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El Tiempo a la luz de la muerte

y sus Nexos Ontológicos

2. El Tiempo a la luz de la muerte

A la luz de la muerte, el tiempo se nos presenta como tiempo-oportunidad. Oportunidad para perfeccionar la existencia terrena. Existencia que alcanza su máxima realización cuando se entiende en vista de la supervivencia y se puede ofrendar al Valor de los valores.

Nuestro tiempo humano es tiempo de preparación, tiempo de prueba. Valorar el tiempo a la luz de la muerte —entrada a la vida eterna— no es despreciar lo temporal. Si la vida terrena no encierra en sí un valor absoluto, ¿por qué no considerarla como preparación para el más allá de la muerte? Esta vida no merece vivirse si no es como preparación o prueba para la vida eterna. Los que viven en vistas de la humanidad — ¡vano fetiche!— se olvidan que un día el en- friamiento de la Tierra hará imposible la vida humana sobre el planeta. Se olvidan que la humanidad entera —y no sólo el individuo— está condenada a la muerte. Se olvidan que todos los bienes culturales —ciencias, progreso técnico, arte— no subsistirán tras la descomposición y el aniquilamiento de los hombres. Se olvidan que después de que los sentidos estén ebrios de placer y alegría, sobrevendrá la miseria moral, la enfermedad, el sufrimiento y la muerte. Para quien no cree en la inmortalidad, la alternativa — ¡muy triste por cierto!— es ésta: entregarse a la desesperación o disfrutar ciegamente del momento presente. Pero ¿cómo vendarse los ojos? Sin la idea de supervivencia, todo trabajo es construcción en el vacío. "No acumuléis tesoros en la Tierra —escribe San Mateo-, donde la polilla y el orín los corroen, y donde los ladrones horadan y roban" (Mat. 6,19s.) La vida temporal en el mundo es, debe ser, aspiración a la más alta perfección posible. Cada minuto de tiempo bien aprovechado es valioso y fructífero para la eternidad. Todo lo demás es desperdicio, puro transcurso en vano.

Sin la doctrina del merecimiento eterno, el tiempo se convierte en una condena a la nada. Empleada en el servicio del Señor de la vida, nuestra vida se acrecienta y adquiere un valor de eternidad. Nuestro trabajo no está destinado a perecer y nuestras obras no están abocadas a la destrucción, siempre que sepamos hacer de nuestra existencia un servicio divino. Todo puede perder su mera finitud y trascender el tiempo, a condición de que sepamos encauzarlo para la vida eterna. El profesor de teología Engelbert Krabs nos hace saborear unas verdades que a menudo pasamos por alto, acaso por un miedo instintivo a lo desconocido. "Quien trabaja con tales sentimientos en la salvación de los prójimos —nos dice el ilustre filósofo y teólogo alemán—, es consciente de que no produce obras imperfectas, sino obras de eterna duración. La obra de sus manos podrá

desmoronarse: el efecto que ese fiel servicio de Dios ha producido en su propia alma y en el alma de los prójimos durará por toda la eternidad, porque esas almas duran eternamente,, El más insignificante servicio prestado a la humanidad en la órbita del deber, lo mismo que toda obra preciosa del arte o de la ciencia, que lega un gran genio a la humanidad, han de subsistir perpetuamente y llevar fruto eterno. Entonces, el leñador ya no se afana en su trabajo por un escaso jornal, antes sabe que un espléndido pagador convierte sus trabajos en riquezas de vida eterna. Entonces el sabio ya no se afana en una labor imperfecta sin perspectivas, pues sabe que si sirve fielmente al maestro de toda verdad, éste la entregará algún día la plenitud de la ciencia en la medida en que su alma se haya hecho susceptible de ella por el amor a la verdad y a la virtud. Entonces el artista trabaja en la obra artística con la esperanza de entrar algún día en la eterna belleza; y el educador forma e instruye a sus pupilos con la vista fija en los frutos eternos de su educación."45 Para que el tiempo cobre su valor es preciso que la idea del más allá ejerza su función normativa.

El sabio jesuita español del siglo XVII, Juan Eusebio Nieremberg, insta al amor de los bienes eternos y al desapego de las cosas terrenales, en un libro que pertenece ya a la literatura de todos los tiempos: "Diferencia entre lo temporal y lo eterno/' "Por esto importará mucho hacer vivo concepto de la eternidad, y después de hecho, tener continua su memoria; porque será de suyo —nos asegura el jesuita madrileño— más eficaz que la memoria de la muerte. Que si bien una y otra es muy importante, más generosa es la de la eternidad, más fuerte y más fecunda de santas obras. Por ella las vírgenes han guardado pureza, los anacoretas han hecho severas penitencias, y los mártires han padecido la muerte, a los cuales, en su tormento, no alentó el miedo de la muerte, sino el temor santo de la eternidad y amor de Dios." Y líneas delante agrega: "Pues si así espanta la muerte, sólo porque quita los bienes de la vida, los cuales por otras mil maneras suelen faltar, y son de suyo, aun antes de la muerte de su poseedor, perecederos, y en sí tan cortos y menguados, peligrosos y llenos de cuidados y sobresaltos; y si la esperaron otros porque quita males temporales, aunque tan pequeños como

son los de este mundo, ¿por qué no nos ha de mover la eternidad? pues asegura, no sólo bienes eternos, sino inmensos, y amenaza con males, no sólo sin fin, sino excesivos."46 En conclusión, Juan E. Nieremberg, SJ. atribuye al santo pensamiento de la eternidad las siguientes ventajas: a) hace vigilantes y atentos a los descuidados; b) sana a los más encancerados y corrompidos con el veneno del pecado; c) sosiega las mayores tormentas de nuestra concupiscencia; d) fecunda en santas obras a los más tibios y estériles en virtudes; e) contiene virtualmente las cuatro postrimerías del hombre.

Quienes viven en el tiempo y para el tiempo no advierten "que el tiempo — como enseña Aristóteles— no existe, o existe apenas, y sólo de un modo incognoscible". ¿Cómo participa el tiempo en el ser? "Una parte de él. . . ya ha sido, y, por tanto no es ya; la otra parte es futura, y por tanto no es todavía. Pero de estas partes está compuesto el tiempo. Ahora bien, lo que está compuesto de no-ser parece imposible que pueda ser algo, que participe en el ser (en la esencia, en la subsistencia)."47 Nuestro "presente fluyente" es tan inconsistente que hizo decir a Avicena: "El tiempo es cosa más flaca que el movimiento." Nuestra existencia temporal es, en efecto, un ser "entre comienzo y fin". La marcha real progrediente de nuestra vida hacia la muerte es patente. Nos alejamos de nuestro pasado y nos acercamos a nuestro futuro morir. Nuestro tiempo perecedero de seres terrestres no puede vincularnos definitivamente. Con la muerte entraremos a una "eterna presentidad" de nuestra pura "esencia anímica" sin cuerpo. Este mismo momento que estamos viviendo está muriendo con nosotros. La vida humana —caballo desbocado— va a estrellarse con la muerte y a precipitarse en la eternidad. La brevedad de la vida nos urge a convertir la prisa en un método para la salvación personal. El tiempo es la oportunidad —irreversible, valiosa, única— de ganar la eterna bienaventuranza. Con el tiempo envejecemos. Y con el envejecimiento —si antes no sobreviene un accidente— se produce la muerte.

46 Juan Eusebio Nieremberg, S.J., Diferencia entre lo temporal y lo eterno, pág. 14 a 17,

Editorial Difusión, S.A.

¿Qué significado presenta el envejecimiento? ¿Qué nexos ontológicos mantiene con la muerte?