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La posesión de criados como capital social

En el marco doméstico existían diversas clases de subordinados, dedicados a variadas funciones y con grados de cercanía y fidelidad al patrono, también disímiles2. Las diferencias en cuanto a este aspecto daban lugar a que los menesteres asignados a esta forma de ocuparse fueran sumamente heterogéneos. Por eso deslindaremos las incumbencias laborales de distintos tipos de criados que los historiadores han localizado en el período, antes de adentrarnos en la representación de los trabajos que desarrollaban los pícaros.

Los mozos ocupados en la agricultura tenían una clara función económica dentro de la estructura doméstica3. Se trataba de un mecanismo de integración social en el ámbito rural heredado del período medieval mediante el cual las familias regulaban la cantidad de trabajadores necesarios para la explotación de la tenencia, mientras trababan también lazos en el seno de la comunidad.

En el período que estudiamos, una gran parte de la población desheredada debía “alquilarse”. Sin embargo, esto traía aparejados otros problemas, pues la contraprestación de trabajar a cambio de una paga no obligaba a los hombres a atarse a un espacio o un señor, por eso para ellos ésta era una opción junto a diversas formas de recolección. Dada la existencia de dichas alternativas, los sectores dominantes buscaron obligarlos a someterse al trabajo asalariado, aunque no siempre lo lograron.

Las casas aristocráticas y oligárquicas contaban con criados a quienes los unían costumbres y cultura compartidas con del amo y que eran valiosos debido a su fidelidad hacia él, como aquellos que se encargaban de controlar la economía de su casa. Normalmente éstos resultaban dependientes muy estables que heredaban el oficio paterno y medraban bastante. Los criados eran, en principio, personas cuya educación había estado a cargo de personas que no eran sus padres, respecto a quienes quedaban en posición de inferioridad o de dependencia. Sin embargo, los había de muchos tipos que no pueden ser asimilados, pues desde las casas más ricas hasta las que lo eran menos, contaban con este tipo de miembros, cuyas funciones resultaban, de acuerdo con las capacidades económicas de las mismas, también, diferentes.

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María del Carmen Carlé, “La sociedad castellana en el siglo XV: los criados”, en Cuadernos de Historia de España. Nº LXIX, Buenos Aires, Universidad de Buenos Aires, 1987, pp 109-121, p 121.

3

Ver sobre este tema: Isidro Dubert, “Criados, estructura económica y social y mercado de trabajo en la Galicia rural a finales del antiguo Régimen”, en Historia Agraria. Nº 35, Murcia, Universidad de Murcia, 2005, pp 9-26.

131 Por último, los aprendices de oficio también se integraban a la casa del maestro, quien los educaría e introduciría en el arte. En dicho espacio, el joven se incorporaba a una unidad doméstica, que constituiría su nueva familia, y se responsabilizaría de satisfacer sus necesidades básicas4. La diferencia entre los pícaros que aquí vemos y la esfera del artesanado radica en que estos aprendices no cortaban los lazos con sus padres, que seguían siendo sus garantes y, en muchos casos, los jóvenes servían de nexo entre varias unidades de artesanos5. En las novelas picarescas encontramos similitudes formales con los aprendices, alteradas por la esencia de la relación establecida: los criados que aquí abordamos no tenían vínculos parentales o éstos eran laxos y no servían a la configuración de redes.

También había criados cuya relevancia radicaba en que eran ostentados como bienes de lujo, cuya función implicaba un aprendizaje y lealtad poco apreciables respecto a los anteriores. Su retribución resultaba menor y su circulación más fluida. Este tipo de domésticos es el que más nos interesa, porque los pícaros que estudiamos son representados habitualmente desempeñando esta clase de funciones.

La importancia de estos mozos en la estructura social radicaba en que eran funcionales a la acumulación de capital simbólico por parte de quien los empleara6. Estos servidores eran indicadores del status alcanzado por una familia que los tenía a su servicio, pues la exhibición de un gran número de ellos resultaba en la plasmación visual de la riqueza del colectivo en que se inscribían. Esta era una manera de diferenciarse de la población no privilegiada, y que servía para reforzar la posición

“natural” de cada grupo, preservando el orden ideal que había creado Dios y consagrado

la sociedad. Pero en la España del siglo XVI, los signos de respetabilidad se podían comprar y ya no eran sólo hereditarios, por eso era imperioso y relativamente fácil mantener un gran número de dependientes diversos para ostentar en la corte y en las

4

Pablo Buchbinder, Maestros y aprendices. Estudio de una relación social de producción (España, siglos XV – XVII). Buenos Aires, Biblos, 1991, p 44.

5

Sobre la funcionalidad de la crianza en la sociabilidad de los artesanos, ver Ibídem, p 51.

Entretanto, los criados rurales eran “conscientes de su continuidad en la masía, el aprovechamiento por parte de ellos o sus familias de determinados recursos de ésta.” Pere Roca Fabregat, op cit, p 73.

6 Bourdieu sostiene que “Si se sabe que el capital simbólico es un crédito, pero en el sentido más amplio del término, es decir una especie de avance, de cosa que se da por descontada, de acreditación, que sólo la creencia del grupo puede conceder a quienes le dan garantías materiales y simbólicas, se puede ver que la exhibición del capital simbólico (siempre muy costosa en el plano económico) es uno de los mecanismos que hacen (sin duda universalmente) que el capital vaya al capital” Pierre Bourdieu, El sentidoop cit, p 190.

132 residencias provinciales7. Pero vivir conforme a los modos de la nobleza conllevaba un elevado costo económico, que frecuentemente rebasaba las posibilidades de las familias nobiliarias, conduciéndolas al endeudamiento, situación que, sumada a la asunción de la forma de vida de las clases privilegiadas por parte de los grupos sociales que no lo eran, condujo a la competencia y a una confusión en los modos de diferenciación social que alteró dicho sistema8.

Los espacios públicos servían para expresar las diferencias sociales mediante la imagen que los potentados proyectaban acerca de sí mismos allí9, para ello se acompañaban de sus criados, símbolo de su poder y prestigio social. Pero la necesidad de distinguirse socialmente también se proyectaba en el interior de las residencias de las clases dirigentes con la intención de impresionar al visitante. Además debemos tener en cuenta que durante el período que estudiamos se confundían lo público y lo privado.

El funcionamiento de las casas de la nobleza castellana recaía en una amplia servidumbre, que también estaba diferenciada10. Entre los servidores podemos identificar al pícaro representado en la literatura, que constituía un tipo específico de marginal porque no generaba mercancías y sobrevivía –en parte- a través de actividades relacionadas con el servicio doméstico. De ese modo, construía el status de su amo, siendo contratado por la baja nobleza y la burguesía urbanas, que lo utilizaban como instrumento de ostentación para erigir la imagen de su poder. Aquí encontramos una contradicción, ya que un actor marginal de la sociedad se convertía de esta manera en parte de la configuración del status de un individuo de una capa superior. Las novelas los muestran poco constantes en el servicio de sus patronos y prestos a desvincularse de ellos ante los conflictos. La existencia y experiencia itinerante y desvinculada de estos hombres impedía que mantuvieran relaciones estables con el resto de la sociedad y entre ellos, dando lugar a la ruptura de sus vínculos, con mayor o menor celeridad.

7 En esta caterva de servidores se podían encontrar “lacayos, ayudas de cámara, mayordomos, caballerizos, damas de honor e incluso gentileshombres”. Enrique Soria Mesa, “La imagen del poder. Un acercamiento a las prácticas de visualización del poder en la España moderna”, en Historia y Genealogía. Nº I, Córdoba, Universidad de Córdoba, 2011, pp 5-10, pp 8 y 9.

8

Ángel María Ruiz Gálvez, “Guardar las apariencias. Formas de representación de los poderes locales en el medio rural cordobés en la Época Moderna”, en Historia y Genealogía. Nº I, Córdoba, Universidad de Córdoba, 2011, pp 167-188, p 170.

9

Ibídem, p 172. 10

Ver sobre este fenómeno en el espacio privado: Ibídem, p 180. La palabra criado refería a todo aquel que que trabajaba para la casa. El autor ejemplifica nuevamente con el personal de los marqueses de Priego en 1633, constituido por 76 criados, entre ellos once eran doñas (quienes tenían ese destino por parentesco con servidores anteriores), 28 criadas y 37 criados. Estas cifras reflejan la enorme capacidad de esta casa para movilizar tanto personal, además de mostrar también la trama de relaciones entre criados y señores de manera intergeneracional. Ibídem, p 183.

133 Durante la Edad Media, el señor amparaba a un joven que pertenecía a un sector algo inferior al suyo, lo educaba y de este modo lo sumaba a su comitiva y servicio o al de sus herederos, así como se aseguraba también la lealtad de su padre. Estos criados podían y solían tener funciones militares, pero fundamentalmente se integraban al servicio de la familia del señor y le respondían a él. En la modernidad la institución de la crianza sufrió modificaciones, pues si bien en ciertas oportunidades los criados provenían de sectores cercanos a quien los tomaba a su servicio, en general parientes segundones y descendientes de sus propios dependientes, cuando analizamos la representación de quiénes eran contratados por la baja nobleza y burguesía urbanas podemos encontrar eventualmente a una parte de los desclasados marginales entre sus servidores11.

Los mozos tenían un rol doméstico, función que, en tanto que no requería habilidades especiales por parte de quien la desempeñara (aunque pueden luego adquirir determinadas competencias y cambiar su posicionamiento entre los subalternos), podía ser cumplida por los hombres “sin oficio”, eventualmente marginales que estaban disponibles para ello, ya que las normativas los obligaban a ocuparse. La dependencia, sostiene J. M. Imízcoz, “no sólo se imponía desde los poderosos, sino que se buscaba desde abajo como vía para sobrevivir y medrar”12

. Las novelas picarescas -que si bien no muestran la realidad, sí debieron de tener cierto grado de verosimilitud- exponen cómo los marginales entraban y salían permanentemente de las redes sociales, por este motivo los designamos cómo tales y no como excluidos absolutos.

Imízcoz explica este tipo de relaciones a partir de una “economía vertical de intercambio de servicios y contraprestaciones entre desiguales” que componían una “economía moral” regida por “obligaciones mutuas vinculantes”13

. En El Guzmán observamos que las fidelidades se guardan no sólo por parte de los mozos hacia sus señores, sino que éstos también reconocen a los criados como parte de la clientela de cada uno de ellos. Así, el embajador de Francia estima esta lealtad al no solicitar el

11

En El Guzmán se alude a la importancia social de los criados que contribuyen a la construcción del status ajeno y de la oscuridad de su papel: “¿Qué sabes o quién sabe del mayordomo del rey don Pelayo ni del conde Fernán González? Honra tuvieron y la sustentaron, y dellos ni della se tiene memoria” Mateo Alemán, Guzmán de Alfarache. Madrid, Cátedra, 2006, edición a cargo de José María Micó, Primera Parte, p 293.

12

José María Imízcoz, “Las redes sociales de las élites. Conceptos, fuentes y aplicaciones”, en Soria Mesa, Enrique, Bravo Caro, Juan Jesús y Delgado Barrado, José Miguel (eds.). Las élites en la época moderna: la monarquía española. Vol. I Nuevas Perspectivas, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Córdoba, Córdoba, 2006, pp 77-111, p 94.

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134 servicio de Guzmán hasta la muerte del Cardenal, su antiguo empleador14, aspecto en el que encontramos una similitud con la situación de los aprendices de oficio, pues los maestros debían respetar la adscripción de los dependientes ajenos. La lealtad seguía siendo un deber moral y a pesar del relajamiento de las relaciones feudales, el cambio de patronos se entendía como una forma de traición.

Si los amos ganaban prestigio a través de la inscripción de criados en su clientela, este mercado también sufrió variaciones, pues las diversas categorías de dependientes podían depreciarse por haberse popularizado. Según la representación picaresca, toda la sociedad evaluaba a los poderosos por la caterva de criados que ostentaban. Cuando se narra el robo por Trapaza del caballo de un forastero que asiste a un pleito en Córdoba, se describe a este último como una “… persona que, por miserable, no traía un criado consigo, teniendo hacienda para tener dos, y así con toda su calidad (de que se preciaba no poco), iba a echar paja y cebada a su rocín, sin remitir este cuidado siquiera a un mozo del mesón, entendiendo que le había de sisar el pienso”15

. Aquí corroboramos la idea de la necesidad de mostrar criados para imponer respeto y una imagen de largueza, indispensable para el status caballeresco. Si bien se trataba de una sociedad en la cual la ostentación era lo más importante, se introducía también el cálculo, pues los demás podían estimar cuántos mozos podría pagar una persona. Se observaba si poseía un capital mayor del que exhibía, como en esta oportunidad (y entonces adquiría fama de mezquino), o a la inversa, si ostentaba más de lo que tenía (como en el caso de don Tomé, en la misma novela). Pero aquí aparece otra cuestión: este hombre tampoco paga a un mozo del mesón para cuidar su caballo, bajo la excusa de que sisaría parte del alimento, siguiendo con el estereotipo de que quienes trabajaban en estos parajes eran sujetos sospechosos, que se repite en varias novelas.

La utilización de los criados para la exposición de la generosidad, terminaba por drenar ciertos beneficios para dichos dependientes que complementaban su paga miserable gracias al derroche ostentoso (y necesario en términos de status) de los amos16.

La picaresca también retrata a diversos personajes que pretendían mentir respecto a su riqueza, bien porque no pertenecían a un sector social acaudalado, o

14“Entré a servir al embajador de Francia, con quien monseñor, que está en la gloria, tuvo estrechas amistades, y en su tiempo gustaba de mis niñerías. Mucho deseaba servirse de mí, mas no se atrevió a recibirme por el amistad que estaba de por medio.” Mateo Alemán, op cit, Primera Parte, p 464.

15

Alonso de Castillo Solórzano, Aventuras del bachiller… op cit, pp 139 y 140. 16

Por ejemplo, cuando gana cierto dinero en el juego, Trapaza lo reparte entre la mujer a la que pretende seducir, sus criadas y su escudero. Ibídem, p 284.

135 debido a que habían perdido el capital económico que acompañaba su status. Entre esta clase de personajes, encontramos al amo empobrecido de Trapaza, que muestra en la comedia su nuevo criado, donde los señores conocidos pueden apreciarlo; sin embargo, ellos se sorprenden de tal sirviente y encuentran graciosa esa “nueva autoridad” que detenta, reacción que da cuenta de que los pares podrían conocer la realidad objetiva que se pretende ocultar mediante la posesión de un dependiente que no es posible pagar17. El criado resulta, en este caso, un objeto de alarde debido a las cualidades que puede mostrar frente a los demás, pues su ingenio (atributo que caracteriza al pícaro literario) es reconocido por los compañeros de su amo18. Se trata de una ironía que pone de manifiesto las burlas que podían cruzarse los amos en torno a la posesión de ciertos criados y que es retomada en la novela. Sin embargo, a medida que se despliega el relato vemos que, en el marco de socialización entre señores y dependientes, el pícaro es reconocido por sus habilidades para la conversación19, cualidad que lo hace valioso como criado. Si bien Trapaza ha podido inscribirse en el ámbito de la educación formal temporalmente -que termina por abandonar debido a sus inconductas-, la mayor o menor formación de los criados se vinculaba, en muchos de los casos, con la recibida en las propias situaciones de servicio que habían atravesado anteriormente. Por otro lado, asociamos esta noción del marginal educado con el ámbito de socialización del autor, que pudo haber contribuido a la gestación de esta idea en él. A pesar de su procedencia no privilegiada, Trapaza accede a estudios mayores, donde, sin embargo, fracasa como consecuencia de su comportamiento, instalando e ilustrando en la novela el concepto de que es inherente al vulgo no ser educable.

La obra describe cierto vínculo afectivo entre Trapaza y su amo. No obstante ello, el pícaro decide irse “determinando dejar aquel empleo y buscar el que le estuviese más a cuento”20

, insinuando la escasez de la paga, determinada por la pobreza del amo. En este mismo sentido, encontramos una reflexión por parte de Estebanillo González sobre la necesidad de que quien tuviera criados, contara con el capital suficiente para sustentarlos21, reproduciendo la crítica en torno a la obligación de respetar el vínculo entre el capital económico y el social que examinamos en las actas de las Cortes.

17

Ibídem, p 188.

18“esta alhaja teneis nueva?

-Sí (…) este criado he recibido”. Ibídem, p 194. 19

Ibídem, p 187. 20

Ibídem, p 188.

21“...despedí los criados, porque sólo los ha de tener quien tie

ne renta segura para sustentarlos, que para matarlos de hambre y traerlos desnudos, cualquiera se los tendrá”. Antonio Carreira y Jesús-Antonio Cid (eds.), Vida y hechos de Estebanillo González. Barcelona,Cátedra, 1990, Tomo II, p 248.

136 En esta ambigüedad entre cercanía y lejanía entre amos y criados, vemos cómo la sociabilidad tenía lugar en el ámbito público. En la comedia los mozos se sientan apartados de sus patronos y se relacionan “en la comunidad de los bancos de la plebe”22

, donde comparten algunas cuestiones concernientes a las casas en que se inscriben, contribuyendo de este modo a la reproducción del capital social de los amos, que no sólo reposaba en el reconocimiento de la imagen de los señores por sus pares o por los sectores inferiores, sino también en la reproducción de dicha representación entre los sectores subalternos. Guzmán explica así su despido de la casa del embajador:“No faltó un amigo suyo y por el consiguiente mi enemigo, que, cogiéndolo a solas, le dijo cuánto le importaba para su calidad y crédito despedirme, por la publicidad con que se hablaba de sus cosas y que cada cual sentía dellas como quería. Que los caballeros de su profesión y oficio debían proceder según lo que representaban, porque de lo contrario, resultaría en perjuicio de la reputación de su dueño”23. Aquí se ilustra la intromisión de diversos personajes en las cuestiones que conciernen a la familia de uno de ellos, como la relación con sus criados, recordando la falta de distinción entre el ámbito público y el privado y la densidad de las relaciones y su representación en la trama comunitaria, en la cual se introducian los marginales. Podemos corroborar la importancia de la conducta de los criados para la reproducción del capital social de sus amos, ya que su existencia y comportamiento implica la reputación de su garante, quien es presionado por parte de los pares para que adecúe su conducta a lo que demanda su estado. En el marco de una sociedad corporativa, la laxitud en la imposición del respeto correspondiente al propio status, era una falta que se atribuía a todo el sector, cuyos miembros podrían reaccionar, porque “… real y verdaderamente la muestra del paño del amo son sus criados”24

. Sin embargo, la novela también da cuenta de la contradicción entre las obligaciones del status y el marco de los afectos, dado que el amo podía desarrollar cierto aprecio