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La novela picaresca representa la relación entre amos y criados como un vínculo complejo que incumbe la mayor o menor cercanía entre dos personas que pertenecen a sectores sociales diferentes (aunque en algunas oportunidades los amos también provienen de un sector marginal). Sin embargo, se trata de dos individuos que tienen escalafones disímiles en la casa y ante la ley. Observamos además que en variadas ocasiones el vínculo se inicia de manera azarosa y repentina.

Si tenemos en cuenta todos estos aspectos (convivencia entre desconocidos que provienen de status diferentes, insertos en jerarquías desiguales, y de los cuales uno es marginal -sector al cual la narrativa imputa diversas conductas desviadas-, además del generalizado maltrato por parte del amo y la miserable paga) podemos imaginar que el resultado es la traición por parte del criado. Sin embargo, no en todos los casos resulta de este modo. Este aspecto es relevante porque contradice las imágenes de los marginales que son difundidas a partir de las diversas fuentes analizadas en esta tesis.

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156 El primer tratado de El Lazarillo expone la avaricia del amo, también marginal. Según el narrador, el ciego “... con todo lo que adquiria y tenia, jamas tan auariento ni mezquino hombre no vi, tanto que me mataua a mi de hambre...”82

. La lucha por la supervivencia conduce a Lazarillo a percibir a su miserable amo como rico, aunque, según la descripción, subsiste magramente, en una pelea permanente por la comida que le escatima al niño. El mozo le roba en varias oportunidades con el único objetivo de alimentarse (así con la longaniza, las uvas y el vino), pero cuando es descubierto, es golpeado cruelmente por el patrono, quien luego de disciplinarlo se encarga paternalmente de curarlo83.

El permanente maltrato por parte del amo84 despierta el rencor del joven, quien a partir de esta experiencia formativa con el viejo demuestra haber aprendido sus artes, tal como constatamos en su venganza, que constituye una representación paródica de la superación del maestro por su discípulo85. A pesar de lo habitual que pudiera ser el maltrato, otros personajes se sorprenden del agravio del ciego, mientras observan asimismo el comportamiento del criado, que en este caso es humillado por su conducta. Dicha mirada podría representar la posición del autor anónimo frente a la brutalidad en que estaban sumergidos los miserables. Aquí se testimonia la intervención de la comunidad en el vínculo entre amo y criado, que no existe independientemente de ella sino que, por el contrario debe ser visualizado y sostener la diferencia de status entre ambos para que sea válido. Aunque se respeten los vínculos asimétricos, lo que se espera del patrono es que, si es noble, responda a su nobleza, pero si es miserable, que no sea brutal cuando ocupa un lugar de superioridad, que es lo que se censura en el ciego. En la sociedad de antiguo régimen las relaciones de subordinación se legitimaban si todos se mantenían en su posición, por eso no sólo cada uno debía velar por las suyas, sino que toda la comunidad era responsable de vigilar que se respetaran los vínculos asimétricos, tanto en el ámbito público como en el privado.

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Anónimo, op cit, pp 80 y 81. 83

El narrador describe el golpe propinado por el ciego, quien luego se encarga de su cura: ”Fué tal el golpezillo, que me desatinó y sacó de sentido, y el jarrazo tan grande, que los pedaços dél se me metieron por la cara, rompiendomela por muchas partes, y me quebró los dientes sin los quales hasta oy dia me quedé. Desde aquella hora quise mal al ciego y, aunque me quería y regalaua y me curaua, bien vi que se hauia holgado del cruel castigo”. Ibídem, p 88.

84“Aunque yo quisiera assentar mi coraçon y perdonalle el jarrazo, no daua lugar el maltratamiento, que el mal ciego dende alli adelante me hazia, que sin causa ni razon me heria, dandome coxcorrones y repelandome.” Ibídem, p 89.

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Nos referimos al famoso episodio de la calabazada contra la estatua del toro, con la cual termina el primer tratado de El Lazarillo.

157 El segundo tratado del Lazarillo se detiene en la avaricia de los clérigos, que es un lugar común en la literatura moralista de la época. No se censura a todos los religiosos, sino a los mezquinos. Este acápite consiste en una lucha permanente por parte del protagonista para conseguir los medios de supervivencia que el amo no le garantiza al escatimarle los alimentos. Aquí es donde se muestra más claramente al “cruel sacerdote”86

como un pecador indigno del hábito que viste, por su avaricia y su gula. Entre las injurias proferidas contra el clérigo encontramos aquella que lo vincula de manera simbólica con un sector perseguido por la Iglesia durante el período (“bruxo de mi amo”)87

, refiriéndose a la dudosa ortodoxia del cura. Las críticas al clero, expresadas a través de las que recaen sobre este personaje, se incrementan, sugiriendo que posiblemente la conducta del religioso haya sido aprendida antes de ordenarse, en su noviciado, de esa manera extiende la sospecha a un ámbito sacerdotal más amplio88. Con este episodio se inicia la crítica a los religiosos en tanto amos de criados, mientras, como contraparte, hay en la narración una mayor densidad de expresiones referentes a la religión89. El protagonista incorpora el vocabulario del religioso a partir de entrar a su servicio, lo cual es un recurso sutil para describir su formación.

Mientras el marginal pide a Dios ser perdonado por desear la muerte ajena para comer, el cura se atiborra sin temer el castigo divino (“Mas el lazerado mentia falsamente, porque en cofadrias y mortuorios, que rezamos, a costa agena comia como lobo y beuia mas que vn saludador”)90

. Por este motivo el religioso es acusado de vivir de la rapiña que ejerce a través del ritual y la creencia de los demás. Esta imputación es importante, porque es la misma que se lanza en este período sobre los falsos pobres91. En este contexto, el ciego y el clérigo son comparados, pues mientras sostienen servir a Dios, hambrean a su criado92. A través de estas imputaciones se arriba a una crítica de la sociedad aun más radical, pues las conductas del clérigo son asimiladas a las de los marginales, aunque no es juzgado de la misma manera que ellos por la sociedad.

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Ibídem, p 143. 87

Ibídem, p 141.

88Así, el narrador sostiene respecto al religioso: “…toda la lazeria del mundo estaua encerrada en éste. No sé si de su cosecha era, o lo auia anexado con el abito de clerezia”. Ibídem, pp 110 y 111.

89“¡Pluguiera a Dios que me demediara!”

Ibídem,p 114; “¡Tal te la dé Dios!” Ibídem, p 117; “…si Dios y

mi saber no me remediaran…” Ibídem, p 117; ¡”Dios me lo perdone!” Ibídem, p 121. 90

Ibídem, pp 118 y 119. 91

Sobre estas acusaciones, ver: Félix Santolaria Sierra (ed.), El gran debate… op cit. 92

158 En el quinto tratado, el protagonista es mozo de un falso bulero, “desuergonçado”93, “falsario”94 y de “sotiles inuenciones”95

. A través de la trama podemos ver cómo el amo soborna a los clérigos para que le permitan realizar su timo96, pues los párrocos locales convocan a los fieles para oír las predicaciones del farsante, quien les otorga alimentos a cambio. Pero los vínculos que establece este personaje para que le permitan estafar n..o se reducen a los que anuda con el clero, sino que abarcan también a los que logra con las autoridades locales, pues el farsante trama con un alguacil y un comisario una puesta en escena que le permite ganar dinero y el reconocimiento necesario para continuar con su estafa en la región97. Aquí se vinculan la amenaza con la excomunión para aquellos que no quieran tomar las bulas y el engaño a la población para infundir el miedo al castigo divino, con participación del alguacil98.

La crítica acerca de las conductas condenadas respecto al comportamiento que deberían mantener los eclesiásticos comienza en una breve pero contundente mención en el prólogo99, pero continúa cuando Lazarillo se acomoda junto a un fraile de la Merced. En el tratado cuarto se insinúan las transgresiones sexuales del clérigo, anticipando el tema del último tratado. El muchacho se vincula con el religioso a través de unas mujeres pobres que se ocupan como costureras y probablemente como prostitutas, “... al qual ellas le llamauan pariente”100. Se dice de él que es “Gran amigo del coro y de comer en el conuento, perdido por andar fuera, amicissimo de negocios seglares y visitar. Tanto, que pienso que rompía él mas çapatos, que todo el couento”. El narrador se refiere a la laxitud de la observancia de los frailes y religiosos así como a los negocios que les estaban prohibidos por la Iglesia, pero que hacían. Finalmente, el

93 Ibídem, p 205. 94 Ibídem, p 208. 95 Ibídem, p 205. 96 Ibídem, pp 205 y 206. 97 Ibídem, pp 207 y ss. 98

Muestra el aprovechamiento del clero, pero también de los funcionarios reales y municipales, del temor de la gente a la pérdida de la salvación. En la pragmática de Valladolid de 1524 se condenan los daños que ocasionan los agentes de la Santa Cruzada. Un año más tarde se reclama en las Cortes de Toledo por los perjuicios que algunos obispos y cabildos hacen sufrir a los pueblos con los diezmos, la adquisición desmedida de propiedades por las iglesias y la extralimitación del Santo Oficio, a partir de lo cual en 1525 piden que se refrenen los abusos de alcaldes, alguaciles y escribanos. Miguel Asensio, op cit, p 82. 99“No nos marauillemos de vn clérigo ni frayle, porque el vno hurta de los pobres y el otro de casa para sus deuotas y para ayuda de otro tanto, quando a vn pobre esclauo el amor le animaua a esto”. Ibídem, pp 72 y 73. Sugiere el abuso de los religiosos varones respecto de las mujeres devotas, a quienes seducirían con regalos, crítica de la cual ellas no escapan.

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Ver sobre la prostitución de las costureras y pequeñas comerciantes: Serrana Rial García, “Solas y pobres: las mujeres de las ciudades de Galicia ante la marginalidad y la prostitución”, en Durán Villa, Francisco y Santos Solla, Xavier Manuel, (eds.). Semata Nº 16, Marginados y Excluidos. Un enfoque interdisciplinar. Santiago de Compostela, Universidad de Santiago de Compostela, 2005, pp 301-331, p 321.

159 personaje termina la relación sin dejar de insinuar el abuso hacia él por parte del religioso101. Esta crítica tiene lugar en un período en que la Iglesia católica revisaba especialmente la observancia de las reglas por parte de sus miembros y estaba encarando una reforma del clero.

La diferencia fundamental entre pobreza y marginalidad es retratada en el último tratado de El Lazarillo. Su lectura nos informa acerca de la manera en que el protagonista consigue establecerse en una localidad y tener garantizada la supervivencia, aunque lo hace de un modo también marginal. Lázaro se casa con la manceba de un clérigo y así obtiene su propia manutención, que queda a cargo del arcipreste. De este modo, continúa viviendo del favor ajeno y no de su trabajo como pregonero, que resulta subsidiario. El relato se extiende sobre la forma en que el eclesiástico le presenta inescrupulosamente el escenario a Lazarillo: la situación es deshonrosa, pero conveniente en el plano económico102. Así se concluye con las críticas hacia los hombres de la Iglesia, quienes llevan una forma de vida poco cristiana, además de condenada por los poderes laicos103. Finalmente, la novela representa varias prácticas de los religiosos, como la bigamia, la blasfemia, las supersticiones y la promiscuidad sexual, que fueron perseguidas con mayor rigor luego del Concilio de Trento104.

El Buscón presenta una sola situación en la cual el pícaro se somete, en el contexto educativo, a la autoridad de un amo muy joven. En este caso particular, la relación de servicio se confunde con la de amistad, según la óptica que se imputa al protagonista, aunque siempre se mantiene la asimetría entre las posiciones de ambos

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Así se describe su alejamiento del religioso, refiriendo que se debe a las faltas ya descriptas y otras que prefiere omitir: “…por esto y por otras cosillas, que no digo, sali dél”. Anónimo, op cit, p 204.

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Ibídem, p 238. De modo que el arcipreste abusa de su poder, aprovechándose de las debilidades humanas, según es responsabilizado por Lazarillo. Ver sobre este aspecto de la novela el artículo de Georgina Sabat de Rivers, “La moral que Lázaro nos propone”, en MLN. Hispanic Issue. Vol. 95, Nº2, Baltimore, Johns Hopkins University Press, 1980, pp 233-251, p 247.

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Sobre la apreciación de la manceba de clérigo como pecadora pública ver: Serrana Rial García, op cit, p 308. El concubinato es la mayor queja contra inquisidores y oficiales diocesanos, Sara Nalle, “Inquisitors, Priests, and the people During the Catholic Reformation in Spain”, en The Sixteenth Century Journal. Vol. 18, Nº4, Kirksville, The Sixteenth Century Journal, 1987, pp 557-587, p 571.

En las Cortes de Briviesca de 1387, se penan las mancebas de clérigos, hábito que se testifica en El Lazarillo. El reclamo se repite en las de Toledo de 1480 y en las de Madrid de 1501, que se fundamentan en que los hombres de la Iglesia deben ser limpios y ensucian el templo con malas mujeres, teniendo mancebas públicas. La ley testifica acerca de las conductas irregulares del clero, pero no legisla contra estos hombres, sino contra quienes actuaran como cómplices de las prácticas cuestionadas. La legislación incita a la intervención de la comunidad en la represión de las costumbres sexuales de los eclesiásticos, promoviendo la acusación y denuncia de este tipo de conductas con recompensas. En la Pragmática de 1503, Ley V, se promueve la “amonestación y castigo de las mugeres casadas sospechosas que estuvieren en las casas de los clérigos”. Allí se sostiene que muchas veces los clérigos encubren la mancebía casando a sus mujeres con sus criados u otras personas. Julián Viana Razola (ed.), Novísima Recopilación de las Leyes de España.Madrid, Julián Viana Razola, 1805-1829, Tomo V, p 421.

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160 personajes, pues Pablos hace las veces de bufón o provee de alimentos al amo. En estos episodios el pícaro se forma como tal, dando cuenta del abismo entre los estratos sociales. La primera desviación de Pablos será la de tener aspiraciones elevadas siendo de condición vil. A partir de esto, al acercarse a personajes de sectores más altos, siempre se le otorga el lugar que merece y del cual no debería salir. El pícaro es objeto de burlas por parte de los demás estudiantes, que además hacen uso de él para que cumpla la función que se le atribuye en el marco social, pues se lo instiga a encargarse del suministro de alimentos para los demás, manteniéndolo en su esperada subordinación.

Hemos visto al Bachiller Trapaza con dos amos, el médico y don Tomé. En ambos casos observamos una relación afectiva entre él y sus señores. Con don Tomé hay una identificación y, como veremos, lamenta tener que abandonarlo105. Sin embargo también se trata de un vínculo ambiguo, pues el criado hace de su amo objeto de burla por parte de los demás cuando le resulta conveniente106. A pesar de recibir buen trato por parte de don Tomé y desarrollar cierta afición por él, no deja de perseguir su propia conveniencia y mantener secretos resentimientos, en tanto es un hombre libre que no está adscripto al dominio de quien lo ha contratado, aunque la relación no esté absolutamente despersonalizada.

En la misma novela, cuando Trapaza es contratado por el médico, si bien se le había pedido que lo acompañara en su trabajo, el criado finalmente se reduce a servirlo en el ámbito doméstico, retratando nuevamente la no especificidad de la ocupación del mozo. En este episodio el pícaro le roba a su patrono por pedido de una esclava, dando cuenta de, por un lado, la habitualidad con que se atribuía esta práctica a los sirvientes, pero por el otro, la traición al amo para favorecer a otra subordinada. Este episodio contradice parcialmente otros que dan cuenta de la falta de solidaridad al interior de este grupo, pero muestra una vez más lo ocasional de las alianzas entre los miembros de la servidumbre.

En La hija de Celestina, por oposición a los amos que son benévolos o cuyo trato hacia sus subordinados es socialmente tolerable, encontramos a la banda de estafadores que, además de tener comportamientos condenables con el resto de la

105Así describe Trapaza su decisión de abandonar a don Tomé: “…corrido quedó trapaza de que hubiese elegido tal amo, viendo que su renta no era fija sino al vuelo, y que tal vez se había de acostar sin cenar. Quiso entonces servirle algunos días, y también por ver en que paraba, que como él era también abufonado, secretamente le había cobrado un cierto cariño como a persona de su profesión”. Alonso de Castillo Solórzano, Aventuras del Bachiller... op cit, p 191.

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161 sociedad, los mantienen también respecto a sus criados. El autor no puede representar nada rescatable en ellos, pues en otros casos hemos corroborado la ambigüedad y hasta contradicción en la descripción de las conductas, pero aquí se trata de una exposición monolítica.

Las imaginadas bandas de bandidos que muestra la novela picaresca también tienen sus criados. Montufar, Elena y Mendez toman dos, “... macho y hembra, aprendices del arte, y tanto, que también en el modo de dormir imitaban a sus señores.”107

. Esto nos indica cuán arraigada estaba en la práctica tener servidores, que hasta se puede imaginar que un pequeño grupo de delincuentes cuenta con ellos.

En la descripción de la convivencia de los cinco marginales, observamos las traiciones mutuas, primero por el trato dado a los criados y luego por la delación por parte de uno de ellos. El amo, colérico, golpea a los mozos habitual y excesivamente (esta referencia en la novela indica un nivel de maltrato físico aceptable), lo cual conduce finalmente a la reacción por parte del subordinado, que denuncia la estafa del patrono108. Sin embargo, este mismo trato hacia los criados se constata también por parte personajes que no son representados como despreciables, e incluso como inherente al sometimiento que merece la servidumbre109.

Alemán imprime en la enunciación del pícaro otra crítica social, cuando sentencia que los robos se deben a que los amos dan “corto salario” a sus criados y “se sirven de necesitados y dellos hay pocos que sean fieles”110

. Esta es la explicación acerca de la resistencia de los marginales respecto al servicio para los sectores dominantes, que se lleva a cabo mediante, por un lado, la incursión contra sus bienes y, por otro, a través del desdén hacia el trabajo para aquéllos. Así, dice respecto al embajador de Francia “No me señaló plaza ni oficio: generalmente le servía y generalmente me pagaba. Porque o él me lo daba o en su presencia yo me lo tomaba en buen donaire”111

. Aquí vemos la falta de ocupación precisa por parte del criado, quien

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Alonso J. de Salas Barbadillo, op cit, p 143.

108Así se describe la brutalidad del trato por parte de Montúfar hacia sus criados: “…solia poner las