miento; las de Barcelona y Marsella, hasta cuatrocientas; mientras que las naves mercantes genovesas, que Colón debió de ver de niño, llegaban a tener hasta mil toneladas de desplazamiento. Las carabelas estaban con- cebidas para viajes largos, o para la piratería, más que para llevar pesados cargamentos. Eran ligeras y tenían un casco prácticamente circular.17
El viaje de Colón, de agosto a octubre de 1492, se ha descrito tan- tas veces que casi parece superfluo añadir nada más. Sin embargo, tal vez podamos arrojar nueva luz sobre la travesía. El primer tramo, desde el río Tinto, duró una semana. Aquel tramo siempre había sido fácil de- bido a las corrientes y a los vientos favorables. Era el regreso desde Ca- narias el que, en tiempos de la navegación a vela, siempre obligaba a vi- rar de bordo a menudo durante muchos días. Aquel tramo condujo a Colón hasta Gran Canaria, donde permaneció con sus tres naves du- rante casi un mes. Allí tuvieron que reparar el timón de la Pinta, el ve- lamen de la Niña dejaba mucho que desear, y parecía necesario embar- car más provisiones y pertrechos, y una buena cantidad del famoso queso de cabra de la más occidental isla del archipiélago, La Gomera, que tenía un excelente puerto natural de aguas profundas. Colón eligió Canarias como punto de partida porque tenía cierto conocimiento del régimen de vientos en el Atlántico, y porque eso fue lo que le aconsejó Toscanelli. Tuvo que partir de un puerto español, prescindiendo de los archipiélagos portugueses de las Azores y Madeira.
Por entonces, todo el archipiélago, salvo Tenerife, la isla más gran- de, estaba bajo el gobierno directo español. La Palma fue ocupada en 1491. Además, los monarcas habían aprobado recientemente un plan de Alonso Fernández de Lugo, un jefe militar y empresario castellano, para invadir Tenerife, con su mágico pero a menudo oculto volcán, el Teide. Para ello llevó consigo mil doscientos hombres y un rebaño de veinte mil cabezas, entre cabras y ovejas. Fernández de Lugo conocía bien las islas Canarias, porque allí había instalado el primer molino de caña de azúcar, en Agaete, en Gran Canaria, pero lo vendió para finan- ciar la conquista de Tenerife. Probablemente contó con mucha ayuda de la brillante labor misionera llevada a cabo anteriormente por la indí- gena cristiana Francisca de Gazmira. Entretanto, el Tratado de Alcáco-vas de 1479 había permitido a los castellanos dirigidos por Jofre Tenorio construir una fortaleza, Santa Cruz de la Mar Pequeña, en la costa africana frente a Lanzarote. Esta fortaleza tenía por objeto servir de punto de partida para el comercio con África, incluyendo, por supuesto, el tráfico de esclavos. Éste fue el origen del Sahara español.
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La gobernadora de hecho de La Gomera era por entonces Beatriz de Bobadilla (que no hay que confundir con su prima, la amiga de la reina, del mismo nombre, la marquesa de Moya). Beatriz era conocida como «la cazadora», «tan cruel como hermosa», según la leyenda. Ha- bía acompañado a su esposo Hernán Peraza a la isla y luego, al ser ase- sinado éste en 1488, contraatacó y restableció el control español tras un gran derramamiento de sangre.18 Se rumoreó que había tenido un ro- mance con el rey, y, en Córdoba, con Colón,19 pero estas delicadas cuestiones nunca han sido aclaradas. Sea como fuere, Beatriz no fue en modo alguno una ayuda para la expedición de 1492.
Fue provechoso que Colón permaneciese tanto tiempo en el ar- chipiélago, porque allí pudo observar por sí mismo una interesante combinación de empresa privada y control estatal, una combinación que se había producido también, y con eficacia, en el siglo XIV en las is- las Baleares. Ciertamente, Mallorca fue una conquista real, al igual que Menorca. Pero Ibiza y Formentera fueron conquistadas por contingen- tes privados que actuaban con la aprobación real. También en Canarias varios personajes, mitad militares mitad empresarios, financiaron via- jes, después de haber recibido la aprobación real. Esta combinación de- bió de parecerle interesante a Colón. Por lo que tenía de eco de la Re- conquista y de adelanto de lo que ocurriría en el Nuevo Mundo, la técnica de la conquista de Canarias puede considerarse como un «ensa- yo» de los fundamentos coloniales de España.20 Incluso en la actualidad una visita a Canarias ofrece al viajero un símil de lo que puede esperar encontrar en Sudamérica: la luz, la arquitectura, el colorido, incluso el acento con el que hablan los isleños.
Las Canarias eran siempre rentables. La urchilla era buscada con empeño por el consejero real Gutierre de Cárdenas y por su esposa Te- resa para venderla a los mercaderes genoveses por su uso como tinte. Los molinos de caña de azúcar, en los que trabajaban esclavos negros traídos de África, habían sido construidos en muchos casos con dinero genovés (en 1515 había unos treinta, y su producción era probable- mente superior por entonces a la de Madeira). Ya habían aparecido las primeras denuncias de malos tratos a la población indígena de Cana- rias, por parte, por ejemplo, de fray Juan Alfonso de Idularen y fray Mi- guel López de la Serna, en un informe enviado a la reina, en el que Pe- dro de Vera, el conquistador de Gran Canaria, tratante de esclavos y brutal jefe militar, era el principal acusado. Asimismo, este hecho fue un precedente de similares acusaciones que se harían después en el
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Nuevo Mundo. El rápido descenso de la población indígena a causa de las enfermedades contagiadas por los españoles también anunciaba lo que ocurriría en Sudamérica, así como la enemistad entre los propios pueblos nativos, hasta el punto de que algunas poblaciones de Gran Canaria ayudaron a los españoles a conquistar Tenerife (algo de lo que se beneficiarían también los conquistadores de todo el continente ame- ricano).
Colón y sus tres naves partieron de La Gomera el 6 de septiembre, después de rezar en la nueva iglesia parroquial de San Sebastián, un templo de considerables dimensiones que aún señorea frente al océano. Colón puso rumbo oeste, con una ligera deriva hacia el suroeste. Los vientos alisios impulsaban el velamen, la mejor manera de navegar ha- cia las Indias occidentales. Al poco, aquella porción de mar daría en lla- marse el golfo de las Damas. Antes de zarpar, el Almirante se enteró, a través de un marinero que acababa de llegar de la isla canaria de El Hie- rro, de que había algunas carabelas portuguesas en el Atlántico oriental, con la idea de obstaculizar su viaje. Es posible que el rey de Portugal es- tuviese realmente ansioso por vengarse de Colón por haber puesto su lealtad al servicio de España. Pero el genovés eludió este peligro, en caso de que fuese real. Sea como fuere, desde el primer momento pensó que sus verdaderos enemigos podían estar a bordo de sus propias naves. De ahí que, a partir del cuarto día, empezase a llevar dos diarios: uno exac- to, y otro en el que deliberadamente hacía constar muchas menos mi- llas de las recorridas, con objeto de no inquietar demasiado a la tripula- ción. Es posible que su intención fuese mantener la ruta en secreto porque quienes entonces eran compañeros podían ser rivales en el futu- ro. Lo último que vería la expedición, al igual que ocurriría con muchas otras en el futuro, será el perfil del Teide.
El 22 de septiembre, Colón le mostró a Pinzón su mapa, «en el que el Almirante «tenía pintadas algunas islas». Según el padre Las Ca- sas se trataba del mapa de Toscanelli. Pero Colón no se orientó a partir de ese mapa para su travesía; debió de ser otro.21
El 24 de septiembre hubo gran tensión a bordo de las naves: nin- guno de los marineros había estado nunca tanto tiempo sin avistar tie- rra. Algunos opinaban que «era gran locura y ser homicidas de sí mis- mos aventurar sus vidas por seguir la locura de un hombre extranjero, que por hacerse gran señor, se había puesto a morir».22 Otros creían que lo mejor sería matar a Colón echándolo por la borda. Pero la crisis fue superada, y la flotilla siguió navegando durante otras dos semanas. Sin
embargo, seguían sin avistar tierra. Colón no trató de afirmarse en su causa comparándose con Moisés.23
El 5 de octubre, Pinzón y el Almirante discutieron. Pinzón sugirió virar hacia el sur con objeto de poner rumbo más directo a Japón. Pero Colón pensaba que debía mantener el rumbo y navegar lo más de prisa posible hacia China. Su conocimiento del Lejano Oriente era, como puede verse, bastante precario. Posteriormente, los amigos de Pinzón comentaron que el incidente tuvo lugar tras preguntarle el genovés a Pinzón qué convenía hacer.24 El marinero Francisco García Vallejo co- mentó que Colón reunió a los capitanes de las otras dos naves —y qui- zá también a los pilotos— y les pidió consejo acerca de lo que debía ha- cer con su tripulación, que lo estaba pasando muy mal. Vicente Yáñez, el capitán de la Niña, repuso: «Avancemos dos mil leguas y entonces, si no encontramos lo que buscamos, podemos dar media vuelta.» Pero su hermano, Martín Alonso Pinzón, no fue de la misma opinión y apoyó a Colón. «¡Bendito seáis», exclamó el Almirante. Y fue por la opinión de Martín Alonso Pinzón por lo que siguieron adelante.25
Al día siguiente se produjeron quejas, en esta ocasión entre los ma- CRISTÓBAL COLÓN 113
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rineros vascos de la Santa María. Al parecer, Colón convenció a Martín Alonso para que los tranquilizase. Pero, al cabo de unos días, «los hom- bre no parecían capaces de resistir más».26 En una conversación mante- nida en el camarote de Colón en la Santa María, los hermanos Pinzón y Peralonso Niño le dieron a Colón tres días más para descubrir tierra; si para entonces no la habían descubierto, pondrían rumbo a España. Por lo menos un historiador afirma que Colón le contó entonces a Martín Alonso su relato del «piloto desconocido».27
El 10 de octubre, Colón anunció que regalaría una capa de seda al primer hombre que avistase tierra, pero la idea fue acogida con silencio. ¿De qué iba a servirles una capa de seda en el océano? Pero aquel mis- mo día Colón y Martín Alonso vieron pájaros. Y Martín Alonso dijo sa- biamente: «Esos pájaros no vuelan así sin ninguna razón.» Aquella mis- ma noche, Colón, Pero Gutiérrez y el veedor Rodrigo Sánchez creyeron ver luz que supusieron que procedía de tierra. Al día siguiente, dos ho- ras después de la medianoche, con luna llena, Juan Rodríguez Bermejo, un marinero sevillano de la Pinta, vio «una cabeza blanca franja de tie- rra», gritó «¡Tierra! ¡Tierra!», y disparó una lombarda.28 Al día siguiente, el 12 de octubre, Colón desembarcó.29
Es fácil imaginar el entusiasmo de los noventa miembros de la ex- pedición de Colón al anclar frente a la orilla en las tranquilas y azules aguas mientras las olas batían la borda de la carabela, cuando por pri- mera vez en la historia una nave europea se detenía en lo que ahora de- bemos considerar aguas «americanas».
Probablemente, Colón había llegado a las Bahamas, a lo que en la actualidad conocemos como San Salvador, llamada entonces por los in- dígenas Guanahaní. Colón bautizó el lugar como San Salvador, la pri- mera de las innumerables islas a las que, por lo general, puso nombres de santos.30 Vio indígenas a los que desde el principio llamó «indios»; parecían gentes sencillas, aunque los regalos que les hicieron (loros, ja- balinas, bolas de algodón) eran, en su mundo, tan refinados como los regalos españoles (sombreros, pelotas y cuentas de vidrio). Aquellos in- dígenas de las Bahamas serían posteriormente aniquilados por el con- tacto con los españoles. Estaban muy estrechamente emparentados con los tainos, a los que Colón no tardaría en encontrar en el Caribe.31 Lo que más llamó la atención del genovés en cuanto al aspecto de los indí- genas fue que iban desnudos.
Colón tomó posesión de San Salvador en nombre del rey y de la reina de España,32 e izó el pabellón de los monarcas: una cruz verde so-
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bre fondo blanco con la F y la Y que simbolizaban a Fernando e Isabel (Ysabel). Sin embargo, no pareció pensar que aquello podía constituir un acto de guerra con el emperador Ming de China, el shogun Hoso-kawa de Japón o el emperador Mongol; debió de suponer que aquélla era una de las innumerables islas que Marco Polo había referido que estaba frente a la costa de Asia, sin que estuviesen bajo la protección de ningún país.
Los nativos se asombraron de las barbas de los europeos, especial- mente de la del Almirante. Ellos parecían ser del mismo color que los guanches, los nativos de las islas Canarias, llevaban el pelo largo y eran bien parecidos. Algunos iban pintados de negro o de blanco (unos todo el cuerpo y otros sólo la cara). Todos parecían tener menos de treinta años y portaban espadas de madera. Algunos llevaban colmillos de pe- ces a modo de puñal. Era obvio que algunos de aquellos «indios» habían sido heridos en batallas con poblados vecinos que habrían tratado de capturarlos. Sorprendentemente, Colón pensó que aquellos indígenas «ligeramente se harían cristianos». Poseían largas canoas «maravillosa- mente grabadas» y hechas con troncos.
Algunos nativos de San Salvador llevaban colgantes de oro que pendían de orificios practicados en la nariz. Mediante señas, le dijeron a Colón que, al sur, había un rey que tenía mucho oro, e incluso barcos hechos con ese metal. Pero el Almirante trató sin éxito de convencer a los indígenas de San Salvador para que los guiasen hasta allí. Al fin y al cabo, no había navegado más de tres mil millas en difíciles circunstan- cias para encontrar una isla de gesticulantes salvajes. La actitud de los nativos fue inteligente: era el mejor modo de deshacerse de aquellos ex- traños, un recurso utilizado por muchas otras poblaciones en las si- guientes generaciones.
El 14 de octubre Colón bordeó «la isleta», vio otros poblados y se encontró con otros «indios» que «según creímos entender nos pregunta- ban si procedíamos del cielo». Colón capturó a siete indígenas y les pro- puso viajar con ellos a Castilla para aprender español, con objeto de que después pudiesen hacer de intérpretes. Dos de ellos lograron escapar al día siguiente, pero en las semanas siguientes otros indígenas fueron asi- mismo capturados. Uno de ellos, a quien llamaron «Diego Colón», per- maneció junto al Almirante como intérprete durante dos años.33
El Almirante llegó a pensar incluso en enviar a toda la población a Castilla —presumiblemente como esclavos—, porque consideraba que, con cincuenta hombres armados, podría dominarlos a todos.34 Dijo de
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ellos que eran «gente harto manso» y «muy símplice de armas», y que estaba seguro de que serían «buenos servidores».35
El Almirante, que durante cierto tiempo estaría al mando de las tres naves, recaló en varias islas más, en lo que en la actualidad conocemos como archipiélago de las Bahamas. A una de ellas la llamó Santa María de la Concepción, y a otras dos Fernandina e Isabela, respectivamente. Pero no está claro de qué islas se trataba. Todas ellas eran llanas y no ofre- cían mucho atractivo para la colonización o la agricultura. Colón no tomó posesión de todos estos territorios formalmente, porque debió de suponer que haber anexionado una equivalía a haberlas anexionado to- das.36 En cambio, les puso nombre a todas, aunque como es natural ya tenían su nombre indígena. Los nativos le regalaron algodón, y él corres- pondió con cuentas de vidrio y baratijas que fueron muy bien recibidas. Colón escribió de forma entusiasta en su diario acerca de los árboles, los aromas de las flores que llegaban de la orilla, como en Córcega, y de la limpieza de las casas, de las hamacas y de los perrillos, así como de los ta- parrabos de algodón que llevaban las mujeres. Hablaba constantemente de oro, que con el mayor optimismo suponía que iba a encontrar en la si- guiente isla, y no se decidió a salir de las Bahamas hasta que se convenció de que «aquí no ay mina de oro». Colón lamentaba no poder identificar todas las plantas que encontraba en su exploración, aunque creyó encon- trar aloes. Hacía constantes comparaciones con el paisaje de Andalucía en abril. Los trinos de los pájaros de Long Island (Isla Larga) «eran tan dulces que nadie hubiese querido abandonar el lugar».37
El 24 de octubre el Almirante partió hacia lo que creía que debía de ser Japón, o parte de él: «otra gran isla [...] que llaman Colba [...] Pero sigo decidido a adentrarme en tierra hasta la ciudad de Quinsay para entregar las cartas de Vuestras Altezas al Gran Kan». «Colba» era la actual Cuba. Los nativos de Guanahaní decían que no era posible bor- dearla entera en veinte días, un comentario que sugiere que podían cir- cunnavegarla en algunos días más; una lección que Colón no aprendió. El Almirante dijo que la isla «era mayor que Inglaterra y Escocia jun- tas», aunque, en realidad, es menor que Inglaterra.38 Ciertamente creyó al principio que se trataba de una isla y sólo después insistió en que era un continente.
Cuando llegó a Cuba el 28 de octubre, Colón supuso que era par- te del continente asiático,39 y la llamó «Juana». Remontó lo que creyó que era un hermoso río que debía de tratarse de la bahía de Bariay, no lejos de lo que llamó Río de Mares: «Nunca he visto nada tan bonito.»
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El paisaje le recordó al de Sicilia. Había magníficas palmeras diferentes de las de España y Guinea. Vio perros que no ladraban y aparejos de pesca.40 En otra población encontró chozas con techumbres de hojas de palmera, figuritas femeninas e interesantes adornos de junco, el río era tan apacible como el de Sevilla, y estaba lleno de ranas. También vio adornos de plata que los indígenas llevaban colgados de la nariz.
¿Había en aquella costa los cocoteros, las anémonas, las lavandas, las ipomeas, los cedros y la strumpfia marítima que admiramos actual- mente al llegar a la costa oriental de Cuba? Sin duda la respuesta es sí. Colón también debió de ver los manglares y los mahoe.
A principios de noviembre, el Almirante envió tierra adentro a Rodrigo de Xerez, de Ayamonte, y a Luis de Torres, de Murcia, con dos indios, uno de San Salvador y otro local (Luis de Torres «había vivido con el adelantado de Murcia [Fajardo] y era de origen judío, de modo que, presumiblemente, ya no lo era, y conocía el hebreo y un poco el árabe»).41 A juzgar por su apellido, es muy probable que Xerez también fuese un converso.42 Regresaron al cabo de cuatro días después de haber encontrado un gran poblado de cincuenta grandes chozas de madera en forma de tienda, con techumbres de hojas de palmera, en las que vivían