un alto puesto en el ejército, valeroso y respetado, quisiera dejar todo aquello? ¿Sería realidad o, más bien se trataría de una fábula inventada por la fantasía popular? ¡Qué le faltaba a aquel señor tan mimado de la fortuna para ser feliz?
Así fue como una tarde, tío y sobrino, se decidieron a hablar a Tescelín, que llegara la víspera a Fontaine en unos días de descanso.
Padre bueno y amante, se preocupaba mucho del porvenir de sus hijos, de que nada les faltase, de su felicidad...
Desde que la muerte le arrebatara a Alicia, su mujer, su carácter fogoso y un tanto enérgico que le caracterizaba, se había transformado en suave para sus hijos, silencioso y reconcentrado para todos.
Tescelín se dirigía en aquel momento a las caballerizas a ver la yegua blanca que constituía las delicias del pequeño Nivardo. Nacida en la casa, el niño sentía una gran atracción por aquel manso animal que se dejaba montar por el benjamín del castillo, el cual, se creía ya un gran jinete. «Paloma» la llamaban por lo mansa y rápida que era.
Galdrico y Bernardo alcanzaron a Tescelín al atravesar la cancela baja del corralón:
—La paz os guarde, dijo el señor de Fontaine.
—Que todos recibamos la bendición de Dios, replicaron a una tío y sobrino.
—¿Qué nos dice el pensador?, recalcó Tescelín dirigiéndose a su hijo.
—Mucho tengo de que hablaros, padre mío, porque quiero que sepáis por mí mismo esta alegría que llena mi corazón, esta tranquilidad que envuelve mi alma, esta sed de hacer algo grande, digno de Dios y de la sangre que llevo...
—Hace días que me obsesiona tu pensamiento, Bernardo, pues antes de acudir a la cita del Duque, que es, justamente de hoy en una semana, quisiera saber cuales son tus pensamientos, ya que me preguntará por todos vosotros. Quiero dejar resuelto tu porvenir antes de volver al campo de batalla. Deseo saber si has llegado a ver claro en tu destino. ¿Qué quieres?, ¿a qué aspiras?, ¿cuál es tu ideal?
—Si vais a tratar de intimidades, podría yo retirarme, objetó Galdry. —Ni mucho menos, atajó Tescelín. Tú y yo vamos a ser ahora los consejeros de mi hijo.
Bernardo tomó la palabra:
—Padre, siento la llamada de Dios. No es una alucinación, no es un pensamiento fugaz, no es una ilusión pasajera...; es algo hondo, profundo, que anida en lo más íntimo de mi ser...
—Quiero servir a Dios, continuó, quiero entregarme a El, quiero vivir para El... No os asombréis, padre mío, he llegado al convencimiento de lo poco que vale todo lo de la tierra, de lo temporal de cuanto vemos, de lo fugaz que es el placer. Desde que mi madre se ha ido al cielo, he meditado mucho, recé sinceramente, miré con insistencia hacia arriba y ella, en la presencia de Dios... ¡me ha conseguido esta luz que hoy ilumina mi alma!
Tescelín serio y grave, escuchaba, atendía, no perdía ni una sílaba, ni un gesto de cuanto decía su hijo.
La llegada de Humbelina y Nivardo con el mozo de cuadra, cortó aquella cascada de bellos pensamientos del joven Bernardo.
Todos se saludaron, Humbelina abrazó a su padre con efusión y en grupo siguieron el camino interrumpido.
* * *
Era más de media noche y Tescelín seguía divisando el horizonte desde la atalaya. ¡Eran tantas las ideas que había de poner en orden!, ¡causaron tanta emoción las palabras de Bernardo en aquella conversación comenzada a media tarde y concluida hacía poco rato a solas los dos, en aquel mismo lugar!...
¿Es que iba a perder a su hijo querido?...
¡Perderlo no, Dios mío, que el entregártelo a Ti no es perderlo!
Pero... ¡de alguna manera me quedo sin él!, musitaba en su soliloquio.
Mas, ¿qué he de hacer, si es Tuyo, y Tú lo llamas?...
¡¡Ahora que al Cister!!... A esas tierras sombrías y malsanas, a esa asombrosa austeridad, a esa vida tan extraña...
Su hijo se lo pidió, él no supo negarse, pero, aún haciendo callar su corazón, algo allá dentro le alarmaba, ¿cómo iba a resistir su salud, si Bernardo no era fuerte, ni hercúleo, ni estaba acostumbrado a privaciones?
Cuando le hizo esta objeción ¡con qué fuego le miró su hijo!... ¡cómo se le clavó en el alma aquella mirada de súplica y de angustia!... Sus ojos centelleaban, mas, dominando las palabras que, sin duda, pujaban por salir fuertes y cortantes, sólo dijo con aplomo y suavidad:
—Padre, está dada mi palabra. Un ideal vale más que la vida. Hay que aprender a morir para empezar a vivir. ¿Qué importa estar sano o enfermo?, lo principal es cumplir la voluntad de Dios. Y El me quiere en el Cister, lo sé, lo comprendo, porque hay algo aquí dentro que me lo dice.
—Los monjes que están allí, no son seres de otra naturaleza, sino hombres de carne y hueso... Pues si la gracia les da fortaleza ¿cómo no la voy a sentir yo si hay una Providencia que vela y da a cada uno según sus necesidades?
—Además, concluyó en un suspiro, los Monjes Blancos aman mucho a la Virgen, le rezan, la invocan constantemente, le cantan cada día y ¡ya sabéis que dicen que Ella fue la que puso al Abad Alberico la cogulla blanca, y, ¡se cuentan cosas muy hermosas de favores particulares que tiene con sus silenciosos monjes!...
* * * Tescelín siguió pensando, pensando...
Las negras sombras de la noche todo lo envolvían... agrandaban los contornos, daban al castillo forma de fortaleza encantada, los árboles parecían fantasmas y algún búho dejaba escapar sus lamentos...
Por la mente de Tescelín iba desfilando su vida... ¡cuántos azares y aventuras! Su unión con Alicia de Montbar, la compañera buena, la esposa fiel, la mujer fuerte que pone como modelo el Evangelio. ¡Cómo plantó en sus hijos la firmeza de carácter, la espiritualidad, la voluntad indomable!...
Guido, el mayor, padre de dos hermosas niñas, sabía dirigir su hogar por los cauces aprendidos en la casa paterna.
Gerardo acaso el más mundano, sabía poner freno a su juventud, a sus deseos de gozar y reír, a su aspiración de lucir y brillar... Gerardo era
impulsivo, pero tenía un algo de espiritualidad acentuada que envolvía todo su ser. Le preocupaba mucho también aquel hijo que parecía inclinarse al matrimonio... ¿Sabría elegir bien, escoger una joven verdadera cristiana? ¿No se dejaría seducir por la belleza de tantas cabezas locas?
Bartolomé, dulce y siempre amable, ¿emprendería como el hermano mayor la carrera de las armas?
Andrés, todavía era joven, pero creía estar seguro de que llegaría a ser pronto un bravo capitán... ¡Con qué elegancia paseaba en su caballo negro! ¡Cómo le gustaba arriesgarse en las carreras de obstáculos! ¡Ingresó tan prematuramente al servicio del Duque!
Humbelina se desposaría con el señor de Marcy. Aún nada le comunicara de sus predilecciones pero... ¡hay cosas que se dejan traslucir sin necesidad de palabras! ¡Aquella alegría de su hija cuando se presentaba en el castillo el gentil visitante!... ¡Aquellas miradas suaves que tantas veces había sorprendido!... ¡Aquella efusión cuando se saludaban!...
¿Y su pequeño Nivardo? Nivardito, alegre y juguetón ¿qué camino tomaría?, ¿qué suerte le esperaba?, ¿de qué misterios iría envuelta su vida?
Miró al cielo fijándose en un hermoso lucero que parecía parpadearle... ¿era la presencia de Alicia? —¡Oh esposa mía, ayúdame desde ahí a conservar a estos hijos que tú has iniciado en las sendas del bien!... ¡Me dejaste solo cuando las dificultades son mayores, cuando la fuerza de la juventud es más arrolladora, cuando los problemas personales tienen más difícil solución!...
—Dios lo ha dispuesto así, lo acepté sin protestas, tú has ido a gozar de El... ¡sólo para mí quedó el dolor!...
—Ahora es Bernardo, esposa mía, el que me deja. ¡Qué vacío siento en el corazón! Pero si también viene de Dios, ¡acepto, igualmente, esta separación!...
—¡Alicia!, ¡Alicia!, ¡¡ayúdame!!
—¡¡Bendigamos juntos a nuestros hijos que abajo duermen!!... —Y, ¡alcánzame a mi también bendiciones desde el trono de Dios!