¡Por Dios te ruego, marinero, digasme ora ese cantar! Yo no digo esa canción sino a quien conmigo va. El conde Arnaldos al marinero de la nave mágica En noviembre de 1491 se debatió en Granada la posibilidad de rendirse ante los cristianos. Un relato árabe refiere cómo se desarrollaron los acontecimientos en una asamblea consultiva, en la que participaron personalidades del emirato, nobles y ciudadanos corrientes, además de juristas islámicos, representantes de los gremios, ancianos, hombres doctos y aquellos valientes caballeros que aún seguían con vida (y, cier- tamente, todo aquel que en Granada tuviese cierto criterio sobre los asuntos del emirato).1 Todos ellos se dirigieron a ver al emir, Boabdil, y le explicaron que la población se hallaba en un estado lamentable. Granada era una ciudad grande, e incluso en tiempos de paz el abaste- cimiento de alimentos era precario. ¿Cómo iban a componérselas cuan- do apenas recibiesen aprovisionamiento? La ruta por la que llegaban los alimentos desde los ricos pueblos del valle de las Alpujarras por el sur había sido cortada. Los mejores guerreros musulmanes habían muerto, y los que seguían con vida estaban debilitados por las heridas. La po- blación no podía salir de la ciudad en busca de alimento ni tampoco para cultivar la tierra.
Pocos de los hermanos musulmanes del norte de África habían cruzado el mar para ayudarlos, pese a habérselo pedido. El enemigo cristiano era cada vez más fuerte y estaba reforzando todas las estructu- ras para afirmar el sitio. Sin embargo, con la llegada del invierno, gran parte del ejército enemigo se había dispersado y las operaciones milita- res se habían suspendido. Si los musulmanes querían iniciar conversa- ciones con los cristianos en aquellos momentos, la iniciativa sería sin duda bien recibida. Probablemente, los cristianos accederían a lo que se les pidiese. Pero si aguardaban a la primavera, los ejércitos cristianos
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atacarían, los musulmanes estarían más débiles y el hambre se habría re- crudecido. Quizá los cristianos no aceptasen las condiciones que los musulmanes pusieran, en cuyo caso ni ellos ni la ciudad se salvarían de la conquista. Algunos musulmanes que habían huido al campamento cristiano probablemente estarían dispuestos a indicarles a sus nuevos amigos cuáles eran los puntos vulnerables de las defensas. Una rendi- ción honorable parecía más conveniente que una brutal derrota militar.
De modo que se convino en que «debían enviar un emisario para hablar con el rey cristiano. Algunos [musulmanes] pensaban que, secre- tamente, Boabdil y sus ministros ya habían convenido en entregarle la ciudad a Fernando pero que, temerosos de la reacción de su pueblo, lo habían engañado. Sea como fuere, el caso es que cuando los líderes de Granada enviaron un mensaje a Fernando se encontraron con que el monarca estaba encantado en acceder a sus peticiones...».2
Los detalles de la rendición los concretaron el Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba, que hablaba árabe y era la estrella as- cendente en el ejército español, y Al Mulih, el gobernador árabe de la ciudad, que preguntó: «¿Qué seguridad puede tener Boabdil de que el rey y la reina permitirán que mi señor conserve las Alpujarras [los terri- torios que se encuentran entre la ciudad y el mar que los musulmanes insistieron en que debían seguir en su poder], que es la primera cláusula de nuestras negociaciones y de que lo tratarán como a un pariente?» «La obligación se respetará, señor gobernador —repuso Gonzalo Fer- nández de Córdoba—, mientras su excelencia Boabdil siga al servicio de Sus Altezas.»3
El 28 de noviembre de 1491, las condiciones de la rendición, lla- madas capitulaciones, fueron ratificadas por ambas partes. Eran unas condiciones generosas, y ambos monarcas las firmaron con el eterno se- cretario Hernando de Zafra como testigo. El artículo principal estipu- laba que el rey musulmán rendiría a Isabel y a Fernando la fortaleza de la Alhambra y el Albaicín, «al objeto de que Sus Altezas puedan ocu- parlos con sus tropas». Los monarcas cristianos aceptarían a todos aque- llos que viviesen en Granada como vasallos y «subditos naturales». Los musulmanes podrían conservar sus casas y sus tierras para siempre. Boab- dil y su pueblo vivirían «de acuerdo a su propia religión y no se per- mitiría que se les arrebatasen sus mezquitas». El pueblo conquistado también seguiría «rigiéndose por sus leyes». A quienes optasen por mar- char a Berbería (al Norte de África), se les permitiría vender sus propie- dades y obtener con ello todo el beneficio que pudiesen. Se pondría a
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su disposición desplazamiento gratuito a donde quisieran, en grandes naves, durante tres años. Los musulmanes que permaneciesen en Gra- nada no tendrían que vestir una indumentaria que los distinguiese, y pagarían los mismos impuestos que hubiesen pagado hasta entonces. Los cristianos no podrían entrar en las mezquitas sin permiso. Los ju- díos no podrían ser nombrados recaudadores de impuestos de los mu- sulmanes, ni tener ninguna autoridad sobre ellos. Los musulmanes po- drían seguir celebrando sus ritos. Los litigios entre musulmanes serían juzgados por sus propias leyes, y todo litigio entre personas de distinta religión tendría dos jueces, uno musulmán y otro cristiano. Todo mu- sulmán cautivo que lograse huir a Granada sería declarado libre.
Ningún musulmán sería obligado a convertirse al cristianismo contra su voluntad. No se les exigiría devolver los bienes de los que se hubiesen apoderado durante la guerra. Los jueces, alcaldes y goberna- dores nombrados por Fernando e Isabel serían personas que respetasen a los musulmanes y que los tratasen «amorosamente». A nadie se le pe- diría cuentas por nada de lo ocurrido durante la rendición. Todos los prisioneros serían liberados; los que estuviesen en Andalucía antes de cinco meses, y los que estuviesen en Castilla antes de ocho. Las leyes musulmanas sobre la herencia serían respetadas, así como todas las do- naciones que se hubiesen hecho o se hiciesen a las mezquitas. Los mu- sulmanes no serían reclutados para servir a Castilla contra su voluntad, y los mataderos cristianos y musulmanes serían independientes.
Estas condiciones eran similares a las que los antecesores aragone- ses de Fernando negociaron varias generaciones antes para la rendición de Valencia. En la novela Amadís de Gaula se aludía a la conquista en estos términos: «Aquella santa conquista que el nuestro muy esforzado rey hizo del reino de Granada.»5 Ciertamente fue una conquista benig- na, a tenor de los datos; recuerda la sentencia de Clausewitz de que la mayor victoria es aquella en la que una ciudad se rinde sin lucha. Tam- bién fue un precedente de lo que ocurriría en América, donde tuvie- ron lugar innumerables rendiciones de pueblos no cristianos a los es- pañoles.
Cuando los prisioneros de Granada fueron entregados hubo gran entusiasmo y un clérigo santo empezó a gritar que los musulmanes se- guían seguros de vencer con sólo invocar el nombre de Mahoma. Se produjo una sublevación y Boabdil estuvo detenido en la Alhambra du- rante cierto tiempo. El emir escribió a Fernando diciéndole que pensa- ba que la ciudad debía serles entregada de inmediato, sin aguardar a la
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Epifanía, tal como se había previsto, con objeto de evitar que se recru- deciesen protestas de la misma naturaleza.6
El 1 de enero de 1492, Gutierre de Cárdenas, el mismo mayordo- mo de Isabel que la había proclamado reina dieciocho años antes en Se-govia, fue escoltado a caballo por Al Mulih e Ibn Kumasha al palacio de la Alhambra para aceptar la rendición de la última ciudad musulmana de Europa occidental. Allí recibió las llaves de la ciudad y entregó un escrito a modo de recibo. El 2 de enero, él y sus hombres tomaron los puntos fuertes de Granada y colocaron campanas en las mezquitas. Colón recordó posteriormente haber visto los pabellones de Castilla y Aragón ondear en las torres de la Alhambra. Entretanto, Boabdil entregó formalmente las llaves de la ciudad a Fernando, que a su vez se las entregó a la reina, que se las regaló al infante Juan. El infante se las entregó al conde de Ten-dilla, que, por supuesto, era miembro de la familia Mendoza y que sería el nuevo gobernador cristiano.7 De ahí que el granado que era el emblema de Granada pasara a formar parte del escudo de armas de Castilla.8
El conde de Tendilla, nuevo gobernador, y Hernando de Talave-ra, recién nombrado arzobispo de Granada, entraron en su ciudad con Cárdenas. El 6 de enero lo hicieron solemnemente los monarcas, aunque siguieron viviendo en Santa Fe.9 La Alhambra les pareció a todos una maravilla: Pedro Mártir le escribió al cardenal Arcimboldi de Roma exclamando: «¡Oh, dioses inmortales, qué palacio! [...] Es único en el mundo.»10
La conquista se celebró en toda Europa. En Roma, el cardenal Ra-faelo Riario encargó una representación escénica de los acontecimientos de Granada y, el 1 de febrero, el cardenal Borgia, entonces decano del colegio cardenalicio, ofreció una corrida de toros en Roma (algo jamás visto hasta el momento),11 y presidió una procesión entre la iglesia de Santiago de los Españoles y el palazzo Navona, donde el papa Inocencio celebró una misa al aire libre para festejar la victoria. La caída de Granada fue un acontecimiento que a Roma le pareció que compensaba por la caída de Constantinopla en 1453. Ciertamente, compensaba por la pérdida de Otranto en 1480, cuando doce mil de sus habitantes murieron a manos de los musulmanes, que los sometieron a horribles torturas. Muchos fueron echados a fosos, donde fueron devorados por perros, y el anciano arzobispo que había permanecido en su templo hasta el último momento fue descuartizado.12
La labor de incorporar Granada a Castilla quedó en manos del go- bernador, el conde de Tendilla, y del arzobispo Hernando de Talavera,
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En estas nuevas y dramáticas circunstancias, la comisión designa- da para reconsiderar los planes de Colón se reunió en Santa Fe y, como de costumbre, llegó a una conclusión negativa. Isabel y Fernando acon- sejaron a Colón que abandonase Granada lo antes posible. Y, cierta- mente, se marchó furioso a Córdoba, y no a La Rábida, «con determi- nada voluntad de pasarse a Francia».15 Es posible que ya hubiese tenido noticias de su hermano Bartolomeo, que por entonces estaba libre y en Inglaterra, acerca de que varios capitanes de barco habían zarpado des- de Bristol con carabelas en busca de «la isla de Brasil», como informó años más tarde el embajador español en Londres Pedro Ayala.16
Pero el tesorero aragonés Luis Santángel intervino y, según Fer- nando Colón, convenció a la reina para que cambiase de opinión.17 Al parecer, Deza y Cabrero actuaron de manera similar con Fernando.18 Santángel le dijo a Isabel que el riesgo que corría era pequeño en com- paración con la gloria que podía aportarle aquella oportunidad. Si otro rey patrocinaba a Colón, y el viaje resultaba un éxito, la reina sería muy criticada. Según Santángel, Colón era «un hombre sabio y prudente y de excelente inteligencia». Apeló a su deseo de destacar entre los mo- narcas y de «haber intentado saber las grandezas y los secretos del uni- verso».19 Santángel añadió que era consciente de que su mediación ex-
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cedía «las reglas o límites de su oficio» de tesorero, pero que tenía «ani- mo notifarle lo que en mi corazón siento».20 Al contable jefe de Castilla, Quintanilla, siempre le había agradado Colón, y volvió a hablar de él en consonancia,24 mientras Beatriz de Bobadilla, que seguía siendo la primera dama de honor de la reina y la mujer más influyente de la cor- te después de Isabel, parece que habló con ella a favor de Colón.21 Tam- bién el socio de Santángel, Pinelo, apoyó al genovés.
De modo que finalmente convencieron a la reina, que dijo que aguardaría hasta que las reparaciones de guerra le permitiesen disponer de fondos suficientes aunque, si Santángel lo consideraba necesario, es- taba dispuesta «a empeñar sus joyas para costear la expedición».22 San- tángel dijo secamente que no sería necesario; que él encontraría fácil- mente el dinero, dos mil quinientos ducados, o más, si era necesario; al fin y al cabo, era poco dinero en comparación con lo que podían obte- ner.23 En la práctica, el dinero lo aportaron en parte Santángel y en parte Pinelo.24 Quizá pensaran cínicamente que, al margen de lo que decía Colón respecto a China y a la India, por lo menos encontraría más islas como las Canarias. Algunas de las joyas de Isabel estaban ya en el banco de Santángel en Valencia, entre las que se incluía un collar de oro con rubíes, en prenda por 25 000 florines que pidió prestados para la cam- paña de 1490 que sirvió para la toma de Baza. También le entregó a San- tángel en prenda una corona a cambio de 35 000, y otra, con más joyas, por 50 000 florines que fueron gastados en la catedral de Barcelona.25
En abril de 1492, los monarcas enviaron a un alguacil de la corte como mensajero para que mandase comparecer a Colón. Pero el enfu- recido genovés ya había abandonado Santa Fe y se encontraba en Pino, a unos ocho kilómetros al norte. Colón se proponía viajar hasta Fran- cia, y se dice que el mensajero lo alcanzó en el viejo puente.26 El men- sajero debió de dejarle muy claro que la opinión de los monarcas había cambiado completamente, pues de no darle seguridades de que esta vez lograría su propósito, Colón no habría regresado.
En Santa Fe, Santángel y luego los monarcas recibieron a Colón y dieron instrucciones al experimentado secretario aragonés, Juan de Co- loma, para que redactase unos documentos que encomendaban a Colón hacer los descubrimientos que siempre había deseado. Al fin ha- bía vencido.
Una balada española refiere que un tal conde Arnaldos, un día de San Juan, el 24 de junio, en pleno verano, fue a cazar con halcón. Des- de lo alto de un acantilado vio una nave con una vela de seda. Un ma-
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rinero estaba cantando una canción que calmó el mar, aplacó los vien- tos e hizo que los peces asomasen a la superficie y que las aves marinas se posaran en el mástil. «¡Por Dios te ruego, marinero —exclamó el conde—, digasme ora ese cantar!» Pero era una canción mágica y el ma- rinero contestó: «Yo no digo esa canción sino a quien conmigo va.» El marinero era seguramente una encarnación de Colón. A diferencia de los monarcas, los nobles y los secretarios, que habían vivido siempre en Castilla o en Aragón, Colón había viajado a lejanas tierras: África, las is- las del Atlántico, del Egeo, a Argel e incluso a Irlanda. Había estado buscando ayuda por todas partes. Su vida era propia de una novela de caballerías, porque en tales obras los héroes estaban siempre pidiendo audiencia a los reyes, halagando a las reinas y solicitando su ayuda. Pero sus grandes viajes no habían hecho más que empezar.
Los reyes de Castilla y Aragón fundaron el Imperio español en las Américas cuando, el 17 de abril de 1492, en Santa Fe, se comprometie- ron a apoyar la expedición de Colón, aceptando sus extraordinarias con- diciones. Ambos monarcas, y sus respectivas secretarías, fueron partes contratantes en las llamadas capitulaciones.27 Posiblemente, el secretario Juan de Coloma utilizó un borrador de Colón que, a su vez, probable- mente redactó fray Juan Pérez, como texto de partida. Eso explicaría el énfasis puesto en las cuestiones que afectaban al estatus de Colón.28
El documento del 17 de abril incluía cinco artículos. En el primero se nombraba a Colón almirante de «las dichas mares oceanas» y de todas «aquellas islas e tierra firmes» que «ha descubierto», título equivalente al del tío del rey, Fadrique Enríquez, que era «almirante de Castilla». Por lo que se refiere a Enríquez (aunque sólo a partir de 1472), el título sería hereditario. Colón sería nombrado también virrey y gobernador general de todas las islas y territorios que descubriese en el futuro. Estos títulos también serían considerados hereditarios, en contra de todos los precedentes. Además sería nombrado «don», que por entonces era un título específico que designaba a un hidalgo con privilegios (como, por ejemplo, no pagar impuestos). Respecto a todos los cargos públicos en los territorios recién descubiertos, Colón tendría el derecho de nombrar tres candidatos (una terna), de entre los cuales el rey nombraría a uno; se trataba de una antigua costumbre castellana. Colón tendría también el derecho a una décima parte de todo aquello (perlas, oro, plata, otros metales preciosos, especias, etc.) que encontrase en los nuevos territorios. En todas las naves que tomasen parte en el comercio con esos nuevos territorios, Colón podría cargar una octava parte de to-
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das las mercancías. Finalmente, Colón debería ser informado de todo litigio que pudiera producirse como consecuencia del comercio en esos 0 con esos nuevos territorios.29
La expedición proyectada por Colón no exigiría una gran inver- sión, sólo dos millones de maravedís en total. En contraste, la boda de la infanta Catalina en Londres con el príncipe Arturo costó sesenta millo- nes de maravedís, y los ingresos anuales del duque de Medinaceli, sólo de El Puerto de Santa María, eran superiores a los cuatro millones.30 Los monarcas habían gastado mucho más de lo que precisaban para el viaje de Colón en la espectacular boda que organizaron en 1490, cuando su hija Isabel se casó con el príncipe Alfonso de Portugal: «Quien podría contar el triunfo, las galas, las justas, las músicas», escribió el cronista Bernáldez, que posteriormente sería anfitrión de Colón en aquella oca- sión.31
Los dos millones de maravedís necesarios para financiar el viaje de Colón se obtuvieron por varias vías. Santángel y Pinelo, tesoreros de Aragón y de Castilla, respectivamente, judío converso el primero y ge-novés el segundo, recaudaron algo más de la mitad de lo necesario,
1 140 000 maravedís, procedentes de la venta de indulgencias en la pro