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Abuso de sustancias

Los adolescentes que abusan de las sustancias comparten muchas de las características de los jóvenes con trastorno de conducta y delincuentes; incluso, puede considerárseles como un

Referencia rápida 6-2

Cómo evaluar a los delincuentes juveniles con el MMPI-A

• En los primeros estudios del MMPI se descubrió que las escalas 4, 8 y 9 eran útiles para identificar a los delincuentes juveniles.

• En estudios recientes se descubrió que las escalas 4, 6 y 9, así como el tipo de código 4-9 con frecuencia se encuentran en los perfiles del MMPI-A de los delincuentes juveniles varones.

• También cabe esperar elevaciones en las escalas suplementarias MAC-A, RPAD,

TPAD e INM-A y en las escalas de contenido ENJ-A, CIN-A, ESC-A, PCO-A y RTR-A en los perfiles de los delincuentes juveniles.

• El patrón de perfil general de los delincuentes juveniles por lo general refleja fuertes tendencias de externalización de la conducta.

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subgrupo cuya rebeldía conductual supone una dependencia del alcohol o las drogas como medio de rebelión, como posible mecanismo para automedicarse y como método para alcanzar un nivel óptimo de excitación psicofisiológica. El vínculo entre el abuso de sustancias y la delincuencia se ejemplifica en un informe reciente de Komro et al. (1999), quienes descubrieron que el consumo de alcohol y el reconocimiento de problemas relacionados con el alcohol y las drogas se asociaron estadísticamente con comportamientos delictivos y violentos en una muestra grande (N = 937) de adolescentes de octavo y noveno grados. Estos autores llegaron a la conclusión de que el consumo de alcohol representaba un factor de riesgo independiente para los comportamientos delictivos y violentos entre los adolescentes.

En el MMPI original, la escala MAC recibió un gran interés en las investigaciones por su utilidad para detectar con precisión los problemas de abuso de sustancias tanto entre los adolescentes en programas hospitalarios, residenciales y de tratamiento contra las drogas, como en ambientes de escuelas públicas que no eran de tratamiento. Muchos de esos estudios se orientaron a identificar el nivel de puntuación adecuado para discriminar en forma efectiva entre quienes abusan de las sustancias y quienes no lo hacen. Por ejemplo, Gantner, Graham y Archer (1992) descubrieron que la puntuación natural en MAC de 28 en el caso de chicos y de 27 en el de las chicas, proporcionó la mejor discriminación entre adolescentes que abusaban de las sustancias y pacientes psiquiátricos internos; en tanto que las puntuaciones naturales de 26 en el caso de los chicos y de 25 en el de las chicas, diferenciaron en forma clara a los adolescentes que abusaban de las sustancias de los estudiantes de secundaria normales. Además, Archer y Klinefelter (1992) descubrieron que las puntuaciones elevadas en MAC con frecuencia se asociaban con la incidencia del tipo de código 4-9 en los perfiles de los adolescentes en el MMPI. También se ha descubierto que las puntuaciones elevadas en MAC se relacionan con el abuso de varias drogas, como anfetaminas, barbitúricos, cocaína, alucinógenos, marihuana y alcohol (Andrucci, Archer, Pancoast y Gordon, 1989).

En otros estudios realizados con el MMPI original se han tratado de distinguir las características de perfil comunes en los adolescentes que abusan de sustancias. Un hallazgo importante de un estudio realizado por Walfish, Massey y Krone (1990) fue la ausencia general de características psicopatológicas en los perfiles de 243 adolescentes que se presentaron para tratamiento contra dependencia de sustancias químicas en un ambiente residencial, lo cual indicó diferencias notables entre este grupo y los adolescentes que se encuentran en ambientes psiquiátricos generales. Sin embargo, los perfiles de los adolescentes dependientes de las sustancias químicas se caracterizaron por una elevación significativa en la escala 4 y una puntuación natural relativamente baja en la escala 2, las cuales se interpretaron en términos de un bajo grado de motivación para la recuperación debido a la ausencia relativa de depresión y angustia emocional. Un estudio de seguimiento realizado por Massey, Walfish y Krone (1992) que implicó un análisis sistematizado de los perfiles del MMPI de 250 adolescentes que recibieron tratamiento contra el abuso de sustancias. Se identificaron tres elementos importantes, caracterizados por: a) evidencias de un nivel significativo de psicopatología, b) un estilo impulsivo y tendencia al acting out y c) una falta de psicopatología significativa reflejada en la ausencia de elevaciones en el nivel de las escalas clínicas. Por lo tanto, los adolescentes que abusan de las sustancias al parecer son un grupo heterogéneo que, no obstante, genera ciertos patrones identificables o característicos en las escalas del MMPI.

Las recién desarrolladas, escalas suplementarias RPAD y TPAD del MMPI-A, que se construyeron en forma empírica para facilitar la identificación de los adolescentes que abusaban

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de las sustancias, demostraron en forma considerable que su uso promete buenos resultados con esta población. Para diferenciar a los adolescentes que abusan de las sustancias de quienes no lo hacen, Weed, Butcher y Williams (1994) informaron una mayor precisión con las escalas RPAD y TPAD que con la escala MAC-A del MMPI-A. Sus hallazgos se basaron en una evaluación inicial de estas escalas en la que recurrieron a los 1,620 adolescentes de la muestra normativa del MMPI-A, mientras que los grupos de contraste se conformaron por 251 adolescentes que recibían tratamiento psiquiátrico y a 462 adolescentes que estaban en unidades de tratamiento contra alcoholismo y drogadicción.

Hay dos destacados estudios de investigación basados específicamente en el MMPI-A con poblaciones de adictos a las sustancias. Gallucci (1997b) evaluó las aportaciones de escalas específicas del MMPI-A para clasificar a 180 adolescentes que abusaban de las sustancias en tres grupos: un grupo primario de adictos a las sustancias caracterizado por un subcontrol conductual, un grupo secundario que manifestaba la ausencia de subcontrol conductual y un grupo combinado que presentaba características de subcontrol y sobrecontrol. Los resultados de un análisis discriminante reveló que las escalas MAC-A, 2, 4, 9, 3, TPAD y RPAD, hicieron aportaciones significativas y en conjunto, generaron una clasificación precisa de 79.4%. Entre los tres grupos se descubrieron algunas diferencias importantes que sustentaron los hallazgos anteriores respecto a la heterogeneidad de los perfiles de abuso de sustancias de los adolescentes. Por ejemplo, las puntuaciones T promedio de MAC-A estaba en un nivel de elevación clínica en los grupos primario y combinado, pero no del grupo secundario, y el mismo patrón de elevación se encontró en el caso de la escala 4. La escala TPAD se elevó en los tres grupos, pero

RPAD cayó en el rango clínico de elevación sólo en el caso del grupo primario subcontrolado.

De esta manera, Gallucci llegó a la conclusión de que el MMPI-A es valioso para evaluar el abuso de sustancias en los adolescentes, en gran medida por su capacidad para medir diversas características psicopatológicas –capacidad que también sirve para diferenciar distintos tipos de subgrupos de adolescentes que abusan de las sustancias–. En un segundo estudio, Gallucci (1997a) examinó los correlatos de 16 escalas del MMPI-A relacionadas con las sustancias en una muestra de 180 chicos y chicas adolescentes que recibían tratamiento contra abuso de sustancias en un centro psiquiátrico para pacientes internos y en un hospital de atención diurna. Las escalas elegidas que se examinaron fueron MAC-A, RPAD y TPAD, así como diversas escalas relacionadas con el abuso de sustancias desarrolladas para el MMPI. Gallucci determinó que sus resultados respaldaban la descripción de RPAD como un indicador específico de la disposición para reconocer patrones de consumo de sustancias problemáticos y afirmó que TPAD y MAC-A reflejaban un amplio patrón de subcontrol conductual, del cual el abuso de sustancias es uno de sus componentes.

Las evidencias concernientes al uso del MMPI-A para evaluar a adolescentes que abusan de las sustancias sustentan la efectividad de las escalas MAC-A, RPAD y TPAD en esta empresa y también muestran la importancia de examinar los patrones de perfil de las escalas básicas en busca de la presencia de elevaciones en las escalas activadoras. Por lo tanto, el clínico que realiza la evaluación debe buscar signos generales de perturbación conductual que se caractericen por una impulsividad marcada y tendencias de externalización, con indicadores adicionales de abuso de sustancias revelados tanto en elevaciones en las escalas MAC-A y TPAD como en el reconocimiento de consumo de drogas o alcohol en la escala RPAD (véase el cuadro de Referencia rápida 6-3.)

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