Podemos estar todos de acuerdo en que requerimos más información sobre la ciudad para reconstruir el desarrollo urbano de las sociedades pasadas. Denise F. Brown (1998) expone el estudio de caso o análisis de los datos de Chemax, un asentamiento actual cabecera de municipio de la zona central de la península de Yucatán38. En este caso la etnografía contribuye al cuerpo teórico sobre la ciudad, proporcionándonos datos, más allá del concepto limitado de ciudad que se refería al asentamiento construido físicamente, sobre la distribución de actividades, conocimientos, instituciones, intereses, grupos e individuos en el espacio. Chemax es un centro urbano, con unas peculiaridades que pueden proveer de claves para el entendimiento de procesos de formación en el pasado de los “centros urbanos” con población dispersa en Mesoamérica. El sitio es similar a San Lorenzo en muchos datos: se trata de un centro cabecera de municipio en un área boscosa donde se practica la agricultura de roza y quema en áreas de crecimiento selvático39. Chemax es el asentamiento mayor del área40, con 6.000 habitantes censados en 1990. Sus calles dirigen el movimiento de la gente alrededor de los espacios domésticos o solares. Las calles principales dirigen el movimiento de gentes y bienes al centro o espacio público (el parque) y a un área de césped sin edificar donde se realizan ciertas actividades comunitarias, festivas y anuales (la plaza)41.
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Se ha considerado este estudio por las similitudes en cuanto a la forma y la función de Chemax con el centro de San Lorenzo que nos ocupa, salvando distancias temporales, y porque el análisis de la ciudad se realizó a partir de parámetros secundados en los análisis arqueológicos. La antropología urbana en centros actuales dispone de una base de información contrastable y viva, características que pueden ser relativas o inexistentes en otro tipo de documentos. No se pretende hacer un paralelismo directo sino, tan sólo, agregar análisis complementarios que apuntan algunas de las evidencias inmateriales de las relaciones sociopolíticas a nivel regional.
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Tal como expresa Brown (1998:283): “Es importante señalar que este tipo de agricultura está asociado tradicionalmente con una baja densidad de población regional, asentamientos humanos pequeños y dispersos entre la selva, y un movimiento contínuo de la población, asociado con el deseo de dejar descansar cada parcela agrícola durante 8 o 12 años después de 1 o 2 años de uso, y por lo tanto la necesidad de alistar una nueva parcela cada año.”
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Si bien es demográficamente pequeño para ser considerado ciudad, la construcción del espacio por medio de la concentración de instituciones sociales en este lugar le atribuye un significado esencialmente urbano.
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Esta traza urbana alrededor de la plaza no es especial en Chemax, sino que es propio de asentamientos urbanos coloniales y prehispánicos. Así siguiendo con ejemplos de la región maya puede consultarse Ringle (1993) y Coopeland (1989), sobre asentamientos del Preclásico Medio como El Mirador o las mismas descripciones de La Venta (González Lauck, 1995), también del mismo período.
Tanto en Chemax como en los asentamientos satélites, los solares son relativamente uniformes, con una extensión media de 800 m2 por solar, rindiendo una densidad de población de 11.6 personas/ha, o sea, un urbanismo no centralizado. Las instituciones educativas, políticas y religiosas del sistema oficial actúan en toda la región, sólo la escala de sus operaciones contrasta y está reflejada en el tamaño de las estructuras en cada lugar en relación al número de población que deben atender.
Las diferencias están en que, mientras en las comunidades las instituciones están albergadas en edificios construidos con materiales perecederos que se mantienen comunitariamente, Chemax acoge en el centro dos estructuras de gran tamaño realizadas en un material imperecedero como es la piedra, se trata de las instituciones comunitarias del palacio municipal y de la iglesia, y que se constituirán en el colectivo de Chemaxteños y vecinos como elementos esenciales en la jerarquización de sitios. La segunda especificidad es que alrededor del centro el espacio está ocupado por un asentamiento que difiere en tamaño (solares de 300 m2) donde se asienta un grupo de población no maya.
En cuanto a las funciones que sólo ostenta Chemax están: la preferencia de las poblaciones de la región por los centros educativos y de salud de Chemax a los que atribuyen mayor prestigio y especialidad, la concentración de gremios y, que es un lugar céntrico para la distribución de parcelas agrícolas.
Pero lo que retroalimenta la relación entre lo “urbano” y lo “rural” es una fiesta anual que se realiza en el centro regional. El Chemaxteño, es un agricultor con parcela a veces ubicada a distancias superiores a las 10 leguas, mayoritariamente dispone de una pequeña casa en algún pueblo más cercano. De la misma manera, la población de estos lugares cercanos participa de la institución para la organización de defensa y protección de la zona, “la guardia” ubicada en Chemax. Esta organización es la encargada de celebrar una fiesta anual en la plaza, construyendo un escenario perecedero; este evento redefine, refuerza y expresa la organización social y el orden. Así el centro define a la periferia, y viceversa, a través de una fiesta anual de la que quedaran pocos vestigios.
Concluyendo que, para los habitantes de la zona son las actividades sociales y políticas las que marcan el contraste entre el centro rector y los demás asentamientos; además del manejo de la duración de los espacios construidos evocando la construcción social del territorio.
Trasladando el ejemplo a la gran variedad de jerarquías de ciudades de nuestros días y a través de un análisis de su organización festiva podemos ver como el ejemplo de Chemax no es aislado sino todo lo contrario, es aplicable a todos los niveles y podemos hallar celebraciones rituales, ahora llamadas festivas, periódicas y propias que integran al grupo formado por la ciudad y su área de proyección, mostrando la unión de colectividades a través de la creación de identidades.
III.9. Consideraciones finales del capítulo
A partir del registro arqueológico en este capítulo se ha presentado a los olmecas de San Lorenzo como una sociedad urbana, al menos desde alrededor del 1200-850/800 a. C. en el período Preclásico Inferior, donde se encontraba la concentración de tres “funciones”: la política-administrativa, la económica y la cultural simbólica. Y podría concluirse que como elemento integrador cultural y simbólico, la ideología y como su vehículo la escultura, podría tratarse como un componente que enfatizó la identidad cultural de la región, así como la unión del poder y el ritual. Con los datos obtenidos hasta ahora, en el centro rector se realizaron 134 monumentos de basalto, entre tronos, cabezas, figuras, estelas, losas y materiales constructivos como columnas, caños y recubrimientos de escalón, y un volumen de 140 m3 (correspondientes a unos 490 ton de basalto). En contraparte los centros secundarios, por muy importantes y vinculados con el centro la proporción es muy inferior, así por ejemplo en Loma del Zapote 15, Estero Rabón 8 y Tenochtitlan 5. Creo que aquí puede intuirse un proceso similar al Chemax etnográfico, cuando sólo el centro dispone de dos edificios (comunitarios) construidos con material imperecedero, la iglesia y el palacio municipal, sedes del orden político terrenal (material, ideológico) y del religioso (inmaterial, ideológico). De igual manera, en San Lorenzo, el esfuerzo que envolvió la producción escultórica probablemente implicó la región, y en este sentido debió unirse también a la celebración ritual como acto de cohesión e identidad, a la vez que salía reforzada también la ideología que permitía estas relaciones. De forma similar, las cabezas colosales sólo se hallan en el centro rector. Este hecho también nutre la parte iconográfica del centro y su parte diferencial de los demás centros.
En este capítulo se ha expuesto la trascendencia del sistema social, la institucionalización del poder y las instituciones en la generación de cultura, de espacios
y de escultura. Esta organización implica el centro rector y los asentamientos el área circunvecina durante el período de mayor auge, aproximadamente entre el 1200- 850/800 a. C., pero donde las relaciones que diferenciaban la aldea de San Lorenzo de las demás aldeas en períodos anteriores y posteriores, en cuanto a tamaño, ya estaban presentes.
La escultura fue una actividad puntual dentro del período de auge anteriormente citado, unida su producción a la elite a través de los talleres de reciclaje de monumentos y a la ideología que vinculaba tronos y cabezas colosales, el poder del gobernante y del sistema a la trascendencia mítica e histórica que se congregaba en él y en la institución del sistema. La importancia de la escultura pública en San Lorenzo y de sus relaciones con los centros secundarios y nodos, define junto a sus instituciones San Lorenzo como ciudad durante el período entre 1200-850/800 a. C.; define también a sus habitantes como integrantes de esa sociedad.
CAPÍTULO IV
ESTUDIOS SOBRE CABEZAS COLOSALES
Entre las esculturas de la Antigüedad humana destacan las cabezas colosales olmecas, como un conjunto excepcional por su singularidad dentro de la estatuaria antigua, fechada en el primer milenio antes de nuestra era; asimismo resaltan por sus medidas, proporciones e idea de textura, la superación de conocimientos y de la técnica escultórica ante el desconocimiento de antecedentes de tales monumentos, y por el esfuerzo social invertido. Además, por la originalidad de tratarse de un conjunto de representaciones intencionalmente individualizadas1 a partir de los rasgos físicos de sus rostros, tocados y ornamentos.
Como se anotó en anteriores capítulos, la fascinación por comprender las múltiples problemáticas sobre las cabezas colosales olmecas se inició en 1862 (Melgar, 1869, 1871); pero en la actualidad tenemos el conocimiento de la existencia de 17 cabezas colosales en el área, 10 de ellas en el sitio de San Lorenzo, 4 en el sitio de La Venta y 3 en la zona de Tres Zapotes (1 en Tres Zapotes, 1 en Cerro Nestepe y 1 en el rancho de Cobata) y aunque de su contexto arqueológico no se conoce mucho, han protagonizado las interpretaciones sobre el sistema cultural olmeca.
Sus particulares características escultóricas, hasta el momento sólo se han hallado en los centros regionales de la Costa del Golfo2; en algunos casos se ha denominado cabezas colosales otras esculturas diferentes, de rostros con singularidades estilísticas olmecas pero con cualidades arquitectónicas, por ejemplo en Guerrero en el sitio de Teopantecuanitlán (Martínez, 1985, 1994a, 1994b, 1995); o otras cabezas trabajadas por sociedades del área del Pacífico centroamericano (Baudez, 1970, 1976; Bernal, 1968; Girard, 1969); ambos tipos escultóricos no los considero dentro del grupo
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Como apunta De la Fuente (1994:220), con los olmecas se inició la vertiente figurativa del retrato, que trascendió a culturas como la maya o a sociedades posteriores de Veracruz, aunque en otros tamaños menores y técnicas diferentes.
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Las diferencias considerables de representación entre las cabezas colosales de San Lorenzo, La Venta y Tres Zapotes con los monumentos 1 y 1a de Laguna de los Cerros (Clewlow, 1974:23-24; De la Fuente, 1975) inducen a que estos monumentos no se consideren dentro del mismo conjunto.
específico de las esculturas llamadas cabezas colosales olmecas tal y como se describen en este capítulo3.
El primer artículo sobre una cabeza colosal fue escrito por Melgar (1869) y titulado “Estudios sobre la antigüedad y el origen de la cabeza colosal de tipo etiópico que existe en Hueyapan del Cantón de los Tuxtlas”. Esta cabeza colosal es la llamada actualmente Nestepe 1, en el área de Tres Zapotes.
Posteriormente, desde los años 1940 a la actualidad, los trabajos arqueológicos en los centros de la costa del Golfo de México han ido recuperando otras 16 cabezas colosales. Como se anotó con anterioridad, en el capítulo I sobre los antecedentes en los estudios de la cultura olmeca, las investigaciones alrededor de las cabezas colosales conformaban una parte importante en las descripciones y explicaciones sobre el arte escultórico olmeca y la sociedad que las produjo. Estos trabajos seguían dos líneas diferenciadas: una, productora de las más numerosas descripciones basadas en los vestigios culturales tratados como arte, y otra, a partir de los estudios arqueológicos llevados a cabo en los tres grandes centros: San Lorenzo, La Venta y Tres Zapotes. Ambas investigaciones únicamente unían sus hipótesis en el espacio destinado a la articulación de una secuencia cronológica de los sitios y sus monumentos.
Como podrá observarse en las siguientes páginas del capítulo, los informes arqueológicos sobre estos hallazgos aportan pocos datos sobre su contexto in situ. Pero en cuanto al estudio de sus contextos, otras problemáticas a tener en cuenta aparecen cuando algunas de estas esculturas han sido encontradas caídas en los laterales de la meseta4, desplazadas de su ubicación original; en otros casos, posiblemente fueron reubicadas por ocupaciones posteriores a la que las realizaron. De tal modo que, desde el punto de vista de los estudios arqueológicos, los documentos con los que se cuenta son principalmente las fotografías tomadas en el momento de los hallazgos, algunas líneas que narran la ubicación, posición, descripción formal y algunas referencias leves a los materiales culturales recuperados en su base. Así, por ejemplo, del centro olmeca de San Lorenzo no se dispone de referencias estratigráficas sobre las cabezas colosales hasta los hallazgos de F. Beverido en 1971.
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Así también no se considera en este trabajo el monumento SL 19, hallado por Stirling y considerado por Coe y Diehl (1980:I) como preforma de una cabeza colosal, la cual estaría dentro del proceso escultórico en la fase de desbaste.
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Los laterales de la meseta localmente son llamados cañadas, en español peninsular este vocablo no está reconocido.
Por otra parte, como conjunto, se han examinado y comparado las cabezas colosales desde un punto de vista formal, como esculturas de bulto redondo mostrando rostros masculinos sin cuello ni cuerpo. Los estudios se han formado a partir de descripciones de los rasgos físicos individualizados, de sus tocados particulares, de las proporciones, medidas armónicas y de los desperfectos que presentan, sin tener en cuenta los datos proporcionados por las investigaciones sobre la ocupación olmeca ((Kubler, 1962; Westheim, 1963; Armillas, 1964; Piña Chan y Covarrubias, 1964; Coe, 1968, 1981; Stirling, 1955; Wicke, 1971; De la Fuente, 1975, 1977, 1991, 1992, 1994; Clewlow et al., 1967, 1974).
En este capítulo se propone considerar primero las problemáticas planteadas alrededor de las cabezas colosales y las informaciones obtenidas a partir de los análisis formales realizados hasta la actualidad, con el fin de construir el marco escultórico del conjunto de estos 17 monumentos tan particulares. Así en este capítulo la aproximación a SL-53 o cabeza colosal 7 de San Lorenzo será a partir de su pertenencia al conjunto.