Uno de los elem entos fuertes de nuestro diálogo con las mujeres en las organizaciones que he visitado y entrevistado es el de las transformaciones o desplazam ientos que se han dado en el movimiento de mujeres, especialmen te en Latinoamérica. Como se ha señalado en los capítulos iniciales, es evi dente una fuerte transición, en la cual se pierde de vista, se diluye, se suaviza aquel perfil contestatario, rebelde, irreverente del m ovimiento en los años setenta y ochenta. Uno de los rasgos de esa transición es un nuevo tipo de 152
relaciones con el Estado. De aquella crítica radical al aparato estatal y su re presentación de intereses de clase hemos pasado a una tendencia consisten te no sólo en hacer presión a través de sus distintos organism os nacionales, regionales o locales, sino también en acceder a la burocracia, a los cargos de decisión y a los de elección. Sin que haya desaparecido del todo esa postura radical contra el Estado o el sistema político, al m enos en algunos sectores del movimiento, es evidente que también se ejercen demandas fuertem ente desde fuera, por políticas y reconocim iento de derechos para las mujeres y la pobla ción vulnerable en general y que, además, se trabaja desde dentro del Estado, intentando transformarlo.
La reflexión aquí propuesta en ocasiones sorprende: “¿cómo no vincu lam os a la institucionalidad?”, como le sucedió a Ligia Cantillo:
Hoy se hace lo humanamente posible para vincularse a la administración pública, a la institucionalidad. Entonces desde allá se hacen acciones... Pero fíjate, nosotras somos producto de ese proceso. ¿Cómo no vincularnos a la institucionalidad si nos permitió abrir espacios en algunas partes? Tanto que hoy, por lo menos a nivel de los consejos territoriales de mujeres, esos espacios también se aprovechan y se hacen convenios y se hacen alianzas con la institucionalidad para irradiar y transformar las condiciones que uno quiere que se transformen. A mi m odo de ver, es la misma di námica la que implica que las mujeres nos acerquemos a procesos institucionales.
No obstante, hay otras lecturas posibles: “el m ovim iento ha sido y si gue siendo irreverente”, afirma Rafaela Vos. Trabajar con el Estado no es per se malo, es más bien estratégico. El asunto es, afirma, cóm o se mantiene distan cia respecto de las políticas regionales que quieran absorber el m ovim iento de mujeres, su liderazgo, y utilizarlo:
[...] el feminism o ha podido ser táctico para poder no solamente adaptarse, sino sobre vivir a un nuevo milenio. Si eso no hubiera sido así, no obstante todas las críticas que se le pueden decir a las mujeres feministas, como, por ejemplo, que han trabajado por proyectos coyunturales de las organizaciones internacionales... ha sido un mecanismo de sobrevivencia porque solas no se hubiera podido hacer. Si eso no hubiese sido así, hoy, en el siglo xxi, no se estuviese diciendo que el movimiento que le puede dar a la humanidad un enfoque de cambio y transformación, es el m ovimiento de mujeres.
Aquí la idea fuerte de su argumento es que hay nuevas estrategias, hay nuevas políticas en el movimiento; no se trata de la pasividad y el condicionamiento de las financiadoras; es, más bien, la estrategia que permite la sobrevivencia del movi miento; el hecho de acercarse y trabajar unas veces con el Estado, otras veces a través de proyectos internacionales, otras con las propias iniciativas y desde nuestras propias necesidades locales, pareciera según estas percepciones que antes que estancar al movimiento lo potencian, no sólo con el cálculo racional y la estrategia, sino con otro componente característico de las organizaciones de mujeres: su inagotable capacidad creativa. “De este modo, la capacidad de supervivencia nuestra ha sido por nuestra capacidad de podemos mover estra tégicamente, en un país de tanta violencia, aprender de los procesos y mantener un discurso y una práctica y transformarlos según el mismo desarrollo del país y sus políticas coyunturales”, concluye Ligia Castillo.
Cómo ser mujer y sobrevivir en el intento en Colombia es el título de la obra que se escribe en el día a día de las organizaciones, y no sólo por el conflicto ar mado, que es un ingrediente central que se articula con otras estructuras de la sociedad, com o las expresiones de violencia doméstica propia de estas cultu ras patriarcales y las condiciones de pobreza en que viven am plios sectores de la población. En este marco un movimiento feminista difícilmente profundi za sus objetivos, primero porque en cada mom ento está en riesgo la vida, y se gundo, porque son tantas las urgencias de sobrevivencia que los “intereses es tratégicos” quedan aplazados, ceden el paso a los “intereses prácticos”. Y con esto no estoy afirmando que no haya una intención de transformar estructu ras, sino que el trabajo que en estas condiciones se hace no logra sus propó sitos. Ser mujer, feminista o defensora de los derechos, no sólo tiene un costo político muy alto, sino también un considerable costo social y familiar, pues pue de representar rupturas, tensiones derivadas de la toma de conciencia y la re beldía consiguiente. Aprender a manejar estas tensiones es todo un ejercicio de m alabarismo y creatividad que hace laxas y móviles las posiciones.