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Antonio Serrano González, op cit, p 39. 70

Carmen López Alonso, op cit, p 497. 71

Así hace Guzmán, en un momento en el que ha salido de la pobreza pero, envilecido, no ha abandonado sus prácticas marginales: “¡Cuántas veces también, cuando tuve prosperidad y trataba de mi acrecentamiento -por sólo acreditarme, por sola vanagloria, no por Dios, que no me acordaba ni en otra cosa pensaba que solamente parecer bien al mundo y llevarlo tras de mí, que, teniéndome por caritativo y limosnero, viniesen a inferir que tendría conciencia, que miraba por mi alma y hiciesen de mí más confianza-, hacía juntar a mi puerta cada mañana una cáfila de pobres y, teniéndolos allí dos o tres horas por que fuesen bien vistos de los que pasasen, les daba después una flaca limosna y, con aquella nonada que de mí recebían, ganaba reputación para después mejor alzarme con haciendas ajenas!. ¡Cuántas veces de mi pan partí el medio, no quedando hambriento, sino muy harto, y con aquella sobra, como se había de perder o darlo a los perros, lo repartí en pedazos y lo di a pobres, no donde sabía padecerse más necesidad, sino donde creí que sería mi obra más bien pregonada!” Mateo Alemán, op cit, Segunda Parte, p 475. Esta recriminación que se hace Guzmán también es una amonestación social.

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198 La representación de los mendigos como simuladores domina la literatura picaresca. Este estereotipo se impone de modo tal que en algunas novelas donde se describe la limosna callejera, no se menciona ni un solo pordiosero que sea una persona físicamente inválida para el trabajo. Así, se presume desde el comienzo el carácter engañoso de aquellos minusválidos que mendigaban en las calles73. Esta presuposición alcanza otros aspectos de su conducta, pues se sospecha que el mendigo válido alterna esta práctica con el hurto o la estafa.

El marginal aparece fluctuando entre la mendicidad y el robo, pero ¿pedir limosnas siendo un hombre sano no constituye una forma de fraude contra quien la entrega y contra quien “verdaderamente” la necesita? Las novelas estigmatizan a los marginales como mendigos/ladrones, incitando la aversión hacia ellos por parte de los lectores. Existía la suposición generalizada según la cual algunos limosneros inválidos eran en realidad hombres que habían acumulado cierta riqueza con su actividad, a quienes la avaricia los conducía a simular enfermedades y a cometer atrocidades como deformar a sus hijos para incentivar la caridad mediante la conmiseración74. Esta idea está en relación con otra acusación que se suele hacer contra el pobre: se trataría de un sujeto ambicioso porque no acepta el estado que le corresponde y no se somete al trabajo manual75. Para Soto, esta particularidad se vinculaba a la ociosidad, la adulación, la codicia y la delincuencia76 y sería una falta moral, religiosa y contra el orden social y la naturaleza porque podría conducir a tullir al descendiente, cometer un acto contra la caridad, desvergonzarse y no someterse al orden natural de ocuparse (y ganar el pan con el sudor de la frente)77, construyendo de este modo una radicalización de la figura antitética de lo social. Diversos sectores estigmatizados han sido acusados de prácticas

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Bronislaw Geremek, La piedad... op cit, p 61. 74

Lo que sí podemos recordar es la mutilación de los castrati que resultaba rentable a sus familias. 75

Carmen López Alonso, op cit, pp 143 y 144.

76 Así sostiene Soto: “... como dice aquel proverbio del Sabio: mucha malda

d engendra la ociosidad. Y la causa da en otro proverbio, do dice que el ocioso siempre está preñado de deseos, y por eso no puede sino parir maldades.

Lo primero, a la costumbre de pedir es luego anexo el vicio de la adulación. Y lo segundo, el perdimiento de la vergüenza, que es el freno que a los hombres detiene de hacer el mal.

Y lo tercero, el vicio de la deshonestidad, que como dijo aquel poeta: ocia si tollas pariere cupidinis arcus. Quita la ociosidad, y quebraste la flecha de la carne. Y lo cuarto, quien siendo sano es enseñado a pedir, fácilmente aprende a hurtar.” Félix Santolaria Sierra (ed.), El gran debate... op cit, p 59. Aquí aparece el debate honra-vergüenza, que podemos repasar en Giovanni Ricci. Povertà, vergogna, superbia. Il declassati fra Medioevo e Età moderna. Bolonia, Il Mulino, 1996.

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Por ejemplo, el éxito de Justina en la adquisición de limosnas, la conduce a ambición de dinero que podría adquirir de este modo. Por ello, la joven comienza a pedir más de lo que necesita para su subsistencia, volcándose a esta actividad “... porque, cada cuarto que me echaban era aceite en el fuego de mi codicia y clavo que me cosía de nuevo con el asiento donde estaba.” Francisco López de Úbeda, op cit, p 341.

199 despiadadas contra los niños (así, se supone que las brujas los someten en sus aquelarres o que los judíos atentan contra ellos)78. En El Guzmán encontramos la narración intercalada que refiere a un mendigo florentino que mutila a su hijo para pedir limosnas y de este modo recaudar una enorme riqueza. La entelequia acerca del mendigo rico surge a partir de que puede vivir sin someterse al trabajo manual al que estaba obligado por su origen. Tal personaje no gastaría dicha fortuna, sino que la escondería. De aquí se infiere otra crítica, que radica en su mezquindad, mientras la generosidad y la propensión por el derroche eran consideradas como virtudes en los grupos poderosos79. La historia del Florentino llega a oídos de Guzmán como un mito del grupo, de acuerdo con el arquetipo sobre los limosneros que alquilarían niños o los secuestrarían, que se repite obsesivamente no sólo en la picaresca sino también en otros discursos que corresponden a otras formaciones sociales80. Si el mendigo puede convertirse en delincuente como consecuencia de su codicia –indicativa de que es pecador-, la picaresca también alerta acerca de la situación inversa, la del delincuente que se esconde bajo el disfraz de mendigo81.

El pobre además debe tener vergüenza82 de su condición porque se percibe la limosna como una situación humillante83. Así leemos en La pícara Justina:

78 Ver por ejemplo “Aquelarre”, obra de

Francisco de Goya conservada en el Museo Lázaro Galdiano (1797-1798). También, respecto a la reproducción del antisemitismo en España en la Baja Edad Media, debemos mencionar la leyenda del Santo Niño de La Guardia, en la cual se acusa falsamente a los judíos y conversos de un asesinato ritual que habrían llevado a cabo en Toledo, y por el cual fueron procesados y quemados varios conversos y judíos en 1491. Dicha acusación contribuyó a alimentar el odio a los judíos, que serían expulsados un año más tarde.

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Mateo Alemán, op cit, Primera Parte, pp 412 y ss. 80

Jean Delumeau, op cit, p 300. En este caso es sobre vagabundos “ladrones, pícaros, impostores”. 81

Así, por ejemplo, Marcos de Obregón, al escapar luego de cometer un delito, aparenta ser un mendigo. Tras esta simulación basada nuevamente en los harapos e instalarse en la puerta de la iglesia entre otros pobres, continúa con su huida, lo cual pretende demostrar que en tanto los menesterosos no estuvieran regulados, darían lugar al desorden, en el cual se pueden mezclar personas de diversas condiciones y por lo tanto ser funcional a la propagación del caos social. La novela describe la confusión de mendigos y criminales en el marco de la iglesia, bajo el amparo del eclesiástico. Aquí vemos la mención del retraído, aquel que se acoge a una iglesia. El sacristán sospecha que se asilan en la iglesia porque temen ser perseguidos por delitos cometidos. “Llegó muy furioso a buscarme en la iglesia; el sacristán cerró la iglesia antes que llegase, y juró -y con verdad- que no había en toda ella retraído ni otra gente sino aquellos pobres que a nadie dejaban oír misa, y que si quería sacar algún retraído, él se lo daría en las manos, echándolos de allí. Luego él comenzó a echallos, diciéndoles: „Vosotros algunos delincuentes debéis de ser‟”. Vicente Espinel, “Vida del escudero Marcos de Obregón”, en Valbuena y Prat, Ángel (ed.). La novela picaresca española. Madrid, Aguilar, 1956, pp 921-1087, p 1008.

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Covarrubias tiene una apartado interesante:

“Latine verecundia, pudor, modestia, ingenuitas; su contrario se dize desvergüenza, y desvergonçado el descompuesto y de poco respeto; como vergonçoso el que de qualquiera cosa que a su parecer no aya hecho con la decencia devida se pone colorado y le llamamos vergonçoso, indicio de virtud y de modestia. De quanta importancia sea la desvergënça del hombre, lo podrás ver con mucha particularidad en la ley 16, tit 13, p 2.

Vergüenças: (...) „más vale vergüença en cara que mancilla en coraçón‟; hay algunos desvergonçados que con mucha libertad piden lo que se les antoja a los hombres honrados y vergonçosos, los cuales, muchas

200 Y como la gente de la romería viese a la puerta de la iglesia, cosa allí pocas veces

usada, una mujer de buen talle, compadecíanse de mí, y decían:

-¡Ah, triste de tí, que te hace la pobreza ser niña grande echada en la arca de la misericordia!84

Si bien puede ser que le tengan lástima, la idea de ser niña grande85 asociaría la mendicidad a la debilidad infantil por no poder sustentarse mediante su trabajo. Son otros personajes quienes observan a la protagonista y presuponen su situación vergonzosa86, aunque a la marginal se le imputa no compartir ese sentimiento porque elige pedir sin adecuarse a la condición de trabajadora o someterse a la potestad masculina.

Esta observación sobre los marginales como ladrones o humillados tiene lugar en un período en que se amplifica la acusación de quienes no se adaptan a su situación heredada, dinámica que se vio acentuada por la coyuntura de miedo e inquietud que atravesaba la sociedad. Desde los siglos XIV y XV la xenofobia se hacía más sistemática y la herejía ya no era considerada sólo como una ruptura religiosa sino también como una secesión social y un crimen de lesa majestad87. En este contexto, el pordioseo por parte de los hombres sanos es evaluado como una mentira y una traición religiosa.