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Examen moral del suicidio

La Muerte en la Novela

2. Examen moral del suicidio

Si hay un instinto de conservación, si existe una inclinación natural a vivir, ¿por qué se suicidan los hombres? Porque el hombre como ser librevolente, a diferencia del animal, tiene la posibilidad de privarse de su vida. Los animales no se suicidan. Luego, el suicidio hay que explicarlo más allá de la animalidad pura.

103 Albert Camus, El Mito de Sísifo -El hombre rebelde, pág. 13, Editorial Losada, S.A. 104 Opus. cit., pág. 15.

"Sobre cada tumba de suicida —escribe Alfonso Reyes— debiera abrirse una información a perpetuidad. Sobre cada uno, escribirse un grueso volumen de investigaciones cuidadosas: así conviene al valor de la vida y a la orientación de nuestras almas."105 El suicidio se ha dado, y se sigue dando, en

todos los pueblos y en todas las épocas. Trátase de una tentación universal. Cuando la existencia se angosta, cuando los propósitos se truncan y oprimen los sufrimientos, el hombre puede llegar a quitarse su vida. No vamos a recurrir al gastado y deleznable argumento de que el suicida es un cobarde, un "pobre diablo". El suicidio exige una buena dosis de valor y una absoluta firmeza. Claro está que el suicida hubiese demostrado más valor si hubiese continuado viviendo a pesar de todo. Pero no podemos calificar de "pobres diablos" a Catón, Aníbal, Bruto, Zenón, Kleist, Weininger, Zweig. . . Por unos o por otros motivos, no quisieron seguir viviendo y mostraron una decidida voluntad de morir. El problema de éstos y de todos los otros suicidios es moral. Podemos suicidarnos, pero ¿es lícito suicidarse? Séneca ha tratado de justificar el suicidio diciendo: "Tú no debes vivir regido por la necesidad, puesto que no existe, para tí, alguna necesidad de vivir." Parte -falso supuesto- de una absoluta autonomía del ser radical. Proclama el suicidio como una "vía liberationis". Detrás de su precepto está una libertad indeterminada, vacía. Piensa que el hombre se realiza y llega a la plenitud por sí solo. Y termina, consecuentemente, en el suicidio. Es el caso de Kirillov -el personaje de Dostoievski que se ha vuelto clásico en los estudios sobre el suicidio— cuya muerte pretende demostrar una "nueva y terrible libertad": suicidarse sin ninguna razón, solamente para afirmar su libertad. Y como no cree en Dios, decide en su insana pasión de autodeificarse por la libertad, acabar con su vida. Con su suicidio nos muestra, antes que Sartre, "la pasión inútil de ser Dios". Esta tentación de rebelarse contra la vida —y contra quien hace que haya vida, en última instancia— es el motivo fundamental de los suicidas. Lo demás es secundario. No nos detendremos a considerar, en consecuencia, las diversas formas de suicidio (que Sciacca denomina "fundamentales", pero que 105 Alfonso Reyes, Obras Completas, Tomo III, El Suicida. Pág. 229, Fondo de Cultura

a nosotros nos parecen meras variantes del motivo primordial que acabamos de aducir). El suicidio por "extravío" (fracaso) y el suicidio de "puro prestigio" (por la "gloria"); el suicidio "estético" (inmovilidad negativa) y el suicidio "metafísico" (desprecio a la heteronomía y absolutez de la relativa libertad); testimonian, por igual, una falta de fidelidad al valor de la vida. Y esta falta de fidelidad al valor de la vida es una deslealtad al Señor de la vida y de la muerte. Detengámonos a examinar cuidadosamente, desde el punto de vista moral, los argumentos que prueban la ilicitud del suicidio.

Ante todo, habrá que decir que el suicidio no es una clase de muerte cualquiera, un simple hecho, sino un acto humano. Entre el hecho de no huir de la muerte y el acto de darse la muerte, existe una distinción esencial. El acto de darse la muerte involucra una triple ofensa: 1) contra Dios, 2) contra sí mismo, 3) contra la sociedad. Expongamos los argumentos de Santo Tomás con sus propias palabras:

"Es absolutamente ilícito suicidarse, por tres razones: primera, porque todo ser se ama naturalmente a sí mismo, y a esto se debe el que todo ser se conserve naturalmente en la existencia y resista cuanto sea capaz lo que podría destruirle. Por tal motivo, el que alguien se dé muerte es contrario a la inclinación natural v a la caridad por la que uno debe amarse a sí mismo; de ahí que el suicidarse sea pecado mortal, por ir contra la ley natural y contra la caridad.

"Segunda, porque cada parte, en cuanto tal, es algo del todo; y un hombre cualquiera es parte de la comunidad, y, por lo tanto, todo lo que él es pertenece a la sociedad: luego, el que se suicida hace injuria a la comunidad, como Aristóteles indicó.

"Tercera, porque la vida es un don dado al hombre por Dios y sujeto a su divina potestad, que mata y hace vivir. Y, por tanto, el que se priva a sí mismo de la vida peca contra Dios, como el que mata a un siervo ajeno peca contra el señor, de quien es siervo; o como peca el que se apropia la facultad de juzgar una causa que no le está encomendada, pues sólo a Dios pertenece

el juicio de la muerte y de la vida, según el texto del Deuteronomio: "Yo quitaré la vida y yo haré vivir."106

Pablo Luis Landsberg ha intentado destruir los argumentos de Santo Tomás, en su estudio publicado originalmente en francés: "Probleme moral du suicide." Traduzcamos la parte central de su argumentación: usi el suicidio, en

todos los casos, fuese contra la inclinación del hombre, no existiría o existiría solamente en casos raros y patológicos en extremo. Yo no puedo comprender cómo podría ser contra la ley natural una cosa que se encuentra practicada, aceptada y a menudo glorificada, en todos los pueblos no cristianos. El suicidio no es contrario a la naturaleza humana, ¡lejos de eso! La voluntad de vida del animal humano no es ni ilimitada ni incondicional. Resta saber si el suicidio debe ser, en todos los casos, contrario al amor que nos debemos a nosotros mismos". Y líneas delante, agrega: "Privarse de un bien relativo, para evitar un mal mayor, como la pérdida del honor o de la libertad, no es un acto que se dirige contra nosotros mismos." El suicida "se mata por un amor demasiado grande de sí mismo".107

Con todo el respeto que nos merece la figura de Pablo Luis Landsberg, nos parece que malinterpretó y juzgó ligeramente a Santo Tomás. He aquí nuestras objeciones:

1. Porque el hombre tiene libre albedrío puede contrariar sus inclinaciones naturales. Scheler ha dicho que el hombre es el único animal que le puede decir "no” a la naturaleza. Pero el hecho de la libertad no destruye el

hecho de la inclinación universal a la vida. Santo Tomás habla —y con razón— de que todo ser se ama naturalmente a sí mismo y a todo esto se debe la inclinación natural a conservarla. Siglos más tarde, Spinoza dirá que "todo ser en cuanto es, tiende a perseverar en su ser". Y nosotros hemos afirmado que en el caso del hombre no basta el conato espinoziano. Todo hombre en cuanto

106 Santo Tomás, Suma Teológica, 2-2 q. 64 a 5, Tomo VIII de la edición bilingüe B. A.C.

107Pablo Luis Landsberg, Véase: Essai sur l´experience de la mort suiv idu problema du suicide”,

es -podríamos decirlo para formular una ley metafísica— tiende a ser en plenitud. El suicida, pese a su radical error, confirma la ley. Quería ser y seguir

siendo más, pero como no puede llegar a la plenitud anhelante, se priva de la vida en espera de acabar con una vida que le carece insoportable.

2. El hecho de que el suicidio se encuentre practicado, aceptado y a menudo glorificado, en los pueblos no cristianos, no basta para que no vulnere el Derecho Natural. También los sacrificios humanos y la poliandria han sido aceptados, practicados y acaso glorificados en varios pueblos. ¿Significa esta práctica una derogación al Derecho Natural? De ninguna manera. La norma no pierde su vigencia porque los hechos la contraríen. El Derecho Natural es un conjunto de principios normativos —no un código detallado de normas— cognoscibles por la sola razón y congruentes con la naturaleza social del hombre. Resulta evidente el hecho de que no soy dueño de mi vida ni dueño de la vida de los demás. En consecuencia, es ilícito el suicidio y el homicidio.

3. Al afirmar Landsberg que el suicida se priva de un bien relativo la vida) para evitar un mal mayor (pérdida del honor o de la libertad), no parece advertir que está usurpando el derecho primario de Dios sobre la vida. Deja entrever la soberbia del suicida cuando dice que "se mata por un amor demasiado grande de sí mismo". Amor desordenado que no soluciona los dolores, las decepciones y los fracasos sino que los agrava irreparablemente. Sobreponerse a las derrotas es mucho más viril y heroico que darse un tiro o arrojarse de un edificio.

Si estamos implantados en la existencia y la vida es misión personal, el suicidio — ¡qué duda cabe!— es una deserción. Posee un carácter obviamente antisocial e implica una definitiva huida de la vida como milicia. Sobrepone la soberbia hedonista a la humildad de la cruz.

Capítulo 9

Fundamentos