Anímica Personal
3. La Allendidad para el Espíritu Humano
"Cierto que no sabemos sondearnos a nosotros mismos. Pero ¡hay tantos momentos, en que nos sentimos inmortales! Momentos de contemplación religiosa, filosófica, científica, artística, momentos de éxtasis, fuera del
pensamiento, fuera del tiempo y hasta fuera de nuestro objeto, en el amor; momentos de poesía a la vista de la naturaleza, en unión con las fuerzas eternas momentos de heroísmo en que se tiene la sensación de que puede uno confiarse a la suerte y que la grande vida no muere nunca; todo esto dice interiormente nuestro ser, y esto es lo que decía también un soldado de la gran guerra: ¿qué puede contra la inmortalidad una bala en el corazón?"109 Estas
palabras del padre Sertillanges ejemplifican ese sentimiento de eternidad inscrito en nuestros espíritus e impreso en todos nuestros pasos de peregrinos.
No tiene sentido preguntarse a dónde van las almas después de la muerte. El espíritu, desligado del cuerpo, no ocupa lugar. Se trata de un cambio de estado, no de un cambio de ubicación. Un cambio de estado posible desde el momento en que "la vida psíquica es mucho más rica que todas las posibles combinaciones de los movimientos cerebrales." L. Busse, E. Becher y H. Driesch han demostrado que es imposible el "reconocimiento" de las figuras geométricas más sencillas sólo por cualquier mecanismo cerebral, si estas figuras están invertidas o si de ellas se hacen figuras combinadas. Ellos han probado, además, que estas figuras no pueden ser conservadas en el cerebro como "engramas". (Véase del sabio lituano José Macenis: "El hombre, ¿un enigma?")
El problema de la supervivencia es el más urgente y fundamental de todos los problemas metafísicos del hombre. De él se han ocupado, a lo largo de los siglos, teólogos, filósofos y poetas. El hombre primitivo se inquietó por el cadáver de su semejante porque tenía la convicción de que una realidad inmaterial —que exige cuidado y respeto— sobrevivía a la muerte fisiológica. Celtas, germanos y nórdicos; egipcios, asirios, persas y griegos; etruscos y romanos; judíos y cristianos, todos, sin excepción, han creído en el más allá. En todos los pueblos y en todos los tiempos ha habido una convicción de la supervivencia del espíritu humano. Si no hubiera otras pruebas de la inmortalidad del alma, la continuidad maravillosa de su tradición a través de 109 A.D. Sertillanges, O.P., Catecismo de los incrédulos pág. 334-335, Editorial Excelsa.
épocas históricas y civilizaciones tan diferentes, bastaría para acreditar que la idea de que se trata responde a una auténtica exigencia del pensamiento y de la realidad humana.
Se ha dicho que el recuerdo que se tiene del desaparecido es una forma de inmortalidad. "El hombre deja, en efecto, siempre algo de su humanidad particular en las cosas en torno, y a veces deja depositada en ellas una tal impronta, que la humanidad puede vivir más plenamente gracias a lo que tal persona ha sido y hecho. La memoria es entonces —asegura José Ferrater Mora— un primer y efectivo triunfo sobre lo mortal y lo efímero, porque lo que se recuerda, una vez más, es la persona y el flotar de ésta en el recuerdo esencialmente distinto de las imágenes que los hombres poseen de las cosas que han desaparecido para siempre."110 Es cierto que el paso del hombre por
la tierra deja su huella. La desaparición de un ser humano deja su impronta en los demás. Y hasta puede hablarse de una presencia ausente. Pero la simple memoria de lo que ha sido una persona no hace vivir, propia y rigurosamente, a esa persona desaparecida. ¿Y la fama? ¡Vano consuelo! "En ella -como escribe Fernán Pérez de Oliva en su "Diálogo de la dignidad del hombre"— muestran los hombres su gran vanidad, pues esperan el bien para cuando no han de tener sentido. ¿Qué aprovecha a los huesos sepultados la gran fama de los hechos?; ¿dónde está el sentido?, ¿dónde el pecho para recibir la gloria?, ¿dó los ojos?, dó el oír, con que el hombre coge los frutos de ser alabado? Los cuerpos en la sepultura no son diferentes de las piedras que los cubren. Allí yacen en tinieblas, libres de bien y de mal, do nada se les da que ande el hombre volando con los aires de la fama, la cual es tan incierta, que a la fin mezcla la verdad con fábulas vanas, y quita de ser conocidos los defunctos, por los nombres que tenían."111 En conclusión: la memoria de lo que
ha sido una persona y la fama que deja en las generaciones subsecuentes no es un verdadero triunfo, de esa misma persona, sobre lo mortal y lo efímero.
110 José Ferrater Mora, El Sentido de la Muerte, pág. 293, Editorial Sudamericana.
111 Fernán Pérez de Oliva, Diálogo de la dignidad del hombre, págs. 47-48. Colección
El problema filosófico de la "inmortalidad del alma" se ha planteado desde la antigüedad hasta nuestros días. Para Platón, el alma es, más que
inmortal, eterna. En "otro tiempo", antes de su encarnación, ha transitado por "topos uranos" contemplando el Mundo de las Ideas. La caída desde las "alturas" le ha hecho amortajarse en cuerpo humano, donde vive prisionero y en destierro. Pero no ha perdido su carácter imperecedero y puede recobrar a su muerte el Reino de las Ideas puras, a condición de que no se haya corrompido con los falsos bienes. De otro modo tendría que retornar a un organismo mortal —humano o animal— y comenzar una serie de transmigraciones (Platón debe haber tomado de la India, en alguno de sus viajes, la idea de "metempsicosis") que la mantendrán diez mil años en la tie- rra. Para Aristóteles, lo que sobrevive del ser humano es el intelecto "activo" — acto intelectual puro, impersonal e idéntico en todos los seres humanos— que retorna, tras la muerte del individuo, al Dios-Pensamiento del Pensamiento. Para los estoicos hay una inmortalidad impersonal, cósmica, de tipo cíclico. Para el neoplatonismo, cada alma va hacia donde ha merecido ir en consideración a la vida que ha llevado. Las mejores se subsumen en el Uno divino. Leibniz edifica una teoría de la supervivencia progresiva: la bienaventuranza de las almas es un progreso perpetuo hacia nuevos goces y nuevas plenitudes. Maine de Biran ve en el "yo" un esfuerzo organizador contra la resistencia del cuerpo, que espera el apoyo divino. Fichte piensa en "un absoluto del cual obtenemos luz y beatitud". Hegel considera que "el hombre es objeto para sí mismo, él tiene en sí un valor infinito y está destinado a la eternidad". Trátase de una eternidad impersonal de un Espíritu deviniente, de un Pensamiento que se piensa a sí mismo a través de los individuos transitorios. También William James habla de un Pensamiento trascendente, de una "conciencia madre", de un "Alma universal" —"gran reservorio psíquico"— que ayuda a los creyentes y les lleva a una vida suprahumana. Bergson apunta que cada alma tomará, después de la muerte, el nivel que le corresponda, "hasta el cual ya aquí abajo lo elevaban virtualmente la calidad y
cantidad de su esfuerzo, como el globo soltado en tierra adopta el nivel que le asignaba su densidad".
He seleccionado el pensamiento de algunos filósofos sobre la in- mortalidad del alma, entre muchos otros posibles, para mostrar cómo en una o en otra forma casi todos reconocen la enorme importancia del problema metafísico de la supervivencia. Problema que nos plantea nuestra misma condición humana. Ahora, tras la consideración histórica del problema, cabe, para concluir, escrutar los fundamentos ontológicos de la inmortalidad anímica personal.