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3.1 Definiendo comunicación en la era de las nuevas tecnologías

3.1.2 Una aproximación desde las aportaciones educomunicativas de Javier Erro:

Resulta también interesante detenernos en las aportaciones de Erro, que recoge las tradiciones latinoamericanas de la Teoría de la Comunicación en relación con autores como Alfaro, Ricón o Kaplún. Estas perspectivas no son útiles para profundizar en la definición de comunicación, una palabra que procede del latín comunicare, inicialmente definido como «relacionarse, poner en común y participar» (Erro, 2002: 10). Sin embargo,

En sentido moderno el concepto comunicación se ha desprendido de esa idea inicial y hace referencia sobre todo a la producción e intercambio de signos que llevan información. Ahora decimos que nos comunicamos cuando nos informamos, cuando transmitimos información (Erro, 2002: 10).

Según Erro, el desarrollo del capitalismo y la sociedad moderna han tergiversado el significado de comunicar entendido como participar y compartir y se corre el riesgo de confundirlo únicamente con las vías de transmisión, con la mera información.

En opinión de Erro, existe un divorcio claro entre los conceptos comunicación e información. No obstante, desde su punto de vista, se ha dado una tendencia a legitimar social y científicamente el término información para «se convierte en el paradigma de vida: la ciberdemocracia y la tecnoutopía». Mientras tanto, «la idea de comunicación es rechazada y marginada por sus vinculaciones con la crisis de los paradigmas, de utopías sociopolíticas y de las ciencias sociales» (Erro, 2002: 10).

Erro expone que la idea de información tiene fuerza en su batalla contra el término comunicación porque, en primer lugar, la idea de información es muy operativa y se adapta a una aceleración mercantilizada de un modelo de sociedad basado en la economía y la producción. En segundo lugar, se adecua al mediacentrismo (con unos todopoderosos medios de comunicación de masas) y al tecnicismo como falaz solución a todos los problemas vitales. Este planteamiento lleva a dar equivocadamente por sentado que una sociedad aceleradamente informada en tiempo real es por sí misma una sociedad comunicada (Erro, 2002: 11). Para Erro, la cultura mercantil que arrincona el concepto de comunicación ha ganado en cierta manera la batalla gracias al mercado, los mass media, la sociedad de la información y del conocimiento y las ciencias de la gestión. A su modo de ver, este

información-mercancía (Erro, 2002: 11).Con la intención de llegar a precisar su concepto de comunicación, Erro explica previamente sus concepciones sobre el término información y hace especial hincapié en la idea de «información subdesarrollada», la cual sería: «aquella idea de información que es fruto de las formas simples, maniqueas y monolíticas de interpretar la realidad, y que se corresponde con la que hemos heredado de la sociedad moderna» (Erro, 2002: 12). Dicha idea representa la perspectiva dominante en nuestra sociedad y basa su hegemonía en el inmenso poder de un tropo, la sinécdoque (la representación de la cosa no por lo que es, sino por una de sus partes, aspectos o connotaciones), que permite dos maniobras: reducir la complejidad de los procesos de comunicación a la transmisión de información, al intercambio de mensajes y, en segundo lugar, poner en el centro y mitificar los instrumentos y productos fruto de la acción de los sujetos (que se interpretan como elementos objetivos, independientes de los sujetos (Erro, 2002: 12).

En la misma línea, Erro concibe que a esta visión estrecha, pero dominante. Le interesan más los medios y los mensajes que las personas y el modo en que la comunicación les afecta y les reconstituye como sujetos. No se mueve en términos de comunicación, encuentro de culturas, dignidad o construcción de una ciudadanía universal, sino de impacto y de objetivos a corto plazo. Rehúsa contribuir a la comprensión colectiva de problemas complejos y acaba confundiendo los medios (acciones, proyectos, programas) con los fines (la idea de combatir la pobreza y hacer desarrollo).

De este modo, añade que llamamos información a todo conjunto de datos estructurados dotados de forma y sentido; datos seleccionados con criterios culturales y, además, integrados en una estructura. Siempre pues que informamos estamos dando forma, difundiendo un modo concreto de ver las cosas (Erro, 2002: 13).

No sería lo mismo hablar de informarse, dado que en este caso hablamos de extraer información mediante la observación u otros medios. No obstante, cuando nos referimos a informar entramos en el terreno de la acción proyectada hacia el exterior.

Por eso no puede hablarse de informar –transmitir datos- como una operación inocente: la información son los datos ya seleccionados y estructurados. Toda información porta algún sentido y dirección (aspectos prescritos), tanto como excluye otros (aspectos proscritos) (Erro, 2002: 13).

El mismo autor también subraya que se antoja cuanto menos peligroso caer en la falacia de que a más datos más información. De hecho, un exceso de datos puede llevar a la infopolución. Tal como expone Erro, podemos hablar de infopolución cuando no podemos

metabolizar las informaciones (que además nos pueden llegar descontextualizadas –sin su sentido original-, y hablan de lo anecdótico para esconder las causas profundas-) porque el ritmo de producción y difusión no respeta nuestros ritmos biológicos y sociales. Estaríamos pués frente a una nueva manera de manipular y desinformar que consiste en ofrecer cantidades inmensas de datos inútiles hasta contaminarnos y embotarnos el razonamiento (Erro, 2002: 15).

Se debería completar esta reflexión añadiendo que también se dan casos de informaciones que se confeccionan sin una intención de ocultar, pero igualmente generan infopolución por su cantidad o por una forma equivocada de trasladar el mensaje. Incluso puede darse el caso de que el mismo mensaje genere desinformación a ciertos receptores e informe correctamente a otros, dado que también debemos tener en cuenta el contexto, los códigos y las habilidades de interpretación del receptor.

De igual modo, respecto al bombardeo masivo de datos de cuestionable utilidad que generan infopolución, la reflexión de Erro apunta a que las actuales redes sociales de Internet y los teléfonos móviles inteligentes están generando precisamente una infopolución sin precedentes, aunque no ponemos en duda su potencial. La infopolución que mencionaba Erro ha crecido a pasos agigantados en apenas diez años. Hay más herramientas que nunca para interactuar con otras personas e instituciones, pero también hay mayor saturación de transferencia de datos que nunca, lo cual ha multiplicado exponencialmente la velocidad vertiginosa a la que se deben digerir los mensajes.

Un ejemplo contundente puede observarse con los nuevos smartphone y el cambio que ha supuesto en la comunicación profesional e interpersonal. Lo que inicialmente se concibió como una herramienta para ejecutivos que intercambiaban correos electrónicos en un frenético ritmo de negocio se ha generalizado ahora en el grueso de la población, inclusive en la población infantil. Cada vez son más las horas que una persona de a pie o un niño invierten en responder y leer miles de mensajes que llegan desde varias cuentas de correo electrónico, Facebook, Twitter, Tuenti, LinkedIn, Google Plus o desde las herramientas creadas para gestionar todas estas redes y algunas más al mismo tiempo (Hotsuite es uno de los ejemplos más conocidos). La demanda de tiempo para responder y absorber todo este flujo de datos genera un nuevo modelo de esclavitud a la máquina bajo el paraguas de la necesidad de estar conectado con el mundo real. No obstante, esta conexión a veces casi forzosa, impide en muchas ocasiones comunicarse con el mundo y las personas que nos

De hecho, un niño o un adulto pueden perfectamente cruzar una avenida, enfrascados en la respuesta a un e-mail o un mensaje de Facebook sin apenas haber podido entablar comunicación con el mundo físico que le rodea; sin ni siquiera haber visto al vecino que se cruzó en su camino o el nuevo árbol recién plantado frente a la parada de autobús de su casa. Erro expone que la infopolución es una maniobra especialmente sutil porque produce un efecto narcótico que fabrica sujetos desinformados e ignorantes que se creen informados debido a una cultura de sobre estimulación simbólica que produce la confusión entre la realidad y la ignorancia y la ignorancia de la ignorancia (Erro, 2002: 15).

En este sentido, Erro plantea una reflexión plenamente vinculada con el análisis de la violencia cultural tras el 11 de septiembre de 2001:

No es casualidad que posiblemente las guerras más opacas de la historia hayan tenido lugar en la sociedad de la información. No conocimos en su momento lo que en verdad estaba ocurriendo en la Guerra del Golfo. El estado mayor estadounidense se dedicó a ofrecer sin tregua a los periodistas grandes dosis de información irrelevante (imágenes computadorizadas de bombardeos que podían extraerse de cualquier videojuego doméstico), mientras a la vez se les impedía llegar al campo de batalla o hablar con otras partes implicadas en el conflicto. La táctica, ya perfeccionada, se ha repetido en Afganistán (Erro, 2002:15).

Volviendo a las consideraciones sobre el término información, Erro destaca que la información es útil cuando nos permite tomar decisiones sobre temas fundamentales para nuestra vida individual y colectiva. Así, el valor de la información no está en los datos, sino en aquello que los ciudadanos pueden hacer con y desde ellos. Las diferencias de acceso a esta información útil pueden generar nuevas divisiones entre países y ciudadanos info-ricos e info-pobres (Erro, 2002: 18). No obstante, tal como apunta Saramago (en Erro, 2002: 17-18), la información sólo nos hace más sabios y sensatos si nos acerca a los seres humanos. Es por ello que resulta necesario diferenciar información de conocimiento y conocimiento de sabiduría. La información sería una fase necesaria e intrínseca a la comunicación, pero por sí sola no implica comunicación. No en vano, «entrar en miles de bancos de información (que sin duda pueden aportar sabiduría), o conocer determinados hechos en tiempo real (que nos da la posibilidad de ejercer un gran poder), no garantiza conocer mejor al otro o saber decir te quiero a la persona querida en el momento necesario» (Erro, 2002: 18).

Los planteamientos de Erro también reflexionan sobre las diferentes formas de concebir el término comunicación en función de interpretaciones más democráticas o más utilitaristas. Según Erro, para algunos, comunicación es algo producido desde fuera por

instrumentos (medios de comunicación) en unas personas que son blanco y objeto de nuestros esfuerzos persuasivos: Para otros, se puede concebir como un tema de sujetos y de relaciones sociales (Erro, 2002: 22-23):

Lo habitual es la primera interpretación, que identifiquemos la comunicación con el intercambio de mensajes y, por tanto, la asociemos a: la intención de persuadir y modificar conductas, la acción de los medios de comunicación de masas, el esquema clásico emisor, mensaje, medios, receptor y retroalimentación. […] Detrás de esta manera de entender la comunicación (desde la emisión privilegiada) late una forma autoritaria de entender la vida. No estamos pues ante una decisión exclusivamente comunicativa (se trata de mucho más de optar por una propuesta teórica o metodológica), sino ante una opción personal y colectiva de entender el poder y las relaciones sociales.

Desde el punto de vista del autor, este esquema basado en la premisa de «con-vencer» está relacionado con la ingeniería de la conducta y plantea un receptor que parte de una posición de superioridad respecto al receptor (Erro, 2002:23):

La pasividad del receptor se salva con la figura de retroalimentación, que, en teoría, le permite también convertirse en emisor. Pero planteada dentro de este esquema la retroalimentación sólo constituye una trampa más: se produce dentro de un proceso que ha sido iniciado y viene marcado p por las reglas de juego del emisor: él es el dueño de la pregunta, con lo que podemos hablar de emisores privilegiados que deciden de qué se habla y cómo se habla. Este esquema toma fuerza de la propia sociedad, que está estructurada en su conjunto a partir de emisores privilegiados. Como todas y todos crecemos entre emisores privilegiados (el padre en la familia, el profesor en la escuela, el directivo en la fábrica, el sacerdote en la iglesia, las instancias de control estatal, el mercado, los medios de comunicación de masas, o la figura del hombre en la sociedad) sentimos esas relaciones autoritarias como naturales. Se trata de un esquema que refleja un orden de cosas determinado, una manera de percibir y de vivir las relaciones sociales que se presenta como única posible.

Según Erro, este esquema implica una serie de problemas:

-Condiciona las respuestas verbales y las conductas de los destinatarios y destinatarias

-Divide la sociedad entre las personas que saben y las que no -Descalifica las capacidades prácticas, la cultura

-Pierde demasiada información y capacidades (las personas destinatarias apenas aportan nada y apenas sabemos nada sobre los procesos que hay detrás del consumo de mensajes)

-Pone demasiada confianza en el poder de los mensajes (pretendemos cambiar conductas con campañas publicitarias.

En contraposición a este escenario, Erro apuesta por un concepto de comunicación democrático-participativo que forma parte de procesos más amplios. Según esta concepción, la comunicación es un proceso de amplio espectro que tiene un objetivo que va más allá de la eficacia o los mercados:

Aprender y crecer juntos y juntas. Por eso dialoga con el ruido (el camino discontinuo y no dictado, el disenso, la apertura, la asamblea): los concibe como garantía del ajuste a unas realidades cambiantes y a la pluralidad de miradas. Se trata de un proceso en-ciclo-pédico porque entiende el aprendizaje como la puesta del saber en ciclo: ni pretende apropiarse de la verdad o imponerla, ni considera que los sujetos están acabados, porque los ve como sujetos en proceso (Erro, 2002:24).

Para Erro, la comunicación ya no se trata únicamente de persuadir y usar al otro/otra, sino de acompañarlo. Lo comunicativo se asocia con enseñar, compartir, vivir, reconocerse, encontrar y aprender con el otro/a. Se trata de acompañar el aprendizaje, de asumir que el otro/a no es sólo punto de destino, sino sobre todo punto de encuentro. Desde su perspectiva, la comunicación es también un estilo porque:

-Refleja y construye a la vez nuestras señas de identidad (conscientes e inconscientes)

-Nos educa, porque forja percepciones y reafirma o desecha decisiones y opciones

-Construye los futuros posibles.