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CAPITULO II LA NATURALEZA MULTIDISCIPLINAR DEL CAPITAL SOCIAL.

2.2. LOS SISTEMAS DE CONFIANZA Y DE RECIPROCIDAD COMO

2.2.2 Otras aportaciones sobre la confianza social en la formación del

Como ya hemos señalando en Coleman la confianza es un elemento básico del capital social y para su investigación. Si tenemos en cuenta las investigaciones de Putnam en Italia (Putnam 1993) es la confianza social o confianza generalizada la que surge de la pertenencia y participación en asociaciones, la que facilita que puedan colaborar unas personas con otras aún siendo desconocidas. Si bien es cierto (Uslaner, 1999: 124 en Herreros 2004b:606) la confianza social puede ser entendida por muchos como un ―juicio moral‖ por el cual las personas confían las unas en las otras y forma parte de nuestra cultura transmitida a través del proceso de socialización con una fuerte base religiosa. Efectivamente, Uslaner (2000 en Herreros 2004b:606) relaciona los niveles de confianza con la religión dominante en un país, y argumenta que países con una base protestante poseen mayores niveles de confianza social porque fomenta la igualdad. En el lado contrario, tenemos a países con una base religiosa católica y musulmana, donde la confianza es menor, ya que no se

persigue la igualdad si no el colectivismo. En esta línea Fukuyama en su libro ―La

confianza‖ (1998) se atreve a distinguir entre naciones, confucianas compuestas

por las católicas y musulmanas, caracterizadas por bajos niveles de confianza social, lo que implica que son menos propensas a sistemas democráticos, en contraposición a sociedades con religiones protestantes, donde la confianza social es mucho mayor y más proclives a la democracia. Teniendo en cuenta lo anterior, la confianza juega un papel muy importante en la cultura política. Si bien es cierto no queda muy claro si es la democracia la que posibilita y facilita una determinada cultura, o es una cultura concreta la que es necesaria para el desarrollo de la democracia (Herreros 2004b: 607).

Dejando a un lado los aspectos de la confianza de base moral o religiosa, dentro de la cultura política, y siguiendo a Herreros y Criado (2003), la confianza generalizada o social es una confianza en extraños, desconocidos y por tanto, está muy influenciada en comportamientos oportunistas con un gran riesgo de ser engañados. Por el contrario, la confianza particularizada está basada en la experiencia en el trato con otros individuos, por consiguiente en la evaluación racional de estas experiencias. Estamos entrando en la perspectiva de la elección racional para lograr confiar (Herreros 2004b) por tanto evitaremos ser engañados.

Pero cómo aplicar la perspectiva de la elección racional en la confianza generalizada, en donde no disponemos de información sobre las otras personas y no tenemos base para saber si es merecedor o no de confianza. Como ejemplo, Herreros (2004b: 607) toma el aparentemente simple ―juego de la confianza‖ de Kreps 1990 (gráfico 6) partiendo de que si los dos jugadores son oportunistas, no hay razón para que confíen. De ahí que el resultado del juego de la confianza de Kreps es que A acabará no confiando en B.

Si A confía en B y éste honra la confianza de A ambos ―ganarían‖ serían confiables.

Si A deposita la confianza en B y éste abusa de ella o no honra esa confianza, A ―perdería‖ y no confiaría en B.

Gráfico 6. Resultados de Confiar o no Confiar

Fuente: Elaboración propia a partir de Kreps (1990) en Herreros (2004b:208ss)

Junto con el ejemplo anterior, está el clásico ―dilema del prisionero8‖ donde la cooperación se basará en la confianza existente entre los miembros. Para favorecer que las personas confíen las unas en las otras, es necesario crear las posibilidades de confiar en varias ocasiones en el futuro. Así, sí seguimos el juego del prisionero, ambos jugadores confiarán si se repite el juego en varias ocasiones. A veces los jugadores usan como estrategia, una especie de ―equilibrio cooperativo‖ (Herreros 2004b), para lograr la confianza. Cosiste en que en la primera ronda, se parte de la idea de que los jugadores confían. Si es así, en las rondas sucesivas los jugadores confiarán. Si en la primera ronda traicionan nuestra confianza, en las sucesivas rondas actuaremos en función de cómo actúe el otro jugador. Al final si se repitiera el juego en sucesivas ocasiones ambos jugadores terminarían confiando, ya que acabarían concluyendo que si ambos confían y por tanto cooperaran obtendrían beneficios mayores.

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El dilema del prisionero es un problema clásico de la teoría de juegos que muestra que dos personas pueden o no cooperar incluso si en ello va el interés de ambas. Fue desarrollado originariamente por Merrill Flood y Melvin Dresher mientras trabajaban en RAND (Research And Development) en 1950. Albert W. Tucker formalizó el juego con la frase sobre las recompensas penitenciarias y le dio el nombre del "dilema del prisionero" (Poundstone, W. 1995: Prisioner's

A B Ganan los dos

confía en honra la confianza

A B Pierde A

confía en abusa de la confianza

A B No colaboran No confía en

El ejemplo clásico de esto es la siguiente matriz, cuadro 8. Cuadro 8. Juego clásico del dilema del prisionero

B Confía B Traiciona

A Confianza Ambos condenados a 6 meses

(cooperación máximo beneficio)

A es condenado a 10 años, B sale libre. (gana B pierde A)

A Traiciona B es condenado a 10 años, A sale

libre. (gana A pierde B)

Ambos condenados a 6 años (pierden A y B).

Fuente: Elaboración propia a partir de la teoría del Dilema del Prisionero

Siguiendo a Herreros (2004b: 609) ni que decir tiene que este planteamiento es muy limitado en el mundo real, ya que es difícil confiar en personas de las que no disponemos de información. Por tanto el ―juego del dilema del prisionero‖ está más próximo a lo que es la confianza particularizada que a la idea de confianza social o generalizada.

Para el ―juego de la confianza generalizada‖ en el que debemos confiar en desconocidos, el planteamiento es muy similar al juego de Kreps, pero todo dependerá de cómo sea B, si es una persona recomendable estará en la parte superior y si no lo es en la inferior. Pero todo dependerá de los costes a lo hora de que A deposite la confianza en B. Y de los costes o preferencias que B tendría como depositario de confianza de A, (gráfico 7). Este planteamiento está muy en la línea de lo desarrollado por Coleman (2011).

Gráfico 7. Resultados de la confianza

B recomendable 1 3 2 2 3 1 B oportunista A B Al aceptar la confianza B deberá realizar pagos a A A obtendría máxima ganancia. A B B, prefiere esta opción antes que traicionar a A. No hay ganancia ni coste A B B traiciona la confianza de A A, pierde lo que supone unos costes. Fuente: Elaboración propia a partir de Herreros (2004b)

Deposita confianza en Acepta esa confianza

NO Deposita confianza

La diferencia entre un tipo B recomendable y el B oportunista dependerá de los pagos que éste debe hacer por honrar la confianza para con A. Así cuando honra la confianza de A deberá hacer unos pagos a este. Mientras que si B es un oportunista, no hará pagos a A sino que obtendrá la utilidad más alta al engañarle. Otra alternativa para B es que A no confíe en él, la diferencia está en que B sea un individuo digno de confianza o un oportunista, pero por razones distintas. Un individuo B recomendable preferirá que A no deposite en él la confianza antes que asumir los compromisos o ―pagos‖ para con A. Por el contrario, un individuo B oportunista prefiere que A no deposite en él su confianza, teniendo en cuenta los posibles costes que puede acarrear, por lo que su ultima preferencia es la de confiar en A. Ante estas incertidumbres A deberá decidir a qué tipo de individuo B se enfrenta. Si A es un individuo que tiende a la confianza social decidirá confiar en B, esto implicará que si B decide honrar su confianza las expectativas de beneficios de A se cumplirán y serán mayores. En definitiva para Herreros (2004b: 611) cuanto mayores sean los beneficios esperados, la decisión de confiar en B dependerá de expectativas menores de que B sea digno de confianza.

Ante estos dilemas de confianza particular ¿cómo crear confianza social? Putnam (1993) consideraba que es a partir de la participación en asociaciones, una vía para transformar la confianza particularizada en confianza social gracias a la asunción de compromiso cívico. Este planteamiento de Putnam está en sintonía con la idea de Tocqueville (2007) de la importancia de las asociaciones civiles en ―engrandecer el corazón y desarrollar el espíritu humano‖. Pero esta fuente de creación de confianza, a partir de la participación en las asociaciones no es tan evidente, como apunta Levi (1996: 47-48). El por qué el miembro de una asociación, por el mero hecho de serlo, va a estar más predispuesto a depositar su confianza en desconocidos. Con respecto a esto Herreros (2004b) subraya tres puntos de vista:

1º El individuo considera al resto de los miembros de la asociación como un reflejo de la sociedad, una muestra representativa. Por tanto en función de las experiencias adquiridas en el contacto con el resto de asociados presupone o extrapola ese comportamiento al resto de la sociedad. Así, si las experiencias han sido positivas con los miembros de una asociación, probablemente tenga

mayor tendencia a depositar su confianza en otras personas, aunque no pertenezcan a la asociación. La idea de que los miembros de una asociación es una muestra representativa de la sociedad se incrementa cuando el grado de heterogeneidad de la asociación, desde el punto de vista ideológico, es mayor. Por eso en las asociaciones cuyos socios se caracteriza por presentar una gran variedad y diversidad de formas de maneras de pensar, de problemáticas sociales, etc., es más sencillo el desarrollo de la confianza social. A estas asociaciones Putnam las denomina ―inclusivas‖ (Putnam 2000:22).

La argumentación de lo anterior está basada en la ―ley de los números pequeños9‖ (Tversky y Kahneman 1986 en Herreros 2004b: 614) por la que se llegan a resultados concluyentes y definitivos a partir de pequeñas muestras. 2º La participación en asociaciones fomenta la modificación de las creencias de sus miembros a través de la discusión. Este planteamiento con una fuerte base asamblearia, fue utilizado por los colonos norteamericanos para lograr la independencia de la corona inglesa, e instaurar una república y la posterior creación de la nación norteamericana.

Esta perspectiva asamblearia-republicana, conjuga dos enfoques: 1. La estructura del proceso deliberativo.

2. Los actores que participan en ese proceso deliberativo.

Es gracias al proceso deliberativo, cuando se fomenta la reflexión de los individuos, posibilitando la consecución del bien común porque los participantes modifican su manera de pensar y obrar, de tal forma que los individuos tienden hacer coincidir lo que dicen con lo que hacen, es lo que se denomina ―reducción de la disonancia cognitiva‖ (Herreros 2004b). Si bien es cierto los procesos de deliberación pueden estar expuestos a una manipulación por parte de algunos participantes enarbolando el interés común, pero su intención es obtener

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Esta teoría afirma que el pensamiento intuitivo de las personas sobre el concepto del azar es erróneo, ya que con muestras muy reducidas llegan a conclusiones muy generales. Aunque la teoría surge para explicar el comportamiento humano en los juegos de azar puede ser extrapolada a la vida cotidiana, en donde solemos tener la creencia errónea de llegar a conclusiones generales a partir de pocos casos particulares. O lo que es lo mismo llegar a resultados generales, concluyentes y definitivos a partir de la información y observación obtenida

intereses particulares. De ahí que en las asociaciones con intereses más homogéneos, los procesos deliberativos tienden más al interés general. En cualquier caso la búsqueda del interés general es incompatible con la ausencia de confianza.

3º La participación en asociaciones puede también promover la confianza en los no miembros. Esta perspectiva se centra en las pérdidas y ganancias a la hora de depositar la confianza en otros. De tal manera y como ya hemos visto el hecho de pertenecer a una asociación implica que vamos a extrapolar las experiencias y comportamientos que hemos vivido con el resto de asociados, hacia el resto de individuos de la sociedad en donde nos desarrollamos. Por tanto si depositamos la confianza en otros, no socios, y si estos nos traicionan podemos compensar esa pérdida con la confianza de los socios. Así, si somos miembros de varias asociaciones y se ha desarrollado confianza particularizada con ellos, podemos confiar en desconocidos porque puedo compensar las pérdidas potenciales de ser engañado con el apoyo de mis redes sociales. (Herreros 2004: 617)

Por tanto, la decisión de confiar es una decisión racional (Coleman 1990) basada en tres aspectos:

- Probabilidad subjetiva que asignamos a otros individuos al parecernos dignos de confianza.

- Las pérdidas potenciales en el caso de que nos traicionen. - Las ganancias potenciales en el caso que confíe en nosotros.

En base a lo anterior, las personas con mayores recursos de redes sociales (pertenencia a asociaciones) tendrán menores pérdidas potenciales en caso de ser traicionadas, que otras cuya red social sea menor. De ahí que las personas con mayor densidad de redes sociales suelan depositar más su confianza en otros. Aunque esta afirmación no es del todo cierta ya que dependerán de que el valor de la variable ―perdida potencial‖ sea bajo.

Teniendo en cuenta los aspectos anteriores, lo que condicionará el que depositemos la confianza en desconocidos va a ser el balance entre las ganancias y pérdidas potenciales. Teniendo en cuenta estas variables, ganancias y pérdidas, supongamos que un individuo A amplía su red social de

pertenencia a asociaciones aumentando su número de ―amigos‖, llegando al punto que la utilidad marginal de seguir aumentando amistades es cada vez menor y por tanto con menos ventajas. Si por el contrario A es una persona solitaria el beneficio de poder contar con un ―amigo‖ es mucho mayor, o dicho de otra manera, la ganancia de depositar la confianza en ese desconocido es mayor que la pérdida si este no le honra como depositario de la misma. Ante esto no podemos afirmar, categóricamente entonces, que la pertenencia a asociaciones genera más confianza social. Por el contrario, cuanto más grandes son los recursos de participación en asociaciones (capital social) menor es el beneficio que se tiene en confiar en desconocidos.

Este argumento desarrollado por Herreros (2004) implica que los beneficios marginales de aumentar nuevas relaciones personales son menores y, por tanto, no sería necesario depositar confianza en desconocidos. La pertenencia a muchas asociaciones nos posibilita el disponer de una mayor muestra de asociados que extrapolaremos a la sociedad, siendo mayor la probabilidad de confiar en desconocidos. Esa probabilidad decrecerá si nuestros beneficios marginales de confiar en nuevas personas bajan como consecuencia de que pertenecemos a muchas asociaciones.

Hemos hablado de tres puntos de vista para fomentar o crear la confianza social, a partir de la participación en asociaciones, pero existiría un cuarto punto la racionalización de la esperanza.

4º La ―racionalización de la esperanza‖. Es una forma de adaptación de las creencias al conjunto de oportunidad (Elster, 1983 en Herreros 2004b) o lo que es lo mismo la modificación de las expectativas sobre personas, desconocidas, que consideramos dignos de confianza. Este proceso afectará más a aquellos individuos cuyos recursos de capital social (participación en asociaciones) son más escasos, por lo que entablar nuevas relaciones con desconocidos y depositar confianza, tendrán beneficios potenciales mayores. Aunque los costos de confiar en desconocidos también podrían ser muy elevados, ya que no tenemos información sobre cómo son estas personas, como consecuencia de nuestra escasez de relaciones o de ―inteligencia social‖ (Yamagishi 2001), lo que nos aboca a una difícil disyuntiva. Como resultado de esto tendemos a

conformar expectativas en términos favorables cuándo depositamos confianza en desconocidos, con la esperanza de que no nos traicionen.

Una posibilidad de evitar esto es invirtiendo en capital social, emitiendo actos o señales hacia los desconocidos para que éstos confíen. Lanzar una señal, para que se confíe en él supone un costo para el emisor, que pasará a ser ganancia si el receptor acaba confiando porque la señal que ha recibido ha hecho que modifique las creencias iniciales sobre el emisor. Cuanto más costo suponga el envío de la señal por parte del emisor, mayor probabilidad tendrá de ser aceptada por el receptor. (Herreros 2004b).

2.3 LA NATURALEZA MULTIDIMENSIONAL DEL CAPITAL