• No se han encontrado resultados

La CIA, el mayor narcotraficante del planeta

In document Las Cloacas Del Imperio (página 38-49)

Durante los últimos cincuenta años la CIA ha estado implicada de una manera u otra en todos los grandes mercados del narcotráfico mundial. En los años sesenta y setenta, coincidiendo con la guerra de Vietnam, el mundo vio como el tráfico y consumo de heroína alcanzaba máximos históricos gracias al flujo de droga que la CIA importaba ilegalmente del Sudeste asiático.

La guerrilla antisoviética de Afganistán, liderada por Osama bin Laden y patrocinada por la CIA, encontró en la heroína una inagotable fuente de ingresos. La epidemia de crack que asoló los guetos negros de EE.UU. sirvió en su momento para que la CIA financiase a la Contra nicaragüense a pesar de la prohibición expresa del legislativo estadounidense.

Son muchos los líderes negros que piensan que la introducción del crack en sus comunidades fue una forma de limpieza étnica ejecutada premeditadamente por la CIA con el beneplácito de otros poderes. Que en el trabajo de los servicios de inteligencia vale todo —o casi todo— es algo que más o menos tenemos asumido. Sin embargo, no puede menos que causar sorpresa descubrir que la CIA se ha encontrado detrás de buena parte del tráfico internacional de estupefacientes, con cuyos beneficios ha financiado guerrillas, golpes de estado, asesinatos y otras operaciones clandestinas a lo largo y ancho del planeta.

En la historia del periodismo de investigación, antes de que las cámaras ocultas se dedicasen a la implacable persecución de famosillos e infelices golfillos de medio pelo, abundan los casos en los que un periodista o un medio de comunicación se han visto enfrentados a la enorme maquinaria del poder. No podemos menos que hacer mención a aquellos gloriosos días del escándalo Watergate, cuando el Washington Post, solo frente al mundo, consiguió que dimitiera todo un presidente de EE.UU. (Richard Nixon por el escándalo Watergate). Pero no siempre han ganado los buenos. Ha habido otras ocasiones en las que el medio que en su momento se decidió a dar el paso y sacar a l a luz pública una verdad incómoda, no ha tenido más remedio que ceder ante las tremendas presiones del poder.

Un buen ejemplo de ello es la serie de reportajes publicados por el periodista Gary Webb en el rotativo californiano San José Mercury News en los que denunciaba la participación de la CIA en el tráfico internacional de cocaína para, entre otras actividades clandestinas, financiar a la Contra nicaragüense. El trabajo de este reportero se centraba en las andanzas de una pareja de narcos nicaraguenses —Danilo Blandon y Norvin Meneses— que traficaban con cocaína con el fin de recaudar dinero para la Contra nicaragúense. Su contacto en EE.UU. era Ricky Doneil Ross —más conocido como Freeway Rick— el mayor traficante de la Costa Oeste y una verdadera leyenda en el mundo de la droga en EE.UU.:

¿Sabéis cómo se siente un tipo cuando se da cuenta de que Dios le ha puesto en el mundo para ser predicador? Pues yo creo que Dios me puso en el mundo para ser el hombre de la cocaína.

Freeway Rick obtenía enormes beneficios transformando la cocaína en crack, que era distribuido en forma de dosis baratas por todo el sur de California:

Esta red de narcotraficantes abrió la primera conexión entre los cárteles de la droga colombianos y los barrios negros de Los Ángeles, ciudad que ahora se conoce como la capital mundial del crack 2 GaryWebb, «Dark alliance‘~, San José Mercury News, 18 al 20 de agosto de 1996 2 ,<

Financiado por la CIA, el tráfico de cocaína hacia Estados Unidos proveyó de armas y financiamiento a la ‖Contra‖ nicaragüense», Proceso, 22 de septiembre de 1996. El nacimiento del crack había revolucionado por completo el mundo del narcotráfico. A principios de los ochenta la cocaína era una iroga elitista, exclusivamente para ricos, que se consumía especialmente entre los ejecutivos y la gente adinerada del mundo del espectáculo.

Un estudio de la DEA realizado por aquellas fechas cifra su precio medio en unos 2.500 dólares la onza (unos 28 g). Rick Ross, supo aprovechar el caudal de cocaína barata y en grandes cantidades que le ofrecían los nicaragüenses para abrir un nuevo nicho de mercado. Mediante el método denominado blow up, cocinaba la cocaína mezclada con procaína, un potente anestésico, logrando de esta manera transformar el polvo en rocas que podían ser fumadas en una pipa de cristal.

Al principio Rick creía haber reproducido la «base»>, un estado primario de la cocaína que se suele fumar en los países productores de América Latina. Sin embargo, pronto descubrió que no era así al constatar dos hechos sorprendentes que, además, resultaban excepcionalmente buenos para el negocio. Para empezar, por cada kilo de cocaína, Ross lograba tres kilos de sustancias fumables que, además, eran muchísimo más potentes, por lo que se podía multiplicar el número de dosis resultante de cada kilo de cocaína y, a la vez, reducir el precio. Había nacido el crack.

En los primeros tiempos de su difusión, el crack se comercializó entre los consumidores habituales de cocaína, que pronto le dieron la espalda al descubrir su peligrosidad. La nueva droga mató a los atletas Len Blas y Don Rogers y casi se llevó por delante al popular actor Richard Prior. Así que el crack pasó a ser «la cocaína de los pobres»>, obrándose el milagro de poder vender la droga más cara del mundo en los barrios más míseros de EE.UU.

El crack es considerado como la droga más adictiva de cuantas existen en el mercado. Su aparición en las calles es un fenómeno relativamente reciente. En 1985 el New York Times mencionó por primera vez la existencia de «una nueva forma de droga llamada crack. La inusitada expansión que experimentó su consumo hizo que apenas un año después el mismo rotativo equipararse el crack, en cuanto a su importancia en la vida estadounidense, con la guerra de Vietnam o la caída dc Nixon. Una de las primeras cosas que sorprenden a los investigadores es que su uso está «limitado a unos pocos barrios bajos de la ciudad en menos de doce zonas urbanas» ~. Se trata de guetos de afroamericanos en los que el comercio de la nueva droga provoca un impacto social devastador y una oleada de violencia que hace palidecer a los peores tiempos de la Ley Seca.

Hasta que Gary Webb revelase la amarga verdad en las páginas de su periódico, se pensaba inocentemente que el crack había sido una consecuencia lógica del comercio de drogas: Para poner la cocaína al alcance de la gente de pocos recursos, y naturalmente ampliar en forma impresionante el hasta entonces reducido mercado de la cocaína, se inventó el crack... que se puede adquirir a un precio diez o más veces menor que la cocaína ¡Ah, los generosos «designers»» de drogas! Ésta, tan elemental y barata, ha sido uno de sus primeros grandes aciertos. De existir el infierno, los diseñadores de drogas deberían estar pegados a los calderos. Poco imaginaba el bienintencionado redactor de estas líneas que, pegados a esos calderos, podría encontrarse a un buen número de funcionarios de los servicios de inteligencia.

Limpieza étnica

Durante más de un año, Webb tuvo que consultar centenares de informes desclasificados, declaraciones prestadas ante tribunales federales y de otros países, grabaciones obtenidas en secreto e innumerables horas de entrevistas, para lo cual contó con la ayuda de los periodistas Georg Hodel y Leonore Delgado. Como una de las pruebas de cargo de su historia, Webb incluso aportaba fotografias de Danio Meneses en compañía de Adolfo Colero, líder de la Contra respaldado por la CIA.

Al poco de publicarse, los activistas afroamericanos vieron en el reportaje de Webb la confirmación de una de sus más inquietantes sospe ~James A. Incardi, Li guerra contra las drogas, Grupo Editor Latinoamericano, Buenos Aires, 1993. Manó Dorobierer, La guerra de las drogas, Grijaibo, México, 1991. chas, esto es, que la CIA había extendido premeditadamente el uso del crack en los guetos negros como una forma de limpieza étnica. Cabe destacar que en ningún momento el periodista californiano hacia semejante afirmación, sino que se trata de una interpretación posterior por parte de los activistas negros, aunque sus detractores le acusaron de fomentar el odio racial y difundir teorías de conspiración que atacaban el núcleo mismo de la convivencia cívica. A pesar de ello, Webb recibió los elogios de algunas de las organizaciones profesionales más importantes del periodism o estadounidense. En la Casa de Representantes la diputada Maxine Waters intervino públicamente en apoyo del periodista, mientras las comunidades afroamericanas de Oakland y Los Angeles presentaban demandas contra el gobierno federal y el Senado se disponía a convocar un comité para investigar el asunto.

No era en absoluto una iniciativa inédita. Ya a finales de los ochenta el senador John Kerry había dirigido un comité de investigación en el que se estudió la posible financiación de la Contra nicaragüense con dinero procedente del narcotráfico y la implicación de la CIA en ello. Curiosamente, en esta primera ocasión en que salía a relucir el tenía las actividades de la comisión Kerry fueron sistemáticamente ignoradas por la mayoría de los grandes medios de comunicación estadounidenses, con la única excepción de la cadena CBS, que le dedicó un par de programas al asunto el 6 de abril y el 1 1 de julio de 1987. La CIA ni siquiera se dio por aludida. No era ni mucho menos la primera vez que la agencia se veía envuelta en un asunto similar. James Milís, autor de El imperio subterráneo —una de las más importantes obras sobre el tráfico internacional de drogas— recoge los frecuentes devaneos de la agencia con las drogas como forma de financiación fácil, rentable e imposible de rastrear:

No es necesario ser un detractor de la CIA para comprobar con creciente asombro cómo, uno tras otro, los grandes cárteles de la droga de todo el mundo tienen vínculos de algún tipo con la inteligencía estadounidense.

Jatises Mills, TUse undesground empire, Dell, Nueva York, 1987.

Se trata de una práctica cuyos orígenes se remontan a la guerra de Corea, donde ya se pudieron documentar por vez primera las relaciones de la CIA con el narcotráfico.

Cadáveres y heroína

Si el lector se molesta en comparar la historia de las operaciones clandestinas de la agencia de espionaje estadounidense y la historia del comercio de drogas en la segunda mitad del siglo XX descubrirá que, desde 1950, las grandes epidemias de drogadicción han coincidido por completo con las guerras secretas que la CIA desarrollaba en el tercer mundo. Por ejemplo, en los años sesenta y setenta, coincidiendo con la guerra de Vietnam, el mundo vio cómo el tráfico y consumo de heroína alcanzaba máximos históricos. Ello se debió a un flujo inagotable de heroína barata que llegaba hasta los barrios marginales de todo el planeta procedente del Sudeste asiático canalizada por la CIA, que permitía a sus agentes asiáticos traficar con drogas con el respaldo del Nugan-Hand Bank, entidad financiera con sede en Australia que se dedicaba a blanquear el dinero proveniente de estas operaciones.

Por aquel entonces, la CIA estaba secretamente en guerra contra las guerrillas comunistas del norte de Laos y Tailandia. Grupos mercenarios financiados con las ganancias de la heroína eran los encargados de luchar en las selvas para evitar una eventual extensión del conflicto vietnamita a otros países de la zona, el temido «efecto domino».

La CIA se encargaba de que los cargamentos de heroína llegasen a EE.UU. a través de Air América, una falsa aerolínea que no era más que una tapadera que la agencia utilizaba en este tipo de operaciones. Al margen de las actividades irregulares de la CIA, algunos militares desplegados en Vietnam, desmoralizados, cayendo como moscas en las selvas y pantanos de una guerra impopular e imposible de ganar, de la que sabían que no iban a obtener ni gloria, ni honor, decidieron cobrarse por su cuenta el sacrificio que estaban llevando a cabo y sumarse al rentable negocio de los narcóticos. Su método de transporte era, sí ‗~CIA Discloses Korean Spy Records», Associated Press, 3 de abril de 2000.

c,íbe. más imaginativo que el de sus colegas de la CIA, ya que consistía en esconder los paquetes de droga en el interior de las bolsas de plástico en que eran repatriados los cadáveres de los caídos en combate.

cómplices en las bases de la fuerza aérea se encargaban más tarde de recuperar discretamente los paquetes e introducirlos en las redes de tratico dentro del propio EE.UU. Buena parte de estos hechos salió a la luz pública en 1980, tras la quiebra fraudulenta del Nugan-Hand Bank. El mundo de la inteligeilcia estadounidense se vio envuelto en un escándalo público de proporciones inéditas. No hay que olvidar que William Colby, predecesor de GeorgeW H. Bush en la dirección de la CIA, fue abogado de la citada entidad bancaria hasta que el cadáver de Frank Nugan, uno de sus socios fundadores, fue encontrado en el interior de su automóvil a las afueras de Sidney con un disparo de fusil en la cabeza. Una cabeza que contenía demasiados secretos incómodos.

Los «camellos» de Afganistán

La CIA también se encuentra íntimamente vinculada con el comercio de drogas en Asia Central, estrechamente relacionada con las operaciones encubiertas de la CIA, tanto que con anterioridad a la insovíetica de Afganistán, la producción de opio en este país y Pakistán estaba dirigida a los pequeños mercados regionales y no se producía heroína ~‗. Esta situación cambió radicalmente a partir de la intervención de la CIA en la zona: Las tierras fronterizas entre Afganistán y Pakistán se volvieron el productor número uno del mundo, proveyendo el 60 por ciento de la demanda estadounidense. En Pakistán, la población adicta a la heroína ascendió de casi cero en 1979.. a 1,2 millones en 1985, un increniento más acelerado que en cualquier otra nación Alfred McCov, Thc Pohtics of HeroimThe CIA Complicity jo rhe c;lobal DrugTrade‖. 1 i~‘ I‘foQrcsswf‘, 1 de agosto de 1997. Ibid.

Los agentes de la CIA controlaban el comercio de heroína en la zona. Los guerrilleros mujaidmnes fueron instruidos para que cada vez que ocupaban una región ordenaran a los campesinos plantar opio en sus tierras como forma de impuesto revolucionario. Los laboratorios en los que el opio se convertía en heroína se encontraban en Pakistán, bajo la protección de la inteligencia de este país. Camiones y aviones del ISI (el servicio de inteligencia paquistaní) llevaban armas a Afganistán y regresaban a Pakistán cargados de opio. Los enormes beneficios generados por la heroína —unos 10.000 millones de dólares anuales— sirvieron para financiar el programa nuclear del general Zia Ul- Haq, dictador de Pakistán, en 1984. A pesar de ello, la agencia estadounidense que lucha contra el tráfico de drogas (la DEA) no tuvo en Islamabad actividad apreciable.

Por su parte, Gulbudin Hekmatyar, líder de la facción pashtún Hezb 1 Islami y beneficiario de la mitad de la ayuda bélica saudí y estadounidense a la causa afgana —alrededor de 600 millones de dólares al año durante un período de diez años—, se transformó, gracias a la protección del ISI y de la CIA, en el mayor traficante de heroína del mundo.

Como en el caso nicaraguense, el tráfico de heroína en Afganistán fue considerado una cuestión de seguridad nacional: En 1995, Charles Cogan, ex director de la operación afgana de la CIA, admitió que la corporación había sacrificado la guerra contra las drogas para luchar en la Guerra Fría. «Nuestra misión era hacer el mayor daño posible a los soviéticos. No teníamos ni los recursos ni el tiempo para invertir en una investigación al comercio de drogas... No creo que tengamos que ofrecer disculpas por ello. Toda situación tiene sus consecuencias... Hubo consecuencias en el tema de las drogas, si. Pero el objetivo principal se logró. Los soviéticos abandonaron Afgamstan Finalizada la Guerra Fría, la región de Asia Central se convirtió en un enclave estratégico de primer orden, no sólo por sus reservas de pe Ibid. tróleo. sino por producir las tres cuartas partes del OPiO mundial, un descolmmaí flujo de capital del que se benefician el crimen organizado, las instituciones financieras y empresariales que blanquean su dinero y las agencias de inteligencia que lo utilizan como fuente alternativa de ingresos ajenos al control de los poderes públicos. Se estima que la producciótí total de la zona podría ser cifrada en unos 200.000 millones de dólares Aquella situación iba a dar un giro brusco con la llegada de los talibanes.

Un editorial del Kathm‘Wdu Post comentaba:

Cuando los talibanes... entraron en Kabul el 27 de septiembre de 1996, EE.UU. recibió con beneplácito el suceso con la esperanza dc que los nuevos gobernantes llevaran estabilidad a la región, a pesar de que su falta de liberalidad en asuntos sociales es tristemente conocida.

La prensa estadounidense expresó un horror suave y de cliché por el decaimiento social de los talibanes, pero no menciolió que EE.UU. participó en la manufactura de esos fascistas teocráticos con fmes hegemónicos. En treinta años Afganistán ha sido reducido a una «concesión‘> en la que corporaciones y estados compiten por el control de mercancías y mercados sin interés por la dignidad y el destino de la gente de la región. Las coordenadas de los que delinean las políticas son el petróleo~ las armas, las minas terrestres y la heroína, no los cadáveres que cuelgan de andamios como banderas de papel de una nación sin soberanía.

El 27 de julio de 2000, el jeque Muhammad Omar, líder de los talibanes, prohibió por razones religiosas el cultivo de la adormidera, y la cosecha de opio se redujo de las 4.500 toneladas anuales que solía producir la zona a tan sólo 186. Llamativamente, la drástica reducción no supuso una apreciable escasez de producto en los mercados occidentales ni un aumento de precio~ lo que ha llevado al responsable de la oficina de la ONU en Pakistán, el francés Bernard Frehí, a manifestar la sospecha de que exista una reserva importante de adormidera en algún lugar desconocido. En la actualidad, tras la caída de los talibanes, el 83 por ciento de la producción de opio procede de la provincia afgana de Badajshan, bajo el dominio de la Alianza del Norte, fuerza de choque durante la guerra y aliada de EE.UU. que obtiene importantísimos beneficios del negocio de la heroína.

En cualquier caso, los narcotraficantes continuaban siendo una formidable fuerza en Afganistán, como lo demuestra el hecho de que los estadounidenses los considerasen como pieza clave a la hora de terminar con Bm Laden. La Casa Blanca ofreció en su momento 25 miiones de dólares por la

In document Las Cloacas Del Imperio (página 38-49)