Que jubilo, que gozo, que alegría bañó los corazones de todos. Comentario del padre Bartolomé de Las Casas acerca de lo ocurrido cuando el rey y la reina recibieron a Colón en Barcelona en 1493.
Colón decidió entonces regresar a España. Fue una decisión valiente, e incluso temeraria, teniendo en cuenta el mal tiempo que suele hacer en primavera en aquellas regiones. A bordo de la Niña junto a quince de sus hombres, Colón puso rumbo este a lo largo de la costa norte de La Española y al fin encontró al errante Alonso Pinzón y a la Pinta cerca de la actual Montecristi, en la República Dominicana. Pinzón, con su tripulación de veintitrés hombres, volvió a integrarse en la expedición, con un cargamento de oro que valía unos novecientos pesos y que, se- gún él, había conseguido mediante trueque. Puso varias excusas por ha- ber desertado, y Colón fingió creerlo.
En una investigación llevada a cabo en 1513, varios testigos1 afir- maron que Pinzón había llegado a Maguana. Allí había visitado la casa de varios príncipes, uno de ellos llamado Behechio y otro Canoabo, «por donde anduvo e falló grandes muestras de oro».2 También encon- tró chile, canela, perlas, pina tropical y tabaco, además de muchas ca- noas y hamacas. Colón llevó consigo en la Niña a seis indios, según Pe- dro Mártir, uno de los cuales murió durante la travesía.3 Y, según una entrada en su diario de a bordo, fechada el 1 de enero, había encontra- do aquello que buscaba.4
El viaje de regreso a España no estuvo exento de incidentes. El 13 de enero, cuando la reunificada expedición de la Pinta y la Niña llegó a una península llamada Samaná, frente a La Española, los españoles tuvieron su primer choque armado con pueblos indígenas del Nuevo Mundo. Es posible que, con objeto de hacerse con esclavos, fuesen los europeos quienes atacaran y que los indios se defendiesen. Los tainos, con profusión de pintura en su cuerpo, utilizaron largos arcos de jun-
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co y flechas con la punta —de madera y a veces de diente de pez— muy afilada y algunas impregnadas de veneno. Esta resistencia conven- ció al Almirante de que aquellos hombres debían de ser «los caribes antropófagos».5 Según le dijeron sus amigos indígenas, «los caníbales asaltan habitualmente sus islas para robarlos con continuas acometidas, no de otro modo que en los bosques los cazadores persiguen a las fieras con violencia y con trampas. A los niños que cogen, los castran como nosotros a los pollos o cerdillos que queremos criar más gordos y tier- nos para comerlos; cuando se han hecho grandes y gordos, se los co- men; pero a los de edad madura cuando caen en sus manos, los matan y los parten; los intestinos y las extremidades de los miembros se las co- men frescas, y los miembros los guardan para otro tiempo, salados como nosotros los pemiles de cerdo. El comerse las mujeres es entre ellos ilícito y obsceno; pero sí cogen algunas jóvenes las cuidan y con- servan para la procreación, no de otra manera que nosotros las gallinas, ovejas, terneras y demás animales. A las viejas las tienen por esclavas para que les sirvan [...] I la isla que habitaban aquellos monstruos [se referían en realidad a la península] se encuentra hacia el sur y equidista de las otras islas...».6 Es posible que se tratase de Guadalupe. Y de ahí partió el mito, pues durante la siguiente generación todo nativo que se resistiese a los españoles era llamado caníbal, propio para ser esclaviza- do. Colón llamó a la bahía y al cabo «de las flechas».
Por lo pronto, Colón tuvo dificultades para capear los vientos des- favorables que soplaban del este. Puso rumbo noreste a través del mar de los Sargazos, con tan densas capas de algas que algunos de sus hom- bres temieron no poder seguir avanzando. Luego pusieron rumbo este, hacia las Azores. Durante la travesía los sorprendió una tormenta y de nuevo las dos naves se separaron. El 14 de febrero Colón escribió dos cartas: una a Luis Santángel,7 el tesorero y su mejor apoyo, y otra al te- sorero aragonés Gabriel Sánchez. En la carta a Santángel describía que, en treinta y tres días, había llegado a las Indias y había encontrado mu- chas islas densamente pobladas que bautizó con los nombres de San Salvador, Santa María de la Concepción, Fernandina, Isabela, Juana (Cuba) y La Española. Durante la travesía de regreso había encontrado otras seis islas, pero no tierras continentales. Colón introdujo su carta en un barril con una nota que decía que quienquiera que la encontrase debía entregarla a los reyes.
El objeto de estas cartas fue que «si se perdiese con aquella tor- menta los reyes hobiesen noticia de su viaje...».8 Pero estas precauciones
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resultaron innecesarias porque, el 17 de febrero de 1493, la Niña llegó al puerto de Santa María en las Azores. La Pinta, con Martín Pinzón, había desaparecido.
Diez de los hombres de Colón desembarcaron en las Azores el Miércoles de Ceniza para dar gracias a la Virgen, pero fueron detenidos casi de inmediato por Juan de Castañeda, el capitán portugués que es- taba al mando de la isla. El Almirante tuvo dificultades para rescatarlos, porque las relaciones entre Portugal y España eran por entonces bas- tante malas. Sin embargo, logró su propósito. Mostró a las autoridades portuguesas «desde lejos» su privilegio del 30 de abril de 1492.9 Colón dejó las Azores el 20 de febrero y desde allí llegó, el 4 de marzo,10 a Lis- boa, la ciudad portuaria europea más cercana. Aquel mismo día, el ge-novés añadió una posdata a su carta para Santángel, diciendo que se detenía en Portugal a causa del mal tiempo.11 Reiteraba que había llegado a las Indias «en treinta y tres días», y explicaba que para la travesía de regreso había empleado sólo veintiocho.12
Con aquella misma fecha Colón escribió también una carta a los reyes en la que les anunciaba el descubrimiento. Era una carta muy parecida a la que escribió a Santángel. En la misiva les hacía la intere- sante petición de que el rey recomendase a su hijo Diego, que seguía siendo paje del infante, para que el papa le concediese la dignidad cardenalicia cuando (tal como Colón esperaba) Fernando escribiese a Inocencio VIII acerca de los descubrimientos, «suplico que, en la carta que escriva d'esta victoria, que le demanden un cardenalgo para mi hijo y que, puesto que no sean en hedad idónea, se le dé, que de poca dife- rencia ay en el tiempo d'él y del hijo del Oficio de Medizis de Floren- cia a quien se dio el capelo sin que aya servido ni tenga propósito de tanta honra de la christiandad».13 Pero esta carta no la envió hasta ha- ber llegado a España. Colón escribió varias cartas más relatando sus lo- gros; una de ellas a su amigo de 1490, el duque de Medinaceli, y otra a Juanotto Berardi, el mercader florentino de Sevilla.
Antes de llegar a España, el Almirante visitó al rey Juan de Portugal el 6 de marzo, en el convento de Santa María das Virtudes, en el valle del Paraíso, a unos cincuenta kilómetros de Lisboa. El rey había ido allí de- bido a la epidemia que se había declarado en la capital. Como es natural, posteriormente, esta visita suscitó recelos en Castilla. Ciertamente, fue recibido de forma entusiasta por el rey Juan que, como era de prever, adujo que las nuevas tierras descubiertas por Colón debían pertenecer a Portugal y no a España, en virtud de los tratados entre ambos países.14
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Colón visitó también a la reina Isabel de Portugal, hija mayor de Fer- nando e Isabel, en el convento de San Antonio, en Vila Franca de Silva.15 El rey Juan le ofreció caballos al Almirante para viajar hasta Castilla, si quería hacerlo por tierra, pero Colón prefirió hacerlo por mar. Cuando hubo partido, el 13 de marzo, el rey Juan sometió a un largo interrogato- rio a los dos portugueses que habían estado con Colón y que se quedaron en Portugal. De inmediato decidió enviar una flota al mando de Francis- co de Almeida, para localizar las tierras descubiertas por el genovés.16 Un cronista portugués, Rui de Pina, comentaría que algunos cortesanos del rey Juan sugirieron que Colón debía ser asesinado antes de que llegase a España para poder aprovecharse de las noticias de la expedición.17
Los Reyes Católicos recibieron la noticia del regreso de Colón el día 9 de marzo, en Barcelona. Un empresario milanés, Anibal Zennaro, establecido en la Ciudad Condal, le escribió acerca de la expedición a su hermano, que era embajador en Milán. Zennaro escribió aquel mis- mo día que Colón había regresado y que, tras desembarcar en Lisboa, le había escrito al rey, que lo había mandado llamar a Barcelona.18 El texto es interesante: «El pasado agosto, estos monarcas, como consecuencia de las peticiones de un tal Columbus [Colón] accedieron a que fletase cuatro [sic] carabelas para navegar por la mar Océana y viajar rumbo oeste [...] hasta llegar a Oriente, porque siendo el mundo redondo devía forzosamente dar la vuelta y encontrar la parte oriental. Y así lo hizo, [...] y en treinta y tres días, llegó a una gran isla donde había habitantes cuya piel era de color oliva, iban desnudos y no mostraban disposición a luchar.»19
A finales de marzo, la noticia se había propagado por todas partes. El florentino Tribaldo de Rossi difundió la noticia del descubrimiento de las Indias en su Libro di Conti, una hoja informativa, presumible- mente tras obtener la información de uno de los muchos compatriotas que vivían en Sevilla.20
Durante los diez meses que Colón estuvo ausente de la corte, los monarcas habían abandonado Granada y Santa Fe, a finales de mayo de 1492. Primero fueron a Córdoba y después viajaron hacia el norte, deteniéndose de vez en cuando hasta llegar a Barcelona, el 18 de octu- bre, donde permanecieron hasta finales de enero de 1493, básicamente para supervisar la negociación diplomática para recuperar el Rosellón y la Cerdaña, que el padre de Fernando, Juan II, había hipotecado al rey Luis XI de Francia en los años sesenta de esa centuria.21 Entretanto, la reina preparó su reforma de los monasterios. No sería sorprendente que
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la reina hubiese leído el bestseller de aquel año, Cárcel de amor de Die- go de San Pedro, ya que estaba dedicado a uno de sus más queridos amigos, el jefe de los pajes reales, el «alcaide de los Donceles», Diego Fernández de Córdoba.
En diciembre de 1492, Fernando había sido atacado por un hom- bre con un cuchillo en la plaza del Rey de la capital catalana. Por suer- te, el rey llevaba una gruesa cadena de oro que desvió el arma y le per- mitió sobrevivir al ataque. El agresor era un perturbado mental, «el payés Juan de Cañamares», que confesó que el demonio le había dicho que matase al rey, porque el reino le pertenecía a él por derecho. La rei- na «fue de inmediato junto a su esposo», tras ordenar que cuatro gale- ras de guerra se situasen frente al muelle para proteger al infante. «Lla- maron a un batallón de médicos y cirujanos —escribió Mártir—, y oscilamos entre el miedo y la esperanza.»22 Tras varios días con fiebre, Fernando se recuperó. El agresor tuvo una muerte espantosa, cuyos de- talles le fueron ocultados a la reina Isabel hasta que se hubo produci- do.23 Isabel le escribió a su confesor Talavera: «Pues vemos como los re- yes pueden morir en cualquier desastre. Razón es aparejar a bien
morir.»24
El 19 de enero de 1493, los dos monarcas firmaron un tratado con Francia en virtud del cual Francia devolvía a Aragón las disputadas re- giones del Rosellón y de la Cerdaña de las que se habían apoderado en los años sesenta del siglo XV. A cambio, los soberanos españoles accedieron a que el rey Carlos VIII fuese a Italia para desafiar en combate singular al sobrino de Fernando, Ferrante, rey de Ñapóles. Fernando e Isabel se dirigieron a Perpiñán para asistir al acto de restitución de las citadas regiones. La reina escribió una larga carta lamentándose de lo tedioso que era tener que cenar tan a menudo con los embajadores franceses.
Durante todos aquellos meses, los monarcas habían permanecido aparentemente tan desinteresados por los posibles logros de Colón como por noticias tales como las de las tragedias sufridas por sus ex sub- ditos, los indomables judíos. Muchos de ellos fueron apresados por cor- sarios, y vendidos como esclavos en el mismo puerto del que habían partido, mientras que otros fueron trasladados a los mercados de escla- vos de Fez y de Tánger. Algunos regresaron y consintieron en conver- tirse al cristianismo.
Sin embargo, los monarcas no echaron en saco roto las noticias —posteriores a la muerte del papa Inocencio VIII, a finales de julio de 1492, y de su apresurado entierro en un sepulcro diseñado por Pollaiu-
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lo— de que el cónclave había votado al cardenal Borgia, de la misma fa- milia valenciana que Calixto III (su tío), que ascendió al papado con el nombre de Alejandro VI a la edad de sesenta y un años. «Una victoria lograda —dijo Guiccardini—, porque compró abiertamente muchos votos, en parte con la promesa de cargos y prebendas.»25
Todo el mundo sabía que Alejandro VI no iba a ser «un papa an- gelical», como algunos predijeron en 1493, un hombre que no ambi- cionase el poder temporal, sino únicamente el bien de las almas. Por más pródigo, simoníaco, hedonista y encantador que Alejandro VI pu- diera ser, un hombre con un gran don de gentes, descaradamente sen- sual y amante de las cosas del mundo, sobre todo de las mujeres, ade- más de un gran promotor de su familia (incluyendo a su criminal hijo César), tuvo la ventaja adicional, por lo que a los monarcas se refiere, de ser medio español. Pedro Mártir comentó sarcásticamente que si, cuan- do sólo era cardenal, el actual papa Borgia había conseguido que a su hijo mayor le concediesen el título de duque de Gandía, ahora sin duda podría convertirlo en rey.26 Temía que, aunque fuese español, los mo- narcas detestaban la idea de un papa «perverso, lascivo y con desmedi- da ambición para sus hijos».27
Por otro lado, el hecho de que Alejandro Borgia fuese papa tenía claras ventajas para los monarcas españoles: el lenguaje que se usaba allí era el valenciano y lo siguió siendo durante todo su pontificado.28 Fer- nando simpatizaba con Alejandro y no era persona proclive a criticar a nadie por cuestiones morales. Sin embargo, como vicecanciller del papa Sixto IV, Alejandro Borgia había influido en la política de Roma de apoyo a Fernando e Isabel, desde su visita a España en 1492 como le- gado pontificio, confiando en garantizar el activo apoyo español contra los turcos. Fue Alejandro Borgia quien convenció al joven cardenal Mendoza para que estuviese de parte de Fernando e Isabel y dejar solo al rey Enrique; fue él quien consiguió la verdadera bula que permitía el matrimonio entre primos segundos, y fue también él quien aprobó que Fernando se hiciese con la dignidad de Maestre de la Orden de Santia- go en 1476 tras la muerte de Rodrigo Manrique. Además —por lo menos de acuerdo con las reflexiones del historiador florentino Fran- cesco Guiccardini—, Alejandro «poseía una astucia y sagacidad singu- lares, gran criterio, y excepcionales dotes de persuasión, así como una increíble capacidad de concentración y habilidad para afrontar las cues- tiones más arduas». Sin embargo, Guiccardini opinaba que, todas estas virtudes pesaban mucho menos que «su obsceno comportamiento, su
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hipocresía, desvergüenza, falsedad, impiedad, ambición insaciable y descontrolada, una crueldad propia de un bárbaro y su desmedida am- bición para encumbrar a sus numerosos hijos».29 El historiador Infessu-ra comentó que, nada más ser elegido papa, Alejandro regaló todos sus bienes a los pobres, es decir, a los cardenales que le habían votado, con Ascanio Sforza a la cabeza.30
Los monarcas enviaron una generosa carta de felicitación a Colón cuando éste iba de camino a Barcelona. Se congratulaban «... y de ha- beros dado Dios tan buen fin en vuestro trabajo, y encaminado bien en lo que comenzasteis, en que él será mucho servido, y nosotros asimismo y nuestros reinos recibir tanto provecho».31 Le pedían que se apresurase a llegar a Barcelona y se referían a él con todos los grandes títulos que les había solicitado: «Almirante del mar Océano, visorey e governador de islas que se han descubierto en las Indias.»
No obstante, Colón recaló primero en Palos y luego en Sevilla, donde fue aclamado por las calles y por el joven Bartolomé de Las Ca- sas, el futuro historiador, agitador y apóstol de las Indias. Luego se di- rigió a Barcelona, en un viaje triunfal a través de Córdoba, Murcia, Va- lencia y Tarragona. Llevaba consigo su pequeña banda de indios para exhibirlos en Barcelona.32
Martín Alonso Pinzón también había llegado a España, con la
Pinta. Recaló en Bayona, cerca de Vigo, pocos días antes de que Colón
llegase a Sevilla. Estaba dispuesto a plantear un serio litigio en contra del genovés y, ciertamente, podría haber alegado que él había regresado primero a Europa. Escribió a los monarcas que había descubierto lo que creía que eran tierras continentales (¿China?), así como islas, mientras que Colón creía haber descubierto sólo islas. Pero Pinzón murió nada más llegar a Sevilla, posiblemente de sífilis y, en cualquier caso, a quien los monarcas deseaban dar la bienvenida era a su Almirante. Con todo, de haberse dado ciertas circunstancias, América podría haberse llamado «Pinzonia».
Colón llegó a Barcelona probablemente el 21 de abril. Según el pa- dre Las Casas, las calles estaban llenas, y los monarcas recibieron a Co- lón como a un héroe, permitiéndole sentarse en su presencia y cabalgar junto a ellos durante sus recorridos. Las Casas añadía que el Almirante «parecía un senador del pueblo romano».33 Pedro Mártir, que estuvo pre- sente, escribió que «Colón fue recibido con honores por el rey y la reina, que lo hicieron sentar en su presencia, una muestra de gran afecto y ho- nor entre los españoles», y añadía que Colón era como «uno de esos per-
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sonajes a quienes en la Antigüedad convertían en dioses».34 El cartógrafo Jaume Ferrer, que también estuvo allí, pensaba que el Almirante era «como un apóstol que hacía por Occidente lo que santo Tomás había hecho en la India».35 Se rezó un Te deum en la capilla y, según el padre Las Casas, «Que jubilo, que gozo, que alegría bañó los corazones de todos» al arrodillarse emocionados.36 Colón le regaló a la reina hutías (mamífero roedor abundante en las Antillas, de pelaje espeso y suave), guindillas, boniatos, monos, loros, oro y seis hombres que llevaban pendientes de oro y aros en la nariz, unos hombres que no eran blan- cos, sino «del color del membrillo».37 Aquellos tainos fueron bautiza- dos y apadrinados por la familia real, y uno de ellos, «Juan de Castilla», fue nombrado paje, aunque lamentablemente «Dios lo llamó pronto a su lado».
Estos acontecimientos tuvieron lugar en el salón del trono del Ti-nell, el palacio Real, en lo que en la actualidad se conoce como plaza