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El envejecimiento y la muerte

y sus Nexos Ontológicos

3. El envejecimiento y la muerte

El niño vive, normalmente, en la plenitud del presente, sin recuerdos y sin proyectos que le enturbien el instante actual. El joven vive tan esperanzado en el futuro que descuida el presente y no presta atención al pasado. A medida que el hombre progresa en edad y disminuyen las expectativas del porvenir, aumenta la importancia e idealización del pasado. Fisiológicamente se entra en una decadencia. Espiritualmente se arriba a una digna serenidad. Parece que en la naturaleza del anciano "se hace presente algo que apenas se puede designar de otro modo sino con el concepto de lo eterno", apunta Guardini. Ante la inminente "terminación" de su vida, el viejo elige entre el cumplimiento o el hundimiento. Su organismo, disminuido en sus funciones, le insta a la humildad. Ahora, más que antes, necesita de los demás. En este sentido, el anciano se parece al niño. Pero el niño, a diferencia del anciano, tiene "porvenir" y empieza a saborear la expec- tación. En la etapa senil, la vida se fija. Se pierde el impulso para la lucha. Se abominan las situaciones nuevas. Disminuye el interés y mengua la sensibilidad. Aumenta la terquedad y la inseguridad. Por doquier se advierten amenazas. La vida ha jubilado al anciano y el anciano contempla la vida a distancia. Es época propicia para la valorización de la existencia y para la comprensión de los otros. La pérdida de las propias fuerzas, el estremecimiento de posibilidades, el progresivo desvalimiento orienta al viejo hacia la muerte. Sabe que su decisión final le fijará en la eternidad. Aguanta, cuando no se suicida, la paulatina y general anquilosis. Su vida, en consonancia con su arterioscleoris, queda entumecida, atascada. Acaso sus parientes más próximos y los que le rodean le desean la muerte. Más que en el arte de la vida, piensa en el arte de la muerte. Pero, ¿existe un ars moriendi?

Desde el punto de vista filosófico, la vejez es el último estadio normal del ciclo vital. Se trata de un descenso del organismo corporal. Las divisiones

celulares son muy poco frecuentes. Predominan los fenómenos regresivos v destructivos sobre los procesos constructivos.

Entre los 60 y 65 años comienza la vejez. Los cabellos emblanquecen, la espalda se encorva, los dientes caen, la piel se arruga, el peso disminuye, el paso se torna lento y rígido, los vasos capilares son salientes y nudosos. El Dr. Paúl Chauchard apunta, con notable precisión, los caracteres del organismo viejo. "El anciano muestra una atrofia general de los tejidos con reducción y degeneración de células nobles e hipertrofia de las formaciones conjuntivas…"48 En el corazón se observa "una atrofia teñida de hiperplasticidad". El aumento de las fibras elásticas compensa un tanto la disminución de la contractibilidad. ¡Feliz adaptación del organismo a las perturbaciones seniles! El incremento de la grasa y las degeneraciones calcáreas en la pared de las arterias, hace, de la mayoría de los ancianos, verdaderos arterioscleróticos. Las glándulas bronquiales se atrofian, los cartílagos se osifican, los huesos son frágiles, las glándulas sexuales se atrofian, la hipófisis degenera* Cualquier esfuerzo, cualquier emoción, cualquier enfermedad, puede ser nefasta. Ya no hay reemplazos de células. El aparato cardiovascular está al borde de la insuficiencia. La respiración se hace más lenta, debido a la esclerosa pulmonar. La digestión se entorpece por la deficiente masticación y motricidad, por las escasas secreciones digestivas. El funcionamiento neurofísico —reflejos, sensaciones, memoria, palabra, asociación de ideas— es muy deficiente. La esclerosis del cristalino ocasiona la presbicia. Los sonidos agudos no se perciben bien. ¿Cuál es la causa primordial de la vejez? Metchnikoff asegura que las toxinas concluyen por intoxicar todas las células nobles propiciando la proliferación de elementos conjuntivos. Cairel habla de modificaciones humorales: el plasma de los ancianos contiene "substancias inhibitorias para los cultivos de tejidos que poseían un crecimiento más lento que cuando el plasma provenía de sujetos jóvenes. Aparecen substancias tóxicas, u hormonas especiales, y al mismo tiempo disminuyen los factores aceleradores de la multiplicación que existen en el joven y se llaman trefones".

Bastai y Dogliotti atribuyen a los desórdenes vasculares la causa primordial de la ancianidad: "En último análisis, esta modificación del medio interno es el resultado de una inadecuada circulación respecto de los tejidos". Bouchard otorga la prevalencia a la disminución metabólica. Marinesco, Rudzika y Lumiére (teoría coloidal) afirma que el envejecimiento "es un fenómeno protoplasmático consistente en una tendencia a la floculación por deshidratación excesiva". Pensamos, con Chauchard, que todas estas teorías no se excluyen forzosamente entre sí. Pero está aún por elaborarse una teoría sincrética definitiva.

En todo caso, la fisiología de la vejez nos enseña que la muerte debe sobrevenir seguramente tras la disminución celular. Los remedios para la ancianidad —suero de Bogomeletz y diversos extractos testiculares— sólo retardan el inevitable proceso» Esta teoría de la disminución celular fundamenta, científicamente, la conciencia del incremento del pasado y de la disminución del futuro. La obra —cualquiera que sea— queda realizada. La misión está casi cumplida. Sólo resta por realizarse el tránsito a lo auténtico. Hay quienes padecen el envejecimiento sin aceptarlo. ¿Por qué no aceptar íntimamente esta última fase vital? La vejez nos conduce al 'Valor terminal de la vida". En este sentido es cumplimiento vital, plenificación existencial, realización última de la vocación, comprensión del sentido total de la vida. Toda vejez bien llevada es digna y respetable porque es un avecinamiento con la eternidad. Y aunque la muerte sobrepase la vivencia del envejecimiento, es lo cierto que el fenómeno del enveje- cer apunta a la idea del último límite de la evolución individual. Los viejos se sienten menos libres porque son menos libres. Es lo que ha querido decir Scheler cuando habla de "la experiencia íntima de la orientación hacia la muerte" ("Tod und Fortleben.") Lo que no dijo Scheler es que el viejo pierde su libertad para la vida pero no su libertad para la muerte. Ninguna época mejor que la vejez para renunciar a los engaños de la vida. A esta fase vital podemos aplicar las últimas palabras de Martín Heidegger en "Der Feldweg": "Alles spricht den Verzicht in das Selbe". Der Verzicht nimmt nicht. Der Verzicht gibt. Er gibt die unerschöpfliche

Kraft des Einfachen, Der Zuspruch macht heimisch in einer langen Herkunft".49 Traduzcamos: "Todo habla de la renuncia en nosotros mismos. La renuncia no empobrece. La renuncia es riqueza. Nos da la inagotable fuerza de la sencillez. Y la voz nos conduce, aclimatándonos, a nuestros orígenes." ("Feldweg", título del escrito de Heidegger, puede traducirse por "Camino rural.") Frente al problema de la vejez, la actitud más valiente y valiosa es asumir, con plena responsabilidad, la carrera de la vida, soportando los sacrificios inherentes a la decadencia vital. Así lo exige el cumplimiento de nuestra más alta y genuina vocación. Por la adhesión al destino, amor fati, el devenir trasciende de la mera responsabilidad. Pero no se puede adherirse al destino sin superar, en alguna forma, el sufrimiento.