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LOS FUNDADORES DEL CISTER

In document San Bernardo de Claraval (página 79-88)

En los días más crudos del invierno de 1098 llegó a los bosques de Cister, en el Ducado de Borgoña, un grupo de monjes capitaneados por Roberto de Molesme, que ya contaba 80 años.

Había nacido Roberto en el Castillo de Troyes, en 1018; oyó en sus primeros años la voz que le llamaba a una milicia más alta que las armas, ¿será auténtica la tradición de que ya desde el seno materno fue elegido para el servicio de Dios?

Se cuenta que Ermegarda, su madre, en vísperas de traer al mundo a Roberto, recibió la visita de la Reina de los cielos que, poniéndole un anillo en su dedo le dijo:

«—Recibe esta prueba de los desposorios místicos con el hijo que llevas en tu seno».

Cuando el joven pidió a su padre permiso para hacerse monje, Teodorico de Troyes cedió, después de cerciorarse reiteradamente de que no era un fervor pasajero y, gracias también a la intervención eficaz de su mujer.

Sentía una ilusión llena del más hondo orgullo por aquel hijo querido. Había cimentado sobre su porvenir su mejor ideal...; con frecuencia, en compañía de otros nobles, hablaba de sus proyectos sobre el muchacho, saboreando de antemano los éxitos que alcanzaría en la carrera de las armas... ¡Cuántas veces soñó con el día en que Roberto, postrado ante el Conde de Champagne, recibiría el espaldarazo que le consagrara caballero!...

Ahora, con la decisión de su hijo se derrumbaba todo aquel halagüeño porvenir que durante tanto tiempo fuera acariciando...

46 Este capítulo ha sido publicado parcialmente, con algunas variaciones, como

artículo de carácter doctrinal, bajo el título de Nuestros Santos Fundadores, en “Cistercium”, revista monástica de los PP. Cistercienses, S. O. — Año V. N.º 25,

* * *

Roberto abandonó a los 15 años la casa paterna para hacerse monje en Saint Pierre de la Celle.

Su padre al darle el consentimiento le dijo:

—Si quieres ser «caballero de Dios, entrégate de veras a su servicio. No seas un monje a medias. Tu carácter recio, dirígelo siempre hacia El.

—¡Ten firmeza en las decisiones que tomes, pero piénsalas mucho antes de proponerlas! Los tiempos por que atravesamos son tan pavorosos, que la Iglesia de Cristo necesita combatientes valerosos, mejor dicho, necesita santos para equilibrar tanta injusticia como se comete en ella. Ya sabes que tenemos nuevo Papa. El que ahora se llama Benedicto IX era hasta hace unos meses Teofilacto, casi de tu misma edad, ¡esto clama al cielo, hijo mío! ¡¡Un niño en la silla de Pedro, es intolerable!!, ¡¡es inaudito!!, ¡¡es vergonzoso!!...

Teodorico, hombre fuerte, todo un carácter, cristiano, con creencias sólidas y prácticas, cabeza de un hogar en el cual se cumplía la santa ley de Dios, bendijo a su hijo que partía para el noviciado de Saint Pierre cuando empezaban a cubrirse de blanco los alrededores del castillo de Troyes.

Los turbulentos años por los cuales estaba pasando el papado, era motivo de preocupación para todas las familias que sentían en su corazón la fe de los primeros cristianos.

Desde 1004 hasta 1012, el papado estuvo sometido a la indomable dependencia de Johannes Crescentius el Joven, pero no hubo grandes males.

A partir de este año, la familia de los Condes de Túsculo, se apoderó de la Silla Pontificia y aunque Benedicto VIII coronó al Emperador Enrique II el Santo, y se esforzó con él por la reforma de la Iglesia, cuando fue elevado Benedicto IX, se cometió el mayor atropello que se registra en la historia. Era hijo de Alberico de Túsculo, y apenas tenía 16 años cuando fue nombrado Papa en 1032. Por su mal comportamiento, fue arrojado de Roma, nombrando los romanos al antipapa Silvestre III. Teofilacto, que ahora tomara el nombre de Benedicto IX, al ofrecerle una suma de dinero, se dispuso a abdicar. Se nombró a un eclesiástico, que recibió el nombre de Gregorio VI, gobernando por algún tiempo sin dificultad, pero como luego pretendiesen imponer nuevamente sus derechos. Benedicto IX y Silvestre III, el Emperador Enrique III reunió un Sínodo, en el cual abdicó Gregorio

VI, que era el legítimo, siendo depuestos los otros dos. Se eligió entonces a Clemente II (47).

* * *

El tiempo corrió veloz y los planes de Dios se fueron cumpliendo sobre Roberto. Con sus ansias de alcanzar la perfección en la vida monástica, suspiraba año tras año por la exacta observancia de la Regla en su primitivo fervor, sin rebajas, sin privilegios, sin interpretaciones anchas...

Solamente tenía 27 años cuando fue designado Prior del Monasterio. Su corazón seguía deseando arrastrar a otros corazones hacia Dios. El año 1065 le enviaron como Abad a Saint Michele de Tonnerre: ¡Cuántos desengaños!, ¡cuánta amargura! ¡cuánto dolor sintió por no encontrar comprensión, generosidad, almas heroicas que quisieran seguirle más de cerca en el camino del amor!...

Regresó a Saint Pierre, después de encontrar la incomprensión de aquella comunidad que se negaba a una más estrecha observancia.

Cuando cumplió los 55 años, nuevamente le nombraron Abad de Saint Ayoul.

A los cuatro meses, por mandato del Papa Alejandro II pasó a hacerse cargo de los ermitaños de Colán, que así lo solicitaran con mucho interés. En aquel desierto sólo había siete hombres, pero eran valerosos y llenos de fervor. Pedían a Roberto que los dirigiese hacia Dios en la observancia de la Regla de San Benito en toda su simplicidad. Alberico, uno de aquellos ermitaños, era el que hasta entonces arrastraba el puñado de solitarios por el camino de la fortaleza y de la mortificación. Roberto se sentía satisfecho en medio de aquella soledad.

Poco a poco iba aumentando el reducido grupo y en el otoño de 1075 decidieron trasladarse a Molesme, situado en la Borgoña. Prosperó la comunidad en tal forma que llegaron a pasar del centenar a los pocos años. Mas la prosperidad fue cambiando el ambiente de santidad que allí se respiraba; surgieron bandos y desavenencias y Roberto juzgó prudente retirarse a las selvas de Haur.

47 Cfr. LLORCA (P. Bernardino, S. J.), Manual da Historia Eclesiástica. págs. 318 y

En este nuevo lugar, se dedicó a la penitencia más intensa y a la oración más sublime. Pero poco le duró la paz, pues, los monjes de Molesme, pidieron al Papa con insistencia que volviese Roberto a hacerse cargo del Monasterio, que, desde su ausencia, iba de mal en peor... Urbano 11 ordenó a Roberto su retorno a la Abadía.

De nuevo las incomprensiones se acentuaron en Molesme. Corría el año 1098 y Roberto empezaba a creer que los hombres eran demasiado flojos, débiles en el servicio del Señor, poco mortificados en aquella entrega que prometieran por sus votos... Llevaba varios años de Abad y le pesaba el cargo, se creía vencido, inútil, falto de aptitudes para exigir el rendimiento que consideraba obligatorio...

Meditaba, oraba, rezaba mucho y bien... ¿Cómo no va a penetrar en el cielo la plegaria sincera, sentida, perseverante?...

Y un día, llamaron a la puerta de su despacho dos de sus mejores monjes: Alberico y Esteban. Venían a exponerle sus deseos de una más franca, más leal, más intensa entrega en su vida religiosa. Consideraban imposible la reforma de Molesme y proponían la fundación de un nuevo monasterio en el cual se siguiese la Regla completa y total, como la había escrito y querido San Benito.

¿Sería posible, Dios santo, que el ideal acariciado hacía tantos lustros por Roberto pudiera ser una realidad?... Si, aquella proposición fue tomando cuerpo; decididos y valerosos, los monjes Alberico y Esteban, a los cuales se unieron Odo, Juan, Letadus y Pedro, con su Abad al frente, pidieron autorización al Arzobispo de Lyon, Legado de la Santa Sede, y éste, acogiendo benignamente la propuesta, autorizó la fundación que deseaban.

Roberto reunió la comunidad para darle cuenta de sus proyectos, pidió voluntarios y, un grupo de 20 se unieron a él, emprendiendo alegremente el camino hacia Chalons. Solamente llevaban los ornamentos para la Misa, los libros para el oficio y los imprescindibles enseres para acomodarse... Al llegar a los bosques de Cister, en el Ducado de la Borgoña, les pareció un lugar a propósito para vivir ignorados de las multitudes, solitarios, lejos del ruido de los hombres... Allí podrían estar más en contacto con el Señor, entre aquella naturaleza salvaje...

Era un lugar pantanoso; sus abundantes ciénagas le hacían inhabitable humanamente... pero los valientes voluntarios miraron hacia arriba y confiaron...

La desolación reinaba en derredor, el silencio era absoluto, los gigantescos árboles le hacían obscuro y triste...

El grupo no se arredró. Comenzaron a trabajar. Caían los árboles al contacto del hacha, las zarzas y las malezas ardían en fantásticas hogueras.

Poco a poco el terreno fue apareciendo limpio y los ánimos firmes y bien templados llevaban con agrado toda clase de privaciones.

Fue en pleno trabajo cuando los sorprendió en cierta ocasión el Duque de Borgoña. ¡Qué sorpresa, al encontrarse con aquellos monjes que labraban la tierra, trabajando en silencio!...

El Duque Odo, el gran convertido de San Anselmo, había llevado una juventud un tanto aventurera y sentía ansias de reparación... ¡Qué ocasión tan oportuna para hacer bien a aquellos solitarios que surgieron de impro- viso en sus tierras!... El poder de la oración de aquellos monjes, seria sin duda un arma eficaz para su Ducado, mucho más que las mesnadas de sus soldados. Pronto envió una brigada de obreros que ayudasen a aquel grupo de enamorados de Cristo, y así, el edificio del nuevo monasterio iba elevándose firme y seguro entre aquellas tierras que hasta entonces no oyeran voces humanas.

Roberto reía como un niño ante lo que ya era realidad. * * *

La comunidad de Molesme fracasaba sin su Abad. Acudieron al Legado Papal interesando la vuelta de Roberto y el Arzobispo, ordenó que se reintegrase a su antigua Abadía...

Roberto obediente, volvió a hacerse cargo del abadiazgo, después de haber fundado Cister.

Falleció en 1111, como benedictino de Molesme, pero la Orden del Cister le debe sus cimientos.

La vida de Roberto, como la de todos los santos, fue abundante en incomprensiones, en sufrimientos, en pruebas de todas clases. Pero su fortaleza fue grande, como una estrella que guiaba todo su camino hacia el ideal, hacia Dios, hacia el cielo... (48).

48 Bibliografía de San Roberto:

Exordium Parvum. Apud GUIGNARD, Les Monuments primitifs de la Regle

Cistercienne, Dijon. 1878. pp. 61, 75.

Vita St. Roberti, MIGNE L. 157, C. 1270-1288.

* * *

Alberico siguió las huellas de San Roberto. Hacía años que le acompañaba desde Colán y Molesme, a Cister, y así, cuando Roberto regresó a su cenobio, el lema de Alberico era el mismo: ¡la Regla en toda su simplicidad!

El Papa Pascual II concedió a Cister la absoluta independencia.

Con el Abad Alberico, se introdujeron en la Orden los Hermanos Conversos que, haciendo los mismos votos y viviendo la misma Regla, con excepción del coro en los días laborables, pronto fueron poblando el cielo de verdaderos santos. Esta legión de trabajadores humildes, en los monasterios, desde entonces, demuestra al mundo con el apostolado del ejemplo, que el trabajo es un medio de santificación.

¡Qué oración tan hermosa supone el trabajo por amor a Dios! La fatiga y el cansancio por El, las gotas de sudor, unidas a las gotas de Sangre del Crucificado, cuando el hacha hiere el tronco y se ofrece por El, o cuando la azada remueve los terrones duros y ásperos, que se deshacen en actos de amor... El lo devuelve en incalculables gracias que inundan al alma de gozo, que le preparan un lugar destacadísimo entre los ángeles del cielo; recae otras veces, sobre un pecador empedernido, que, arrepintiéndose, confiesa sus culpas; sobre moribundos en peligro de perderse; sobre las ánimas benditas que salen más presto de la cárcel de fuego que las impide volar al Reino de la alegría sin fin... ¡¡Bendito trabajo hecho en nombre de Dios!!

Las Crónicas de la Orden Cisterciense relatan muchos consuelos sobrenaturales concedidos por la Virgen Santísima durante el trabajo a los monjes de su amado corazón; unas veces se les aparecía sonriendo, otras limpiaba su frente sudorosa, otras les ayudaba Ella misma en la recolección de las cosechas... ¿Cómo dudar de las finezas y mimos de Madre tan incomparable?

El Duque Odo de Borgoña siguió siendo el mejor protector de la incipiente Orden hasta que, valiente y lleno de fe, partió a Palestina como un cruzado más, a defender la tierra que había pisado Cristo...

En Oriente encontró gloriosa muerte.

Mucho había visitado Cister y convivido con los monjes, por eso, cumpliendo sus últimos deseos, sus leales servidores trajeron su cuerpo a

la Abadía, a reposar en aquel camposanto tan humilde, pero tan lleno de oraciones...

Alberico en el Cister, se dio del todo a Dios: su entrega fue absoluta, total, incondicional... El lo llevó a su seno el 26 de enero del año 1109, alcanzando el honor de los altares.

* * *

El compañero de peregrinación de Alberico, le sucedió en el cargo: Esteban Harding, el inglés culto y bondadoso de Molesme que se puso al lado de Roberto hasta seguirle a Cister.

Fue Prior durante el abadiazgo de San Alberico, y a su fallecimiento, se puso al frente de aquella comunidad reducida en número, pero con una voluntad y deseos de arder en el amor... La gobernó hasta 1154 que Dios le llamó para premiarle de todas sus fatigas en la tierra. El Papa Benedicto XIV lo incluyó en el número de los santos (49).

Fue Esteban el tercer revolucionario del mundo monástico. Durante sus años de mando habían de ocurrir hechos extraordinarios: los detractores, los hombres propensos a la crítica, los más bajos aún, que con lenguas como sierras de cortante filo pretenden destruirlo todo, habían de quedar sellados por el asombro al ver que aquellos solitarios se constituían en el comentario del día, que aquellos seres tildados por ellos de raros, de extraños y soñadores, eran el asombro del mundo, que aquellos monjes de tosco hábito, alimento frugal y vida pobre, atraían bajo sus muros lo más selecto de la comarca, lo más granado de la sociedad, lo más distinguido de la aristocracia.

Sin embargo, las obras de Dios jamás se ven exentas de pruebas, han de cimentarse en el troquel del sufrimiento, han de traslucir que nada pueden las potestades infernales contra los planes divinos. Cuando El dice ¡basta! el cambio es radical, absoluto, total. Y así sucedió en Cister.

Esteban se sintió muy solo los primeros años de Abad. Con la marcha de Roberto y la muerte de Alberico, se creía casi derrotado.

La muerte había seguido haciendo presa entre los mejores...

49 Bibliografía de San Alberico:

Exord. Parvum.

Acta Sanctorum Bolland, Jan. III, p. 368.

Con la medida radical del silencio y la imposición rigurosa de la clausura, se fue alejando la nobleza, pues, incluso a Hugo, el hijo de Odo, actual duque de Borgoña, el mayor de los bienhechores, se le limitó la entrada... El resentimiento fue general, los compromisos se rompieron, Cister tendría que sostenerse de su propio trabajo.

La simplicidad se cumplía exactamente, la pobreza y soledad se hacían patentes y los monjes hubieron de reconocer que la vida en aquella ciénaga era un verdadero acto de expiación...

Las enfermedades pronto aparecieron; aquellos brazos se fueron debilitando, perdiendo fuerzas, y las cosechas apenas cubrían las escasas necesidades (50).

Esteban empezaba a ponerse triste. ¿Es que era un sueño irrealizable su modo de vivir en la austeridad y la penitencia? ¿Se habrían equivocado también Roberto y Alberico? ¿Acaso no era grata a Dios esta reforma mo- nástica?

Dom Esteban se hallaba en tinieblas, miraba al cielo y le parecía que se había cerrado para él.

Fue en este estado de cosas cuando la muerte volvió a llamar nuevamente en el monasterio. Un Hermano Converso yacía moribundo en su lecho de paja. Luego de administrarle los sacramentos, el abad se dirigió a él y, en tono solemne le dijo:

«—En virtud de obediencia te ordeno que después de la muerte vuelvas a comunicarme si nuestro modo de vida es grato o no a los ojos de Dios».

El silencio reinaba en derredor..., todos temblaban ante aquella audacia.

El Hermano murió y al cabo de algún tiempo, cuando los monjes descansaban en el corto intervalo del trabajo, y Esteban se retiró un poco del grupo para hacer oración, se vio rodeado de una súbita luz..., sus ojos tropezaron con los del Hermano difunto el cual, con voz profunda, le dijo estas históricas palabras:

«—Deseche toda duda, Reverendo Padre, y tenga por seguro que su modo de vivir es santo y muy grato a los ojos de Dios. Más aún, su dolor por falta de hijos pronto desaparecerá, pues muchos llegarán a V. R., hombres de noble cuna e ilustrados. Sí, y como abejas que enjambran

apresuradas y abandonan la colmena, ellos volarán y se diseminarán por muchos países».

Los nubarrones en torno al monasterio empezaron a desaparecer, las sonrisas surgieron en todos los rostros, el lucero de la esperanza brillaba y se había posado sobre la Abadía de Cister.

Y así, cuando comenzaban a derretirse las frías nieves del invierno de aquel año de 1113, después de quince años que se había fundado Cister, sin que hasta entonces llegase ningún novicio, vio el Abad Esteban como se aproximaba al monasterio un numeroso grupo de caballeros. El portero salió a informarse de lo que deseaban. Entretanto el corazón de Esteban se aceleró estrepitosamente, ¿serían ellos santo Dios? Cuando el Hermano portero volvió a decirle que aquellos señores deseaban verle, su turbación se hizo manifiesta, pese a su habitual dominio, acentuándose cuando, al llegar a la puerta, todos se postraron ante él... Los había de las más diversas edades; desde los 13 a los 50 pasados...

Al frente del grupo, iba, al parecer, un joven espigado, de porte distinguido, cabellos claros y ojos azules, que, adelantándose para aproximarse más al Abad, preguntó con voz dulce y suplicante:

—¿Nos admite en su compañía, Reverendo Padre? Quisiéramos recibir el santo hábito y permanecer bajo la obediencia de V. R.

Era Bernardo de Fontaine, que, con sus cuatro hermanos, su tío Galdrico, varios parientes y amigos íntimos, llegaban a Cister en ansias de inmolación, de sacrificio, de olvido de sí mismos...

He aquí como Dom Esteban se encontró frente a frente al que había de ser la gloria mayor del Cister, su propagador incansable, el más grande de sus maestros, el sostén de la Iglesia, el «oráculo de Dios».

In document San Bernardo de Claraval (página 79-88)