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CONSUELOS Y PRUEBAS PARA EL SANTO ABAD

In document San Bernardo de Claraval (página 192-200)

San Bernardo tenia en gran estima a todas las órdenes religiosas: / «...Elogio y amo a todas porque en todas se vive según piedad y justicia, dentro de la Iglesia. En realidad, pertenezco sólo a una; pero por la caridad las abrazo a todas...

»En la mansión de mi Padre hay muchas moradas. Pues bien, así como allá arriba hay varias estancias en una misma casa, también acá en la tierra se cuentan diversas órdenes dentro de la Iglesia, sin que por esto deje de ser una; de suerte que si en la Iglesia hay diversidad de gracias, pero un solo y mismo Espíritu, en el cielo se dan distintos grados de gloria, pero una sola casa» (136).

Siempre conservó el abad de Claraval gran afecto por los hijos de San Bruno y visitaba de vez en cuando la Gran Cartuja de Grenoble, donde se le apreciaba sinceramente y era esperado con ansias y reverencia para pla- ticar de las cosas de Dios.

También fue muy generoso con los Premostratenses, fundados por San Norberto, cuyo sucesor, el Beato Hugón, dio carácter definitivo a la obra, fijando la Regla sobre la de San Agustín: vida monacal y parroquial.

Para que estableciera Norberto su primer monasterio, el abad Bernardo le cedió unas posesiones situadas en el bosque de Voas, lugar llamado «Premonstrato», sito en la diócesis de Laon, favoreciendo en todo momento su expansión.

El ver cómo la Iglesia de Cristo se desarrollaba en múltiples facetas que le daban brillo y esplendor, de la misma forma que a un jardín le dan belleza la diversidad de flores con sus variados colores, formas y perfumes, siempre dentro de la armonía del conjunto, llenaba el corazón de San Bernardo de dulces consuelos.

Su palabra, hablada o escrita, seguía también teniendo repercusión en muchos corazones que se hacían eco de aquellos sabios consejos (1).

Por este tiempo causó sensación la transformación de una gran figura de la Iglesia y del reino: Esteban de Senlis, Canciller de Francia, elevado a la Sede de París, se confió a San Bernardo para que le ayudase a cambiar su vida de lujo y ostentación, en sencillez, humildad y recogimiento. Quería mostrarse discípulo de aquel que tanto admiraba y le aconsejaba sin cesar respecto a su responsabilidad en la dignidad episcopal.

Corría el año 1127. El Obispo Esteban, amigo íntimo del rey Luis VI, le manifestó un buen día sus deseos de retirarse de la Corte para dedicarse exclusivamente al cuidado de su diócesis. El rey tomó tan a mal aquella noticia que la predilección que por él sentía pronto se trocó en odio, y, ayudado por algunos clérigos indignos que no querían someterse a las nuevas normas de disciplina y regularidad que les pedía su Pastor, y con los falsos informes que le fueron facilitados, sumándose diversas intrigas de los rebeldes, fue entregado Esteban de Senlís a la justicia civil, siendo al mismo tiempo despojado de sus bienes (137).

El prelado humilde y pacífico en medio de tantas calumnias, quiso defender sus derechos sobre los bienes de la Iglesia, haciendo la oportuna reclamación ante el soberano, pasando luego a Sens para informar de todo a Don Enrique, su Obispo titular. Ambos prelados se trasladaron prontamente a Cister, presentándose ante los abades que estaban reunidos en su anual Capítulo General. Expusieron todo lo ocurrido a aquellos venerables padres, pidiendo su mediación ante Luis el Gordo.

El Capítulo General examinó detalladamente la propuesta y, consciente de la usurpación que se pretendía hacer al obispo de París, acordó dirigir un escrito al rey, de cuya redacción se había de encargar San Bernardo, debiendo de ir firmado por todos los abades. La entrega se haría personalmente por Bernardo de Claraval y Hugo de Pontigny.

«A Luis, ilustre Rey de los franceses, Esteban Abad del Cister con toda la Congregación de los abades y monjes de dicha Orden, le desean salud, prosperidad y paz en Cristo Jesús.

»El Rey de cielos y tierra os ha dado un reino temporal, y si lo administráis con justicia y prudencia, os concederá un día otro eternal. Esto es lo que pedimos instantemente para vos en nuestras oraciones, a fin de que, después de haber fielmente reinado acá en la tierra, reinéis felizmente allá en el cielo. Mas, ¿cómo es que ahora resistís y hacéis ineficaces esas nuestras plegarias, siendo así que en otro tiempo, las implorabais tan humildemente de nosotros? A la verdad ¿con qué

confianza osaremos ahora levantar nuestras manos al Esposo de esta Iglesia, a la cual tenéis el atrevimiento y la imprudencia de contristar sin motivo alguno a nuestro parecer? Es cierto que ella presenta contra vos una queja gravísima a su Esposo y Maestro, cual es la de que se ve oprimida y maltratada precisamente por aquél que debía ser su defensor y abogado. Considerad por tanto quién es Aquél a quien tenéis por enemigo. No es solamente el obispo de París, sino el Señor del Paraíso, aquel Señor terrible que puede quitar la vida a los príncipes de la tierra (Ps., 75, 12-13); puesto que El mismo es quien ha dicho hablando de los obispos: El que a vosotros desprecia, a Mí me desprecia (Luc., 10, 16).

»Aquí tenéis lo que nos vemos constreñidos a manifestaros, por vuestro propio interés, con santa osadía, es cierto, pero también con santo afecto. En nombre de nuestra amistad y de esa confraternidad que os habéis dignado formar con nosotros y que ahora conculcáis gravemente, os exhortamos y conjuramos a que desistáis de llevar adelante tan gran maldad. De no hacerlo así, si no alcanzamos de vos que nos atendáis, si despreciáis nuestras súplicas, nosotros que somos vuestros hermanos y amigos, nosotros que cada día rogamos por vos, por vuestros hijos y por vuestro reino, tenedlo bien entendido, nosotros, repetimos, por insignificantes que seamos, no podemos abandonar a la Iglesia de Dios y su ministro, nuestro venerable padre y amigo el obispo de París, que ha venido a suplicarnos le prestemos el apoyo de nuestra flaqueza, contra vos, escribiendo al Señor Papa en favor suyo, a título de hermano nuestro. Sin embargo, antes de apelar a este recurso extremo hemos creído conveniente dirigir a vuestra Excelencia esta carta, sobre todo teniendo en cuenta que ese mismo obispo por medio de nosotros como religiosos, apela primero a vuestro tribunal, con la condición previa, empero, de que le sean devueltos al punto los bienes que le fueron injustamente arrebatados, lo cual ciertamente parece exigirlo la más elemental justicia. En espera de que así procederéis, nosotros hemos juzgado del caso atender su demanda. Si vos, siguiendo las inspiraciones divinas, queréis prestar atento oído a nuestras súplicas, y siguiendo nuestros consejos y exhortaciones, deseáis reconciliaros con ese obispo, o por mejor decir, con Dios, estamos dispuestos a presentarnos ante vos en el lugar y tiempo que nos señaléis; de no ser así, nos veremos en la dura necesidad de dar oídos a las quejas de un amigo y obedecer a un sacerdote del Señor, llevando el negocio a la Santa Sede. Dios os guarde» (138).

Parece que en un principio por la carta de hermandad que tenían los prelados y el rey con los cistercienses, se confiaba en que serían atendidos, máxime que el abad de Claraval amenazaba con la excomunión y el rey de Francia temía la confirmación por parte del Papa...

Pero las intrigas seguían; Luís VI era continuamente instigado por uno de sus favoritos, Esteban de Garlanda, clérigo lleno de ambición y del espíritu del mundo, lo cual dio lugar a que el monarca se pusiera también en contra de los cistercienses. Ante esta actitud, San Bernardo predijo al rey la muerte de uno de sus hijos, como castigo por su injusto proceder, la cual, efectivamente, sucedió al poco tiempo (139).

Viendo que el Papa no intervenía en el asunto, Luis el Gordo se creyó libre de la excomunión con que se le amenazara, dejando sin reponer al obispo de París y consiguiendo de Honorio II que le fuese levantado el entredicho que le pusiera el prelado, redoblando a la vez sus persecuciones contra el mismo, y los que le apoyaban.

San Bernardo se queja amargamente al Papa:

«Al Soberano Pontífice Honorio, los abades de los monjes de Cristo, Hugo de Pontigny y Bernardo de Claraval, le desean todo cuanto puede alcanzar la plegaria de los pecadores.

»No podemos menos de hacer llegar a vuestros oídos la queja lamentable de los obispos y aún de la Iglesia entera, nosotros que somos sus hijos, aunque indignos del nombre de tales. Hablamos no de oídas sino por lo que hemos visto con nuestros ojos. Una necesidad urgentísima, nos ha sacado del claustro y conducido al mundo, donde hemos sido testigos oculares de lo que vamos a referiros. Lo hemos presenciado con pena y tristeza, y con esta triste pena os lo comunicamos. Sepa Su Santidad que en tiempos de Honorio ha recibido la Iglesia una grave injuria. La humildad, o más bien la firmeza de los obispos, había logrado ya quebrantar la cólera del rey, cuando he aquí que de repente la autoridad suprema del Soberano Pontífice, con su intervención ha echado por tierra la decisión de los mencionados obispos, confirmando al monarca en su desatentado orgullo. Sabemos, y claramente se deduce de vuestras letras que se han valido de la falsedad y mentira para sorprender vuestra buena fe, y alcanzar de vos que ordenarais el levantamiento de un entredicho tan justo como necesario. Confiamos, sin embargo en que una vez descubierta la mentira, sentirá la inquietud que se ha mentido a sí misma y no a una tan alta majestad cual es la vuestra. Lo que nos sorprende de veras, es que en

este asunto se haya obrado oyendo a una sola parte, y que se haya condenado a la contraria sin escuchar sus razones y en ausencia suya. No venimos en manera alguna a dirigiros reproches con temeraria presunción; sino que con filial reverencia exponemos a vuestro corazón paternal cómo el impío se ha embravecido con esto, y hasta qué punto el pobre se ha visto despreciado y abatido. No nos pertenece a nosotros el señalaros hasta cuándo debéis soportar al uno, ni qué clase de compasión habéis de usar con el otro; consultad más bien sobre este particular a vuestro dulcísimo corazón. Dios guarde a vuestra santidad» (140).

En la Epístola siguiente, San Bernardo da cuenta al Papa de la injusticia que se comete con el prelado al no devolverle los bienes de que fue despojado:

»Juzgo inútil exponeros de nuevo la causa y las perniciosas consecuencias de esta triste historia; pues no dudo que se habrá conmovido intensamente vuestro corazón con la relación que os ha enviado el santo obispo de París. Con todo, a fin de que a un hermano y colega nuestro en el episcopado, no le falte nuestro humilde apoyo, he creído necesario informaros bien acerca de lo que yo he visto y oído. Después de habernos enterado de la queja humilde de este obispo, todos nosotros, los obispos de la provincia de Sens, haciendo causa común con la de nuestro Metropolitano, y procurando además que nos acompañaran otras personas religiosas, nos hemos presentado al Rey, y le hemos expuesto con la debida modestia y humildad, la grave ofensa que se había inferido al mencionado obispo suplicándole que se le devolvieran los bienes de que injustamente le habían despojado; pero nada hemos conseguido. Con todo, al darse cuenta el Rey de que estábamos dispuestos a echar mano de las armas de la Iglesia en defensa de nuestra justa causa, amainó velas; e intimidado, prometió devolver dichos bienes a su legítimo dueño. Mas he aquí que casi a la misma hora en que esto acontecía llegó la carta de vuestra Santidad, en la cual ordenabais levantar el entredicho en el reino de Francia, y a vista de ella se aferró aún más a su mal proceder y se negó a ejecutar lo que había prometido. Así es que llegado el día que él nos indicó para reunimos segunda vez a fin de dar cumplimiento a su promesa, nos presentamos ante él, esperando la paz, y la paz no vino; esperábamos la restitución de los bienes, pero quedamos chasqueados. En una palabra, vuestra carta ha tenido como resultado práctico que el Rey ha quedado injustamente con lo que más injustamente había arrebatado, y lo que

todavía es peor, poco a poco y de día en día sigue apoderándose de lo que quedaba con tanta mayor tranquilidad y aún cinismo, cuanto que ha visto que podía retener lo que injustamente había tomado. Con vuestra carta el Rey se ha visto desligado por vuestra autoridad de ese entredicho lanzado contra él por el obispo de París a nuestro parecer, con toda justicia. El temor que le imponíais y el que le inspirábamos nosotros con el cual contábamos obtener de él la paz se ha desvanecido completamente. Entre tanto nosotros hemos quedado en ridículo, hechos el hazmerreír de nuestros vecinos y conocidos; ¿hasta cuándo? Vuestra tierna piedad lo dirá» (141).

El abad de Claraval, siempre en busca del bien y de la justicia, no se intimida por las amenazas de los grandes de la tierra; acude a las supremas autoridades en demanda de la paz, para que se proceda a librar de la opresión al perseguido y que la inocencia triunfe de las insidias.

Al ver que Luis el Gordo extendía su persecución al arzobispo de Sens, vuelve a acudir el santo abad al Papa, exponiendo lo que sucede:

«...Con ilimitada confianza y fidelidad inquebrantable vamos a informar a vuestra paternidad acerca de lo que con dolor vemos que se hace contra nuestra madre la Iglesia en nuestro reino. Juzgando por lo que vemos y experimentamos, debemos manifestarle que el rey Luis no sólo persigue a los obispos, sino más aún, al celo por la justicia que ejercitan los mismos obispos, el culto de la piedad y la misma virtud de la religión. Que esto sea la pura verdad podrá deducirlo la prudencia de vuestra Santidad de lo que está aconteciendo, es a saber; que los mismos que antes, cuando vivían una vida enteramente aseglarada y mundana, eran honrados y ensalzados a los más altos honores, siendo tenidos y estimados como amigos fieles y familiares, ahora son tratados como enemigos por el mero hecho de que han emprendido una vida digna de su cargo episcopal y procuran honrar su sagrado ministerio con sus relevantes virtudes. Esta ha sido la única causa porque la inocencia de vida del obispo de París se vea colmada de toda clase de injurias y contumelias, por más que no se ha conseguido que volviera atrás de la buena senda emprendida, porque el Señor se ha dignado alargarle la mano para sostenerle. No contento con esto, el rey se ha empeñado ahora en quebrantar y abatir la firmeza y cons- tancia del señor arzobispo de Sens, a fin de que una vez derrocado el Metropolitano, no lo permita Dios, pueda más fácilmente lanzarse contra sus sufragáneos. Ahora bien, ¿quién no ve que con esta manera de

proceder se constituye en perseguidor de la religión, labrando con ello la ruina y destrucción de su reino, en cuanto está de su parte, y haciendo méritos para que la corona huya de su frente? Cual nuevo Herodes, no trata ya de perseguir a Cristo en su cuna, sino que pretende derribarle del trono que posee en las iglesias. No creemos que intente otra cosa en su manera de proceder contra el arzobispo de Sens, sino extinguir en él el espíritu de Cristo, como ya lo ha extinguido en otros. Para terminar, si vuestra Santidad sospecha que nos engañamos, dejándonos llevar de miras apasionadas, o que tratamos de engañarle falazmente, mande que se haga una información seria acerca de este particular; con tal, empero (y esto si que lo deseamos vivísimamente y se lo suplicamos ardentísimamente), que salga de vuestro rostro, Santísimo Padre, una sentencia tal, que quede incólume la inocencia y triunfante la justicia. (Ps., 16, 2; 36, 17). Así es de esperar que sucederá. Pero si en vez de obrar de esta suerte, se remite esta causa al tribunal regio para que dé su fallo, no se conseguirá otra cosa que entregar el obispo a merced de sus más encarnizados enemigos (142).

»...Claro está que debemos creer confiadamente que lo que vos ordenáis está bien ordenado, y a ello debemos atenemos inviolablemente; con todo, a muchas personas religiosas les ha parecido conveniente y oportuno que suplicáramos a vuestra piedad, Padre mío, nos concediera una sola cosa, y es que si llegara el caso (y creemos que llegará) en que dicho prelado se viera como aplastado bajo la autoridad de su poderoso enemigo, le permitierais refugiarse en vuestro seno paternal; pues, que yo sepa, jamás hasta el presente, se ha rehusado esto a ninguna persona injustamente oprimida...» (143).

El rey, a la vez, hizo constar sus quejas ante el Soberano Pontífice, por aquella intervención de Bernardo de Claraval. ¿Por qué un simple monje, se cree guardián de las iglesias de Francia y se atreve a intervenir ante el mismo poder real, se decía? Y en estos términos se dirigió al Papa Honorio II:

«¿Pues qué? ¿Nada bueno se podrá llevar a cabo, ni en el Estado ni en la Iglesia sin su intervención? Vese su mano en todas partes, pretende adelantarse a los obispos, a los Concilios y al mismo Legado Pontificio. Bien pronto, de no ponerle coto, usurpará las prerrogativas de los Cardenales y del Papa» (144).

142 Epístola XLIX. 143 Epístola L.

Así se acusaba al humildísimo Bernardo ¡él que experimentaba tanta repugnancia al tener que salir de su monasterio y verse obligado constantemente a intervenir en asuntos que no le competían directamente sino a insistencias de los obispos! En la mayoría de las diócesis de Francia se llevó a cabo la reforma de costumbres, gracias a su intervención, y los prelados acudían a él una y otra vez para sostener sus derechos o en demanda de consejo.

En una ocasión, así respondió a Mateo, Legado Pontificio:

«Mi corazón estaba pronto y dispuesto a obedeceros, pero no así mi pobre cuerpo. Agotado por copiosos sudores y consumido por los ardores de una fiebre aguda y cruel, mi carne flaca no ha podido seguir los impulsos de mi espíritu siempre pronto a cumplir vuestros mandatos. Mi voluntad se lanzaba animosa a cumplirlos, pero al punto la carne le cortaba los vuelos. Si este motivo me justifica o no, de no haber acudido a vuestra demanda, júzguenlo nuestros amigos, los cuales, sin dar oídos a mis excusas, por justificadas que sean, pretenden a cada paso, arrastrarme desde el claustro a las ciudades, a pesar de los lazos de la obediencia que en él me retienen...

»Pero si insisten en decirme, es que se trataba de un negocio gravísimo y urgentísimo, y por consiguiente era necesario que interviniera una persona capaz de resolver los asuntos más intrincados. Si se imaginan que yo sirvo para sacar de tales aprietos, yo no sólo creo todo lo contrario, sino que estoy firmemente cierto de ello...» (145).

In document San Bernardo de Claraval (página 192-200)