Alberdi, su vida y sus tiempos
ALBERDI Y ESQUIÚ Notas para un estudio comparado de su pensamiento
por ARMANDO RAÚL BAZÁN*
SUMARIO: Comparación del pensamiento de Alberdi y Fr. Mamerto Esquiú.
Dos hombres del Norte, por sangre y origen familiar exponentes de la sociedad criolla que protagoniza la historia del siglo XIX, son los pensadores más gravitantes y proféticos de nuestra patria: Juan Bautista Alberdi, tucumano; Fr. Mamerto Esquiú, catamarqueño. El primero nació en 1810, del hogar formado por el comerciante español Salvador Alberdi y Josefa Rosa Aráoz, perteneciente a familia de antiguo arraigo lugareño. El segundo vino al mundo dieciséis años después, en el pueblo de Piedra Blanca. Su padre fue Santiago Esquiú, soldado español que llegó al Río de la Plata como miembro del regimiento fijo de Montevideo y, cuando la guerra de la Independencia, cayó prisionero y se estableció en Catamarca en clase de agricultor. Su madre, María Nieves Medina, era miembro de una tradicional familia con varias generaciones de arraigo americano.
Ambos recibieron en su infancia la educación tradicional de la sociedad criolla, en el medio familiar y en la escuela de primeras letras. Lectura, escritura, rudimentos de aritmética y catecismo cristiano. Los dos perdieron a su madre prematuramente. Alberdi al nacer, Esquiú cuando tenía escasamente nueve años. Los diferenciaba la posición económica de sus hogares. El padre del tucumano era un comerciante fuerte de la plaza que más animación recibió con el esfuerzo militar de la Revolución. En cambio, Santiago Esquiú era un pobre labrador. Y sabemos por el testimonio de su hijo que bajo su techo no sobraba el pan de cada día. Había sí, abundancia de piedad y amor.
El curso de sus vidas empieza a diferenciarse cuando definen su derrotero profesional. Alberdi obtiene una beca para estudiar en el Colegio de Ciencias Morales de Buenos Aires, de rigurosa disciplina a la que no se avino fácilmente el adolescente de catorce años. Con ese motivo dejó su suelo natal prácticamente para siempre. Volvió en 1834, cuando gobernaba su provincia el general doctor Alejandro Heredia, quien pese al mimado trato que le dispensó no pudo persuadirlo para que se quedara para ejercer la abogacía con su título de bachiller en leyes conferido por la Universidad de Córdoba. Tampoco pudieron retenerlo los afectos de sus hermanos, de sus primos los Aráoz y Avellaneda, y la generosa hospitalidad que le dispensó la sociedad tucumana a este joven inteligente y mundano que bailaba con gracia y ejecutaba el piano y la flauta. Como ha dicho un autor, su espíritu no estaba para entregas lugareñas.
Regresó a Buenos Aires pero no para quedarse, sino para comenzar una peregrinación que lo tendrá casi siempre en el exilio: Montevideo, Europa, Río de Janeiro, Chile. Quizás la explicación de ese desapego tucumano puede hallarse en la meditación que escribiera en un periódico de Montevideo, a mediados de 1838, «...Yo no amo los lugares mediterráneos. En medio de los portentos de gracia y belleza que abriga el seno de nuestro territorio, me he sentido triste, desazonado por una vaga inquietud de encontrar una playa en que pudieran derramarse mis ojos».
En Buenos Aires lo esperan los estimulantes afanes del Salón Literario y la redacción del «Fragmento Preliminar al Estudio del Derecho», primera formulación de su filosofía política y social. No se quedará mucho tiempo. Cuando el clima de libertad se enrarece partirá hacia el exilio montevideano donde será uno de los ideólogos y activistas de la resistencia contra Rosas.
La vida de Fr. Mamerto Esquiú tiene un perfil muy distinto. Es hijo de su tierra y profesa los ideales de vida de la familia y el medio social que lo engendró. A comienzos de 1835 ingresa en la Escuela Cristiana de San Francisco y al año siguiente entró al Convento para seguir la carrera sacerdotal. Aprendió latín con el célebre padre Quintana, estudió filosofía con
fray Wenceslao Achával y cursará teología con el padre León Pajón de la Zarza. Siendo todavía corista de diecinueve años participó en una prueba de oposición para cubrir el cargo de lector de Filosofía. En ella obtuvo las más altas calificaciones, lo cual le creó la responsabilidad de dictar esa cátedra mientras cursaba Teología.
Alberdi alimenta su inteligencia con la lectura de los filósofos y teorizadores políticos de su tiempo: Jeremías Bentham, Benjamín Constant, Cousin, Jouffray, Lerminier, Saint Simon. Es hijo de las luces de su siglo, con las que se propuso iluminar el futuro de su patria. Esquiú, en cambio, fundamenta su formación con la lectura de los doctores de la Iglesia: San Agustín, Santo Tomás, San Alberto Magno, que representan la mejor tradición del pensamiento clásico cristiano. Con esa luz indagará más tarde la realidad política de su pueblo donde el sistema impuesto por Rosas desde Buenos Aires generó comprensibles rebeldías en los hombres del interior. Esto provocará trágicos enfrentamientos como la Guerra de la Coalición del Norte, donde jugaron su destino ex-alumnos del Colegio Franciscano como José Cubas y Marco Avellaneda. No pudo ser indiferente a los graves sucesos ocurridos en noviembre de 1941, a una cuadra del convento, cuando las tropas desprendidas por Oribe -vencedor en Famaillá- penetraron en la ciudad y aplastaron la resistencia de las milicias catamarqueñas. Ahí rodaron las cabezas de José Cubas, sus ministros y otros dirigentes. Estos episodios, imbricados en la trama revolucionaria iniciada en 1810, le darán, después, tema para profundas reflexiones.
Impulsados por su temperamento y vocación cada cual eligió un destino, europeísta, trotamundos, abierto a las corrientes renovadoras del pensamiento decimonónico, proyectado hacia el futuro en su alma y sus ideas, desprendido del lastre de la tradición y del apego al suelo nativo. «Había renunciado a la patria de la tierra por la patria de la idea», lo define Canal Feijóo. Preocupado siempre por el destino político de su patria, cualquiera fuese el sitio de su residencia, pero más como ideólogo y hombre de consejo que como hombre de acción. Siempre fue reticente para comprometerse con la praxis, salvo su juvenil experiencia de la Sociedad Literaria y de exiliado en Montevideo. Ese fue Juan Bautista Alberdi.
Hombre comprometido con la tierra y tradición hispanoamericana, discípulo fiel del claustro franciscano, convencido predicador de las verdades que mamó en el seno de la Iglesia, abierto y solidario con el prójimo en su expresión individual o colectiva, prodigándose siempre con todo requerimiento de acción concreta en la cátedra, el periodismo, la política, la vida de misionero y pastor. Pero, también obsesionado por la santa preocupación de no perder su alma en esa continua solicitud de los hombres y de las cosas temporales. Llegará un momento en que se preguntará: «¿Qué parte tiene el hombre y cuál es la de Dios en esta lucha?». Entonces buscará en el exilio de Tarija la concentración espiritual necesaria para definir su proyecto vital. Hasta allí llegaron, sin embargo, los reclamos del gobierno argentino para pedirle que aceptara el Arzobispado de Buenos Aires. Y este modesto fraile catamarqueño, que no había cursado estudios en la Universidad y se había mantenido voluntariamente apartado de los ambientes que disciernen prestigios y honores, renunció a la dignidad episcopal por considerar que no estaba revestido de los atributos morales necesarios. Ese fue fray Mamerto Esquiú.
Son dos destinos lanzados hacia rumbos distintos: de formación intelectual y de alma diferentes. Pero llegarán a un punto de convergencia cuando la situación histórica les propuso el desafío de definir sus ideas sobre la solución política para la República Argentina. Entonces sus autorizadas y grandes voces: la una desde un libro y la otra desde un púlpito, llenarán el espacio argentino para definir orientaciones y conductas.
Estamos en 1852. Rosas ha sido vencido en Caseros y con él se derrumba un régimen político autoritario, fundado en la voluntad de un hombre que sofocó durante veinte años el grito de Constitución con el argumento de que «era deseable pero no oportuna» la reunión de un congreso. Mientras llegaba ese momento, bastaba con que las provincias delegaran en su persona el manejo de las relaciones exteriores. Paradojalmente, lo mismo había sostenido Rivadavia, campeón del unitarismo, cuando en 1821 desahució el congreso constituyente reunido en Córdoba por Juan Bautista Bustos en cumplimiento del Tratado de Benegas. «Mejor es que cada provincia se organice debidamente, mejore sus instituciones y estado y entonces llegará el momento de dictarse una constitución». A su turno, Rosas sostuvo ante López con
evidente fastidio: «En veinte años... que llevamos de revolución ha manifestado la experiencia que la cantinela de Congreso, Organización y Constitución no es sino un arbitrio rastrero para sofocar el grito de Federación».
Pero con provincias divididas y cada vez más empobrecidas con las guerras civiles, ese objetivo no podía concretarse nunca. Como ha señalado Miron Burgin 1, Buenos Aires era la
única provincia que estaba en aptitud de disfrutar en plenitud del federalismo. Los ingresos de la Aduana y la política del puerto único le brindaban una holgada situación económica, y además tenía el manejo de las relaciones exteriores y los negocios de paz y guerra por delegación expresa de los gobiernos interiores. Era la situación que convenía a Rosas y también a los comerciantes y hacendados bonaerenses, sector social al que pertenecía.
Urquiza se propuso realizar la postergada requisitoria de la organización constitucional. Adhirieron a ese proyecto los gobernadores reunidos en San Nicolás, con la disidencia estruendosa de la Legislatura de Buenos Aires. Sus dirigentes, donde eran mayoría los hombres venidos de la proscripción pero donde también figuraban otros comprometidos con el régimen depuesto, demostraron que más allá de los lemas partidarios de federales y unitarios que habían dividido al país, existía una realidad más profunda: la de un centro hegemónico y partes periféricas. Los porteños no estaban dispuestos a resignar los privilegios del puerto único y de la aduana que eran el vértice del poder.
La convocatoria del congreso fue lanzada a pesar de todo. Alberdi residía en Chile donde ejercía la abogacía y el periodismo. Hacía muchos años que estaba ausente de su patria pero no había dejado de pensar en ella. Había llegado su hora de legislador. En ese momento, nadie estaba en mejores condiciones para definir un proyecto político orgánico con vista al congreso que debía reunirse en Santa Fe. «Aunque pensado con reposo», escribió velozmente su libro
Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina. Quería alcanzar al tiempo en su carrera. Mandó ejemplares de la obra a Urquiza, Sarmiento y Mitre a fines de mayo de 1852. Al acusar recibo del libro, Urquiza le expresó que «no pudo ser escrito ni publicado en mejor oportunidad y que sería un medio de cooperación importantísimo». Por los mismos días, desde Yungay, Sarmiento le escribía: «su Constitución es un monumento; es Ud. el legislador del buen sentido bajo las formas de las ciencias».
¿Cuál es la idea constitucional de Alberdi? No es nuestra intención formular una exégesis jurídica para la que no estamos capacitados. Por lo demás, hay especialistas que han acometido con autoridad esa tarea. Nos interesa primordialmente la filosofía política y social que nutre el pensamiento alberdiano y que sirve de fundamento para las soluciones concretas que propone en su proyecto. En lo que atañe a la naturaleza del sistema, Alberdi es decididamente republicano porque considera que la monarquía en la América antes española es un delirio. Esa idea pudo tener explicación en el momento inicial de la Revolución cuando la tradición monárquica estaba cerca y persistía la voluntad de reorganizarla. No se puede volver a lo que se quiso cambiar mediante una guerra de veinte años.
Reconoce que la república no es una verdad práctica en América del Sur porque el pueblo no está preparado para regirse por este sistema, superior a su capacidad. La república sólo existe en las leyes pero no en el comportamiento social. El problema consiste -en su sentir- en elevar nuestros pueblos a la altura de la forma de gobierno que nos ha impuesto la necesidad; en darles la aptitud que nos falta para ser republicanos; en hacerlos dignos de la república que hemos proclamado, que no podemos practicar hoy ni tampoco abandonar; en mejorar el gobierno por la mejora de los gobernados. Admite que ese camino es largo pero sostiene que hay medios para promover esa transición a la república posible. ¿Cómo hacer -se pregunta- de nuestras democracias de nombre, democracias en la realidad? ¿Por qué medios conseguiremos elevar la capacidad real de nuestro pueblo; a la altura de sus constituciones escritas y los principios proclamados?
¿Cuáles son los medios de concretar esa república posible?. La primera gran insuficiencia proviene de la naturaleza. Paradojalmente, la gran extensión territorial baldía era el gran problema de la República Argentina lo mismo que de la América del sur. Es un desierto y cualquiera que sea su constitución legal, no será otra cosa por muchos años que la constitución
de un desierto. Es imperioso pues hacerlo desaparecer para que el desierto deje de serlo en el menor tiempo posible y se convierta en país poblado. Esto lo conduce a acuñar su famosa premisa: «Gobernar es poblar». «Definir de otro modo al gobierno, es desconocer su misión sudamericana».
Para resolver ese problema cardinal es menester abrir las puertas a la inmigración para que todos entren y asegurarles bienestar con libertad a la puerta y libertad adentro. Esa inmigración debe venir de Europa con gente calificada. Los europeos traerán la civilización en sus hábitos en forma más eficaz que a través del libro. En su sentir, un hombre laborioso es el catecismo más edificante. «Queremos plantar y estimular en América la libertad inglesa, la cultura francesa, la laboriosidad del hombre de Europa y Estados Unidos». Traigamos pedazos vivos de ellas en las costumbres de sus habitantes y radiquémosla aquí. En esta materia discrepa con los constitucionalistas chilenos Juan y Mariano Egaña, autores de la mejor carta constitucional que existía en Sudamérica, según la califica Alberdi. Ellos restringieron el ingreso y la participación del extranjero en la vida chilena, al no sancionar la libertad de culto y excluirlos de los empleos públicos y magistraturas. Juan Egaña sustentaba la idea de que era riesgoso conceder demasiadas franquicias al hombre extranjero porque en vez de una nación se podía formar una república de mercaderes.
El cambio que traería aparejada la inmigración europea no era sólo cuantitativo, sino cualitativo. Poblaría el desierto y ayudaría a mejorar la calidad de nuestra raza. Alberdi no oculta su escepticismo respecto del hombre americano considerándolo inepto para la libertad y la industria. Por consiguiente, la cuestión no es sólo tener más población sino mejor población para la práctica de la república representativa. Hay una frase suya muy explícita al respecto: «Haced pasar al roto, el gaucho, el cholo, unidad elemental de nuestras masas populares por todas las transformaciones del mejor sistema de instrucción, en cien años no haréis de él un obrero inglés que trabaja, consume, vive digna y confortablemente». La premisa entonces era lograr el arraigo de una inmigración calificada alentándola con las mejores garantías y derechos, pero no a través de una empresa oficial del gobierno sino en forma de una inmigración espontánea. Esta es la verdadera y grande inmigración como se comprueba en los Estados Unidos que en todas las épocas recibiera una abundantísima inmigración europea.
Un instrumento poderoso para atraer al extranjero es la tolerancia religiosa. El dilema es fatal: o una nación católica exclusivamente y despoblada; o poblada y próspera y tolerante en materia de religión. Considera un contrasentido convocar a los anglosajones y negarles el ejercicio de su culto. Excluir a los cultos disidentes de la América del Sur, es excluir a los ingleses, alemanes, suizos y norteamericanos que no son católicos. Y traerlos sin su culto es traerlos sin las creencias que forman las costumbres morales, incitarlos a que se hagan ateos y esto no es aconsejable.
Esta cuestión sería poco después materia del gran debate en el Congreso Constituyente de Santa Fe. Ya lo veremos.
Era menester llevar la inmigración europea al interior, a las zonas mediterráneas para sacarlas de su clausura y de su atraso. Extrañas palabras en labios de un tucumano, pero la contradicción no resulta tal si se piensa en un tucumano como Alberdi, desapegado de los prejuicios lugareños, abierto a las corrientes renovadoras del pensamiento europeo. El no es un provinciano, es un ciudadano del mundo, un abanderado de la civilización que llega a través del océano.
Para producir esa renovación mental y de hábitos del hombre mediterráneo había medios de una eficacia portentosa: el ferrocarril, la libre navegación de los ríos interiores y la libertad comercial. La riqueza, como la población, como la cultura son imposibles donde los medios de comunicación son difíciles, pequeños, costosos. En esa concepción, el ferrocarril era el medio de dar vuelta al derecho lo que España colonizadora colocó al revés. Es preciso traer las capitales a las costas, o bien llevar el litoral al interior del continente. El ferrocarril innova, reforma y cambia las cosas más difíciles, sin decretos ni asonadas. El hará la unidad de la República Argentina mejor que todos los congresos. Estos podrán declararla una e indivisible y
sin el camino de hierro que acerque sus extremos remotos, queda siempre divisible y dividida contra todos los decretos legislativos.
«Para tener ferrocarriles, abundan medios en estos países. Negociar empréstitos en el extranjero, empeñar nuestras rentas y bienes nacionales. ¿Son insuficientes estos capitales para esas empresas? Entregadlos entonces a capitales extranjeros. Dejad que los tesoros de afuera como los hombres se domicilien en nuestro suelo. Esta América necesita de capitales tanto como de población. El inmigrante sin dinero es un soldado sin armas».
Hasta aquí quedan expuestas algunas de las ideas fundamentales de Alberdi en orden a la Constitución de la República Argentina. Su libro escrito para asir una oportunidad histórica, un poco al galope de los acontecimientos, para hacer irreversible un hecho político militar -Caseros- y transformarlo en un estado jurídico que lo perpetúe, adolece del desorden propio de una obra de ese tipo. Bernardo Canal Feijóo lo puntualiza agregando «Que es extraño que Alberdi, con su constante preocupación del rigor en el pensamiento no hubiese vuelto nunca sobre ella para procurarle indispensables reajustes de forma y de fondo». «Libro de acción, escrito velozmente aunque pensado con reposo, naturalmente incorrecto y redundante
-reconocía su autor-, hecho para alcanzar al tiempo en su carrera y aprovechar de su colaboración». Esta metodología nos recuerda a la de Sarmiento con el Facundo: «Libro escrito con propósitos de acción inmediata y militante...».
Pero a despecho del desorden formal hay coherencia en la línea de pensamiento. Esta se descubre sistemáticamente cuando habla de los fines de la Constitución argentina. Ahí está el resumen de sus ideas. Sorprende, en primer lugar, que un progresista que condenaba por anacrónica la herencia cultural española, conceptuara que «la religión debe ser hoy, como en el