Los ases en la manga del ejército estadounidense
EE.UU. se dispone en la actualidad a renovar por completo sus arsenales con la intención de desarrollar una nueva generación de sistemas de armamento. A raíz de las manifestaciones de repulsa contra la guerra de Irak el ejército estadounidense se ha mostrado especialmente interesado en el empleo de armas invisibles o presuntamente «no letales».
Se trata de armas que no matan, pero pueden dejar secuelas permanentes. Ya se sabe: en caso de guerra sale más a cuenta dejar heridos que muertos, porque los heridos suponen una carga adicional para el enemigo.
Otras tienen efectos más insidiosos y rebuscados, como los microorganismos diseñados específicamente para destruir determinados materiales o recursos naturales. También existen armas electromagnéticas «que emiten impulsos masivos de energía capaces no sólo de inutilizar aparatos, sino de trastornar el funcionamiento del cerebro humano».
Los generales del imperio andan perpetuamente a la búsqueda de nuevos juguetes, armas cada vez más sofisticadas con las que hacer efectivo su dominio del mundo. Los nuevos desarrollos secretos del ejército estadounidense pueden parecernos a primera vista cosa de ciencia ficción, sin embargo constituyen una amenaza completamente real y que, en determinados casos, puede tener consecuencias imprevisibles.
En la actualidad, EE.UU. se dispone a cambiar por completo sus arsenales con la intención de desarrollar una nueva generación de sus— teínas de armamento, propósito que ya ha sido anunciado en más de una ocasión por el presidente Bush: «EE.UU. tiene una gran oportunidad de redefinir cómo se libran y ganan las guerras.» Bush Jr. ha repetido hasta la saciedad que EE.UU. debe prepararse para hacer frente a un sinfin de nuevas amenazas que van desde la ciberguerra a la proliferación de armas de destrucción masiva en manos de paises del tercer mundo u organizaciones terroristas. El desarrollo de las denominadas armas no letales es consecuencia de la necesidad de crear estrategias de ataque y defensa ante estos nuevos escenarios de conflicto que están surgiendo en el siglo xxi y para los que no existe en la actualidad una respuesta militar específica ni adecuada.
El problema básico es que, como veremos en las próximas páginas, estas nuevas armas son incompatibles con las normas más elementales del derecho internacional, que establecen la prohibición del uso de armas que no sean, o no puedan ser, empleadas contra objetivos militares o que causen daños excesivos e imprevistos, así como el uso de medios o métodos de guerra que causen daños superfluos o sufrimientos innecesarios.
El ejército estadounidense ha mostrado un renovado interés en este tipo de armas a raíz de las manifestaciones de repulsa que se dieron en todo el mundo oponiéndose a la guerra contra Irak. Conscientes de la importancia de las relaciones públicas en las guerras modernas, los militares norteamericanos quieren guerras lo más limpias posible, sin cadáveres (en especial de civiles) en los medios de comunicación, con el presidente y el secretario de estado al pie del cañón, dando órdenes desde el Despacho Oval y soldados posando sonrientes ante las cámaras de la FOX. Las armas no letales son consideradas por los estrategas del Pentágono como una de las soluciones ideales para el grave problema de imagen que generalmente plantea una guerra. Además, son armas que no matan, pero pueden dejar secuelas permanentes en sus víctimas, lo que provoca un efecto beneficioso añadido cuya despiadada matemática es bien conocida en los manuales de estrategia militar: es mejor dejar heridos que muertos, porque los heridos suponen una carga adicional para el enemigo.
La retórica oficial prefiere suavizar el término «herir» con el eufemismo «dejar fiera de combate», pero sea como fuere la realidad es que muchas de estas nuevas armas tienen graves secuelas para la salud de las victimas, mayores incluso que las de las armas convencionales ~. Las estadísticas afirman que la proporción de heridos que mueren a consecuencia de ser alcanzados por armas de friego en el campo de batalla es de menos del 25 por ciento. Más del 60 por ciento de los heridos consiguen una recuperación completa y sin más secuelas que una cicatriz. Sin embargo, muchos de los nuevos desarrollos armnamentísticos que está experimentando el ejército estadounidense pueden producir enfermedades cronícas, trastornos fisicos y psíquicos, o discapacidades permanentes.
Buen ejemplo de ello son los fusiles láser destinados a cegar al enemigo por el expeditivo método de abrasarle la retina. La «humamdad » de un arma de este tipo es, como poco, bastante dudosa aunque sus efectos no sean mortales. Otro buen ejemplo de hasta qué ptmnto un arma presuntamente no letal puede ser bastante más dañina de lo que parecía a primera vista es el caso del Agente Naranja, el herbicida utilizado para deforestar las selvas de Vietnam que daban cobijo a los guerrilleros del Vietcong. En su momento nadie puso el menor reparo a su utilización. Incluso se argumentó que seria un arma que «salvaría vidas». El problema es que el Agente Naranja resultó ser un agente portador de dioxinas que no sólo sembró el cáncer y otras enfermedades sobre la población civil vietnamita, sino también sobre los propios soldados estadounidenses, muchos de los cuales murieron y otros arrastraron las secuelas durante el resto de sus vidas.
Como vemos, el término «armas no letales», lejos de ser la definición de un avance hum anitario en la solución de los conflictos bélicos, constituye un cínico eufemismo para catalogar la nueva generación de mecanismos de represión con los que EE.UU. pretende edificar y mantener su nuevo orden mundial.
Ahí viene la plaga
Uno de los más curiosos y menos conocidos desarrollos en el campo del armamento no letal es el de la utilización de microbios altera-John Ph. D. Alexander, Future tl/ar: .Yo>z-LetI<aI H/ñipon~ o Twenty-First-Ceutury H¡a<~<re, Griffir<irade Paperback, NuevaYork, 2000. dos genéticamente para devorar determinados materiales y atacar de esta forma las infraestructuras y el equipamiento del enemigo. Son plagas que, diseminadas sobre territorio enemigo, podrían acabar en pocos días con sus reservas de combustible o de alimento, convertir todos los elementos plásticos de una determinada zona en una masa informe o hacer que las armas se corroyeran inexplicablemente ante los ojos de los desconcertados soldados. Casi todos los materiales que existen, lo mismo da que
sean naturales o manufacturados, son potencialmente vulnerables al ataque de estos «bichitos>. Por ello, el desarrollo de esta tecnología no sólo quebranta gravemente el contenido de la Convención sobre Armas Biológicas y Toxínicas (CABT), sino que supone además un evidente peligro ambiental al pretender dejar en libertad organismos genéticamente modificados para aumentar su agresividad con el medio.
EE.UU. se ha convertido en líder mundial en el desarrollo de organismos genéticamente modificados para la destrucción de materiales. El ejército de este pals se defiende diciendo que tales desarrollos no están prohibidos por las convenciones y tratados sobre armamento biológico, obviando que ha sido sólo muy recientemente cuando los avances de la ingeniería genética han permitido la producción de tales organismos. Lo que se ha hecho es «retocar», haciéndolos cientos de veces más virulentos, organismos ya existentes que causan o contribuyen a procesos corrientes, como la putrefacción de alimentos o maderas, o las múltiples transformaciones que sufren los desechos orgánicos en los suelos.
Algunos de estos organismos contribuyen a la degradación de cosas tan aparentemente inalterables como, por ejemplo, la piedra. Prácticamente nada es inmune a la acción de estos microbios y, de hecho, los expertos en la construcción y mantenimiento de infraestructuras están sumamente familiarizados con los procesos naturales de biodegradación. Estos microorganismos destructores también podrían ser utilizados con fines benéficos, como limpiar el medio ambiente. Sin embargo, como suele suceder, se ha primado la investigación en sus aplicaciones militares. Son especialmente conocidas las bacterias que se alimentan de hidrocarburos y que perforan el asfalto, provocando el deterioro de carreteras y pistas de aterrizaje2. Se han detectado cientos de especies de bacterias y hongos de este tipo <, con los que el ejército estadounidense lleva ya tiempo experimentando merced a su potencial para agotar las reservas de combustible de un enemigo en poco tiempo, amén de causar graves daños en sus carreteras y aeropuertos. Se ha puesto especial énfasis en el desarrollo de microorganismos diseñados específicamente para destruir plásticos, particularmente poliuretano, un material empleado en multitud de aplicaciones militares, entre las que destacan los revestimientos protectores de las aeronaves de comnbate.
Tirar la piedra y esconder la mano
Incluso el hormigón sufre el ataque de estos seres invisibles, algo que saben muy bien los responsables del sistema de alcantarillado de la ciudad de Houston (Texas), donde una infección de microbios destructores se ha convertido de unos años a esta parte en un serio problema. Los metales tampoco son inmunes a la acción de los microbios. De hecho, antes que los militares, la indust ria minera lleva ya tiempo aprovechándose de estos seres a través del biomíning (minería con agentes biológicos), donde el Tu iobacillusferrooxidans y otros microorganismos son usados en los procesos de extracción de metales.
Muchos de estos agentes microbianos causan daños específicos en diversas partes de la estructura y los motores de los aviones de combate4 que no son detectados hasta que terminan causando un accidente.Ya de por sí, cuando se trata de un fenómeno natural, la aparición de estos organism os constituye una molestia importante que ocasiona grandes pérdidas J. Campbell, ~,Defense agamsr Biodegradation of Mihtary Mareriel‖, .\‗on-LetIiaI Defr>ne III Coufrrence, febrero de i998. Ajuhaz y R. Naidu, ~~Bioremediarion of High Molecular Weighr Polycycie Aromatie hy- L)rocarhons: a Review of the Mierobial Degradarion of Benzo[a]pyrene‘, I>Lter>iational Biodet<‘ noratio>i and Biode.gradation, núm. 45, 2000. R. Miteheil, ~A Study of Microbial Deterioration of Fiber Reinforced Composites and Prorecrive Coarings<, Fmal Report lo íheAir Fore Office of Sejentitir Research, octubre de i998. económicas.
La aparición de cepas específicamente diseñadas para incrementar su potencial destructivo tendría consecuencias catastróficas en la zona que friera objetivo de semejante ataque, existiendo el peligro añadido, como sucede con las armas biológicas convencionales, de que la infección traspasase los
limites geográficos establecidos. Los investigadores militares están incorporando genes suicidas (algo que se conoce como «tecnología terminatoP>) en estos microorganismos para facilitar su uso. Creen que esto evitará la persistencia de los microbios en el medio ambiente más allá de los límites de tiempo y espacio establecidos, si bien expertos en bioseguridad no están en absoluto de acuerdo con tal aseveracion.
El lugar donde se han realizado mayores progresos en el desarrollo de este tipo de armamento es el Laboratorio de Investigación de la Armada (Navy Research Laboratory, NRL) donde no sólo se investíga en la modificación genética de los microorganismos, sino que se desarrollan técnicas para el lanzamiento de dichos agentes, como la niícroencapsulación de bacterias. El propio NRL justifica su interés en este tipo de armas biológicas afirmando que son perfectas para aquellas situaciones en las que lo que conviene es lanzar la piedra y esconder la mano: El potencial para uso clandestino de estos sistemas de armamento no letales da a un adversario una ventaja de denegación, particularmente porque sus efectos semejan estrechamente procesos naturales Sin embargo, a pesar de tales afirmaciones, la Armada estadounidense insiste en que su propósito con estas investigaciones es meramente defensivo. Afirman que otros pueden tratar de producir estas armas y, por consiguiente, ellos deben fabricarlas también para poder suministrar a las tropas estadounidenses «medidas defensoras originales ». La particular interpretación de los marinos estadounidenses va más allá al sostener que su investigación no está sujeta a ninguna restricción de las que afectan al armamento biológico, ya que lo que ~J. Campbell, O~. dI. ellos están investigando es realmente en tecnología de materiales. Estamos ante una manifestación de cinismo comparable a definir el desarrollo de nuevas enfermedades como investigación médica o la producción de sistemas para adulterar la comida como tecnología alimentaria.
Liii mundo feliz
Todos recordamos la novela Un mundo feliz, de Aldous Huxley, en la que se nos muestra un mundo dominado por la genética y en el que el Estado domina todos y cada uno de los aspectos de la vida. Un elemento fundamental en la estabilidad de esa sociedad es el soma, una droga proporcionada por el mismo Estado. Se trata de un narcótico tan fuerte y adictivo como la heroína, pero que no genera ningún efecto fisico adverso. Todos los habitantes del planeta toman soma a diario. De hecho, es esta droga la que realmente mueve los hilos de la sociedad, puesto que el amor y la familia han sido abolidos. Podría parecer que ~emej ante escenario tan sólo es posible como fruto de la fértil imaginación de un escritor, pero lo cierto es que el gobierno estadounidense lleva años investigando en sus formas particulares de soma.
Las ventajas y limitaciones del uso de calmantes como técnica no letal es un informe de 49 páginas recientemente desclasificado a través del Acta de Libertad de Información y que pone de manifiesto la existencia de un aterrador programa del Pentágono para el desarrollo de armas basadas en los psicofármacos. Basándose en «la revisión extensiva de la literatura médica y nuevos desarrollos de la industria farníacéutica » el informe llega a la conclusión de que «el desarrollo y uso [de este tipo de armas] es posible y deseable». Estas armas, destinadas a alterar los procesos mentales mediante el empleo de sustancias psicoactivas, violan los convenios internacionales sobre armas qummlcas y biológicas, y suponen un claro atentado contra los derechos humanos.
Causa especial espanto saber que algunas de las técnicas tratadas en el informe no constituyen meros planteamientos teóricos, sino que ya han sido usadas por EE.UU. Estas investigaciones se llevan a cabo principalmente en el Laboratorio de Investigación Aplicada de la Pennsylvania State University, donde se evalúa la conversión en armas operativas en situaciones de combate de un grupo de fármacos psiquiátricos y anestésicos, al igual que ciertas «drogas recreativas» (desde el éxtasis a las anfetaminas). Preocupa especialmente el diseño de métodos que permitan la diseminación masiva de estas sustancias. Estos incluyen aerosoles, microencapsulación y métodos insidiosos tales como la introducción en los depósitos de agua potable o la distribución de goma de
mascar con sustancias psicoactivas. Según el informe: [...] la ruta de administración escogida, ya sea agua potable, administración tópica a través de la piel, ruta de inhalación mediante aerosol, bah plástica rellena con droga, entre otros, dependerá del entorno.
Los entornos identificados como propicios para la utilización de este tipo de armas son situaciones militares y civiles especificas, entre ellas «refugiados hambrientos que están inquietos por la distribución de alimentos», «motín en una prisión», «grupos de alborotadores» y «casos con rehenes». Llama especialmente la atención el epígrafe de «grupos de agitadores», ya que el informe llega casi al extremo de definir el disenso social como una enfermedad psicológica. Cuando esa «enfermedad» se manifiesta de forma violenta es el momento de utilizar los «calmantes», como los denominan los militares estadounidenses.
Algunos de estos «calmantes», como el BZ, ya fueron experimentados durante los años sesenta en las selvas de Vietnam; otros son de reciente creación y aún no han sido empleados oficialmente sobre seres humanos, si bien se sospecha de la existencia de experimentos encubiertos. En cualquier caso, los calmantes debieron haber sido eliminados de los arsenales militares tras la firma en 1993 de la Convención de Armas Químicas, que prohíbe terminantemente la tenencia y uso de cualquier arma química capaz de causar muerte, incapacidad temporal o daños permanentes a seres humanos. Las drogas que se citan en el informe son agentes específicamente destinados para uso militar que buscan la incapacitación de sus víctimas, por lo que no caben dentro de la excepción que la Convención de Armas Químicas hace en casos de uso doméstico para el control de motines, en la que se encuentran los gases lacrimógenos. Por ejemplo, los científicos a sueldo de los militares estadounidenses están en la actualidad especialmente interesados en la investigación de la colecistoquinina, un neurotransmlsor que ocasiona ataques de pánico.
El informe concede igualmente prioridad al desarrollo del Valium y el Precedex (dexmedetomidina) para convertirlos en armas de control de masas. Los investigadores también recomiendan mezclar ketamina (más conocida como «éxtasis líquido») con otras drogas para potenciar sus efectos. En el citado informe se leen las ventajas de este tipo de armas en la lucha contra el terrorismo, algo bastante discutible tras el penoso incidente del secuestro del teatro Dubrovka, donde el gobierno ruso utilizó en la operación de rescate un gas narcótico basado en derivados del Fentanil, un opiáceo usado como anestésico, cientos de veces más poderoso que la heroína. El gas, destinado a dormir a todos los ocupantes del teatro, resultó tan potente que acabó con la vida de 119 rehenes.
Armamento invisible
Otro de los campos en los que se está investigando para sus futuras aplicaciones armamentísticas es el de las ondas electromagnetícas. Desde hace años se viene desarrollando una intensa polémica acerca del efecto de los campos electromagnéticos sobre el organismo humano (líneas de alta tensión, las gigantescas antenas del proyecto Sea— farer de la Armada estadounidense, instalaciones de radar, torres de telefonía móvil, hornos microondas...). Por ello, tanto el Departamento de Defensa de EE.UU. como la CIA han mostrado un creciente interés en las aplicaciones armamentísticas de estas energías invisibles.A fin de cuentas, si pueden ocasionar daños accidentales, también podrían ser utilizadas premeditadamente como arma.
Eldon Byrd, que trabajaba en el departamento de armas no letales de la Armada estadounidense, fue encargado en 1981 de desarrollar diversos artefactos electromagnéticos para propósitos que incluían, en— tre otras cosas, el control de disturbios, operaciones clandestinas y liberación de rehenes. Cuando surgió la polémica sobre los efectos dañinos de los monitores de ordenador, él aportó a la opinión pública sus propios resultados obtenidos con animales expuestos a campos de baja intensidad, que mostraban diferentes clases de daños, especialmente apreciables en los fetos durante el periodo de gestación.
Ross Adey, uno de los mayores expertos militares en manipulación mental electromagnética, también se sumó a la hora de dar la voz de alarma en cuanto al peligro de ciertas radiaciones electromagnéticas. Indudablemente sabia de lo que estaba hablando: había sido capaz de inducir la aparición de calcificaciones en el tejido cerebral con un aparato basado en las «armas de confusión» del ejército estadounidense y experimentó abundantemente con radares sintonizados con las ondas cerebrales humanas.A raíz de sus trabajos llegó a la conclusión de que las radiaciones en la frecuencia que va de 1 a 30 Hz interfieren con las funciones del cerebro aunque su potencia sea extraordinariamente baja.
En la actualidad existen, en diversas fases de desarrollo, armas electromagnéticas como las llamadas