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El sufrimiento y la muerte

y sus Nexos Ontológicos

4. El sufrimiento y la muerte

¿Qué es el sufrimiento? ¿Cuántos tipos de sufrimientos existen? ¿Cuál es el sentido del sufrimiento? ¿Qué relación hay entre el sufrimiento y la muerte?

Al observar los fenómenos de la vida sensible nos encontramos con el dolor. Mientras los animales son vulnerables físicamente, los hombres son vulnerables física y psíquicamente. No se trata de una simple incomodidad que es posible remover. El sufrimiento es una característica esencial de la fragilidad humana. El dolor, y la simple amenaza del dolor, entristecen la vida. Ya no se quiere aceptar el dolor. El hombre moderno se rebela contra el sufrimiento, lo que equivale a decir que se rebela contra su condición humana. La cobardía ante las enfermedades, la vejez, el sufrimiento y la muerte, es patente en el hombre común de nuestros días. "La actitud 'burguesa' frente al dolor ha eliminado el verdadero problema del dolor, la pregunta por la esencia y el sentido del sufrimiento físico, y en consecuencia ha embotado el conocimiento de la sutil relación de enfermedad, dolor y vida personal en la imagen del destino del hombre. En la imagen que el 'burgués' tiene de sí mismo —observa F.J.J. Buytendijk—, falta el rasgo doloroso de la vulnerabilidad." 8 En contraste con esta actitud, el hombre religioso, aunque

prevenga y combata el dolor, como cualquier otro hombre, "sabe que el dolor

49 M. Heidegger, Der Feldweg, pág. 7, -Vittorio Klostermann -Frankfurt am Main –Dritte

posee un valor que rebasa lo educativo, fortalece el carácter, engrandece e induce al arrepentimiento y la purificación"50 Es perfectamente compatible la inclinación natural del hombre a sustraerse a todo dolor, con la aceptación del mismo cuando es inevitable. Hay quienes realizan existencialmente el sentido del dolor, en una lúcida, serena, viril resignación y en una comunidad positiva con "el Varón del dolor". Saben, como León Bloy, que "el sufrimiento pasa pero el haber sufrido no pasa jamás". El dolor mueve a la meditación y a la piedad. El placer enajena y frivoliza a menudo.

El dolor perturba nuestro estado normal de encontrarnos, nos hiere y afecta, nos inunda y arrastra. Hay una oscura desarmonía o "escisión de la unidad entre nuestro ser personal y nuestro ser corporal". Trastorna nuestro ser psíquico y nos deja una cicatriz. Asesta un golpe de muerte a la frivolidad. Los objetos no sufren. Las personas sí. Y sufren más que los animales. Sabemos que en los organismos, cada parte está referida a la totalidad. La excitación de un determinado grupo de fibras nerviosas, produce la sensación de dolor. Pero a más de la sensación se da un sentimiento doloroso. "Der Schmerz is der Notschrei und der Hilferuf der bedrothen Natur. Das gilt wie vom, physischen so auch vom moralischen Organismus", ha dicho magistralmente R. von Ihering. (El dolor es el grito de socorro y la voz de alarma de la Naturaleza, lo mismo en el organismo psíquico que en el moral). (R. von Ihering, "Der Kampf un's Recht", Reklam-Ausg., pág, 68). Sabemos que somos hombres porque sufrimos, porque palpamos nuestra fragilidad, porque constatamos nuestra incompletud. Cuando duele el hígado — dice un refrán— todo es hígado. Parece como si el hombre se anonadara en el organismo que duele. Al llorar, capitula como persona ante el sufrimiento. Los ani- males no lloran. "En el lloro —apunta FJJ. Buytendijk-- atestigua el hombre su existencia personal, su impotencia para poder sumirse enteramente en la corriente de lo temporal, en el ahora fugaz, y demuestra con sus lágrimas que él, sufriendo, no está siguiendo la marcha de la naturaleza, sino, aunque impotente sin quererlo, fuera de ella. En el lloro se descubre a sí mismo opuesto a la propia Naturaleza, aunque sea en una posición débil, a fuer de capitulación. Así se realiza en el lloro

la primera significación personal del dolor, la más sencilla, más débil y más infantil."51 El lloro, podríamos decir, es la patentización de nuestro desamparo ontológico, de nuestra insuficiencia radical. Y me parece que el sentido del lloro concluye en invocación.

Nietzsche, en "Más allá del bien y del mal", supo advertir que "el profundo dolor ennoblece, distingue, separa". Y hasta se atrevió a definir la jerarquía de los hombres de acuerdo con el grado de sufrimiento soportado. Pero su actitud heroica, su obstinada voluntad de no ser anulado por el sufrimiento, terminó en amargura, irritación, hostilidad y endurecimiento.

El sufrimiento nos pide una respuesta. Resignación y ofrenda o rebelión y misantropía. No veo otra alternativa. La resignación y la ofrenda son fruto de conquista personal. Por ellas superamos, en cierto modo, el sufrimiento. Nos insertamos en el gran drama de la existencia. Nos solidarizamos con todas las generaciones. Coesperamos con todos los que sufren. Volvemos sobre nuestra indigencia radical. Participamos en la situación-límite de la comunidad humana. Purgamos culpas, desarrollamos el valor y probamos la paciencia. Conquistamos la paz espiritual, ensanchamos horizontes y abrimos nuevos cauces de vida.

Si nos aislamos en nuestro dolor, el dolor pierde su sentido. Replegados sobre nuestro sufrimiento, nos tornaremos egoístas, indiferentes, cobardes. Y nuestro modo de vivir aflictivo carecerá de mérito, convirtiéndose en un mal irremediable. No sabemos por qué unos sufren terribles pruebas dolorosas y otros no. Tampoco sabemos por qué el dolor llega, precisamente, en cierta ocasión y no en otra. Sólo advertimos que el sufrimiento es una apelación al testimonio. Testi- monio de amor redentor. Novalis decía que el hombre ha nacido para sufrir. Las enfermedades nos distinguen. Pero "conocemos todavía muy poco el arte de utilizar nuestras enfermedades". Al enfermamos chocamos con nuestros propios límites. Por eso Karl Jaspers afirma que la enfermedad es una situación-límite. ¿Padecemos simplemente las enfermedades? Pedro Laín Entralgo observa agudamente: "La enfermedad, en efecto, no es sólo 'padecida’, es también 'hecha';

no es sólo páthos, es también ergón: y así el enfermo, además de ser 'paciente' y 'testigo' de su enfermedad, es también, en cierta medida, 'agente', 'actor' y 'autor' de ella."52 Acaso haya exageración al hablar de que el hombre es "autor" de su enfermedad. Por lo menos si es "actor" —en cuanto actúa— de su enfermedad. Y cuando no se rebela y cae en misantropía, realiza, con mayor o menor grado de conciencia, un sacrificio vicario, un "sacrificio —si queremos utilizar la terminología de Scheler— de la parte por el todo, de lo menos valioso por lo más valioso".53 No buscamos la enfermedad, ni queremos el sacrificio por el sacrificio, esto sería absurdo, sino que lo aceptamos en aras de un valor positivo superior. "El sacrificio tiene, como la cabeza de Jano, dos caras: una sonríe y la otra llora. Mira a la vez —escribe Max Scheler— al valle de lágrimas y al valle de las alegrías. El sacrificio engloba, en efecto, la alegría del amor y el dolor de ceder parte de la vida para aquello que se ama. El sacrificio era y es, en un cierto sentido, anterior a la alegría y al dolor que no son más que sus irradiaciones; son sus hijos."54 El sacrificio — amigo del alma- purifica, depura. Es un amor operante. Y "de la comunidad del amor surge la comunidad de la cruz". Cuanto más amor se posea más se soportará el sufrimiento. Los mártires, y los bienaventurados en general, son quienes mejor saben padecer el dolor, el sufrimiento y la muerte.

La muerte no es un sacrificio más, ni un sufrimiento cualquiera. Es el último y decisivo sufrimiento. Se ha dicho que el dolor es como "una muerte en pequeño". Bien podríamos decir nosotros que la muerte es "un sufrimiento en grande". En este sentido, el sufrimiento, todo sufrimiento por modesto que sea, es una "admonición a la muerte". La angustia de la muerte es, a más de una exclusiva del hombre, uno de los máximos sufrimientos morales. Desde que nace- mos estamos abocados al sacrificio de la muerte. El abate Buathier diserta, en su conocido libro "El Sacrificio", sobre este tema. Sírvannos sus palabras para concluir este artículo sobre el sufrimiento y la muerte: "Así hemos visto estos

52 Pedro Laín Entralgo. Mysterium doloris -"Hacia una Teología cristiana de la enferme-

dad*'— Publicaciones de la Universidad Internacional "Menéndez Pelayo", Madrid 1955.

53 Max Scheler. Amor y conocimiento, pág. 51, Editorial Sur, Buenos Aires. 54 Opus cit., pág. 60.

sacrificios a todo lo largo de la vida, clavando cada uno en la cruz una parte de nuestro ser. Sacrificios del espíritu, del corazón, de la voluntad, del mismo cuerpo y se llaman fe, amor, valor, paciencia, pureza, penitencia. Pero estas inmolaciones cotidianas quotidie moriorf no son más que el preludio de la oblación final y del

sacrificio supremo. Más que otra acción alguna, la muerte es una acción sacerdotal. ¡Qué ofrenda más completa!

El hombre íntegro toma parte en ella, el cuerpo y el alma a la vez son inmolados en ella, con una inmolación total, íntima, dolorosa, absolutamente semejante a la de Jesús. El lecho del moribundo es verdaderamente un altar; la muerte, una misa en la que el cristiano ofrece su vida en unión con la Víctima sin mancha: configuratus morti eius.

"Feliz quien lo comprende. Lo que para todos es una necesidad, se convierte para él en virtud; nosotros diríamos, casi felicidad, porque recoge al morir todos los frutos de su sacrificio, acaba de reparar, de rescatar la vida que se extingue, purifica su alma, expía por medio de ella sus faltas, lava las manchas, la baña en la sangre del Calvario, la transfigura. . ."55 La "oblación de la vida" de su ser finito es el acto más propio y definitorio de su espíritu encarnado. Y en esta oblación —¿por qué no considerarlo?— puede darse una auténtica alegría.