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Alberdi, su vida y sus tiempos

ALBERDI: DE AYER Y DE HOY

por ALFREDO E. VES LOSADA*

«Los hombres compartieron un pasado ilusorio» 1

I

Toda vez que un argentino se vuelca al pasado descubre tremendas coincidencias entre su pensamiento y el de los próceres, en particular de aquellos que no calzaron espada o que lo hicieron a su pesar, como Belgrano. También descubre la violencia de sus pasiones pero allí ya encontramos diferencias. En el siglo XIX las posturas extremas y la vehemencia que las acompañaba se debían a que las posturas antagónicas se proyectaban sobre un fondo de sangre, muerte y expoliaciones. Realistas y patriotas, conservadores y jacobinos, liberales y tradicionalistas, federales y unitarios, el interior y la Capital, enseñanza pública y privada, y aún hoy, la misma historia de enfrentamientos y con otros actores vuelve a repetirse con igual vehemencia, aunque haya desaparecido aquel telón de fondo que sacudió al país en la mitad del pasado siglo.

Parecería que los argentinos no han sabido construir un gran país, pudiendo hacerlo. Releyendo las Cartas Quillotanas 2 uno advierte de qué manera se agraviaba contra

Sarmiento y la respuesta de éste, en igual tono 3.

El país se fue tejiendo sobre un cañamazo de intemperancias, sin el deseo ni la necesidad de escuchar al adversario. Esa sordera política también abarcaba lo cultural.

La Argentina ha sido y sigue siendo una nación dividida en dos bandos irreconciliables, aunque pasen los años y las circunstancias, los hombres, las ideas y los partidos. Sigue siendo el eterno país que pudo ser.

Todo esto viene a cuento al referirnos a Alberdi, un ejemplo más de ese desencuentro.

II

Caído Rosas y abierto el país a un futuro político incierto, Alberdi considera llegado el momento de sustituir la espada por la pluma; la pasión y el agravio por el razonamiento y el cálculo. Ha pasado la hora de los caudillos y debe darse paso a los que puedan aportar sabiduría, equilibrio político y sagacidad para elegir a quienes tienen el poder político y militar para imponer un nuevo orden.

A todo lo largo del siglo XIX hay una expresión que sintetiza ese estado de cosas: de un lado está «el desierto» donde domina el indio y del otro las ciudades con sus cabildos, sus iglesias, sus pocos centros educativos. Lo que Sarmiento llamó «civilización y barbarie». Uno era el pasado inmediato, el otro, era el futuro.

De allí su polémica con Sarmiento. Ambos querían otro país, sin los defectos del pasado, pero empecinados en la propia perspectiva, no advertían que sus reclamos lejos de ser antagónicos eran complementarios.

Alberdi busca al Príncipe que con su poder implante un nuevo orden y cree encontrarlo en Urquiza; para Sarmiento en ese momento Urquiza es un caudillo más, cuya única virtud habría sido la de vencer a Rosas.

Sobre esa base el retrato que pinta Alberdi de Sarmiento está signado por una evidente mala fe, que se explica por el calor del debate, pero que responde a una idea del político propia de un ensayista pero impensable en un práctico.

Si Sarmiento ha vivido luchando contra los caudillos y usado todas las armas posibles a su disposición, la caída de Rosas abre una época nueva en la que será posible construir una gran nación, «en la que mucho podrá hacer el alfabeto, pero más falta hacen hoy la barreta y el arado»4. Esa es la educación popular que necesitan nuestras repúblicas, y por cierto que «ella no se toma en la guerra civil»5.

Esa es la idea que Alberdi se ha formado de Sarmiento y al que considera un peligro antes que un aliado en la necesidad de reconstruir un país devastado por las luchas civiles.

Alberdi conocía el carácter de su adversario y advertía en él cuotas de violencia más propias del enemigo común que de alguien con pretensiones de estadista. En eso no erraba pero lo que no advertía era que Sarmiento a diferencia de él era, además de un pensador y un educador, un genuino hombre de acción. Allí está la clave del malentendido que llevará al enfrentamiento.

En eso no ha cambiado el país, sacudido por antagonismos personales y de facción y que han jalonado nuestra historia desde 1810 hasta el presente.

III

En algún momento, Alberdi pudo hablar positivamente de Sarmiento al considerarlo

«un hombre de Estado a su modo y el más influyente que haya tenido y tenga el Estado argentino, de que es miembro. Su nombre suscribe su Constitución, su Código Civil, sus reglamentos y decretos de seis años» 6, pero su animosidad personal lo habría llevado a referirse

a él en estos términos «loco sagrado, bárbaro letrado, Facundo II, cómplice venal en el sacrificio de una Provincia, cortesano de Buenos Aires, servil, escritor que escribe con el bajo vientre, desorganizador del país, petulante como un mazorquero, incapaz de libertad, Tartufo, lucrador de cargos públicos, apóstata de la política, liviano de carácter, medianía incontestable, Plutarco aldeano y muchas otras cortesías de este estilo»7.

Para Alberdi la caída de Rosas ofrecía la oportunidad de transformar al país a través de una modernización de su organización política, de su economía y de su cultura. Esa obra no podía quedar en manos de hombres marcados por la contienda militar y política, pues Caseros ofrecía ahora la posibilidad de dar paso a los hombres de Estado, a los pensadores políticos, encolumnados detrás del nuevo Príncipe.

El pensaba, y con razón, que reunía esas cualidades. A la voluntad irrestricta del caudillo debía suceder la del gobernante constreñido por preceptos constitucionales, los militares debían dar paso a los hombres dotados para llevar adelante las riendas del Estado. Había terminado la hora de la espada.

Esa fueron la virtud y el defecto de Alberdi. No supo ver en Sarmiento no sólo al hombre de acción que enfrentó el federalismo de Facundo y de Rosas y al que atacó cuando se alineó con Buenos Aires, sino al político práctico que visita a Urquiza como presidente en San José 8.

IV

Las opiniones sobre el Fragmento Preliminar al Estudio del Derecho, sean a favor o en contra, se invoquen circunstancias históricas nacionales o no, tradiciones filosóficas imperantes en su país o en Europa, ponen de relieve que, ayer como hoy, la filosofía relacionada con el derecho está tan alejada de la realidad como siempre.

Por un lado, ese trabajo de acuerdo a Canal Feijóo 9 destaca el interés y la preocupación

intelectual de Alberdi por estar al tanto de las novedades europeas y que lo llevan a leer a Jouffroy, Cousin, y a través de ellos, a Kant en materia metafísica; en filosofía de la historia acude a Vico, Herder, Condorcet, Jouffroy, Lerminier y a través de ellos, a Hegel; una filosofía del derecho en la que introduce el historicismo y una filosofía política, todo lo cual «se insume en concepción de sistema constitucional, que envuelve las ideas de fin inmediato y de método positivo»10.

El Prefacio constituye un ejercicio de entusiasmo y soberbia juveniles por una parte, y por la otra, incurre en las mismas fantasías de la filosofía del derecho que han llegado a nuestros días. Por un lado, propone como punto de partida el derecho natural y nos dice: «El derecho no es más que la regla moral de la conducta humana, el conocimiento del derecho quiere ser precedido del conocimiento del fin de la conducta humana... esta misión, este fin, este destino del hombre, como de todo ser creado, es el bien: el bien y el fin de un ser, son, pues, idéntica cosa»11.

«El derecho se divide en cuatro grandes artículos, cuyas respectivas funciones son: la regla de la conducta humana en su cuádruple relación con Dios, consigo mismo, con las cosas, con sus semejantes. De aquí el derecho natural bajo cuatro denominaciones distintas: 1º) Religión natural, como regla de la conducta del hombre con Dios. 2º) Derecho personal, como regla de su conducta consigo mismo. 3º) Derecho real, como regla de su conducta con las cosas. 4º) Derecho social, como regla de su conducta con el hombre», por lo que «abraza el sistema entero de las relaciones obligatorias con la creación»12.

En esa línea de pensamiento, Alberdi se ubicaba en la mejor tradición jusfilosófica nacional y extranjera de ayer y de hoy 13.

V

Cuando Borges acuñó la idea de un destino sudamericano 14 signado por una muerte

terrible para los próceres, no recordó que existía otro no menos cruel, el destierro voluntario. Rivadavia y San Martín lo conocieron. También Alberdi.

«Alberdi murió muy lejos de su país, océano por medio, en París, en junio de 1884. Había nacido setenta y cuatro años, en agosto de 1810, el año inaugural de su patria, en Tucumán, la más mediterránea provincia argentina, donde vivió sus primeros trece años. De allí pasó a Buenos Aires a continuar sus estudios. Quince años vivió en Buenos Aires. Tenía veintiocho cuando atravesó el Río de la Plata para establecerse en Montevideo; permaneció allí cuatro. Tras un viaje de tres meses por Europa, pasó a Chile donde residió casi diez años; trasladándose luego a Europa para permanecer allí el resto de su larga existencia (salvo brevísimo interregno de retorno a su patria, muy cercana ya su muerte). De los setenta y cuatro años, pues, que duró su vida, sólo los primeros veintiocho los vivió en su tierra; los cuarenta y seis restantes, fuera, cada vez más lejos. Y he aquí que un buen día da en la famosísima ocurrencia de llamarse a sí mismo: «el ausente que nunca salió de su país» 15.

Ese exilio le permitió mantener su independencia intelectual, sin ataduras políticas, guiado sólo por su criterio personal: «Si mis escritos han tenido algún éxito lo deben a la libertad con que los he pensado, redactado y publicado, al favor de la seguridad que me dio mi residencia en países extranjeros» 16.

«Arropado en su poncho y sorbiendo un mate escribía a la luz de un candil, en las nevadas noches de Saint André. Insistía con angustia en los mismos temas, la necesidad de dar a la nación una capital, el reconocimiento de los derechos de las provincias sobre el comercio exterior, la necesidad de respetar la libertad y la seguridad de sus habitantes. Alertaba a la patria contra los trágicos espectros de la anarquía, la secesión y las guerras gloriosas»17.

Hay una serie de problemas que ayer y hoy conmocionaron a los argentinos y fue Alberdi quien se encargó de destacar sus caracteres y sus vicios.

En un país inmenso y deshabitado que ofreció al conquistador una falta total de oro y plata para justificar la empresa, solamente quedaba la posibilidad de trabajar la tierra, transformándola en lo que vio y cantó Darío 18, pero existió simultáneamente, otro país que

persistía en la mentalidad del pasado,

«Ante el vacío inexpresivo, era inútil pensar en pueblos que conviven una vida de trabajo, en animales domesticados, en huertos, en mercados. Lo natural era Trapalanda, con la ciudad en que los Césares indígenas almacenaban metales y piedras preciosas, elixires de eterna juventud, mujeres hermosas... lo obstinaba en la creencia de que en alguna parte estaba lo que ansiaba; iba así cerrando los ojos a la realidad» 19.

Ese país que soñó el conquistador fue luego ocupado por funcionarios de toda laya -virreyes, gobernadores, alcaldes, militares de todo rango, sacerdotes de diversas órdenes, empleados- que vivieron y medraron con la corrupción, el contrabando y el despojo. Eso lo conoció Alberdi y le hizo trazar una pintura bien poco favorable del país.

«¿Tenemos un gran territorio? -luego somos ricos, dicen sus habitantes escasísimos. ¿Somos ricos?- luego tenemos derecho a pedir dinero ageno, para vivir con él como ricos. Por razón que tenemos suelo y crédito, creemos tener riqueza» 20. Como consecuencia de ello, «persuadidos de que son ricos, se endeudan como ricos, gastan como ricos, y viven del crédito, es decir, de la riqueza agena, que les presta la Europa» 21 «Las crisis económicas porque pasan los países sud-americanos, no tienen otra causa ni origen que la dirección que ha traído hasta aquí el movimiento político, formado por el movimiento de las ideas equivocadas de los hombres de Estado» 22.

Si cotejamos esas afirmaciones de Alberdi con la situación actual del país, cabe apreciar que los errores de su época siguen siendo los errores de hoy.

Martínez Estrada manifestaba hace tiempo que ciertos males endémicos eran consecuencia de una serie de factores estructurales que a pesar de los años no se habían alterado en lo fundamental y que se hacían presentes en los momentos de grandes crisis económicas, como la actual. Los llamó invariantes y expresaba que «cualesquiera sean las modificaciones en la estructura política, legislativa, jurídica o administrativa, las líneas directrices de esos intereses forzarán a las instituciones a responder a la integridad y perpetuación de esos invariantes»23.

«Como Alberdi lo expuso, la verdadera barbarie nuestra está en las técnicas y prácticas del manejo de la hacienda fiscal, y en la desorganización perfectamente fructífera de la economía nacional y privada»24.

A la luz de la situación económica y social que vive el país hoy, claro resulta que los invariantes señalados en el pasado han sido obra de los beneficiarios del descalabro económico actual. Sus intereses sectoriales han acabado con el crédito público y el pago de la deuda pública con el extranjero cae sobre las espaldas del resto de los argentinos. Nada ha cambiado: los mismos beneficiarios y los mismos perjudicados. Ayer como hoy.

VII

En otros países, el estudio de figuras como la de Alberdi es tarea de historiadores que analizan la personalidad, la trayectoria política, la originalidad e influencia de sus ideas en el pasado y el presente, pero siempre como algo que fue.

En cambio, cuando estudiamos a nuestros próceres, no podemos menos que hacerlo sobre el telón de fondo de nuestros problemas de hoy, porque siguen siendo los mismos que los de ayer, implacables en su recurrencia.

La violencia física de la época alberdiana no ha sido reemplazada por la de las ideas. Sigue intacta aunque se la practique por otros medios. Aquellos factores negativos, los invariantes, persisten en la realidad de nuestro tiempo.

Hacer un balance de los factores contra los que luchó Alberdi confunden por un momento, porque las fechas se pueden correr hacia el pasado o de éste al presente, cambian los nombres y las consignas políticas y sociales, pero los problemas no han cambiado. La historia, nuestra historia, no es una lección de optimismo. Alberdi sigue en el exilio.

Notas:

*Académico correspondiente en La Plata.

1 Jorge Luis BORGES, «La fundación mitológica de Buenos Aires» en Poemas

(1922-1943), Buenos Aires, 1943, Losada, pág. 122.

2 Juan Bautista ALBERDI, Cartas Quillotanas, Colección Claridad, Buenos Aires, s/f. 3 Domingo F. SARMIENTO, Las ciento y una, Buenos Aires, Claridad, s/f.

4 ALBERDI, op. cit., pág. 68. 5 ALBERDI, op. cit., pág. 68.

6 Juan Bautista ALBERDI, Escritos póstumos, Buenos Aires, Imp. Hnos. Cruz, 1900, t. XI, pág. 594,

7 Carlos MOUCHET, «Alberdi y Sarmiento» en Estudios sobre Alberdi, Buenos Aires, Ediciones de la Municipalidad de Buenos Aires, 1964, pág. 94.

8 Este año al visitar la Estancia de San José, magníficamente restaurada, pude visitar el dormitorio que ocupó Sarmiento siendo presidente durante su visita a Urquiza.

9 Bernardo CANAL FEIJÓO, «Introducción» al Fragmento preliminar al estudio del

derecho, Buenos Aires, Hacchette, 1955, págs. 20-21, 10 Op. cit., pág. 22.

11 ALBERDI, op. cit., págs. 100-101. 12 Op. cit., pág. 123.

13 Alfredo E. VES LOSADA, El ser del derecho y otros cuentos chinos, La Plata, 1994, pág. 1.

14 BORGES, op. cit., Poema conjetural, pág. 171. 15 CANAL FEIJÓO, op. cit., pág. 38.

16 Jorge M. MAYER, «La personalidad de Alberdi», en Estudios sobre Alberdi, Buenos Aires, Municipalidad de Buenos Aires, 1964, pág. 20.

17 MAYER, op. cit., pág. 21.

18 Rubén DARÍO, «Canto a la Argentina», en Obras completas - Poesías, Buenos Aires, Anaconda, 1949, pág. 269 y ss..

19 Ezequiel MARTÍNEZ ESTRADA, Radiografía de la pampa, Buenos Aires, Losada, 1942, t.1, pág. 13.

20 Juan Bautista ALBERDI, Escritos póstumos, Buenos Aires, Imprenta Europea, 1895, t. 1, pág. 81,

21 ALBERDI, op. cit., t.1, pág. 82. 22 ALBERDI, op. cit., t.1, pág. 97.

23 Ezequiel MARTÍNEZ ESTRADA, Los invariantes históricos del Facundo, Buenos Aires, Viau, 1947, pág. 31.

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