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Interferencias lexicales

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2. Códigos linguisticos: las palabras en el populismo

2.5. Discurso populista y habla popular:

2.5.7. Interferencias lexicales

La continua y redundante previsibilidad lexical parecerá sor- presiva para quienes se han acostumbrado a identificar el discurso de Betancourt —y de sus imitadores— por las “palabras raras”. Él

a) Por lo regular, los arcaísmos o cultismos en desuso son aplica- dos por Betancourt y sus imitadores para descalificar a adversarios. Buena parte de las expresiones de tal índole recopiladas por Rosen- blat tienen ese sentido, aunque el filólogo no siempre lo advierte: Obsoleto tilda todo lo que el líder considera fuera de uso. Sicofante insulta a Vallenilla Lanz, defensor de Gómez. También turiferario sirve para tal fin. Parafernalia execra las armas de Fidel Castro. Fa- lencia designa el estado del fisco atribuido a la administración de Pé- rez Jiménez. Vagarosa, es el habla de Pérez Jiménez, y la del mismo Betancourt al redactar el Plan de Barranquilla. La paloma parácleta se posa sobre los designados para presidentes por medios distintos del voto popular.50Nefelibatas son los extremistas.

Igual función tienen otros arcaísmos no registrados por Rosen- blat. Casandras agoreras son quienes anuncian males para su gobier- no; estafeta del Caribe es la Revolución Cubana. Ergástulas son las pri- siones del gomecismo y de los regímenes que Betancourt no aprueba (nunca lo aplicó a las cárceles políticas de su administración). El suje- to de dichos calificativos queda así investido del mismo carácter arcai- co y descontextualizado de aquello que lo califica. Como el adjetivo o sustantivo, es anticuado, cursi, rebuscado o incomprensible.

Tal uso de arcaísmos y neologismos para descalificar adversarios había sido inaugurado un siglo antes por el gran demagogo Antonio Leocadio Guzmán. De los conservadores decía: “godos”, “mamanto- nes”, “oligarquistas”, “jabaditos”. A su archienemigo, el panfletista Juan Vicente González, lo acusaba de “blandicoso”, “hipopótamo malsín”, “gismendero y biasmador”. Ramón Díaz Sánchez apunta que tales motes “penetran en el alma del pueblo y se difunden con rapidez”. Sus frases “son comentadas en todas partes” y se “convierten en prover- bios”. Sus sentencias “pasan a la categoría de axiomas políticos”.51

b) Las interferencias diatópicas casi siempre son intertextos sa- cados del inglés y, a diferencia de los anteriores, tienen como sujeto al propio emisor. A través de ellos, éste se inviste de la gloria de alguna

50. Rosenblat, Ángel. Buenas y malas palabras. Tomo IV, pp. 148-150.

51. Díaz Sánchez, Ramón. Guzmán, elipse de una ambición de poder. Tomo I, pp. 215-253. Lo cierto es que las palabras raras son en el discurso betan-

couriano lo que Maingueneau denomina “interferencias lexicales”: fragmentos que aparecen como “rupturas semánticas en el hilo conti- nuo del discurso”.48

Estas interferencias son llamadas:

a) Diacrónicas, cuando en un texto determinado son insertas pa- labras o frases provenientes de un estadio anterior de la lengua, tales como los arcaísmos: obsoleto, ergástula.

b) Diatópicas, cuando insertan términos de lenguas extranjeras: “We will come back; fifty-fifty”.

c) Diastráticas, cuando incorporan lexemas de niveles de lenguaje diferentes que hacen contraste con el resto de discurso: así, los criollismos o giros populares insertos en un discurso culto. d) Diafásicas, cuando incorporan términos de un tipo de discurso

(científico, poético, etc.) en otro tipo de discurso.

Como indica Maingueneau, “el sentido de estas interferencias es extremadamente variable según el discurso de que se trate: con- nivencia con el receptor, deseo de dar un cierto status al locutor”; en todo caso, “se trata de un medio muy eficaz de modalización, al cual el analista debe prestar la mayor atención”.49

Siguiendo la ley de dicotomía extrema señalada por Moles con respecto al kitsch, mediante tales interferencias el discurso salta des- de la más chata monotonía a la más extrema excentricidad: por eso son tan remarcables. Siempre hay en ellas algo que no pertenece al contexto, bien temporal (arcaísmos, neologismos), bien cultural (an- glicismos, norteamericanismos). Son como un desfile circense de fe- nómenos. Como en la teratología, su poder de maravilla depende de su escasez: rara vez aparecen más de dos o tres en un mismo discurso, y sin embargo, la voz popular conviene en que “caracterizan” un estilo. Cada categoría de ellos tiene una específica función:

48. Maingueneau, Dominique. L ‘Analyse du Discours, p. 121.

ción del llamado a la connivencia dirigido a la supuesta audien- cia popular: “disfruto mucho el lenguaje popular. No por de- magogia. Gozo realmente hablando con la gente del pueblo”. Tal empleo de los giros “populares” es enteramente consciente y premeditado. Como indica Carlos Gottberg sobre Betancourt:

Tiene el secreto del expositor nato que sabe elegir las palabras de acuerdo con el auditorio. Habla como un experto entre expertos, como un escritor entre escri- tores; pero cuando se encuentra rodeado de pueblo, le vienen a la lengua los más sabrosos giros populares, no por obra del rebuscamiento sino de su ligazón pro- funda con las maneras del venezolano. Las expresiones populares le dan fuerza y color a su discurso; usadas por él no tienen nada de postizo sino se cargan de in- tención y contenido nacional.54

Los giros más recordados son, precisamente, menciones a la ali- mentación. Con razón los llama Gottberg “sabrosos”. Particular fama disfrutó la mención de las “multisápidas hallacas”, tanto como la del “con- dumio guatireño”. Ambos platos están condimentados por el arcaísmo, que en este caso inviste al orador de la reputación de culto. La culinaria sirve también para recordar que “guerrillas sin campesinos son como arroz con pollo sin pollo.”55 Lo popular siempre parece referir a este es- tómago sin fondo: en una carta juvenil, el político se asimila a un llanero “capaz de tragarse una mula con todo y enjalma y sin eructar”.56

Tales asociaciones son constantes en el discurso populista. Ya hemos visto que el calificativo que más aplica al pueblo es de “recep- tor de alimentos”, y el que le sigue en frecuencia es el de “hambriento”. Como contrapartida, la calificación que más se atribuye a sí mismo

54. Liscano, Juan, et al. Op. Cit, s, p.

55. Ibídem.

56. Servicio secreto de investigación. La verdad de las actividades comunistas en Venezuela (El libro rojo), p. 138.

celebridad estadounidense o británica. El líder “will come back”, como Douglas MacArthur; ha ordenado “disparar primero y averiguar des- pués” como el general Patton; posará en el extranjero “la planta pere- grina” como (y lo advierte textualmente) Lord Byron.52

La función de estas interferencias es transparente: Betancourt quiere hacernos conocer que “yo leo varios idiomas”; que tiene el ac- ceso al código supuestamente superior del inglés y del francés, lenguas de metrópolis. Al analizar en profundidad un texto lleno de interferen- cias del inglés de Norteamérica, concluyó Maingueneau que las mis- mas operan como “medio de inscripción casi mágica en la ideología del self-made-man” y que mediante ellas “los Estados Unidos aparecen como un lugar mítico de iniciación a la promoción capitalista”.53

c) Entran en el discurso betancouriano, asimismo, interferencias diaphasicas, especies de neologismos que por lo regular son vocablos de aspecto científico acuñados por el líder para describir una realidad trivial. Así, mabitólogos designa a los supersticiosos que creen en la mala suerte o mabita; conchupancia a quienes desempeñan a la vez cargos administrativos y legislativos; hampoductos a un puente aéreo para mandar a campos de concentración en Guayana a jóvenes que manifestaban contra su gobierno.

Como los arcaísmos, descalifican a adversarios; al igual que an- glicismos y galicismos, prestigian al emisor, atribuyéndole el dominio de un código elevado, en este caso el de la ciencia, el de una moder- nidad que siempre procede a través de mecanismos complicados o pedantescos: a través de gadgets que antes complican que simplifican la tarea a la cual están destinados.

d) Dentro de este conjunto de interferencias, debemos mencionar en fin a las diastráticas, los giros populares, casi siempre refranes o frases en las cuales se alude a objetos o costumbres típicas. No forman tampoco parte orgánica del discurso. Resaltan en él como una materia que se ha tomado prestada de un repertorio de giros proverbiales preexistentes. Es obvio que juegan la fun-

52. Ver Betancourt, Rómulo. Venezuela, política y petróleo, p. 21.

En realidad, como hemos verificado, léxicos y códigos distintos coinciden en el mismo discurso. Parece que se quisiera elegir, justa- mente, aquellas palabras que el auditorio no comprende, para prestigiar al orador colocando a su audiencia en una situación de perplejidad, oscilando entre una monotonía redundante y una excentricidad in- descifrable. A muchos oyentes ello les parecerá una prueba, como a Gottberg, de una “memoria fenomenal para las palabras” y de una “apabullante memoria léxica”.58 A otros, como al maestro del lengua- je, Arturo Úslar Pietri, le parecerá “quincalla verbal”.59

Rafael Guinand le atribuye a Negrín, un curandero protegido por Gómez, igual navegación errática entre léxicos científicos, arcaís- mos, criollismos y neologismos destinados a realzar el prestigio del orador y maravillar a la audiencia:

Así, pues, señores, unámonos todos en este gran des- rengamiento cletónico; pacuchemos las grandes cha- magüinas del pasado; no permitamos el barrigonismo científico; alcémonos como un solo hombre contra las pejigueras cunénicas; demos la espalda a las traumati- zaciones del dolor, y así, de tumbo en tumbo, pero con paso firme y político habremos llevado la ciencia a una altura verrúgica, y todos ganaremos porque con nues- tros conocimientos pleuróticos habremos espantado para siempre el chapote de las violencias y el zorroclo- co de las enfermedades.60

El efecto es paradójico. Aquello que el público recuerda de los dis- cursos de Betancourt es justamente lo que no comprende. Del mismo modo, en un atuendo o en una decoración kitsch, lo que golpea la aten- ción y recordamos es el relumbrón, el detalle bizarro, la ornamentación llamativa, el arcaísmo rebuscado o la modernidad sin función alguna. Ello constituye el atractivo de tal estética para un cierto público.

58. Liscano, Juan, et al. Op. Cit, s, p.

59. “Carta a Rómulo Betancourt”. El Heraldo, 26/3/1946, p. 3.

60. Nazoa, Aquiles. Los humoristas de Caracas. Tomo II, p. 65. el político es la de persona que dirige; la segunda, la de elevador de

salarios, la tercera (comprensiblemente asociada a las anteriores) la de persona que facilita alimentos (V. 5.3). Para el orador, una vez más, parece el estómago la vía real hacia el corazón del pueblo. No es difícil adivinar por qué tales expresiones podían retener la atención de un pueblo que estaba, y está todavía, azotado por un hambre crónica.

El uso descontextualizado de los giros y refranes populares, su empleo como argumento o verificación, también tiene un carácter tautológico que Roland Barthes ha situado agudamente entre los mi- tos de la derecha:

El mito tiende al proverbio. El refrán popular prevé mucho más de lo que afirma, permanece como el habla de una humanidad que se hace, no que es. El aforismo burgués, en cambio, pertenece al metalenguaje, es un segundo lenguaje que se ejerce sobre objetos ya pre- parados. Su forma clásica es la máxima. En este caso la verificación ya no está dirigida hacia un mundo por hacerse; debe cubrir un mundo ya hecho, ocultar las huellas de esta producción bajo una evidencia eterna. Es una contraexplicación, el equivalente noble de la tautología, de ese porque sí imperativo que los padres, cuando no tienen respuestas, suspenden encima de sus hijos. El fundamento de la verificación burguesa es el buen sentido, es decir, verdad que se asienta en el orden arbitrario de quien habla.57

El discurso populista aparece así, en su conjunto, como un ex- traño híbrido: un discurso cuya previsibilidad lexical y fuerte redun- dancia lo asimilan al código restringido, pero que echa mano en forma esporádica de materiales sumamente constrastantes por su descon- textualización: arcaísmos, extranjerismos, neologismos de factura propia, giros proverbiales.

1. En cuanto al léxico, por la alta previsibilidad de la mayoría del mismo y la trivialidad o redundancia de las adjetivaciones y asociaciones.

2. En cuanto a las formas verbales, por el predominio del indicativo, de los tiempos simples sobre los compuestos, y por el uso frecuente de frases verbales que incluyen participios y gerundios. Estos ras- gos, sin embargo, son menos frecuentes que en el habla popular. 3. Por el uso (moderado en el discurso populista) de llamadas al

consenso que subjetivizan la opinión del emisor para atraer el acuerdo hacia ella.

4. Por la acentuada narratividad del discurso, que privilegia la des- cripción de actos o dichos de personajes definidos, antes que los razonamientos o las categorizaciones conceptuales.

Por el contrario, el discurso populista se aproxima al “código formal” o “elaborado”, en los siguientes rasgos:

1) Predominio de las oraciones compuestas o subordinadas sobre las oraciones simples.

2) Uso preponderante de la tercera persona, si bien esta tercera per- sona en la mayoría de los casos designa de manera indirecta al mismo emisor del discurso: es una forma disimulada del “yo”. 3) En las formas verbales, a pesar del claro predominio del indi-

cativo, de los tiempos simples y de las “frases verbales”, la inci- dencia de tiempos compuestos, del subjuntivo y de las formas pasivas e impersonales es significativamente mayor que en el “habla popular”.

4) Hay una frecuente descripción explícita de la subjetividad del emisor, si bien tal descripción es estereotípica y confunde la función expresiva con la referencial, es decir, alude a la emoción para sugerir la veracidad.

5) Hay interferencias lexicales diacrónicas, diatópicas, diastrásticas y diafásicas, es decir, arcaísmos, anglicismos, giros populares y neologismos de carácter rebuscado e incorporados al discurso como piezas disonantes dentro de la fuerte previsibilidad lexi- cal del mismo.

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