III. Marco Metodológico
III.1. Enfoque y modelo de análisis
III.1.2. Análisis psicocultural
III.1.2.1. Perspectiva cultural
Bruner (2006) considera que la cultura es un concepto fundamental de la psicología junto con el de significado.
Este autor plantea que la cultura incluye sistemas simbólicos compartidos, formas tradicionales de vivir y de trabajar juntos, y que es de gran importancia para la adaptación y el funcionamiento del ser humano.
Plantea que los sistemas simbólicos que los individuos utilizan para construir el significado son sistemas que ya están profundamente arraigados en el lenguaje y la cultura. Estos sistemas constituyen un tipo muy especial de juego de herramientas comunitaria, cuyos utensilios, una vez utilizados, hacen del usuario un reflejo de la comunidad.
Agrega que nuestra forma de vida, adaptada culturalmente, depende de significados y conceptos compartidos, y depende también de formas de discurso compartidas que sirven
para negociar las diferencias de significado e interpretación. Por ambiguo o polisémico que sea nuestro discurso, seguimos siendo capaces de llevar nuestros significados al dominio público y negociarlos en él, vivimos públicamente mediante significados públicos y mediante procedimientos de interpretación y negociación compartidos. La interpretación, por densa que llegue a ser, debe ser públicamente accesible, o la cultura caería en la desorganización y sus miembros individuales con ella.
Se considera que la cultura es la que da sentido a la conducta humana, que el comportamiento psicológico basa su significado en la cultura y sin referencia a ella carece de sentido. En otras palabras, el comportamiento humano, esencialmente simbólico, no es explicable ni comprensible al margen de la cultura (Aguirre, 2000). Además, la cultura aporta los recursos simbólicos para afrontar la existencia, es decir, creencias sobre la realidad, valores, pautas morales y pautas de comportamiento (Garcia-Borés, 2000b).
La cultura no es sólo un delgado barniz que cubre la mente humana universal. Más bien, las influencias culturales penetran la psicología de las personas y dan forma a sus maneras de pensar. Los pensamientos humanos ocurren dentro de contextos culturales y muestran que diferentes contextos culturales pueden conducir a maneras de pensar fundamentalmente diferentes (Heine, 2008).
El ser humano es un animal cultural, que vivencia la biografía y la historia, que construye cosmovisiones y representaciones simbólicas, que posee un pensamiento trascendente, que vive en comunidad social a través de significados compartidos, etc. El ser humano, como animal cultural, se comporta culturalmente y fundamente simbólicamente su comportamiento. El ser humano es un animal simbólico y su comportamiento debe estudiarse desde la cultura (Aguirre, 2000).
El compromiso con formas de vida determinadas es inherente a los valores, y las formas de vida, en su compleja interacción, constituyen una cultura. No nos sacamos de la manga los valores en cada situación de elección que se nos plantea, ni éstos son producto de individuos aislados. Más bien, los valores son comunales y consecuentes desde el punto de vista de nuestras relaciones con una comunidad cultural determinada. Cumplen funciones en nuestro interés en el seno de esa comunidad. Los valores que subyacen a una forma de vida determinada se incorporan a nuestra propia identidad y, al mismo tiempo, nos sitúan en una cultura. En una cultura, los compromisos de valor de sus miembros proporcionan, o bien la
base para llevar satisfactoriamente una forma de vida o, por lo menos, una base para la negociación. Todas las culturas descansan sobre valores que generan formas características de vida con sus correspondientes concepciones de la realidad (Bruner, 2006).
Una comunidad cultural la constituye no sólo el compartir creencias acerca de cómo son las personas y el mundo o acerca de cómo valorar las cosas. Debe existir algún tipo de consenso que asegure la convivencia civilizada, pero hay algo que puede ser igual de importante para lograr la coherencia de una cultura, y es la existencia de procedimientos interpretativos que nos permitan juzgar las diversas construcciones de la realidad que son inevitables en cualquier sociedad. Pertenecer a una cultura viable es estar ligado a un conjunto de historias interconectadas, aunque esa interconexión no suponga necesariamente un consenso (Bruner, 2006).
Thompson (1998) hace un recorrido por la historia del concepto de cultura y describe las cuatro maneras en las que se ha usado este concepto a lo largo de la historia. A continuación se describe cada una de ellas.
• Concepción clásica:
Uso tradicional del término cultura. Era el sentido que se le daba en las primeras discusiones sobre la cultura, en especial en aquellas que se produjeron entre los filósofos e historiadores alemanes durante los siglos XVIII y XIX. En esas discusiones el término “cultura” se usaba generalmente para referirse a un proceso de desarrollo intelectual o espiritual que difería en ciertos aspectos el de “civilización”.
El término “cultura” deriva de la palabra latina culturam la cual adquirió una presencia significativa en muchas lenguas europeas al inicio del periodo moderno. Los primeros usos que se le dieron a este concepto en las lenguas europeas preservaron parte del sentido original de cultura, el cual significaba primordialmente el cultivo o el cuidado de algo, como las cosechas o los animales. Y a partir del siglo XVI, el sentido original se extendió poco a poco de la esfera de la labranza al proceso del desarrollo humano: pasó del cultivo de las cosechas al cultivo de la mente. Sin embargo, el uso del sustantivo independiente “cultura”, para referirse a un proceso general o al producto de dicho proceso, no fue algo común sino hasta finales del siglo XVIII y principios del XIX. El sustantivo independiente apareció primero en francés e inglés, y a finales del siglo XVIII, la palabra francesa se incorporó al alemán, en el que primero se escribía Cultur y luego Kultur.
A principios del siglo XIX, la palabra “cultura” se usaba como sinónimo de la palabra “civilización”, y en algunos casos en oposición a ella. Derivado de la palabra latina civilis, que significa de los ciudadanos o perteneciente a ellos, el término “civilización” se usó inicialmente en francés e inglés a fines del siglo XVIII para describir un proceso progresivo de desarrollo humano, es decir, un movimiento hacia el refinamiento y el orden, y un alejamiento de la barbarie y el salvajismo. Detrás de este nuevo sentido se encontraba el espíritu de la Ilustración europea y su creencia y confianza en el carácter progresista de la era moderna. En francés e inglés se traslaparon los usos de las palabras “cultura” y “civilización”: ambas se usaron cada vez más para describir un proceso general de desarrollo humano, de “cultivarse” o “civilizarse”. Sin embargo, en alemán estas palabras se usaban con frecuencia en oposición, de manera que Zivilisation adquirió una connotación negativa y Kultur una positiva. La palabra Zivilisation se asociaba con la cortesía y el refinamiento de los modales, mientras que Kultur se usaba para referirse a los productos intelectuales, artísticos y espirituales donde se expresaban la individualidad y la creatividad de las personas.
El contraste germano entre Kultur y Zivilisation se vinculaba con los patrones de estratificación social de la Europa moderna temprana. En la Alemania del siglo XVIII el francés era la lengua de la nobleza cortesana y de los estratos superiores de la burguesía, hablar francés era un símbolo de prestigio de las clases altas. Además de las clases altas, existía un estrato de intelectuales que sólo hablaban alemán y que pertenecían principalmente a los círculos oficiales cortesanos y ocasionalmente a la nobleza terrateniente. Esta intelligentsia concebía su propia actividad en términos de sus logros intelectuales y artísticos, se burlaba de las clases altas que, aun cuando no lograban nada en este sentido, gastaban sus energías en refinar sus modales y en imitar a los franceses. La polémica contra las clases altas se expresó en términos del contraste entre Kultur y Zivilisation. Consideraban que se cultivaban por medio del arte y la ciencia y que se civilizaban al adquirir una variedad de buenos modales y refinamientos sociales. La intelligentsia alemana usaba el término Kultur para expresar su posición peculiar y para distinguirse y distinguir sus logros de las clases altas, a las cuales no tenían acceso. En este sentido, la situación de la intelligentsia alemana difirió significativamente de la francesa. En Francia existió también un naciente grupo de intelectuales pero éstos fueron asimilados por la gran sociedad de la corte de París, mientras que su contraparte alemana fue excluida de la vida cortesana. Por consiguiente, la intelligentsia alemana buscó y encontró su realización y orgullo en otra parte: en los ámbitos de la academia, la ciencia, la filosofía y el arte, es decir, en el ámbito de la Kultur.
A finales del siglo XVIII y principios del XIX, el término “cultura” también se usaba comúnmente en trabajos que buscaban servir como historias universales del desarrollo de la humanidad. Este uso era particularmente fuerte en la literatura alemana. En estas historias el término se usaba en el sentido del cultivo, el mejoramiento y el ennoblecimiento de las cualidades físicas y espirituales de una persona o un pueblo. Las historias de la cultura expresaban así la creencia que tenía la Ilustración en el carácter progresista de la era moderna, al tiempo que transmitían la connotación positiva de “cultura” como el desarrollo y el ennoblecimiento genuinos de las facultades humanas.
El concepto de cultura de la concepción clásica emergió a finales del siglo XVIII y principios del XIX y fue formulado principalmente por filósofos e historiadores alemanes. Para esta concepción “la cultura es el proceso de desarrollar y ennoblecer las facultades humanas, proceso que se facilita por la asimilación de obras eruditas y artísticas relacionadas con el carácter progresista de la era moderna” (Thompson, 1998, p. 189).
Para este autor ciertos aspectos de la concepción clásica: su énfasis en el cultivo de los valores y las cualidades “superiores”, su interés por las obras eruditas y artísticas y su vínculo con la idea de progreso de la Ilustración, se mantienen vigentes en la actualidad y están implícitos en algunos de los usos habituales de la palabra “cultura”. Sin embargo, considera que su restricción y estrechez era la fuente de sus limitaciones. Esta concepción privilegiaba ciertas obras y ciertos valores sobre otros, y los consideraba como los medios por los cuales pueden cultivarse los individuos, es decir, ennoblecerse en mente y espíritu. Esto se vinculaba con la autoafirmación y la autoimagen de la intelligentsia alemana y, en general, con la creencia confiada en el progreso asociado con la Ilustración europea.
Según Thompson (1998) el concepto de cultura no pudo soportar el peso de estas suposiciones durante mucho tiempo. El cambio decisivo se presentó a finales del siglo XIX con la incorporación del concepto de cultura a la naciente disciplina de la antropología. En este proceso se despojó al concepto de cultura de algunas de sus connotaciones etnocéntricas y se adaptó a las tareas de la descripción etnográfica. El estudio de la cultura ya no se enfocaba tanto en el ennoblecimiento de la mente y el espíritu en el corazón de Europa, sino que se interesaba más por descifrar las costumbres, prácticas y creencias de aquellas sociedades que constituían el otro para Europa.
Esta aparición de la antropología a finales del siglo XIX dio lugar al surgimiento de dos concepciones de cultura que iban más allá de la concepción clásica: la concepción descriptiva y la concepción simbólica. Estas dos concepciones se describen a continuación.
• Concepción descriptiva:
Esta concepción de la cultura puede rastrearse desde los escritos de los historiadores culturales del siglo XIX, quienes estaban interesados en la descripción etnográfica de las sociedades no europeas.
De acuerdo con esta concepción, la cultura se puede considerar como el conjunto interrelacionado de valores, creencias, costumbres, habilidades, convenciones, leyes, formas de conocimiento, artes, herramientas, hábitos y prácticas características de una sociedad particular o de un periodo histórico y que se pueden estudiar de manera científica. Todos estos aspectos conforman “una totalidad compleja” que es característica de cierta sociedad y que la distingue de otras que existen en tiempos y lugares diferentes. Las tareas del estudio de la cultura es disecar estas totalidades en sus partes componentes y clasificarlas y compararlas de manera sistemática. Es una tarea similar a la que emprenden el botánico y el zoólogo.
Mientras que la primera concepción clásica de la cultura era sobre todo una noción humanística interesada en el cultivo de las facultades humanas por medio de obras eruditas y artísticas, la concepción descriptiva de la cultura se consideró como el principal apoyo de una nueva disciplina científica relacionada con el análisis, la clasificación y la comparación de los elementos constitutivos de diversas culturas.
Para esta concepción “la cultura de un grupo o sociedad es el conjunto de creencias, costumbres, ideas y valores, así como los artefactos, objetos e instrumentos materiales que adquieren los individuos como miembros de ese grupo o esa sociedad” (Thompson, 1998, p. 194). El estudio de la cultura implica, al menos en parte, el análisis, la clasificación y la comparación científicas de estos diferentes fenómenos.
• Concepción simbólica:
Lleva el interés hacia el simbolismo. Considera que los fenómenos culturales son fenómenos simbólicos, y que el estudio de la cultura se interesa esencialmente por la interpretación de los símbolos y de la acción simbólica.
El uso de símbolos es un rasgo distintivo de la vida humana. Mientras que los animales no humanos pueden emitir señales de diversas clases y responder a ellas, sólo los seres humanos han desarrollado plenamente lenguajes en virtud de los cuales se pueden construir e intercambiar expresiones significativas. Los seres humanos no sólo producen y reciben expresiones lingüísticas significativas, sino que también dan significado a construcciones no lingüísticas: acciones, obras de arte y objetos materiales de diversos tipos.
La reflexión sobre este carácter simbólico de la vida humana ha sido el centro de la concepción simbólica de la cultura. Uno de los principales representantes de esta concepción es Clifford Geertz quien se interesa fundamentalmente en el significado, el simbolismo y la interpretación. Cree que el hombre es un animal suspendido en tramas de significado tejidas por él mismo, considera que la cultura se compone de tales tramas y que su análisis es una ciencia interpretativa en busca de significado.
La cultura es una jerarquía estratificada de estructuras significativas, consiste en acciones, símbolos y signos, en espasmos, guiños, falsos guiños, parodias, así como en enunciados, conversaciones y soliloquios. Analizar la cultura implica descifrar capas de significado, de describir y redescribir acciones y expresiones que son ya significativas para los individuos mismos que las producen, perciben e interpretan en el curso de sus vidas diarias. El analista trata de dar sentido a las acciones y expresiones, y especificar el significado que tienen para los actores que las ejecutan, y al hacerlo así, aventurar algunas sugerencias, algunas consideraciones refutables, acerca de la sociedad de la que forman parte estas acciones y expresiones.
Para la concepción simbólica “la cultura es el patrón de significados incorporados a las formas simbólicas –entre las que se incluyen acciones, enunciados y objetos significativos de diversos tipos- en virtud de los cuales los individuos se comunican entre sí y comparten sus experiencias, concepciones y creencias” (Thompson, 1998, p. 197).
El análisis cultural implica descubrir estos patrones de significado y la explicación interpretativa de los significados incorporados a las formas simbólicas. El análisis de los fenómenos culturales se transforma en una actividad diferente de la que implica la concepción descriptiva. En este sentido, y según lo que plantea Geertz, el estudio de la cultura es una actividad más parecida a la interpretación de un texto que a la clasificación de la flora y la fauna. Requiere no tanto la actitud de un analista que busque clasificar y cuantificar, sino más
bien la sensibilidad de un intérprete que busque descifrar patrones de significado, discriminar entre distintos matices de sentido, y volver inteligible una forma de vida que ya es de por sí significativa para los que la viven.
Según Thompson (1998) el trabajo de Geertz ofrece la formulación más importante del concepto de cultura que ha surgido de la literatura antropológica. Ha reorientado el análisis de la cultura hacia el estudio del significado y del simbolismo, y ha puesto de relieve la centralidad de la interpretación como enfoque metodológico.
• Concepción estructural:
Tiene en cuenta las relaciones sociales estructuradas donde se insertan los símbolos y las acciones simbólicas. Según esta concepción los fenómenos culturales pueden entenderse como formas simbólicas en contextos estructurados y el análisis cultural como el estudio de la constitución significativa y de la contextualización social de las formas simbólicas. Esta concepción enfatiza la preocupación por los contextos y procesos estructurados socialmente donde se insertan las formas simbólicas.
Esta concepción la propone Thompson (1998) como alternativa a las tres anteriores y en ella se refiere a una concepción de la cultura que enfatiza tanto el carácter simbólico de los fenómenos culturales como el hecho de que tales fenómenos se inserten siempre en contextos sociales estructurados. Como manera de caracterizar a esta concepción este autor define el análisis cultural como “el estudio de las formas simbólicas –es decir, las acciones, los objetos y las expresiones significativas de diversos tipos- en relación con los contextos y procesos históricamente específicos y estructurados socialmente en los cuales, y por medio de los cuales, se producen, transmiten y reciben tales formas simbólicas” (Thompson, 1998, p. 203).
En esta descripción, los fenómenos culturales se consideran como formas simbólicas en contextos estructurados, y el análisis cultural se puede considerar como el estudio de la constitución significativa y la contextualización social de las formas simbólicas. Como formas simbólicas, los fenómenos culturales son significativos tanto para los actores como para los analistas. Son fenómenos que los actores interpretan de manera rutinaria en el curso de sus vidas diarias y que reclaman una interpretación por parte de los analistas que buscan captar las características significativas de la vida social. No obstante, estas formas simbólicas se insertan en contextos y procesos sociohistóricos en los cuales, y por medio de los cuales, se producen, transmiten y reciben. Tales contextos y procesos se estructuran de diversas maneras. Pueden
caracterizarse, por ejemplo, por ser relaciones asimétricas de poder, por un acceso diferencial a los recursos y oportunidades, y por mecanismos institucionalizados para la producción, transmisión y recepción de las formas simbólicas. El análisis de los fenómenos culturales implica elucidar estos contextos y procesos estructurados socialmente, así como interpretar las formas simbólicas, en otras palabras, implica interpretar las formas simbólicas por medio del análisis de contextos y procesos estructurados socialmente. Estas formas simbólicas se refieren a un amplio campo de fenómenos significativos, desde las acciones, gestos y rituales, hasta los enunciados, los textos, los programas de televisión y las obras de arte.
De estas cuatro concepciones sobre la cultura, se considera que la más adecuada para la presente investigación es la concepción simbólica ya que es la que se centra en el estudio del significado y la experiencia, que es el foco de la presente investigación, a diferencia del énfasis en las relaciones de poder y dominación más propias de la concepción estructural o de la visión funcionalista propia de la concepción descriptiva.
III.1.2.2. Perspectiva narrativa