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Acción Democrática crea la identidad

In document La Lengua de La Demagogiabrit (página 149-152)

2. Códigos linguisticos: las palabras en el populismo

2.5. Discurso populista y habla popular:

6.1.6. Acción Democrática crea la identidad

El justicialismo es el resultado de un conjunto de ideas y valores que no se postulan: se deducen y se obtienen del ser de nuestro propio pueblo.

Juan Domingo Peron,

El Proyecto Nacional.

Hemos ya visto, en las secciones 5.1, 5.2 y 5.3 de nuestro libro La máscara del poder, y en la introducción del presente estudio, que la afirmación central del discurso populista consiste en que el venezola- no es igual al adeco.

Tal afirmación es reiterada de manera persistente y a todo nivel por la propaganda populista: tras la victoria de Carlos Andrés Pérez en 1988, todos sus afiches incorporan una franja que dice: “Venezuela Ganó”. Luego, Venezuela es igual al candidato populista. La continua repetición de la especie desde la fundación del partido hace que in- cluso no accióndemocratistas la acepten acríticamente.

Así, cuarenta y cuatro años más tarde, Nelson Acosta Espinoza y Heinrich Gorodeckas descubrirán de nuevo lo que diariamente re- piten las dirigencias populistas, y se aventuran a “proponer, a manera de hipótesis, la existencia de una adequidad inscrita en el interior de nuestra venezolanidad”.

Lo tardío del descubrimiento no modera sus alcances. Mientras los líderes populistas se limitan a afirmar que el partido amalgama el alma del pueblo, o la expresa, o cuando más es ella, Acosta y Gorodeckas invierten la relación de casualidad: el partido es quien constituye al pueblo:

En Venezuela, a partir de la muerte de Juan Vicente Gómez, se generó un conjunto de condiciones (dis- cursivas y no discursivas) que permitió la constitución de un nuevo sujeto; el pueblo. Su constitución se reali- zó en oposición a la dominación particularizada en los

Obviamente no podía estar triste: el conjunto de textos citados pretende penetrar en un complejo Plan de Betancourt: dividir el partido a fin de que éste pierda las elecciones, a fin de que Copei gane y el lide- razgo “sea compartido”. La primera derrota electoral accióndemocratista aparece así, como un generoso obsequio de Betancourt a Caldera. Hasta los reveses del partido resultan, pues, de un acertado cálculo de sus diri- gentes para entregar el poder en bandeja de plata a sus adversarios.

No existen teorías semejantes para explicar la pérdida del poder en 1948. Tampoco hemos encontrado ningún accióndemocratista que comparta esta tesis de un Betancourt regocijado por la derrota de su partido y hasta cierto punto lúcido planificador de la misma. Tal hipó- tesis sería irrespetuosa para Gonzalo Barrios, a quien Betancourt habría entonces hecho elegir candidato en la certidumbre de que ello signifi- caría perder las elecciones. Más aun, la misma lógica llevaría a suponer que Betancourt, nuevamente consternado por el exceso de poder de Acción Democrática al ganar las elecciones de 1973, habría promovido al deslucido candidato Luís Piñerúa Ordaz para que éste fuera derrota- do en los comicios de 1978. Betancourt sería, así, el agente directo, vo- luntario y consciente de las dos derrotas electorales de su partido. Con dirigentes de tal altura, ninguna organización necesitaría enemigos.

Inútil es hacer hipótesis sobre estos eficaces planes de Betan- court para sacar del poder a su propia organización. No sólo care- cen de lógica: carecen de pruebas. Pero ningún mito las necesita. Lo único que trasciende es que, en ambos casos, el líder impuso a su candidato —Barrios en 1968, Piñerúa en 1978— aun en con- tra de la voluntad de importantes sectores del partido, y siendo el elegido visiblemente desprovisto de un prestigio propio ante el electorado. Tales injerencias en los procesos de selección interna de las candidaturas hablan más de la soberbia del poder que de la preocupación por su exceso. Confirman los rasgos de persona- lismo, particularismo y continuismo tan criticados en el estilo de mando caudillesco, y que ni los triunfos ni las derrotas electorales consiguen borrar.

¡Gloria al bravo pueblo que el yugo lanzó!

Para destruir cualquier suposición de que este “pueblo” se refiere sólo a las castas adineradas a las cuales la Constitución de 1810 otorga el derecho al sufragio censitario, prosigue Vicente Salias:

¡Abajo cadenas! Gritaba el señor; y el pobre en su choza, libertad pidió. (…) Y desde el Empíreo El Supremo Autor un sublime aliento al pueblo infundió.

“Pueblo” es, para el poeta, tanto “el señor”, como el “pobre”. A ambos infunde por igual su aliento el Supremo Autor.

¿Es acaso Vicente Salias el único empeñado en constituir al pue- blo como sujeto político, quitándole así al populismo por siglo y medio la primicia del descubrimiento de ese sujeto? No tal. Hacia la misma época de la Independencia, el pueblo corea una “Canción Americana” que interpela como sujetos de la liberación a las “castas viles”:

Todos en esta empresa somos interesados. Unámonos al punto como buenos hermanos. Fraternidad amable estrecha entre tus brazos los nuevos pobladores: indios, negros y pardos. Viva tan sólo el pueblo, regímenes políticos de los generales López Contreras

y Medina Angarita. En otras palabras, la identidad del sujeto pueblo fue constituida en torno a un conjunto de símbolos (Juan Bimba) y valores articulados al dis- curso político de Acción Democrática. Es ésta una de las razones que explica la hegemonía política que Ac- ción Democrática ha ejercicio durante las últimas cua- tro décadas y media (...). La adequidad evoca un ‘otro’: Juan Bimba, que es reconocido por el ‘otro’ el pueblo. Acción Democrática pudo desarrollar un equivalente general a través del cual constituyó al sujeto pueblo.66

O, para mayor claridad:

Juan Bimba entra en el escenario político de manos de Acción Democrática. Este partido otorgó, por vez primera, un principio de identidad al sujeto pueblo. Constituyó al sujeto pueblo. Es en este sentido que afirmamos la existencia de una adequidad en el inte- rior de nuestra venezolanidad. Resumiendo, Acción Democrática articuló lo nacional popular al discurso político. (...) Acción Democrática estableció una re- lación entre intelectuales y pueblo que fue capaz de producir un nuevo sujeto —Juan Bimba— que de- sarrolló, no tan sólo un espíritu de escisión frente al poder, sino que también generó una identidad propia que al mismo tiempo que lo afirmaba, negaba al blo- que de poder.67

Disentimos cordialmente de lo anterior. Un claro antecedente le disputa la primacía a Acción Democrática en la constitución del pueblo como sujeto del discurso político. Dice el Himno Nacional, compuesto hacia 1810:

66. Acosta, Nelson, et al. Op. Cit, pp. 93, 98-100.

“¡Fuera!, ¡fuera!, ¡muera!... Ya no lo queremos a Ud.”, gri- ta el pueblo. “Está bien, señores, —dice Emparan vol- viéndose hacia los regidores— no quieren que gobierne, pues tampoco quiero mando”.69

Según esta narración, nace la patria con motivo de la manifesta- ción colectiva y multitudinaria de rechazo del “pueblo”, como masa anónima, hacia el representante del Rey. Validan su rol protagónico, tanto la actitud del Capitán General de consultarlo, como la de obe- decerlo cuando su veredicto le es desfavorable. Tres veces es men- cionado explícitamente el pueblo en el breve párrafo; y dos veces de manera implícita (pregunta, “no quieren que gobierne”); en dos de las cinco menciones es sujeto activo (grita, “no quieren”).

Desde entonces, todos los discursos políticos —con la probable excepción del de la oligarquía conservadora— constituyen al pueblo como sujeto. E insistimos en que no se trata de un pueblo abstracto, jurídico, oligárquico. En tales discursos, como en los precedentes, apa- rece bien clara la condición de pobreza la integración por indios, negros y pardos, el ser sin camisa, su calidad de masa o de aglomerado. Será de- finido también como trabajador; populacho, pardaje o pueblo soberano. Así, Antonio Leocadio Guzmán, en los editoriales de El Vene- zolano, a partir de 1840, lanza diatribas como las siguientes: “Harto recientes son, asaz escandalosas, harto sensibles al pueblo venezola- no, los excesos de poder, y más que crueles los padecimientos de la nación. Leyes que destruyen la propiedad, leyes que hacen espantosa la suerte del trabajador”.70

Nótese de nuevo que pueblo es, no solamente aquél que ve des- truida “su propiedad”, sino además el simple “trabajador”. En todo caso, éste se siente “interpelado” por El Venezolano y por la nube de pasquines de la prensa liberal. El 9 de febrero de 1844 protagoniza una verdadera poblada que intimida al tribunal que juzgaba a Antonio Leocadio Guzmán por ofensas periodísticas a un banquero. José An-

69. Hno. Nectario Maria. Op. Cit, p. 104.

70. Citado a su vez por Brito Figueroa, Federico. Tiempo de Ezequiel Zamora, pp. 47-48.

el pueblo soberano; mueran los opresores mueran sus partidarios.

Le contestan los coros de la “Carmañola Americana” que tam- bién postula como protagonista a un “pueblo” que no es precisamente la oligarquía:

Yo que soy sin camisa un baile tengo que dar. Y en lugar de guitarras, cañones sonarán. Bailen los sin camisa y viva el son del cañón. (...)

Seremos todos iguales, y no habrá otras distinciones que el talento y virtud y las grandes acciones. Bailen los sin camisas.68

La versión que todos los escolares conocen de la Declaración de Independencia el 19 de abril de 1810, coloca al pueblo no sólo como interpelado, sino además como sujeto decisorio del fin del mando es- pañol. Transcribimos, por más difundida, la que da el hermano Necta- rio María, que coincide en lo fundamental con la de los demás textos primarios. Los regidores, miembros del Cabildo, no logran convencer al Capitán General Emparan de que renuncie. Un tercer actor decidi- rá en la pugna de las instituciones:

Emparan se dirigió a la ventana y apeló al pueblo aglo- merado en al plaza: “¿Os satisface mi gobierno?”, pre- gunta. Madariaga, que se había colocado detrás del Ca- pitán, hace señales al pueblo que conteste que no.

opresión serán resignificados en el interior de un discurso vagamente nacionalista que tendrá su asiento en el realce de los rasgos más con- servadores de la tradición popular”.72

Tal etapa “postperezjimenista” cubre tres décadas, de las cuales ya veinticinco años corresponden a gobiernos accióndemocratistas. El “discurso vagamente nacionalista” y los “rasgos más conservado- res de la tradición popular” habrían acompañado esta dilatada hege- monía electoral. La supuesta “constitución del sujeto pueblo” habría requerido del golpe de Estado de 1945 para lograr un poder del cual apenas ocho meses estuvieron legitimados por el sufragio. Sospecha- mos que dicho sujeto existía bastante antes de esa fecha.

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