Yo tenía esta tierra por firme, y no isla.
Colón, acerca de su viaje por el litoral de Cuba1
El 12 de marzo, Colón partió con quinientos hombres para explorar lo que creía que era «la tierra del oro» de La Española.2 Pasó por Puerto de los Hidalgos, hacia la cuenca del río Yaque (en lo que posteriormente llamarían Vega Real); luego hacia el río Moa, Valverde, el río Verde (Artima), el puerto de Cibao (cerca de San José de las Matas) y Santo Tomás, junto al río Jámico. Todos aquellos hombres que se encontra- ban en buen estado físico y que no eran imprescindibles para proteger las dos naves y las tres carabelas (todo cuanto quedaba de la flota), se encaminaron tierra adentro a pie o a caballo. El viaje fue muy duro pero la codicia les dio fuerzas para seguir adelante.3 Utilizaron a los indios como bestias de carga, para que portasen el equipaje y las armas, y ayu- dasen a cruzar los ríos a quienes no sabían nadar.
El supervisor real, Bernal de Pisa, tuvo varios enfrentamientos con Colón, sin percatarse de que «nunca conseguirían el oro sin sacrificio, esfuerzo y privaciones». Bernal de Pisa se apoderó de dos barcos con la intención de regresar a España en cuanto el genovés hubiese partido ha- cia el interior de la isla, el 12 de marzo, pero no llegó a salir del puerto y fue encarcelado por el hermano de Colón, Diego, junto a varios cóm- plices, acusados de traición.5
Para explorar la isla, el Almirante no sólo llevó consigo a los sol- dados de a pie que precisaba, sino también «los necesarios jinetes», lo que significaba que aceptó la aportación de algunos de ellos y, en ade- lante, permitió a regañadientes que sus caballos tuviesen todo el forraje español que hiciese falta.6
Al cabo de cuatro días, el 16 de marzo, Colón llegó a lo que con- fiaba que fuese la «dorada» Cibao. Le pareció un pedregal inhóspito,
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aunque bañado por ríos. Y, al descubrir indicios de oro, mandó cons- truir un fuerte en un lugar que llamó Santo Tomás.7 El catalán Pedro de Margarit y fray Boil, representantes de la Corona y de la Iglesia, res- pectivamente, se quedaron allí como comandantes locales. Cuneo dejó constancia de que en aquel viaje varios traidores fueron desenmascara- dos, al delatarse unos a otros, y el Almirante no tuvo dificultades para reducirlos. A unos los mandó azotar, a otros les cortó las orejas, y a otros la nariz, de tal manera que, como escribió Cuneo, «daba compa- sión verlos».8 Colón ahorcó a un aragonés, Gaspar Ferriz.
Colón regresó entonces a La Isabela, adonde llegó el 29 de marzo. Dos días después, el 1 de abril, acudió al enclave un mensajero de Mar- garit para comunicarle que «los indios de las inmediaciones habían hui- do» y que el rey Caonabó parecía disponerse a atacar el fuerte. De ma- nera que, al día siguiente, Colón envió a Santo Tomás setenta hombres con municiones.9 (Parece que aprovechó la ocasión para deshacerse de algunos de los jinetes predispuestos a desafiarlo.) El Almirante le orde- nó también a Margarit que secuestrase al cacique Caonabó, a quien consideraba autor de las muertes de los españoles del fuerte Navidad. El secuestro debería llevarse a cabo haciendo que uno de los hombres de Margarit (Contreras) lo agasajase para confiarlo y apresarlo. Sin embar- go, Margarit se negó a tomar parte en este plan, no por consideraciones morales, sino porque creía que perjudicaría las relaciones de los espa- ñoles con los indios. De modo que, al cabo de una semana, el 9 de abril, Colón envió más refuerzos a Santo Tomás, un contingente formado por todos los hombres que se hallaban en buenas condiciones, salvo los funcionarios y los artesanos, un total de 360 hombres de a pie y catorce de a caballo; al mando iría Alonso de Hojeda, con Luis de Arriaga como lugarteniente.
Esto iba en menoscabo de Margarit, a quien, sin embargo, se le pi- dió que dirigiese una expedición alrededor de la isla. La orden implica- ba responsabilizarlo de la intendencia de unos quinientos hombres, convirtiéndolo, como lo expresó un historiador contemporáneo, en «el capitán del hambre».10 Margarit debería llevar a cabo una operación de «reconocimiento de las provincias, los nativos y las tierras y lo que con- tengan»; asimismo debería «proteger a los indios y velar por que no se les causase daño alguno, ni se los apresase contra su voluntad. Por el contrario, deberían tratarlos honorablemente y tenerlos a salvo para que no se rebelasen». Pero «si hallardes que alguno d'ellos furten, casti-gadlos también cortándoles las narizes y las orejas, porque son miem-
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bros que no podrán esconder».11 El Almirante le ordenó también a Margarit que se asegurase de que «la justicia española sea mucho temi- da». Si los españoles no podían comprar comida, tendrían que requi- sarla tan honestamente como pudiesen.
Alonso de Hojeda no tuvo escrúpulos morales y, al llegar a las in- mediaciones de Santo Tomás, engañó a Caonabó, lo apresó junto a dos o tres miembros de su familia y los envió atados a La Isabela.12 Uno de estos príncipes fue conducido a la nueva plaza del enclave, en presencia de todos, y allí le cortaron las orejas. Colón decidió entonces enviar a Caonabó a España como una especie de trofeo, pero la nave en la que lo subieron a bordo se hundió mientras embarcaban esclavos, y Caona- bó se ahogó.13 Por entonces, el Almirante decidió que era necesario en- viar indios a España, con objeto de aportar algún tipo de riqueza, aun- que esos mismos indios fuesen la mano de obra con la que se proponía contar. El derecho de los cristianos a actuar así derivaba de la creencia de Colón, compartida por los sacerdotes que estaban con él, de que, al no haber sido bautizados, los indios se hallaban en pecado mortal.1
Las consecuencias eran previsibles. Los nativos dejaron de mos- trarse inclinados a colaborar con los europeos. Dejaron de abastecerlos de pescado, y la harina que los expedicionarios habían traído de Espa- ña se había terminado, al igual que otras provisiones. Todavía no era posible cosechar las frutas y las hortalizas europeas, aunque el hijo del Almirante, Fernando, informó de que no tardarían en poder cosechar garbanzos, trigo, caña de azúcar, melones, pepinos y uvas cerca de La Isabela. Pero, de momento, tuvieron que racionar la comida. El clima no parecía muy adecuado para los cultivos europeos y las enfermedades proliferaron de manera galopante. Además, no encontraban oro de ma- nera regular.
Colón se negó a afrontar la crisis. Se consideraba antes que nada «almirante de la mar Océana» y marino explorador, y optó por dejar su papel de «gobernador» y «virrey» en manos de otros. El 24 de abril em- prendió un viaje de exploración hacia el oeste, rumbo a territorios en los que, como en Cuba, había hecho breves escalas en su primer viaje. Dejó su nueva colonia en manos de su hermano Diego y del padre Boil, que presidirían un consejo de gobierno en el que se integrarían también Pero Hernández Coronel, el alguacil mayor; Alonso Sánchez Carvajal, un amigo de Colón que era de Baeza, y el ex miembro de la Casa Real Juan de Lujan.15 Antes de partir, Colón explicó que no tardarían en lle- gar más suministros desde España, pero no aguardó a ver si su predic-
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ción se cumplía, lo cual les pareció una traición a la mayoría de los hombres que se quedaron allí. Al fin y al cabo, sólo les dejó dos naves, porque el resto de la flota había regresado con Torres o se había hundi- do con Caonabó. A partir de entonces, Colón no volvió nunca a recu- perar su autoridad.
Antes de emprender el viaje, el Almirante les escribió a los monar- cas una carta que estaba llena de interesantes exageraciones: el río Ya-quí era más grande que el Ebro; la provincia de Cibao era mayor que Andalucía y, en ella, había más oro que en cualquier otra parte del mundo. El Almirante volvió a afirmar que lo único que le impedía convertir a los indios al cristianismo era no saber predicar en su lengua. (En realidad, «Diego Colón», un indio a quien capturó en su primer viaje, conocía ya los rudimentos del castellano, de modo que por lo menos el genovés tenía un intérprete para comunicarse con los tainos.)
Esta carta de Colón no pudo ser enviada a España de inmediato, ya que no disponían de ninguna nave en condiciones para navegar. De manera que, por el momento, la memoria que Colón dirigía a los mo- narcas, llevada por Torres, fue la base de la información más reciente que la corte tendría acerca de las nuevas Indias.
Con su flota de doce naves, Torres tardó treinta y cinco días en lle- gar a Cádiz, el 7 de marzo de 1494.16 Parte del contingente que regresó con él traía malas noticias: además de que las afirmaciones de Colón re- sultaban risibles de puro exageradas, había escasez de alimentos en La Isabela; Colón había encarcelado injustamente al supervisor real, Ber-nal de Pisa, y su sistema de tributos impuesto a los indios no funcionaba; había poco oro y no habían encontrado minas.
Los reyes se hallaban por entonces en Medina del Campo, una po- blación que tenía un importante mercado, y se alojaban en el castillo de La Mota, construido hacía sesenta años. Los cortesanos se alojaban en las grandes mansiones de la ciudad, cuyos propietarios se habían enri- quecido gracias al comercio de la lana con Flandes. Una de estas man- siones pertenecía a la familia del novelista Garci Rodríguez de Montal-vo, autor o renovador del Amadís de Gaula, que justo por entonces trabajaba en su asombrosa obra maestra; otra de las mansiones pertenecía a la familia del futuro cronista de la conquista de México, Díaz del Castillo. A la reina siempre le había gustado Medina del Campo, que no estaba lejos del lugar de su nacimiento, Madrigal de las Altas Torres, y cerca de Arévalo, donde se crió.17
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cupaciones, al margen de su creciente inquietud por las Indias. El in- quisidor general, el fraile dominico Tomás de Torquemada, los urgía a utilizar el antiguo cementerio judío de Ávila para construir un nuevo convento, que llevaría el nombre de Santo Tomás.18 Se celebraron va- rios autos de fe y se aplicaron extraños castigos a quienes se confesaron culpables.19 A raíz de un juicio celebrado aquel mes, el papa Inocencio VIII confirmó que su opinión de la Inquisición era, lamentablemente, cercana a la de la reina.20
Torres trajo sólo oro por valor de un poco más de once millones de maravedís de las Indias, algunas especias de escaso interés y peticio- nes para el envío de suministros.21 Fernando se sintió decepcionado, porque necesitaba dinero en Europa, sobre todo para favorecer su polí- tica en Italia. Cuando, en abril, Torres llegó a la corte, Pedro Mártir y un cortesano de Sevilla, Melchor Maldonado, hablaron con él.22 Tam- bién lo hicieron Peralonso Niño, el piloto, y Ginés de Corbalán, que acompañó a Hojeda en su expedición en busca de oro. Sorprendente- mente, todos hablaron bien del Almirante, y Mártir le escribió a un amigo italiano, Pomponio Leto, acerca de la gran cantidad de oro que podían encontrar en el Nuevo Mundo.
Diez días después, el 13 de abril, los monarcas le escribieron a Co- lón dándole ánimos y ordenaron que el hermano del Almirante, Barto-lomeo Colón, se preparase para ir a las Indias con tres carabelas cargadas con provisiones, ya que Bartolomeo había regresado ya de sus decepcionantes viajes a Francia e Inglaterra y ansiaba ir a reunirse con su hermano mayor. La reina vio también con buenos ojos que el segundo hijo del Almirante, Fernando, ingresara en la corte del infante Juan en calidad de paje junto a su hermano Diego.23 El amigo florentino de Co- lón, Berardi, le adelantó a Bartolomé lo que necesitaba para su viaje.24
Bartolomeo zarpó hacia La Gomera, donde cargó cien ovejas y, en mayo, reanudó la travesía por el Atlántico.25 Entretanto, uno de los se- cretarios reales, Fernando Álvarez, en nombre de la Corona, replicó a todos los apartados de la memoria enviada por Colón a través de Torres y, al hacerlo, planteó algunas peticiones un tanto exigentes de Fonseca, que por entonces era sin duda el principal representante de los reyes en la administración de las Indias, como, por ejemplo, que la carne que le enviasen fuese de buena calidad.26
Sin embargo, en el verano de 1494, los monarcas estaban más acu- ciados por sus negociaciones con Portugal acerca de sus mutuos dere- chos sobre los territorios del Nuevo Mundo. En abril llegaron a Medina
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del Campo varios cortesanos portugueses, entre los que se encontraba Ruy de Sousa, señor de Sagres, confidente del rey Juan, diplomático y experto marino. No sólo había sido embajador en Inglaterra, sino co- mandante de la flota que zarpó hacia el Congo, y fue él quien, en 1475, entregó a la reina Isabel la declaración de guerra en nombre del rey Al- fonso V. Formaban parte de la delegación su hijo Pedro, almotacén ma- yor de Portugal, y Aires de Almeda, que también había sido embajador en Inglaterra y que, por entonces, era corregidor de «los fechos civiles». Estas tres personalidades eran miembros del consejo real portugués. También formaban parte de la delegación cuatro «expertos»: Duarte Pacheco, famoso marino y cartógrafo, que había estado en Guinea y que, con su libro Esmeraldo de Situ Orbis (que apareció entre 1505 y 1508), hizo una gran aportación a la geografía de África; Rui de Leme, que se había criado en Madeira y cuyo padre, Antonio de Leme, fue uno de los que afirmó haber hablado del Atlántico con Colón en los años setenta; Joao Soares de Siquieira, y Estavao Vaz, un secretario de Juan II que se había congraciado con los monarcas españoles propor- cionándoles un cargamento de pólvora para ayudarlos en el sitio de Má- laga. Posteriormente estuvo en Castilla como embajador encargado de poner orden en los asuntos del duque de Braganza, después de la ejecu- ción de este último en Lisboa por traición. Todos ellos conocían bien el Atlántico oriental.
Castilla, en contraste, estuvo representada por «grandes de Espa- ña» que quizá supiesen mucho de Castilla, pero que conocían muy poco del Atlántico. Entre ellos se encontraba Enrique Enríquez, ma- yordomo mayor de la corte, tío del rey y, a pesar de su título de almi- rante de Castilla, un aristócrata que apenas sabía nada de los mares. Su presencia sólo se explica porque era el padre de María, novia de uno de los hijos del papa, e incluso se escribía, desde Tordesillas, con su con- suegro, Alejandro Borgia.27 Otro de los negociadores españoles fue Gu- tierre de Cárdenas, el contador mayor, el veterano cortesano que pre- sentó a Isabel y a Fernando en 1474, y que se había enriquecido, especialmente en Canarias, con la importación de urchilla, pero cuyos conocimientos de las cuestiones marítimas no iba, probablemente, más allá de lo que pudo aprender durante las travesías entre Cádiz y Cana- rias. Uno más de los negociadores fue Rodrigo Maldonado de Talave-ra, abogado y miembro del Consejo del Reino. Participaron también tres expertos en cuestiones geográficas: los comendadores Pedro de León, Fernando de Torres y Fernando Gamarro. Y es posible que tam-
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bien tomara parte en las negociaciones Jaime Ferrer, el geógrafo cata- lán, tal como comentó el cardenal Mendoza. Considerados individual- mente, los representantes portugueses eran superiores a los españoles, y la historia del mundo reflejaría este hecho en todo momento desde en- tonces.
Las negociaciones tuvieron lugar en el convento de Santa Clara, en Tordesillas. El 8 de mayo de 1494, la reina Isabel, el rey Fernando y la corte llegaron allí desde Medina del Campo, que estaba a menos de media jornada a caballo, a unos veinticinco kilómetros. La corte per- manecería allí hasta el 9 de junio. Los monarcas se reunieron formal- mente con los capítulos de las órdenes de Santiago y Calatrava;28 luego, empezaron las negociaciones. Se ha conservado una pintura de la dis- cusión o, por lo menos, de su conclusión, en el museo de la Marinha de Lisboa, en la que está representado un grupo de hombres doctos frente a un desordenado montón de mapas, bajo los escudos de ambos reinos. También pueden verse todavía «las casas del tratado».
Tras un mes de conversaciones, el 7 de junio se llegó a un acuerdo entre Castilla y el rey de Portugal, acerca de los derechos de las dos co-
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roñas respecto a la navegación y el comercio, así como sobre la pesca y los enclaves en Canarias y en la costa de África. Estos acuerdos no eran más que una confirmación del Tratado de Alcácovas de 1479.29 Pero aquel mismo día se firmó otro tratado acerca de la «partición del mar». Los portugueses habían conseguido un cambio sustancial en su favor, en relación con los acuerdos refrendados por el papa el año anterior. Se concretó otra línea imaginaria de demarcación «una raya, o linea dere- cha de polo a polo, del polo árctico al polo antartico, que es del norte al sur, la cual raya o linea e señal se haya de dar y de derecha como di- cha es, a 370 leguas de las islas de cabo verde para la parte de poniente por grados o por otra manera...».30 Los territorios que quedasen al oeste de esta línea serían españoles, pero los que quedasen al este, a excepción de las islas Canarias y del territorio africano frente al archipiélago, serían portugueses. «Cortar el aire con un sable o cortar el mar con un cuchillo», así rezaba una de las definiciones del tratado. En virtud del tratado se le concedía a Portugal una amplia zona de lo que posterior- mente sería Brasil. Una comisión mixta, como se diría ahora, dotada con una o dos carabelas por ambos bandos, debía establecer la línea en «el océano», pero tal comisión nunca llegó a formarse.
¿A qué se debió esta victoria de los portugueses? Porque, en cues- tiones internacionales, los gobernantes de España estaban acostumbra- dos a salirse con la suya. La primera derrota de España en Tordesillas fue aceptar que hubiese necesidad de concertar un nuevo tratado. Los monarcas españoles o, por lo menos, sus consejeros, parecían estar in- justificadamente preocupados por la posibilidad de que los portugue- ses enviasen una flota a las Indias. Colón no fue consultado, ni tampo- co Antonio de Torres, que pudo haber sido un asesor idóneo, y que estaba en Castilla. ¿Pudo deberse la insistencia de Portugal a que hu- biese descubierto secretamente Brasil?31 Quizá esto sea aventurar de- masiado. Lo que preocupaba a los portugueses era la ruta de África, pues querían garantizarse la comunicación con las lucrativas islas de las Especias, tal como Bartolomeu Dias las cartografió. La ampliación de la franja portuguesa hasta las 370 leguas (270 más que en 1493) signi- ficaba que sus naves podrían navegar hacia el sur, describiendo un am-