I.1. Los olmecas de la costa del Golfo de México
I.1.1. El encuentro
La primera pregunta formulada en esta historia de las investigaciones ¿A quién puede corresponder este estilo?
El hallazgo de una escultura monumental atribuida a algún pueblo antiguo a mediados del siglo XIX inauguró el interés por una cultura desconocida hasta el momento. En 1869 José Melgar reporta en el “Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística” y en “El Semanario Ilustrado” el descubrimiento de una cabeza colosal10 esculpida en roca, la cabeza colosal de Hueyapan o monumento A de Tres Zapotes a la que tuvo acceso en 1862. Le llamó la atención los rasgos negroides de la imagen, rasgos que consideró prueba de que la raza negra o etíope estaba presente ya antes de la llegada de los europeos11. La confusión étnica entre estilo artístico y raza también fue sustentada por Alfredo Chavero (1887) en su obra “Historia antigua y de la Conquista” en el primer tomo de México a través de los siglos, cuando relacionó una hacha votiva de igual singularidad con la cabeza colosal. Un aporte importante de Chavero fue que trató de identificar restos arqueológicos con grupos étnicos.
Desde inicios del siglo XIX expedicionarios europeos construyeron en el Viejo Mundo las bases de colecciones sobre culturas exóticas y antiguas, fue así como en
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Según palabras de Melgar “reflexioné que indudablemente había habido negros en este país, y esto había sido en los primeros tiempos del mundo; aquella cabeza no sólo era importante para la arqueología mexicana, sino también podía serlo para el mundo en general, pues ponía en evidencia un hecho cuyas consecuencias lo eran” (Melgar, 1971:105). Estas palabras pertenecían a una voz de opinión de la sociedad mexicana de mediados (creación del Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnología por Maximiliano I) y finales del siglo XIX, con espíritu de anticuarios e intereses políticos y científicos en la descripción de las piezas de las culturas indígenas, pero que además aquí se daba la oportunidad de emparentar las antiguas culturas americanas y la riqueza histórica y arqueológica de México con la humanidad nacida de un tronco común, como la tribu perdida de las Tribus de Israel, la cual llega a América. Una relación de datos de cronistas, otra de términos chiapanecos y hebreos y el tipo etíópico o negroide de la cabeza colosal hallada en Hueyapan hacen suponer que en épocas muy remotas existieron comunicaciones entre el viejo y el nuevo mundo (véase Melgar, 1971: 106-118) . Finalmente, en la actualidad, estas hipótesis difusionistas pueden estar descartadas, aunque nunca dejan de sorprender otros intentos que nieguen los desarrollos locales prístinos y que deseo que la exposición de la tesis sirva para colaborar a desmentir con datos contrastables. Eso si, como Melgar en su escrito inicial, en nuestros días también podemos seguir mostrando ahora ya el conjunto de 17 cabezas colosales olmecas como un particular y único conjunto de esculturas datadas alrededor del primer milenio antes de nuestra era, excepcionales por la individualización de los personajes representados, por sus medidas, proporciones, texturas y superación de conocimientos y técnicas escultóricas que muestran estos monumentos, así también como por desconocerse aún antecedentes escultóricos para ellos.
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En ese momento histórico, la pregunta a la que se dirigieron todos los esfuerzos de comprensión fue entender los rasgos negroides en la antigüedad remota, antes de que la esclavitud novo-hispana hubiese traído a tierras veracruzanas a individuos de grupos culturales africanos. En sí, esta pregunta admitía todas las demás anotadas en los artículos de Melgar (1968, 1971).
1810 Alexander von Humboldt regresó y depositó un ejemplar de hacha de piedra pulida con líneas de símbolos incisos, sin nombre cultural propio. El gemólogo George Kunz se interesó y escribió muchos artículos, estudios y libros sobre la piedra pulida de un complejo que compartía semejanzas de estilo y tipo de roca utilizada en su elaboración. En 1889 presentó su ponencia “Sur une hache votive gigantesque en Jadeite, de l’Oaxaca, et sur un pectoral en Jadeite, du Guatemala” en el Congrés International d’Anthropologie et Archéologie Préhistoriques; en ella dio a conocer el Hacha Kunz y la comparó, al mostrar huellas de reutilización con el Hacha Humboldt y la Placa Leyden. En su libro Gems and Precious Stones, en 1890, realiza un estudio sobre otra hacha pulida y con decoración exhibidas en el British Museum a partir de los datos expuestos por Chavero en su libro. Kunz detectó vestigios de erosión e intemperización en una hacha votiva, hecho que sugirió que dichos artefactos no necesariamente debían estar tallados en rocas de canteras sino que mayoritariamente provenían de nódulos hallados en arroyos y ríos. En el 1900 Marshall Saville publicó por primera vez el dibujo de la Hacha Kunz, preámbulo de los artículos del mismo autor Votives Axes from Ancient México (1929a), donde dio a conocer varias hachas, placas, pectorales y otros objetos de museos y colecciones particulares. Además del uso del término olmeca12 por Saville, lo más destacable son sus comentarios respecto a la definición de rasgos que caracterizan el estilo, atribuyó por primera vez el concepto de ídolo a los rasgos de jaguar (1929a: 271) y lo relacionó con las representaciones posteriores del dios Tezcatlipoca (1929a:290-295). Su definición de los rasgos del jaguar ese transcribe a continuación:
“Las incisiones sobre su superficie frontal representan la convencional máscara de un tigre, con los peculiares ojos almendrados, prominentes caninos, pequeñas fosas nasales, y un grueso labio superior.” (Saville, 1929a: 268)
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Estas piezas, no solo procedían de la costa del Golfo de México sino incluso del Altiplano y de las costas del Pacífico, hecho que otorga a estos grupos humanos (aún sin nombre y desconocidos) dos oportunidades de volver a existir dentro de la antigüedad: a) o formaban parte a través de sus producciones de las relaciones de intercambio con los imperios antiguos del centro de México y podrían reconocerse como los Olmecas Huixtontin (véase en Seler (1906) la primera anotación en este sentido) o habitantes del país del hule; b) o fue una de las grandes civilizaciones antiguas que dominó gran parte del territorio no solo mexicano sino incluso hasta América Central. Ambas hipótesis eran interesantes como para investigar sobre este pueblo a través de sus producciones (véase desde los inicios a partir de las expediciones de Del Paso y Troncoso (1892), Seler (1922), Bloom y La Farge (1925), Beyer (1927), Wayerstal (1932), Stirling (1943) en el área de los estados de Veracruz y Tabasco, y los trabajos por ejemplo de Vaillant (1930, 1931, 1934, 1935) y Guzmán (1934) en el Valle de México y Morelos, respectivamente, que aportan datos que van a ser retomados durante todo el siglo XX para establecer su punto de origen).
En el México de finales del siglo XIX el interés por el estudio de los pueblos precolombinos era importante y Francisco del Paso y Troncoso (1892) inició algunas exploraciones en los Tuxtlas, en ellas recuperó materiales de superficie como algunas figurillas que fueron expuestas en la exposición de Madrid con motivo del IV Centenario del Descubrimiento de América. Al mismo tiempo y viendo las similitudes, Del Paso y Troncoso atribuyó a otras figurillas cerámicas halladas en Morelos y Guerrero el término genérico de “tipo olmeca” (Piña Chan, 1989:25), considerando el término olmeca como reconocimiento a los grupos de la costa del Golfo que en posteriores tiempos mexicas y en lengua nahua aparecen como olmecas o habitantes del país del hule. En 1906 Eduard Seler describe algunas esculturas de Tuxpan y utiliza el término “olmecas huixtontin” al referirse a sus creadores (De la Fuente, 1984:20).
Durante el primer cuarto de siglo XX se inician investigaciones en el sureste mexicano centradas en conocer más rasgos sobre este estilo olmeca. Además de las expediciones de Eduard Seler y Cecile Seler quienes en 1922 reportaron la cabeza colosal de Hueyapan y otros monumentos de la región; también Frans Bloom y Oliver La Farge, de la Universidad de Tulane en 1925 realizaron sus expediciones por la selva tropical de Tabasco, Veracruz, Chiapas y Guatemala. Bloom y La Farge, siguiendo las anotaciones que del sitio hizo Bernal Díaz del Castillo en 1519, reportaron las primeras exploraciones en La Venta. En Tribes and Temples, Bloom y La Farge (1926: 81-90) esbozan un plano parcial del sitio que incluye una pirámide escalonada de tres cuerpos, con una rampa central al sur y, publican las referencias de los monumentos como dos estelas, cuatro “altares” y de la segunda cabeza colosal conocida o monumento 1. Realizan el reporte del reconocimiento en San Andrés Tuxtla, Catemaco, Agaltepec, Matacanela y Piedra Labrada, reportando los monolitos; y comentan de haber oído que más al sur, cerca de Acayucan, existía una cabeza semejante a la hallada por Melgar, posiblemente se trataba de alguna de las de San Lorenzo. El corpus escultórico conocido fue incrementándose además con la descripción del ídolo de San Martín Pajapan, el cual Herman Beyer (1927) en una reseña sobre Tribes and Temples comparó su tocado con la imagen grabada en una hacha, la cual él descubrió y consideró como deidad olmeca o totonaca.
En 1932 Albert Wayerstal dio a conocer nuevos monumentos en Tres Zapotes, cuya lectura causó gran interés a Matthew Stirling. Este último en el año 1938 visitó la región y comprobó la importancia arqueológica de la zona, convenciendo a la National
Geographic Society y la Smithsonian Institution, en Washington, de llevar a cabo las primeras excavaciones arqueológicas en el lugar.
Simultáneamente, estudios paralelos en la zona maya como fue el proyecto llevado a cabo entre 1926 y 1931 en Uaxactún por Oliver Ricketson (Ricketson y Ricketson, 1937) y en el valle de México los proyectos de George Vaillant entre los años 1928 y 1935 (Vaillant, 1930, 1931, 1934, 1935) proporcionaron datos sobre las sociedades tempranas. Vaillant excavó para el Museo de Historia Natural en el Valle de México los sitios de Zacatenco (Vaillant, 1930), Ticomán (Vaillant, 1931) y El Arbolillo (Vaillant, 1935) y en Morelos el sitio de Gualupita (Vaillant, 1934). En estos sitios aparecieron objetos cerámicos como botellones y figurillas huecas con motivos similares a los reportados en la costa del Golfo reconocidos como “de típico estilo olmeca” y que le sugirieron la posibilidad del hecho del intercambio entre culturas tempranas de distintas regiones.
En 1934 Eulalia Guzmán (Guzmán, 1934), descubrió los relieves de estilo olmeca en Jonacatepec, hoy Chalcatzingo, lejos también de la costa del Golfo.