Alberdi, su vida y sus tiempos
LA QUERELLA DE ALBERDI CON SARMIENTO
por ARIEL ALVAREZ GARDIOL *
El género polémico ha sido un estilo muy particular en la historia de la expresión del pensamiento y ello tal vez, porque la esencia misma de todo intercambio de ideas en el campo del conocimiento es habitualmente dialógico, controversial y el aspecto crítico y aun negativo de todo saber, es sustancialmente una disputa. Los instrumentos para vertebrarlas han sido varios y en circunstancias verdaderos duelos dramáticos.
En casos ha sido el encendido debate verbal, del que recordamos un memorable ejemplo en aquella celebrada contienda de sistemas dentro de los tipos peculiares del idealismo neo-hegeliano protagonizado por Benedetto Croce y Giovanni Gentile, que refleja las más acuciantes cuestiones que preocuparon al pensamiento filosófico italiano en los años inmediatamente anteriores a la guerra y que ha sido uno de los acontecimientos más instructivos y por momentos más fuertemente estimulantes en toda la historia de la filosofía contemporánea.
En otros, la disputa ha sido epistolar de la que recordamos como ejemplo paradigmático, aquella que tuvieron como figuras principales al señor Pedro C. Molina y al doctor Hipólito Yrigoyen, causada por la carta de renuncia que el primero cursara al segundo en sucarácter de presidente del Comité Central de la Unión Cívica Radical en 1909 y en la que el Dr. Yrigoyen lo acusa de renunciar por una futilidad, sin dejar un acento de cordialidad, ni un eco de cortesía y enseguida, cayendo en el destino de todas las apostasías, incurriendo en apreciaciones tan extrañas a su modulación caballeresca, que cuesta aceptar que han sido una actitud propia. Dice textualmente la carta de Hipólito Yrigoyen:
«Se aleja Usted cuando por todas partes repercuten las vibraciones del sentimiento nacional que por medio de sus delegaciones llegan hasta el altar de la patria a renovar sus votos de honor y de austeridad ciudadana en aras de su redención. Deja este puesto cuando la conjuración tramada desde el primer día acometiendo y arrasando desaforadamente con todo lo que ha creído y cree necesario a su plan se descubre, reproduciéndose con procederes tan indignos y temerarios que uno queda absorto de que lo consienta y no estalle el pueblo argentino arrojando para siempre de su seno tamañas felonías, contra la majada soberana de la Nación».
Nos hemos permitido transcribir, el texto de esa carta, tal vez en demasía, por la vinculación que tiene con cuestiones institucionales que vive hoy nuestra espléndida República, bastardeada por una política mezquina e incompetente. En otras, el instrumento ha sido el libro, como aquella enriquecedora entre dos dignos representantes del pensamiento jurídico argentino contemporáneo, los doctores Sebastián Soler y Genaro Carrió, que comenzó con la publicación de un sustancioso pequeño libro que es hoy un clásico: Notas sobre derecho y lenguaje de Genaro Carrió, que motivó algunas críticas de Sebastián Soler, formuladas en otro espléndido libro de este jurista: Las palabras de la ley, al que se sucedieron varios más hasta que la polémica se acalló, creo yo sin vencedores ni vencidos.
A veces ha sido una mezcla de debates personales, libros que reprodujeron aparentemente en forma tendenciosa un intercambio de opiniones verbales y terminado en un ensayo, como fue el lamentable saldo de aquella intelectualmente lucrativa visita que hiciera Hans Kelsen a la Universidad de Buenos Aires y motivara la disputa desbordada del Dr. Carlos Cossio. Creemos que las ideas siempre andan lanza en ristre y quien pretenda introducirlas entre los hombres, debe dejar que traben combate entre sí, ya que cuando el filósofo se abstiene de polemizar y se expresa como si estuviera modulando su propio espíritu, no ha comenzado en realidad todavía a filosofar.
Algunas, en artículos publicados en medios masivos de comunicación social, como la que interpretaron Bartolomé Mitre y Paul Groussac respecto del asalto a Buenos Aires por los ingleses en 1807 y también, mediante el mismo instrumento y uno de los mismos protagonistas en la que no creo haya podido superarse el grado de vehemencia, la entablada entre Paul Groussac, director de «Sud América» que fue combatiente denodado acaudillando las huestes de su diario, en cuyo mástil flameaba la bandera liberal y bajo la que se encontraban Carlos Pellegrini y Lucio V. López y fue cuando se discutió la cuestión laico-religiosa en la enseñanza, tema que unido a los intereses políticos de la época, motivó un debate de gran efervescencia con
Calixto Oyuela y Manuel Láinez, que engendró no pocos incidentes que trascendieron del plano personal de los contendientes.
Vamos a hablar de Alberdi
Otras plumas, sin duda mejor cortadas, han tratado de la polémica que queremos recordar con ustedes, con una maestría que nos provoca admiración y que hubiésemos deseado poseer, para relatarla con el brillo que este tema se merece.
Se ha discurrido tanto a su respecto que en una primera aproximación pareciera que todo ha sido dicho. Hemos aprendido tanto, sólo con la lectura de la tan vasta como erudita producción bibliográfica del presidente de esta honorable Corporación, el profesor Dr. Olsen Antonio Ghirardi, que pareciera imposible pretender agregar nada enriquecedor a lo ya escrito.
Sin embargo, creo que cuando se habla de ideas profesadas o de posiciones ideológicas asumidas, por alguna figura venerable de nuestra historia patria, podemos hacerlo desde la región de la libertad, que es la que se logra cuando se juzga a la distancia y se pueden por ello dejar de lado las exclusividades intentando conciliar lo que de universal tienen las ideas.
Un elemento que debe ser ponderado muy intensamente, cuando se intentan valorar posiciones adjudicadas por el prócer de nuestro recuerdo Juan Bautista Alberdi, es que varias de sus polémicas fueron entabladas desde el desarraigo y si es verdad que la expatriación suele ser gloriosa, tiene el peligro de separar al exiliado del medio, exasperando sus sentimientos y obnubilando sus juicios acidulados por la proscripción de la ausencia.
No hay que olvidar que mientras Alberdi estaba en el ostracismo, los que junto a él lucharon contra la dictadura y prepararon de consuno, la constitución que floreció en 1853, habían accedido al poder de la República. Es claro, Alberdi no tuvo y muy probablemente no deseó tener, las cualidades atrayentes de los grandes dirigentes, de los conductores de masas obedientes a las que arrastran convertidas en mansos instrumentos de los casi siempre inconfesables intereses espurios.
Tampoco lo caracterizó ese talento singular de los fundadores de facciones políticas, que logran el brillo seductor de sus propias calidades, porque le faltaba la escenografía necesaria para deslumbrar a las turbas y sencillamente porque jamás fue un ambicioso.
Pero así como no fue todas esas cosas, sí fue sobre todo un gran patriota en el ejercicio medido de la razón, en la dirección de los sentimientos civilizados, solidario en sus destinos superiores con todos los integrantes de la gran familia que integra la Humanidad.
Fue incansable en la observación, en el estudio y en el análisis de su pueblo con la proyección que, a estos fines, sólo puede proporcionar la ausencia y la distancia. Inquirió sobre sus antecedentes y escudriñó en su historia, diagnosticando sus dolencias y prescribiendo la adecuada terapéutica, para transformar su cuerpo enfermo, en un organismo sano y pleno y con todos los atributos y perspectivas de un futuro venturoso. Es de nuestro interés en nuestro trabajo profundizar en las ideas esenciales de este prócer, que constituyen tal vez, el patrimonio más valioso que haya legado a la Nación, el talento de sus hijos más encumbrados en el que aún hoy podemos encontrar respuestas adecuadas, para la solución de las graves cuestiones sociales y políticas que comprometen nuestra propia existencia.
Pero ello requiere indagar los antecedentes que recortan los perfiles del momento histórico en el que plasmaron esas ideas.
España nos había transferido, con el descubrimiento y la colonización todos los atributos y también todos los defectos que conformaban el complejo estructural de su cultura. Pero además, fueron los acontecimientos políticos institucionales de la Península Ibérica, los que despertaron el sueño de la revolución, casi presentado enigmáticamente por los fundadores de nuestra nacionalidad que, fuerza es admitirlo, no obraron desarrollando un plan previamente elaborado y maduro sino moviéndose casi instintivamente en el sentido de la independencia.
Nuestra geografía, era un montón inorgánico de parroquias y caseríos diseminados en un inagotable desierto, absolutamente aislados por la distancia que las separaba y sin ninguno de los vínculos que permitieran articular a los miembros integrantes de una nación.
Esa era la estructura internacional del Virreinato, cuando se intentaron los primeros experimentos de organización, surgiendo los proyectos pujantes pero frágiles y precarios de 1819 y de 1826, frutos valiosos del esfuerzo de Rivadavia y del Deán Funes, deslumbrados por el fulgor que provenía de los países más evolucionados de la Europa de entonces, Francia e Inglaterra, pero absolutamente incompatibles con nuestra realidad física y con nuestros antecedentes culturales.
Y es precisamente ese conjunto de circunstancias, por encima de las más nobles intenciones de sus patrióticos inspiradores, lo que precipitó la anarquía del año XIX que frustró el primer intento constitucional de 1819 y a la presidencia de Rivadavia sucedió la dictadura y es cuando comienza el período más tenebroso de esta gestión, cuando Alberdi que aún joven, casi adolescente había sido testigo de este doloroso crecimiento decide expatriarse buscando en sus inacabables viajes por Europa y las Américas, la medicina adecuada para el mal que aquejaba a la Nación y aun haciendo causa común con otros enemigos expatriados por la dictadura, abominaba del Tirano pero sólo lo consideraba el síntoma visible de un mal mucho más grave y profundo.
Y es por eso que mientras Urquiza organizaba la reacción que fructificaría en el amanecer de Caseros y todos los emigrados, por el oscurantismo del terror vituperaban los excesos de Rosas y sus secuaces, Alberdi fraguó en las Bases inmortales el rédito más fecundo de sus inteligentes cavilaciones, de sus experiencias del exilio y de su propio talento singular, dejándonos el testimonio más valioso y el documento moral más precioso para la ciencia política y la virtud republicana.
Las insuperables Bases y Puntos de partida para la Organización Política de la República Argentina habían sido enviadas por Alberdi a Urquiza, casi inmediatamente después de su glorioso triunfo de Caseros y vieron la luz, primero en los periódicos de tiraje diario en las provincias de Buenos Aires, Entre Ríos y Corrientes, para plasmar definitivamente en el libro de profusa difusión. Esas Bases, como proyecto definitivo, fue el punto de partida de la Comisión Especial que, parcialmente modificado, constituyó el texto sancionado por los constituyentes de 1853.
Mientras en el plano legisferante las ideas de Alberdi forjaban la columna vertebral de nuestra norma fundamental, Mitre lideraba la revolución del 11 de setiembre -fecha asaz tenebrosa en nuestros días- que se proponía separar a Buenos Aires del cuerpo institucional que Alberdi amalgamaba bajo una única soberanía.
Por otro lado Sarmiento había aplaudido desde Yungay el texto de las Bases en términos de encendido encomio: «Su constitución es un monumento. Vd. halla que es la realización de las ideas de que me he constituido apóstol. Sea; pero Vd. el legislador del buen sentido bajo las formas de la ciencia. Vd. y yo, pares, quedamos inexorablemente ligados, no para los mezquinos hechos que tienen lugar en la República Argentina, sino para la gran campaña sudamericana, que iniciaremos o más bien terminaremos dentro de poco», «.... De todos modos su Constitución es nuestra bandera, nuestro símbolo. Así lo toma hoy la República Argentina. Yo creo que su libro va a ejercer un ejemplo benéfico».
«Sentiría por su gloria, que su persona de Vd. se pusiese en oposición con su libro. Es posible que su Constitución sea adoptada: es posible que sea truncada, alterada; pero los pueblos por lo suprimido o alterado verán el espíritu que dirige las supresiones. Su libro, pues, va a ser el Decálogo Argentino; y salvo la supresión del parágrafo indicado, la bandera de todos los hombres de corazón. Arcos lo lee con intención hostil y ya concluye (y en este mismo momento esclama cosas muy buenas hay aquí), sin encontrar donde hincar el diente. Por estas razones, por la inmensa notoriedad que le dará a Vd. y por el talento y principios que revela, temo que el general Urquiza no se lo perdone a Vd. A mí me tiene en cuenta Argirópolis, del cual jamas me habló ni para decir lo he visto... Vd. ha hecho peor: ha dictado una constitución y dejado frustradas las pretensiones candorosas a la originalidad y absorción de toda iniciativa».
A causa de un circunstancial distanciamiento con el general Urquiza, porque éste se refería a Sarmiento, como el ex boletinero del ejercito, se ocupó de escribir el relato de la campaña del Ejército Grande y lo dedicó a Alberdi con punzante ironía.
Termina la carta que desencadenó el desencuentro con una dedicatoria fechada el 12 de noviembre de 1852 y que por su importancia nos permitirnos transcribir,
«Esta es la tercera vez que estamos en desacuerdo en opiniones, Alberdi. Una vez disentimos sobre el Congreso Americano, que en despecho de sus lúcidas frases, le salió una solemne patarata. Otra sobre lo que era honesto y permitido en un extranjero en América, y sus Bases le han servido de respuesta. Hoy sobre el Pacto y Urquiza, y como el tiempo no se para donde lo deseamos, Urquiza y su pacto serán refutados lo espero por su propia nulidad: y al día siguiente quedaremos Vd. y yo, tan amigos como cuando el Congreso Americano, y lo que era honesto para un extranjero. Para entonces y desde ahora, me suscribo su amigo».
Acompañaba en esa carta un libro incisivo que se proponía deslucir la imagen pública de Urquiza y que inexplicablemente dedicara a Alberdi, lo que forzó la encendida respuesta de este que la historia ha recogido como las CartasQuillotanas.
Estas cartas, constituyen un modelo en la literatura polémica universal y probablemente porque podrían señalarse como el tipo paradigmático y la enseñanza más inteligente que puede haberse proporcionado a los medios masivos de comunicación, que suelenutilizar la injuria y el improperio, tanto para confundir al adversario cuanto para persuadir al público siempre ávido del amarillismo en la prensa.
La impugnación de Alberdi a la campaña del Ejército Grande, fue un elocuente símbolo de la sátira de que aquél era capaz y su prosa provocó la altisonante retórica sarmientina, que fue tan elocuente como profunda había sido la herida causada por el dardo agudo que perforó la piel del sanjuanino. Sorprendió a quienes conocían asaz superficialmente a Alberdi que éste no contestara de inmediato la diatriba de Sarmiento y éste fue tal vez su inicial aunque efímero triunfo ante la opinión pública. Alberdi estaba por ese entonces absolutamente comprometido con la necesidad de dar cima a sus Bases y no podía distraer su espíritu con esta menuda comidilla de la porfía. Pero terminadas aquéllas, partió a Quillota y en el ambiente apacible de este soleado retiro vecino a Valparaíso se propuso contestar a Sarmiento prometiendo a sus amigos que su honor quedaría totalmente rehabilitado ante la opinión pública.
La primera carta fechada en enero de 1853, fue el comienzo del derrumbe de la aparente victoria de Sarmiento y en ella, se desmienten, con la insobornable evidencia de la verdad, los hechos denunciados por éste, menoscabando las virtudes públicas y el honor personal de Alberdi.
La segunda carta del mismo mes y año y luego la tercera y por fin la cuarta de febrero de 1853 fechada en Valparaíso y por fin la «Enmienda Honorable» que es un repertorio casi inagotable de elogios tributados por Sarmiento a Alberdi que eran la prueba documental irrefragable, que hoy convalidaríamos con la teoría de los actos propios, respecto de los méritos alberdianos y quedaron encerrados en aquellas proféticas palabras «el éxito de la mentira es el de tan momento; él pasará y yo seré vengado sin ejercer venganza».
Sarmiento después de hacerse pública la Enmienda Honorable, ofreció cuarenta cartas más que agregaría a las famosas «Ciento y una». Sólo de ellas, escribió dos que no tuvieron buena acogida y acabaron por desalentarlo definitivamente del podio del debate público que le fuera felizmente arrebatado por este ilustre tucumano, hijo de vizcaíno, que supo decir como pocos la verdad a los hombres y a los pueblos. Ni supo mentir ni tampoco lisonjear.
Alberdi reeditó dos veces sus famosas Cartas Quillotanas. Sarmiento por el contrario nunca recopiló los escritos antialberdianos.
Hoy las nuevas generaciones frente a esta polémica, que comprometió intensamente la dignidad de dos espíritus selectos, requieren de un análisis menos apresurado, estar despojados de la pasión circunstancial y más desprovisto de las simpatías personales y de la necesaria valentía frente al miedo.
Una reacción provechosa, frente a la sencilla retórica del tiempo y del heroísmo, indujo a nuestra historiografía a desvalorizar, a veces, la virtud platónica de la fortaleza y quizá también de la templanza, sin las cuales poco queda de la vida pública y casi nada de la libertad personal. Y es probablemente la fuerza del coraje y la serenidad de la prudencia, lo que produce la difícil situación de no dejarse seducir por la inmediatez de la propia situación y de no permitir que ella oscurezca nuestro entorno.
Desde la perspectiva de nuestro actual emplazamiento institucional, es decir reviviendo la polémica de estos dos gigantescos prohombres de la Patria, aquí y ahora, deberíamos aquilatar que luego de Caseros, Sarmiento acometió también el camino del exilio, acordando con Alberdi asumir una actitud que mejor sirviera para la unidad de la Nación y para su organización constitucional. Es imposible no reconocer que Sarmiento, por su carácter temperamental, no podía hacer caso omiso de los agravios inferidos por su contendor. Es más, con el tiempo, es posible comprender que se hubiese potenciado su afán de expiación, como esas promesas que se inscriben con el aguijón de la amargura, en el rincón más inescrutable de la memoria.
Para ese entonces Alberdi había sido designado por el gobierno de Urquiza a cargo de una misión diplomática para representar en Europa a la Confederación recién nacida, con el encargo de obtener en el viejo mundo, el reconocimiento de la independencia, penosamente lograda. Sin embargo, transcurrió mucho tiempo sin que Alberdi hiciese reconocer esa condición diplomática ante la cancillería chilena y los porteños siempre consideraron que Alberdi sólo manifestaba un mezquino resentimiento hacia Buenos Aires, sin advertir que había una muy fuerte tenacidad que tenía un fundamento más altivo y más noble.
Sarmiento, haciendo oposición a Urquiza se incorporaba irrevocablemente a la causa de Buenos Aires, dando nacimiento a aquel anatema estigmatizante de «porteño de San Juan»,
mientras Alberdi emprendía su exitosa gestión diplomática, que enervaba la soberanía de Buenos Aires y luchaba por el reconocimiento de la Confederación con sede en cabeza de Urquiza y logrando el reconocimiento de nuestra independencia por España.
Sarmiento, al enfrentar al general Urquiza, había publicado los antecedentes de la Campaña de Caseros y al llegar a Chile concibió el 13 de octubre de 1852 «Carta de Yungay» a aquél