El asesinato de líderes carismáticos se ha convertido en una constante histórica en EE.UU.
Durante la década de los sesenta la CIA puso en marcha la denominada Operación Caos, cuyo fin era terminar con el
movimiento hippie o, al menos, vol- verlo inofensivo.
Desde los atentados M 11 -S, la libertad de expresión en EE.UU. se ha resentido
gravemente. Artistas e intelectuales que osan discrepar de la postura oficial son insultados, presionados y acosados en
un estado de cosas que recuerda sospechosamente a los peores tiempos de la caza de brujas. Las universidades que
intentan dar a sus alumnos elementos de juicio diferentes a lo establecido por la Casa Blanca son acusadas de «poco
patrióticas».
A pesar de autoproclamarse como el máximo exponente de las libertades iblicas, lo cierto es que EE. UU. es uno de los pa‘ social y polificamente mepu ises nos
tolerantes con la expresión de ideas diferentes a las del sentir común. La guerra contra el terrorismo de la administración Bush no ha hecho sino agravar esta situación y hacer regresar de nuevo a la sociedad norteamericana a los siniestros tiempos del McCarthismo.
Si vamos a dedicar un pequeño apartado a los disidentes y al mérito que tiene disentir en la
sociedad norteamericana es debido a que EE.UU. es una de las sociedades en las que la estructura social y política es más monolítica y donde las diferencias de pensarruiento con lo establecido son peor vistas. La religión es un factor fundamental en este hecho. El estadounidense es un pueblo que proclama su religiosidad a
los cuatro vientos. La doctrina bíblica continúa siendo fundamental este país, donde sólo el 34 por ciento de
la población cree en la teo..".ría de la evolución. Las referencias a Dios son constantes en la vida p,Ti
t blica estadounidense, desde la Constitución a los billetes de dólar, aW bastante peculiar en un estado laico y
en una época en la que ya ni 1,4 monarcas acceden al trono «por la gracia de Dios».
El fundamentalismo estadounidense alcanzó una de sus cotas Ink, dramáticas tras el lincharniento de varias
n~,
sulmanes» por el mero hecho de llevar turbante. Estos tristes acontei4 cirmentos tuvieron lugar en el sur de
EE.UU., algo perfectamente C
herente con el clima de fundamentalismo religioso que reina en
estados en los que George Bush consiguió la mayor parte de sus V%, tos. Si analizamos el lenguaje político
de Bush Jr., descubriremos nunca se ha dirigido al pueblo norteamericano sin incluir en su curso una referencia a Dios.Y hace bien, ya que se ha estimado existirían más posibilidades de que algún día fuera
elegido como p sidente un hombre de Color, una mujer o un homosexual que un c didato que se declarase públicamente como no creyente.
Algunos sociólogos subrayan que la religiosidad estadounideinmuse un fenómeno único y privativo de esta
cultura.Viendo el treme
Yión entre los estadounidenses cabe preguntarse poder de la relig qué punto la razón teológica ha influido
sobre la razón política en---
actuaciones de la Casa Blanca. Esta religiosidad es en gran medi responsable de ese tinte mesiánico que en
muchas ocasiones ha quirido la política exterior de EE.UU. Aunque, bien mirado, tal ve
fanatismo religioso haya sido utilizado como pretexto parajustíficar ciones que sólo beneficiaban a intereses
corporativos y estratégi que nada tienen que ver con la «batalla contra el mal que se está diendo en los medios de comunicación».
Igualmente importante y llamativa es la reverencia e ¡den ción del pueblo con el Estado, la Constitución y sus
símbolos, en pecial la bandera. La enseña patria estadounidense tiene un pro nisino iconográfico que no se da
en otras partes del mundo. Es dar un paseo por cualquier ciudad estadounidense sin encontrarse rias veces con la bandera del país. No sólo es el símbolo de un país de un modo de vida. Fruto de todo ello es
la convicción, elevacd&la
categoría de dogma de fe, de que cualquier oposición a la política estadounidense, interna o externa, es «antiarnericana» 1.
Afortunadamente, no todos piensan así. Si, por ejemplo, analizamos la fuerte oposición interna que Bush se encontró a la hora de plantear la invasión de Irak, descubrimos que existe otro pueblo estadounidense, un sector que rara vez sale a la luz pública debido a que no suelen tener acceso a los medios de comunicación y a que en EE.UU. nunca ha existido nada parecido a una izquierda parlamentaria. Uno de estos grupos está representado por el sector más radical de la comunídad afroamericanal grupos urbanos que actúan contra la brutalidad
policial o contra la discrinuinación en el trabajo y en los programas de educación y vivienda. Los líderes de este movirmiento son
figuras carismáticas como el reverendo Al Sharpton, Cornel West, Muliaminad Ali o Jesse Jackson, que se ven a sí imismos como continuadores de la tradición de Martin Luther King. En la
actualidad, prácticamente cada comunidad étnica de EE.UU. cuenta con un movirmento de este tipo.
El caso King
No es casualidad, pues, que siempre que surge un líder verdaderamente popular en EE.UU. éste termine por ser asesinado. En lo referente a los asesinatos políticos en EE.UU., el caso de Martin Luther King es especialmente significativo. El líder negro de los derechos civiles
(Tennessee), a las 6.00 del 4 de abril de
1968. Meses después es detenido, como único responsable, James Earl Ray, un ratero de poca monta que nunca había mostrado más ambiciones crin-iinales que las del atraco ocasional a alguna gasolinera. Por recomendación de su abogado, se declara culpable y es condenado a
99 años de cárcel. Sin embargo, desde entonces Ray no dejó de pro-
‗JOhn W Dean, «Hearing transcripts invaluable after charges of ―new McCarthy¡sm‖ CNN-com, 9 de mayo de 2003.
clamarse víctima de una conspiración y a pedir infructuosamente que.,,,* se reabriera su caso.
Las pruebas que se han ido acumulando a lo largo de estos años in_..4 dican que Ray no mentía al proclamar
su inocencia como lo hizo,@'4,@ hasta el día de su muerte. Documentos recientemente desclasificadenll'@4'-
‘, revelan que un verdadero ejército de agentes gubernamentales 1
silenciosamente Memphis en las fechas previas a la muerte del líder n gro. El día del asesinato, de 12 a 14
agentes federales estaban en un p que de bomberos que se encontraba a 50 metros del motel Lor La víspera,
trasladaron a dos bomberos negros para que no infor al Dr. King del espionaje al que iba a ser sometido.
Agentes del FBI del servicio de inteligencia militar seguían todo movimiento di? Dr. King, con la ayuda de
policías negros‘. Efectivos del 111 Grupo t1,1 Inteligencia Militar controlaban las comunicaciones por radio.
El vicio Secreto, la Guardia Nacional, la Policía Estatal... ni siquiera 1 desplazamientos del presidente de los
EE.UU. implicaban la inte vención de tal cantidad de personal de los servicios de seguridad.T@dos estos
recursos humanos no estaban sin embargo destinados a protección, sino a controlar al que era considerado en
aquel mome@ to por el FBI, al que durante años lo investigó mediante méto?,` clandestinos e ¡legales, como
«el hombre más peligroso de AmériQ. aliado de comunistas y radicales.
Lo cierto es que este ejército no pudo evitar la muterte del cuatro años antes, fuera galardonado con el prernio
Nobel de la P, El presunto asesino, James Earl Ray, subió a su Ford Mustang blat.,,, y se fue de Mempli1s con
toda tranquilidad. Más tarde viajó a Atl‖ ta, Canadá, Inglaterra, Portugal y de nuevo a Inglaterra; lo detuv^ el
8 de jumio rumbo a Rhodesia con dos pasaportes canadienses fa: Y todo esto, según la versión oficial, sin
ayuda de nadie. OportL1,,, rain1t
mar
mente, comenzaron a aparecer pruebas que incriminaban a Ray, ew`, ellas sus huellas digitales en un rifle 30-
06 con mira telescópl"ca*@,'.y@‘ contrado en el lugar de los hechos. Ray explicaba el hallazgo de e pruebas alegando que fue víctima de una trampa tendida por un ü.,
A-
2 Gerald Postner, Killing the DrearnJarnes Earl Ray and the Assassination of Martín U~,Harcourt Brace & Co., San Diego, 1999.
terioso personaje al que conocía como Raoul, quien contactó con él para introducirle en un negocio de tráfico de armas.
El gueto en llamas
1 1 1 1 en la culpabilid
Curiosamente, ni siquiera la familia de King creía ad de su presunto asesino. A instancias de los allegados del líder negro, el abogado William E Pepper, que fuera armigo personal de Luther King, decidió representar a James Earl Ray, pero éste murió en la cárcel en 1998, antes de que se pudiera celebrar un nuevo juicio. A pesar de esta fatalidad, Pepper no cejó en su empeño de desentrañar la verdad sobre el caso y en 1999, como abogado de la fanúlia King, logró que alrededor de 70
testigos declararan sobre diversos puntos de una conspiración en la que podrían haber estado involucrados el FBI, la CIA, el Departamento de Defensa, la policía de Memphis y figuras destacadas del crimen organizado.
Fruto de sus investigaciones, el abogado escribió un libro‘ en el que expone cómo el asesinato comenzó a gestarse cuando King, pacifista a ultranza, se declaró en contra de la guerra deVietnam y comenzó a movilizar a sus seguidores en este sentido:
King empezó a poner en peligro los inmensos beneficios que la industria armamentística, la farmacéutica, las eléctricas y las grandes empresas petroleras estaban consiguiendo gracias a la guerra.
Los guetos estallaron en una serie de disturbios sin precedentes: 160 ciudades en 28 estados. La población negra se hizo con el control de varios centros urbanos, se destruyeron monumentos y edificios, y se generalizaron los saqueos. El presidente Lyndon Johnson canceló una conferencia en Hawal sobre la guerra deVietnam y movilizó a la Guardia Nacional. Se desplazaron tropas
federales a muchas ciudades donde la Policía y la Guardia Nacional se veían impotentes para mantener el orden. Por primera vez desde la guerra de Secesión, soldados fede-
‗W'1han1 F PTPer, Un acto de Estado: la ejecución de Martin Luther King, Foca, Madrid, 2003. tales patrullaban las calles. En el Capitolio y la Casa Blanca se montaron
ametralladoras. A los oficiales del ejército se les dieron órdenes :Y secretas para evitar la
sublevación de las tropas negras enVietnam. En! el fuerte Mead de Maryland, la Sexta división de Caballería Mecani_.i zada tuvo un conato de motín por parte de los soldados negros.
En Chicago, el alcalde Richard Daley dio a la policía la orden dm> «disparar a matar» a los
saqueadores. En Baltimore, el gobernador Sp ro Agnew declaró el estado de emergencia y movilizó a 9.000 sol dos. Para aplacar el levantamiento, el Congreso aprobó el 10 de abr,',w 1` deprisa y corriendo, una ley sobre derechos civiles. El presidente Johi;,, son dio un mensaj e televisado en el que exigía que el pueblo respet@‖ ra el legado de King poniendo en práctica su filosofia de no violen El número de víctimas de los levantanúentos nunca pudo ser det,¿*nunado con total exactitud. Los medios de comunicación aportarorü cifra de 46 fallecidos -41 de ellos negros y 14 adolescentes-. Los t
tenidos fueron más de 20.000.
Actívidades antíamericanas
9i Los atentados del 11 -S no han puesto precisamente fáciles la é‘ sas a los disidentes en EE.UU. Más bien todo lo contrario. El estadoll, paranoia nacional que se vive actualmente en la nación nortearnerw, ha resucitado los fantasmas de la caza de brujas y hasta revivido un
m_ino de tan infausto recuerdo como es el de «actividades antiain canas».
Desde las instancias oficiales, nadie ha hecho el menor examu,,‘ conciencia, nadie se ha preguntado cuál ha sido el error que hi,-
m ‗do EE.UU, y que ha provocado este ataque. Todo lo contt eti
Una y otra vez se repite a la población la rmisma historia. Las fi:2 del mal han atacado al pueblo estadounidense, cuyo único pecz-, el de ser un faro de civilización, libertad y democracia. Este i@‖ quedaba perfectamente expresado en el discurso que el alcaW,',-
5 Nueva York, Kudolph Gluliani, pronunció ante las Naciones el 1 de octubre de 2001:
Éste no fue sólo un ataque contra la ciudad de NuevaYork o contra los Estados Unidos de Am&rica. Fue un
ataque contra el propio ideal de una sociedad libre, inclusiva y civil A un lado están la del 1 1 humana; al otro mocrac *a, el imperio de la ley y el respeto por la vida
están la tiranía, las ejecuciones arbitrarias y el genocidio, Nosotros tenemos la razón y ellos se equivocan. Así
de claro [ ... J. La era del relativismo moral entre aquellos que practican o condonan el terrorismo Y los
que se oponen a él debe terminar. El relativismo moral no tiene cabida en este discurso y este debate.
Más tarde sería Bush quien establecería claramente la línea en la que sólo cabían dos posturas: «Con nosotros
o con los terroristas.» Los medios de comunicación estadounidenses captaron rápidamente el mensaje y
dejaron fuera de sus contenidos todo lo que no fuera sensacionalismo patriotero y sentimental. La bandera
estadoun'dense se
ió en el fondo £ivor'to de todos los teled'ar'os‘. Cualqu* convirt‘ 1 1 1
iera que alzase su voz, no ya en contra, sino siquiera en un sentido diferente al parecer general, se arriesgaba a
ser víctima de una reacción furibunda y desproporcionada como la que, por ejemplo, tuvo que sufrir en sus
carnes la escritora Susan Sontag tras publicar en The Neu, YÓrker un artículo en el que criticaba precisamente
la actitud tendenciosa de los medios de comunicación e instaba al público a que analizase cuáles habían sido
las verdaderas causas que habían llevado al desencadenarniento de esta tragedia.
Para Sontag, lo sucedido podía obedecer a una «reclarnación legíÜIna llevada a cabo por medios llegítimos»
‗. Demasiada sutileza para el Público estadounidense, especialmente en aquellos días. Sontag había destapado
la caja de los truenos. Desde diversos medios de comunicaCión se la llamó traidora y cosas peores. Recibió
miles de cartas insultantis y amenazadoras y se la hizo pasar por un verdadero calvario imediático. 4JOhn POW,,,
5D 1 ―Media Fundanientalism», L. A. ―léekly, 21-27 de septienibre de 200 1. avid Ub,,,, «The Traitor Fires Back», salo,,
-com, 16 de octubre de 2001.
Censura patriótica
Lo cierto es que desde los atentados del 11 -S la libertad de exmX sión en EE.UU. se ha resentido gravemente. Los periodistas Alexar, Lévy y Francois Bugingo, representantes de la organización Repol,‘,@ ros sin Fronteras, viajaron a EE.UU. y se entrevistaron con un gran mero de
profesionales que les denunciaron la insostemíble situac&.@ en que tenían que desarrollar su trabajo. Fruto de este viaje fue un1,1 forme titulado Estados Unidos: entre la tentación patriótica y la autoar*.
ra; los medios de comunicación norteamericanos en la tormenta del post 1 septiembre‘. En la situación que retrata dicho documento, la impos¡<? del portavoz de la Casa Blanca, Ari Fleisher, y de la Consejera de‖ guridad Nacional, Condoleezza Rice, para que las cadenas de ti@-‘ visión no trasnutan entrevistas ni imágenes de Osama bin La meramente anecdótica. En el horizonte de la comunicación ese-,,,
nidense, apunta una tendencia mucho más preoc , @l, u 1 upante y es la
sion que conuenzan a ejercer cada vez con más frecuencia y efec«‘ dad los anunciantes a la hora de influir, cuando no manipular,@ contenidos informativos de los medios que patrocinan.
El punto de inflexión fue el discurso de Bush ante el Congres@-
20 de septiembre: «Los programas se convierten en un tambor resuena y una bandera que ondea al viento.Ya no se trata de inforiZ@ , 17
ción», comentó a Reporteros sin Fronteras Rachard Hetu, cort‘,
-a Presse. Toda la información reLiti@.,,ponsal del diario canadiense I los trabajos de rescate y desescombro fueron cuidadosamente cma@
radas para elínuínar cualquier imagen que pudiera «desmoralizar» ain, estadounidenses, llegándose a la detención de cuatro periodistas q, I a juicio de las autoridades habían violado estas
normas. El inf in
orme de Reporteros s Fronteras da cuenta de «otros dentes equiparables a violaciones de la libertad de prensa que han,,,,, picado la vida de los medios de comunicación estadounidenses». Ir‘ ejemplo, la cadena de televisión AB C decidió ceder a las presiones
Alexandre Lévy y Fran@ois Bugingo, «Estados Unidos: entre la tentación patriática autocensura; los medios de comurúcación
norteamericanos en la tormenta del post 1, 1 de 9;::‖ tiembre», Reporteros sin Fronteras, 11 de octubre de 200 1.
su accionariado y no difundir más las imágenes de los aviones 1 *mpacndo
contra las torres del World Trade Center. En la prensa escrita, Les ta Daughtry, propietario del Texas Cíty Sun, se excusó ante los lectores
por un texto de su redactor jefe, Ron Gutting -que fue despedido-, en el que criticaba al presidente Bush. Dan Guthrie, del Daily Couríer, fue igualmente despedido por razones sirmilares.
Ni siquiera el humor se libra de esta corriente de censura. El cómiL co Bill Maher, presentador estrella del programa Politícally Incorrect, en la cadena ABC, introdujo la siguiente frase en uno de sus monólogos:
Hemos sido muy cobardes enviando misiles de crucero a casi 3.000 km de aquí. Por el contrario, permanecer en un avión que se
sabe que va a explotar contra un edificio, diga usted lo que quiera, pero eso no es cobardía.
Estas palabras provocaron la retirada inmediata de los dos principales patrocinadores del programa: FedEx y Sears. Muchas cadenas afiliadas a la red de ABC anularon la difusión del programa de Bill Maffier, y Ari Fleisher, portavoz de la Casa Blanca, calificó esta intervención
como «antipatriótica»: «Los norteamericanos deben tener cuidado
con lo que dicen y hacen, y este no es momento para comentarios como ese.» Maliler fue obligado a disculparse públicamente, pero le sirvió de poco ya que finalmente también fue despedido.
La úm'ca nota de sentido común en todo este asunto fue puesta por un anónimo lector del The New Vork Times, Scott Blakeman, en una
carta al director:
Los canales de televisión que no han retransmitido el programa Politically Incorrect, y los anunciantes que lo han boicoteado, son los culpables
de falta contra el patriotismo, y no su presentador. Sería terrible que una de las primeras
víctimas de la guerra por nuestra libertad fuera el derecho a debatir con fuerza todas las opiniones, incluso las más impopulares. Poco importa el valor de las declaraciones incrirninadas durante el programa. El derecho de su presentador, y el de sus invitados, a ejercer la libertad de expresión no debe escarnecerse.
El popular director de cine Michael Moore, ganador del óscar
2002 a la mejor película documental por Bou@lingfor Columbíne, estuvo a punto de pagar un tributo semejante. Durante los meses anterio-JJ J res al 11 ~S Moore escribió Estúpidos hombres blancos‘, un libro satírical J‘, en el que exponía argumentos sumamente críticos con la sociecla&>,.@.,
libro saliera de la imprenta justo el día a,,-,@‘ tes de los ataques. Dada la temática, se estimó que sería prudente pos-1 poner la distribución, algo en lo que estuvieron de acuerdo en prin4 cipio tanto el autor como la editorial Harper Collins. Semanas despu6,11 se quiso imponer al autor que