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Una franja blanca de tierra

In document El Imperio Espanol Hugh Thomas (página 107-112)

Una cabeza blanca de tierra.

Juan Rodríguez Bermejo vio una franja blanca de tierra y exclamó: «¡Tierra, tierra!» en San Salvador, en octubre de 1492 A principios del verano de 1492, con aquel trasfondo de intolerancia, Colón partió de Granada en dirección a Palos de la Frontera, cerca de Huelva. En la actualidad, Palos es una pequeña y plácida localidad, si- tuada a pocos kilómetros del río Tinto. Hay campos de fresales en lo que fue el puerto en el siglo XV, porque el río se encenagó y luego se secó. Pero en 1492 Palos era una población portuaria, pequeña pero ac- tiva, que tenía unos tres mil habitantes, con cierta importancia en el co- mercio con Portugal, las islas Canarias y la zona española de la costa africana. Estaba cerca del monasterio de La Rábida, que Colón debió de utilizar como base.1

Antes de que Colón llegase allí, había conseguido otro honor: el hijo que tuvo con Felipa Muñiz, Diego Colón, a la edad de doce años, entró al servicio del infante Juan en calidad de paje, y se unió a una cé- lebre «guardería» en Almazán, donde entabló amistad con diversos hombres que conservaría el resto de su vida.2 Probablemente entró al servicio del infante Juan por recomendación de fray Diego de Deza.

El decreto real que requería los servicios de la ciudad portuaria de Palos fue leído allí el 23 de mayo, en la nueva iglesia de San Jorge, que da al puerto, por el notario Francisco Fernández: «Sabed que, por cier- tas cosas hechas y cometidas por vos contra nuestros intereses, fuisteis condenados y obligados por nuestro consejo a aprovisionarnos para un año con dos naves equipadas a vuestra costa.» Estuvo presente Colón, su mentor fray Juan Peres, el alcalde y los magistrados de la ciudad, así como los regidores y el procurador.3 También estuvieron presentes los hermanos Martín Alonso Pinzón y Vicente Yáñez Pinzón, destacados ciudadanos de Palos y muy conocidos navegantes. Participaron en la

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organización del viaje y, según el padre Las Casas, esperaban hacerse ri- cos y poderosos.4

Las naves aportadas por Palos, la Pinta y la Niña, eran pequeñas carabelas de entre 55 y 60 toneladas, de 21 m de eslora, 8,5 de manga y 3,3 m de profundidad. Ambas eran de tres palos. La Pinta era pro- piedad de Gómez Rascón, de una familia de conversos que ya había su- frido a causa de la Inquisición, y de Cristóbal Quintero, miembro de otra familia de navegantes de la ciudad. Colón embarcó en la Pinta. La

Niña era. propiedad de Juan Niño —de ahí el nombre de la embarca-

ción—, natural de la población portuaria de Moguer, algo más grande, situada a unos pocos kilómetros río arriba, aunque, como Palos, a cier- ta distancia del río.5 Estas dos naves irían al mando de los hermanos Pinzón. Una tercera nave fue alquilada por el propio Colón: la Santa

María,6 también conocida como María Galante. Desplazaba unas cien

toneladas, tenía el casco oblongo, había sido construida en Galicia y lle- vaba velas cuadras. Colón se la alquiló a Juan de la Cosa, un capitán oriundo de un pueblo cercano a Santoña, en Cantabria, pero que había vivido casi siempre en El Puerto de Santa María. Había servido en la casa del duque de Medinaceli, donde probablemente lo conoció Colón.

En cuanto pudo disponer de las naves, Colón empezó a enrolar tri- pulantes con la decisiva ayuda de los hermanos Pinzón, que contrataron a la mayoría de los, aproximadamente, noventa hombres que embarca- ron. Casi todos tenían experiencia, por haber viajado a las Canarias.

La ayuda de los Pinzón debieron de conseguirla fray Antonio Marchena o fray Juan Pérez, frailes de la cercana La Rábida, amigos de Colón. Fernán Pérez Camacho, un marinero, declaró posteriormente que fray Antonio le había dicho a Martín Pinzón que complacería a Dios si encontraban muchas tierras.

La mayoría de los tripulantes procedían de las poblaciones por- tuarias del río Tinto, Moguer y Huelva, así como de Palos, pero tam- bién hubo algunos de Sevilla. En Moguer hubo una aljama judía hasta 1486, y Palos había tenido ciertos problemas con un reciente coman- dante de su fortaleza.7 De modo que es posible que parte de los tripu- lantes que zarparon con Colón fuesen judíos. También había varios vascos entre la tripulación que, probablemente, aportaron su experien- cia de pescadores en el Atlántico. Unos diez marineros eran de Canta- bria. No embarcaron sacerdotes pero sí dos portugueses, muy pocos, te- niendo en cuenta el constante intercambio de marineros castellanos y portugueses en aquellos tiempos en los puertos atlánticos.8 Cuatro o

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cinco tripulantes eran delincuentes a quienes se permitió escapar de la justicia al enrolarse. Uno de estos hombres era Bartolomé de Torres, que había matado a un hombre en una pelea. Otro Torres, Luis, un converso que conocía el árabe y el hebreo, se embarcó como intérprete, pero sus dones incluían, naturalmente, la posibilidad de hablar las len- guas del Nuevo Mundo. En la expedición también tomaron parte va- rios funcionarios reales, entre ellos, Diego de Arana, primo de la aman- te que Colón tenía en Córdoba, que fue nombrado alguacil mayor, y Pedro Gutiérrez, que había sido camarero mayor del rey y que fue nom- brado supervisor real. También participó Juan de Peñalosa, otro con- verso y cortesano, cuyo papel era convencer a los tripulantes de que se uniesen a las órdenes de Colón; una labor difícil porque el Almirante, como ya siempre lo llamaban, era genovés. Además, Juan de Peñalosa era tío del padre Bartolomé de Las Casas, el futuro apóstol de las Indias. El piloto de la Pinta era Cristóbal García Sarmiento, el de la Niña, San- cho Ruiz de Gama, y el de la Santa María, Peralonso Niño, hermano del propietario de la Niña? Lo curioso del viaje es que no había ningún cura ni fraile.

Martín Alonso Pinzón, un capitán muy experimentado de casi cincuenta años, algo mayor que Colón, fue el máximo responsable de todos los preparativos. Después de su muerte, sus amigos y familiares hicieron exorbitantes reivindicaciones en su nombre. Su hijo, Arias Pé- rez, escribió que, encontrándose en Roma por cuestiones de negocios en 1491, Alonso Pinzón estaba convencido, tras haber estudiado «las cartas de marear de la Biblioteca Vaticana», de que Colón estaba en lo cierto en sus ideas. También se dijo que Pinzón encontró en aquella bi- blioteca un documento escrito en tiempos de Salomón que aseguraba que, si navegaba uno en dirección oeste desde el Mediterráneo, no tar- daría en llegar a Japón. Francisco García Vallejo, un ciudadano de Mo-guer, adujo que, de no ser por la labor de Pinzón, Colón no podría haberse hecho nunca a la mar; un primo de Pinzón, Juan de Ungría, vino a decir lo mismo.10 Todas estas afirmaciones pueden ser puras invenciones; nada sabemos que vincule consultas en la Biblioteca Vaticana con documentos coetáneos de la expedición. Pero parece obvio, a juzgar por sus subsiguientes acciones, así como por su conducta antes de que partiesen las naves, que Pinzón albergaba la esperanza de hacerse con el control de la expedición.

El examen de la lista de aquellos que zarparon primero, hacia lo que se convertiría en el Imperio español de las Indias, no depara mu-

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chas sorpresas. En la lista figuran un Vélez de Mendoza; otros dos Men- doza, uno de Guadalajara —el corazón del poder de la familia—, y aca- so otro que era hijo ilegítimo de un miembro de la familia. También encontramos un Godoy y un Patino, así como un Foronda, un Verga-ra, un Baraona y un Talavera. Todos ellos son apellidos tan corrientes que podríamos encontrarlos en cualquier gabinete ministerial español contemporáneo. Sin embargo, también había apellidos extranjeros, una característica, a pesar de las prohibiciones, del Imperio español durante muchas generaciones.

Antes de partir, le fue concedida a Colón una pensión de diez mil maravedís al año, procedentes de los ingresos reales en Córdoba, y fue allí, en Córdoba, donde en aquel primer año, la amante de Colón, Bea- triz Enríquez Arana, recibió el dinero.11

Las naves zarparon «media hora antes del amanecer», el 3 de agosto de 1492. A bordo de la Pinta iban veintiséis hombres, veinticuatro en la Niña, y cuarenta en la Santa María. Recibirían una paga de mil maravedís al mes en el caso de los marineros expertos; seiscientos si eran novatos (aunque ninguno de ellos cobraría hasta después de 1513, cuando la Corona pudo empezar a disponer del oro llegado de las In- dias).12 Llevaban a bordo objetos propios para aquel tipo de viaje, como los que habría visto Colón en sus expediciones con los portugueses por la costa occidental de África: cascabeles, cuentas de vidrio de Venecia y otros objetos de vidrio para comerciar, así como provisiones: bacalao salado, tocino y bizcocho. También llevaban harina, vino, aceite de oli- va y, por supuesto, agua, lo suficiente para un año. Es posible que el vino fuese manzanilla de Sanlúcar de Barrameda, o un tipo de oporto de Cazalla de la Sierra, o algún vino similar fortificado con coñac, el gran invento medieval de los benedictinos sin el que ninguna de las ex- pediciones posteriores podría haber llevado a cabo su misión.13 A pesar de las muchas quejas, y de algunos incidentes que tuvieron lugar du- rante la travesía, parece que nunca llegó a haber verdadera escasez de alimentos.

Probablemente, Colón llevaba además varios relojes de arena, qui- zá hechos en Venecia.14 Sólo duraban unos quince minutos (treinta a lo sumo), lo que implicaba una gran responsabilidad para aquellos cuya misión era anotar el tiempo transcurrido. Colón llevaba, por supuesto, una brújula, al igual que los otros dos capitanes, de un tipo que medía en cuartas (ángulos de 11 grados). La brújula, inventada por los chinos en el siglo XII, se venía utilizando en Italia desde 1400, y los portugueses

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habían demostrado que había sido un instrumento esencial para sus descubrimientos frente a las costas de África. Todos los pilotos llevaban consigo piedras que les permitían magnetizar las agujas defectuosas. Es posible que Colón llevase también un astrolabio, pese a lo poco preci- sos que eran por entonces; permitían calcular aproximadamente la lati- tud en función de la altitud del sol sobre el horizonte. Su astrolabio era probablemente una versión del que construyó Martín Behaim,15 un bri- llante alemán natural de Nuremberg. Colón llevaba también un mapa, quizá basado en el que le regaló Toscanelli. Todos estos objetos los guardaba en un pequeño camarote de la Santa María, donde escribía en su diario de a bordo, lo que en sí mismo constituía toda una novedad, porque no se había hecho hasta entonces.16

■:~a Con el tiempo, aquellas tres carabelas se han convertido en naves

legendarias. Las vemos siempre con la imaginación, las tres con tres más- tiles con sus velas blancas y sus cruces rojas agitadas por el viento. Aun- que quizá sea innecesario precisarlo, una carabela era una pequeña nave que no solía desplazar más de cien toneladas. Las galeras de Venecia y Florencia, por ejemplo, tenían hasta trescientas toneladas de desplaza-

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