«Nos queríamos informarnos de letrados, teólogos e canonis- tas si [...] se pueden vender éstos [los esclavos].
Fernando e Isabel a Juan Rodríguez de Fonseca, 16 de abril de 1495 En 1495 los reyes de España se percataron de que los descubrimientos de Colón imponían nuevas responsabilidades, a la par que les ofrecían nuevas oportunidades, y de ahí que empezasen a abordar una política imperial. Una decisiva influencia en este aspecto, así como en otros, fue la de Francisco Jiménez de Cisneros, el nuevo confesor de la reina y, a partir de enero de 1495, sucesor del cardenal Mendoza como primado de España y arzobispo de Toledo.1 Como arzobispo, aquel competente, austero y eficiente clérigo siguió viviendo como un ermitaño. Caminaba descalzo y siguió consagrado a sus reformas de la orden franciscana, que provocaron una gran conmoción (sobre todo por su insistencia en que los frailes debían llevar una vida ascética.) Al parecer, algunos emigraron al norte de África para convertirse al islam con tal de no prescindir de sus amantes.2
Sin embargo, el funcionario ejecutivo que velaba por que las deci- siones de la corte itinerante sobre las Indias se cumpliesen en Sevilla y en Cádiz era por entonces otro hombre de la Iglesia, Juan Rodríguez de Fonseca, el archidiácono de Sevilla que en aquellos años fue «ministro» para las Indias, aunque sin nombramiento oficial. En 1494 fue nombra- do obispo de Badajoz, pese a que nunca llegó a vivir allí, ya que su tra- bajo para la Corona le impedía abandonar Sevilla. Cobraba un sueldo anual de doscientos mil maravedís. También fue nombrado miembro del consejo de Castilla, lo que le aportaba otros cien mil maravedís. Era muy competente, pero su eficiencia estuvo viciada por una marcada an- tipatía hacia Colón, en quien no veía talento alguno, sino sólo defectos.
Esto fue algo que todos notaron por entonces, y así, por ejemplo, Las Casas escribió de él: «Era mucho más experimentado el señor obis-
I84 EL IMPERIO ESPAÑOL
po en hacer armadas que en decir misas de pontificial...»3 y añadía: «[...] cierto yo siempre oí y creí y algo vi al dicho obispo, haber sido y ser contrario a las cosas del Almirante, que no sé con qué espíritu ni por qué causa... quiero decir que pudo ser no ser aquella causa con mal es- píritu, pero de que justa o injustamente el obispo le desfavoreciese, yo no dudo; y también que el Obispo, como era hombre de linaje y de ge- neroso ánimo, y de los Reyes muy privado [...]».4 Fernando Colón se mostró más duro en sus críticas y dejó constancia de que Fonseca odia- ba al Almirante y detestaba sus actividades, y estuvo al frente de quie- nes hablaban mal de él en la corte.5
Antonio de Guevara, un franciscano que en 1495 fue paje del in- fante Juan y, posteriormente, predicador y cronista de la corte, así como autor secreto de El libro dorado de Marco Aurelio, uno de los li- bros de mayor éxito del siglo XVI, le escribiría ingenuamente: «Me pedís, señor, que os comente qué dicen de vos aquí, y en la corte todos convienen en que puede que seáis un buen cristiano pero que sois un obispo muy desabrido. También dicen que estáis gordo, y que sois prolijo, negligente y dubitativo en los contratos que tenéis en vuestras manos, como con los peticionarios que se presentan ante vos y, lo que es peor, muchos de ellos regresan a casa ignorados y exhaustos. También dicen que sois pendenciero, así como orgulloso, impaciente y altanero [...]; otros añaden que sois hombre veraz, que decís la verdad, que sois ciertamente amigo de la verdad, que ningún mentiroso os tendrá nunca por vuestro amigo. Dicen que sois muy directo en cuanto hacéis, así como en el modo en que se cumplen vuestras decisiones y que, para ser honesto, no tenéis prejuicios en cuanto a favorecer ni afecto por nadie. También comentan que sois compasivo, piadoso y caritativo. Pero no os asombréis por lo que os digo ya que me asombra lo que hacéis. No hay virtud más necesaria en un hombre que gobierna una república que la paciencia. Tanto si sois prelado como presidente tenéis que vivir con modestia y ser muy sufrido.»6
Con todo, al igual que otros miembros de su ilustre familia, Fon-seca era un entusiasta de las artes, especialmente de la pintura flamenca, como puede verse por su piadosa representación en las catedrales de Badajoz y Palencia, sobre todo en esta última, donde el flamenco Juan Joest de Clacar lo pintó en el retablo.7
La necesidad de una nueva política respecto al imperio le vino im- puesta a la Corona española por las medidas adoptadas por Colón en La Española, especialmente respecto a la esclavización de los indios. Por-
CRISTÓBAL COLÓN I 8 5 que, en 1495, desesperando de encontrar oro en cantidades sustancia- les, Colón decidió compensar por la ausencia de metales preciosos con el envío de esclavos a la metrópoli. El propio Colón, su hermano Bar- tolomé y el apuesto Alonso de Hojeda llevaron a cabo crueles incur- siones militares prácticamente en toda La Española, con objeto de se- cuestrar indios. Pero los nativos no estaban dispuestos a resignarse a que los secuestrasen sin oponer resistencia. Y tampoco los españoles sa- bían distinguir claramente entre los indios amantes de la paz, que po- dían llegar a ser buenos cristianos, y los caribes, a quienes se suponía ateos, caníbales y brutales.
La campaña de Colón para conseguir esclavos indios dio lugar a uno de los episodios más lacerantes de la conquista, tal como lo refleja- ron las obras del padre Las Casas, que afirmó que los españoles exter- minaron a dos tercios de la población. Sin embargo, esto fue una exa- geración muy característica del padre Las Casas, aunque su enemigo, el historiador Fernández de Oviedo, habló también de innumerables víc- timas.8 Este hecho, a su vez, condujo a la espontánea decisión de mu- chos nativos de huir a las montañas. Esta «rebelión», como la llamaron equivocadamente, condujo a que Colón apresara a unas 1 660 «almas entre machos y hembras», tal como lo expresó Miguel Cuneo, de las que 550 fueron enviadas a Castilla, voluntariamente o forzadas, en la segunda flota que al mando de Antonio de Torres partió de La Isabela el 24 de febrero de 1495. La trata de esclavos comenzó así en dirección oeste este, no desde África, sino desde el Caribe a Europa.
En este segundo viaje de regreso, acompañaron a Torres el herma- no menor del Almirante, Diego Colón, y su amigo de la infancia Mi- guel Cuneo. El viaje estuvo lejos de ser triunfal, pero en cambio fue rá- pido: según Cuneo, hicieron la travesía entre Puerto Rico y Madeira en veintitrés días.
Unos doscientos de los indios que embarcaron con Torres murie- ron al entrar en aguas españolas a causa del frío, según Cuneo.9 Al resto los desembarcaron en Cádiz, la mitad de ellos, enfermos. Cuneo nos dice que «no son hombres de fatiga, temen mucho el frío y no tienen larga vida».10 Nueve «cabezas de Indias» le fueron entregadas al floren- tino Juanotto Berardi, con objeto de ponerlas en manos de alguien que les enseñase castellano y pudiesen actuar como intérpretes. El resto de los prisioneros fueron conducidos a Sevilla para ser vendidos allí, aun- que varios de ellos lograron escapar.
l 8 6 EL IMPERIO ESPAÑOL
habían abandonado a Colón sin despedirse, expresaron en la corte su convencimiento de que los indios eran potencialmente buenos cristia- nos y subditos de los reyes y que, por tanto, no debían ser esclaviza- dos.11 No cabe duda de que su opinión se debía, en parte, a haber ob- servado que las manifestaciones religiosas de los tainos, desde la ofrenda de alimentos a los dioses, el modo de vestirse, las procesiones, las dan- zas, los cánticos y la distribución de pan a los cabezas de familia, tenían algo en común con las prácticas cristianas.12
Bernal de Pisa, el contable a quien encarceló Colón, fue también llamado a la corte para contribuir al conocimiento común de lo que ocurría en La Española. Varios jinetes se lamentaron de que el herma- no de Colón les hubiese arrebatado sus caballos.13 Otros comentaron que el Almirante les había dicho a algunos de los caballeros volunta- rios que quienes no trabajasen no comerían, cosa que ningún caballero español podía aceptar sin rebelarse, sobre todo viniendo de un genovés de linaje desconocido.14
Colón no estaba al corriente de tales intrigas, aunque, al haber pa- sado mucho tiempo en la corte, podía imaginarlas. Cuando Torres lle- gó a la Península, el Almirante estaba de nuevo en el centro de La Es- pañola, ya que su propósito era ocupar toda la isla en nombre de la Corona de España. Su idea originaria de limitarse a establecer enclaves comerciales para el envío de mercancías, metales preciosos y esclavos, al estilo de las colonias portuguesas de África, fue dejada a un lado en fa- vor de una interpretación más al estilo castellano de la expansión, para ocupar territorios y someter poblaciones, un estilo de comportamiento con el que se familiarizaron tanto durante la reconquista como durante la conquista de las islas Canarias.15
Colón dejó La Isabela el 25 de marzo con doscientos hombres, veinte caballos y muchos perros para «ocupar» la parte central de La Es- pañola, no para comerciar. Lo acompañaron su hermano Bartolomé y su aliado indígena el cacique Guacanagari con varios de sus hombres. Dividió el contingente en dos cuerpos y atacó a unas hordas indígenas de unos cien mil hombres, según dijeron. Los derrotaron con facilidad y Fernando Colón escribió que se dispersaron «como una bandada de pájaros».
Colón decidió entonces que sus hombres erigieran fuertes en cua- tro sitios distintos: Concepción de la Vega (Santo Cerro), Esperanza, Santiago y Santa Catalina. Como es natural, los construyeron de ma- dera, basados más en la carpintería que en la albañilería. Concepción se
CRISTÓBAL COLÓN 187
convirtió en centro de peregrinación (y de milagros). En su testamento, Colón citó aquel lugar y expresó su esperanza de que se celebrase misa allí todos los días. Sin embargo, cuando él murió, Concepción ya había sido devorada por la jungla.16
Gran parte de la pequeña población de españoles que quedaba en La Isabela se trasladó tierra adentro para establecer guarniciones en los fuertes recién construidos. Y, a lo largo de aquella primavera y del vera- no, Colón acordó con muchos caciques que todos los indios de entre diecisiete y setenta años pagasen regularmente tributo a la Corona es- pañola, en forma de los productos propios de cada localidad. Así, por ejemplo, los indios de Cibao y de Vega Real convinieron en entregarle al genovés sesenta mil pesos de oro en tres pagos. Quienes vivían en las comarcas productoras de algodón aportarían una bala de algodón. To- dos los obligados a pagar tributo llevarían un colgante en forma de dis- co como prueba de que habían pagado. A cambio, Colón se compro- metía a impedir que sus hombres vagasen por sus tierras sin control.17 Entretanto, algunos de sus compañeros expedicionarios habían empe- zado a establecerse tierra adentro con mujeres indias.
Los caciques satisficieron los tributos como pudieron, pero luego rogaron que se los eximiese de ellos si no producían aquello que se les había pedido. Guarionex incluso ofreció plantar una enorme exten- sión cultivable (un conuco) desde el norte hasta el sur de la isla, si libe- raban a su pueblo de la obligación de entregar oro. Colón consideró la oferta; como es natural, hubiese preferido el oro. La pesca era fácil y el pescado excelente, como siempre ha sido en el Caribe. Los cultivos de algodón, de lino y de otras plantas rendían satisfactoriamente bajo la dirección española, al igual que otros de origen europeo, como el trigo y otros cereales, varias clases de verduras, la vid e incluso la caña de azú- car. Por otra parte, tanto la cría de ganado porcino como la de diversas aves se desarrollaba perfectamente.
No es posible aventurar si, a la larga, Colón hubiese sobrevivido como comandante en jefe, gobernador o virrey de aquel pequeño mun- do, porque, a finales de 1495, se enteró de que la actitud de la Corona ha- cia él estaba cambiando. A principios de abril de ese mismo año, los mo- narcas empezaban a considerar La Española y otras islas del Caribe como si fuesen —y en cierto modo lo eran— prolongaciones de Andalucía.18
Este cambio se debió, en parte, al envío a España de numerosos indios, o esclavos, que es como Colón creía que debían considerarlos. En febrero, sería fácil venderlos en España.19 No en vano Andalucía es-
I 8 8 EL IMPERIO ESPAÑOL
taba acostumbrada a la subasta y compra de esclavos de distinta proce- dencia (isleños de Canarias, bereberes y nativos de África occidental, e incluso bosnios y eslavos). Los mercaderes valencianos, como Juan Abelló y Antonio Viana, podrían haberse encargado fácilmente de estos indios, al igual que los mercaderes genoveses como, por ejemplo, Do-menico de Castellón y Francisco Gato.
En principio, la Corona no pareció ver estas operaciones con ma- los ojos y, el 12 de abril, los monarcas le escribieron a Fonseca, que es- taba en Sevilla, en los siguientes términos: «[...] cerca de lo que nos es- cribisteis de los indios que vienen en las carabelas, paréscenos que se podrán vender allá mejor que en esa Andalucía que en otra parte, de-béislo hacer vender como mejor os paresciere...».20 Pero la Corona no tardó en cambiar de actitud. No cabe duda de que esto se debió a la influencia de Margarit y del padre Boil, y es probable que Cisneros también tuviera algo que ver. Su actitud frente a los indígenas del Nuevo Mundo (que no conocía) era siempre más humana que su política frente a los judíos y musulmanes con quien había trabajado. Sea como fuere, cuatro días después, el 16 de abril, los monarcas le enviaron otra carta a Fonseca para que pospusiera la venta de esclavos: «Nos querríamos informarnos de letrados, teólogos e canonistas si con buena conciencia se pueden vender éstos [esclavos] por solo vos o no; y esto no se puede facer fasta que veamos las cartas que el Almirante nos escriba [...] y [que] tiene Torres que non las envió; por ende en las ventas que fícié-redes destos indios sufincad [se afirme] el dinero dellos por algún breve término, porque en este tiempo nosotros sepamos si los podemos vender o no, e no paguen cosa alguna los que los compraren, pero los que los compraren no sepan cosa desto; y faced a Torres que dé priesa en su venida e que si se ha de detener algún día allá que nos envíe las cartas.»21
Pero las doctas opiniones tardaron en llegar. Y no está claro de quién las recabaron formalmente, si es que llegaron a hacerlo. Lo que parece que ocurrió es que cincuenta de estos esclavos le fueron entrega- dos con prisa al almirante Juan Lezcano Arriarán, para que fueran uti- lizados en las galeras reales, y Fonseca autorizó a que otro grupo le fue- se vendido a Berardi. El resto murieron en Sevilla mientras aguardaban la decisión.22 Por su parte, los monarcas seguían pensando que era po- sible establecer una distinción entre indios «buenos», es decir, aptos para ser esclavizados, y el resto, o sea, «condenados». En una carta que le escribió a un amigo de Sevilla en el otoño de 1495, Miguel Cuneo menciona esta distinción, y comenta que, nada más llegar a Santa Ma-
CRISTÓBAL COLÓN 189
ría Galante, en el segundo viaje de Colón,23 encontraron caníbales. Esto provocó un largo debate acerca de la identidad de los caribes y de la po- sibilidad de esclavizar a los tainos. Pero lo más destacable, acerca de es- tas dudas de los reyes, es que ambos eran conscientes de que también ellos debían acatar las leyes y de que no podían inventárselas. Pese a ser autócratas, eran respetuosos con la ley.
Cada vez estaba más claro para los soberanos que no tardarían en tener que recortar las concesiones hechas a Colón. Fernando e Isabel no habían impulsado la unificación de la Península para luego permitir que un aventurero genovés estableciese una soberanía bajo su control. Entretanto, el 10 de abril de 1495, publicaron en Madrid un decreto que autorizaba a cualquiera —léase a todo castellano— a equipar expe- diciones y descubrir islas, incluso continentes, en las Indias o en la mar Océana. Las reglas que debían respetar quienes fuesen a las Indias eran: «Al tener conocimiento de que varias personas, subditos nuestros, de- sean ir a descubrir nuevas islas y partes de continentes distintas a las que, por mandato nuestro, ya han sido descubiertas en la dicha parte de la mar Océana, y para traer oro, otros metales y mercancías; y puesto que otros querrían ir a establecerse en La Española, descubierta por manda- to nuestro, y recordando que nadie debe ir a las Indias sin nuestra au- torización [...] decretamos que, primero, todo barco que zarpe hacia las Indias debe partir de Cádiz, y de ningún otro puerto, y que aquellos que partan deben registrarse ante los funcionarios competentes; segun- do, todo aquel que desee ir y vivir en las Indias sin salario puede ha- cerlo libremente y recibir suministros para un año y quedarse con un tercio del oro que descubran, quedando los otros dos tercios para noso- tros, mientras que de cualquier otra mercancía deberán reservarnos una décima parte; tercero, todo aquel que lo desee puede ir a descubrir nue- vas islas o tierra firme, distintas de La Española, pero deberán registrar- se y partir de Cádiz;24 y cuarto, todo aquel que lo desee podrá trans- portar los suministros que quiera a La Española pero, en todas las naves, una décima parte de la carga deberá ser de mercancías nuestras, etc.» Además, Colón podría embarcar mercancías propias hasta una oc- tava parte del total.
Este documento era importante, porque, en la práctica, ponía fin al monopolio de Colón.25 El principal beneficiario pudo ser su amigo florentino Berardi, que, en virtud de otro decreto, fue autorizado a al- quilar doce naves para transportar novecientas toneladas de mercancías para venderlas al precio de dos mil maravedís por tonelada. Tendría la
I 9 O EL IMPERIO ESPAÑOL
decisiva ventaja de poder destinar la mitad de su flota a quienes desea- ran embarcar para encontrar sitios desconocidos, con lo que se garanti- zaba un beneficio de antemano. Era el único medio eficiente para cos- tear las expediciones ya que, además, podrían cobrar por los pasajes de regreso.26 Pero, como es natural, Colón protestó al conocer el contenido del decreto, aunque demasiado tarde, y sus quejas fueron en vano. El decreto aseguraba seis años de libertad para los mercaderes y emi- grantes, unas libertades que no volverían a conocerse hasta dentro de doscientos cincuenta años.27
Estas decisiones se tomaron tras una abundante correspondencia acerca de las Indias que tuvo lugar a principios de aquel año. Así, por ejemplo, en febrero, los monarcas le ordenaron a Fonseca enviar cuatro