La Muerte en la Novela
3. La Muerte Abierta y Confiada de un Vagabundo
91 Opus. cit., pág. 241. 92 Opus. cit., pág. 243.
La vida del vagabundo Knulp, como la de cualquier otro organismo, concluye por cansarse y acabarse. Ha vivido una existencia libre, desordenada, solitaria, pero no exenta de rasgos bellos y nobles. No vamos a narrar su vida de vagabundo. Nos basta saber que es un hombre que no se asienta, definitivamente, en ninguna parte. A mí me parece que Hermann Hesse ha querido simbolizar, en ese vagabundo, nuestro "status viatoris". Knulp es un ser en camino. No tan sólo porque se pase, gran parte de su existencia, en los caminos. Se trata de algo más radical: su ser mismo se sabe en tránsito. Hay que perecer y ser enterrado. Pero también las flores mueren cuando llegan las nieblas. Acaso la muerte sea el principio de una primavera en que nuestro ser, transmutado, reflorecido, ya no se marchita nunca, Knulp evoca la muerte con naturalidad y dulzura. Presiente que va a morir pronto. Por eso quiere gustar, una vez más, de la luz y del aroma, de los rumores y ruidos de su tierra. Cuando se sabe que se va a morir, se aman más las cosas familiares3 la aldea
natal, "los sombreados castaños penetrados por los rayos del sol, los tristes vuelos de mariposas tardías sobre los muros de la ciudad, el sentido de los cuatro chorros de agua de la fontana del mercado, el olor a vino junto con el martillar sobre madera proveniente de las abovedadas bodegas donde se construyen toneles de vino, los bien conocidos nombres de calles y callejuelas. . ."93 El vagabundo, que no tiene propiedades, goza al reconocerlo todo, al
recordar los antiguos lazos de amistad que lo ligaban a cada esquina de la ciudad, a cada guardacantón, a la fuentecilla de una vieja casa y al pequeño puentecillo. Nada le había pedido a la vida. Se había quedado al margen, "como vagabundo y espectador de gorra, mimado en los buenos años de su juventud, solo en la enfermedad y en la vejez". Pero no se queja; todo le parece bien, puesto que está solo y no constituye carga para nadie.
Por el camino ascendente que lleva al monte, marcha, marcha en busca o en espera de la muerte. A un picapedrero —amigos de otros tiempos— le dice, al tropezarse con él en el camino, que va a Roma, a ver al Papa. El 93 Hermann Hesse, Tres momentos de una vida, pág. 123 Santiago-Rueda Editor
picapedrero le recrimina por no haber llegado a ser lo que pudo y debió ser. "Poseías condiciones innatas, mejores que las de los otros; y sin embargo, nada has hecho con ellas.” Knulp sonríe y palmotea cordialmente a su camarada.
"—Ya veremos, Schaible. Tal vez el buen Dios no me pregunte en modo alguno: '¿Por qué no has llegado a ser juez?'; quizás sólo me diga: ‘ ¡Ah!, ¿ya
estás de nuevo aquí, cabeza de chorlito?' y me dé allá arriba un trabajo liviano, como cuidar niños, por ejemplo, o algo de ese género."94 Pero al proseguir su
camino se apodera de él un sentimiento de desconsuelo. El caos y la inutilidad de su vida fracasada se le presenta como un espinoso camino cubierto de zarzas. Mortalmente cansado y desfallecido, Knulp imagina que hablaba continuamente con el buen Dios. Y hablaba sin temor, porque sabía que Dios no podría hacerle daño, de la falta de objeto de su vida. "En aquella época — no cesaba de replicar Knulp—, en aquella época, cuando yo tenía catorce años ocurrió todo, cuando Franziska me dejó plantado. De no haberme pasado eso, todo habría podido ser muy distinto. Sí, algo reventó en mí aquella vez, algo se echó a perder irremediablemente en mi ser y desde entonces ya nunca más pude recobrarme. . ." Pero Dios no dejaba de sonreír, aunque a veces su rostro se desvanecía por completo entre remolinos de nieve. Le sonreía y le consolaba recordándole las horas felices y alegres de su juventud. Knulp se detuvo un instante para recobrar el aliento y para escupir dos pequeñas manchas de sangre sobre la nieve; pero Dios apareció de nuevo de improviso y respondió:
"—Dime, Knulp, ¿no serás acaso un poco ingrato? No puedo menos que reírme al pensar en lo olvidadizo que eres. . ." Knulp comenzó a lamentarse otra vez. " ¡Qué mal hombre fui! Desde el momento en que murió Lisabeth, yo no debí haber seguido viviendo ni un minuto más." Pero Dios no lo dejó que continuara hablando, lo contempló con sus claros ojos resplandecientes y le hizo reflexionar: cierto que le causó daño a Lisabeth, pero le dio más cosas tiernas y bellas que males; además, ella en ningún momento se enfadó con él. 94 Opus. cit., pág. 133.
Tal parece como si Dios quisiera poner en paz, definitivamente, el alma arrepentida del vagabundo. ¿A qué lamentarse ya? Nada podía haber sido de modo distinto de como fue. Knulp no había tenido vocación para el matrimonio y para el oficio fijo. Hubiera escapado muy pronto de su hogar para dormir en el bosque con los zorros, para poner trampas a los pájaros y domesticar a las lagartijas. Ahora —vacilando y tambaleándose de cansancio— pensaba que su vida, en realidad, había sido mucho mejor de lo que creyera. Asentía a todo cuanto Dios le manifestaba y sentíase lleno de reconocimiento.
"—Mira —siguió diciendo Dios—, precisamente te necesitaba tal como fuiste y no de otra manera. En mi nombre erraste por los caminos para infundir en las gentes sedentarias y establecidas en un lugar, un poco de nostalgia por la libertad que tú representabas. En mi nombre hiciste tonterías y sufriste las burlas de los otros; pero piensa que yo mismo era objeto de esas burlas y del amor que despertabas. Porque tú eres mi hijo y hermano, un trozo de mí mismo, de suerte que nada gustaste ni nada sufriste que yo mismo no haya gustado y sufrido."95
En verdad, así era y el vagabundo siempre lo supo. Se tendió entonces en la nieve cerrando los ojos para dormir un poquito. Sus ojos ardientes sonreían y sus miembros se habían hecho extremadamente livianos. Volvió a oír la voz de Dios:
"—¿De modo que ya no te quejas de nada? —preguntó la voz de Dios. —No, de nada —repuso Knulp sonriendo tímidamente.
— ¿Entonces todo está bien? ¿Todo es como debía ser?
—Sí, —asintió Knulp, todo es como debía ser."96 Antes de morir, Knulp se
arrepiente, asume toda su vida y acepta, con íntima conformidad, su destino. Es la muerte ejemplar de un sencillo peregrino de lo absoluto. Pudo haber errado mucho durante su vida, pero a la hora de la muerte sabe morir 95 Opus. cit. Pág. 140.
abiertamente, en plena conformidad con el buen Dios» Tal vez, -aunque nada de eso nos diga el novelista— no deseaba presentarse ante Dios con las manos vacías. Es un hombre humilde que se sabe pecador. Acepta su muerte no sólo con resignación, sino con alegría. Y esta aceptación le configura su realidad humana de un modo magnífico. De no haber muerto como murió, sería un vagabundo más, perdido en el sino trágico. Pero fue autor, paridor, de su propia muerte esperanzada y esperanzadora. Pasó el trance en soledad. Y, sin embargo, no pudo tener mejor compañía moral. ¡Cuánta esperanza en la misericordia de Dios nos infunde la muerte del vagabundo Knulp! Su conmovedora entrega confiada contrasta, radicalmente, con la muerte — desesperada, horrible— de Félix, el personaje de Schnitzler.