HISTORIA DEL FERROCARRIL DE CÓRDOBA A BELMEZ
5.1.1. Aspectos geológicos: la orogenia andaluza
La línea de ferrocarril que se va a estudiar discurría por la mitad norte de la provincia de Córdoba, por lo cual, estuvo adscrita a los límites regionales de Andalucía. Debido a ello, se van a dedicar algunos epígrafes a hablar del entorno geográfico y geológico en el que se implantó.
López Ontiveros indicó en su intervención dedicada a la Comunidad Autonómica Andaluza aparecida en el tomo II del Atlas de España que “la primera y
principal expresión de la variedad regional andaluza son las grandes unidades naturales, configuradas sobre todo por el relieve, y que corresponden a tres grandes conjuntos morfotectónicos: Sierra Morena, Depresión del Guadalquivir y Cordilleras Béticas”. El investigador era consciente de que estos espacios eran “distintos litológica, geológica y morfológicamente, presentan también contrastes en otros rasgos físicos ― suelos, vegetación clima ― y por supuesto en los humanos ― población, paisajes agrarios, poblamiento, otras actividades económicas ―” (AA. VV., 1993: 70).
El origen morfológico de este gran espacio se originó hace más de sesenta millones de años, durante el periodo Eoceno, una de las divisiones geológicas características de la Era Cenozoica. Desde entonces, el gran sinclinal que ocupaba las profundidades del mar Cámbrico, extendido entre la Meseta Castellana y las primitivas costas africanas del Estrecho de Gibraltar, se elevó a consecuencia del Plegamiento Alpino. Los materiales blandos de este fondo que en tiempos formaron parte del gran bloque que fuera el territorio que ahora ocupa la zona central ibérica y que se erosionó a lo largo de la Era Secundaria, se plegaron constituyendo dos grandes alineaciones montañosas, que se extienden desde el Atlas marroquí hasta las Islas Baleares, formándose estas por emersión de las cumbres más altas que surgieron en el centro del embrionario Mar Mediterráneo (Sanz, 1992: 11-40).
En realidad, la cadena está formada por el acoplamiento de dos que se disponen de manera paralela, por lo que dichas alineaciones forman las hiladas montañosas conocidas como Subbética y Penibética, constituyendo, con el gran Surco Intrabético que las divide, el Complejo Bético. Desde entonces, la erosión las ha ido devastando y todo el viejo sinclinal existente entre estas cordilleras y Sierra Morena se ha ido llenando de sedimentos que poco a poco fueron desplazando el mar. Con ello, se organizó el área geográfica de todo el ámbito andaluz en torno a la cuenca del río Guadalquivir y sus afluentes, por lo que estos cauces han servido de aporte estratigráfico para hacer de un lecho marino un espacio de tierra firme que se extiende poco a poco hacia el sudoeste, teniendo como límite actual el gran arco costero que forma el Golfo de Cádiz (Peña, 1995).
En cambio, con el Plegamiento Alpino apenas si se elevó Sierra Morena debido a que formaba parte geológica del gran cratón mesetario, un resto aplanado por efecto de la erosión de esa vieja cordillera surgida en el Paleozoico, que ya por entonces estaba completamente desgastada. Según indica López Ontiveros en el trabajo ya aludido, el cratón está compuesto por “distintos materiales y pisos que se disponen en bandas
también la que presentan los afluentes mariánicos del Guadalquivir”. Además, “hay un contrate notorio entre bandas de rocas duras ― cuarcitas, granitos, calizas ― y de rocas blandas ― pizarras, esquistos, gneis ― que han facultado el desarrollo de una intensa erosión diferencial”. Sin embargo, los suelos duros de composición granítica reaccionan
creando formas aplanadas y, por ello, este macizo montañoso que recorre la zona septentrional andaluza no exhibe grandes montañas, sino que forma una penillanura que la evolución del relieve ha convertido en cumbres de cimas redondeadas que se mantienen a alturas semejantes y que se sitúan entre los seiscientos y setecientos metros sobre el nivel del mar (AA. VV., 1993: 71).
5.1.2. Indicios de civilización
En este gran espacio arrancado al agua, se aposentó el homo sapiens sapiens hace unos cuarenta mil años, exterminando a su competidor el homo sapiens
neanderthalensis para erigirse en el único explotador de los ingentes recursos que
ofrecían sus pródigas montañas y la feraz cuenca de sus cauces. En la Depresión del Guadalquivir y en las Cordilleras Béticas se han encontrado datos fehacientes de que la colonización se produjo en el albor de los tiempos referidos al ser humano. Así, desde entonces, hordas recolectoras y cazadoras recorrieron estos territorios, pero fue a partir del Neolítico cuando se ocasionó, también en Sierra Morena, la gran explotación de sus recursos ganaderos, agrícolas y mineros que fueron el origen de los centros de extracción de los minerales necesarios para el desarrollo de las comunidades humanas durante la Edad Antigua (García, 2002).
Todo eso proporcionó la estabilidad necesaria para que se originasen constantes asentamientos que albergaron a culturas tan dispares como la tartéssica, la fenicia, la íbera, la romana, la visigoda, la musulmana y la cristiana, antropizando fuertemente un territorio que aún será capaz de dar vida durante muchos siglos a las que nos sucedan (AA. VV., 1979).
Es decir, que la provincia de Córdoba ha estado colonizada desde muy antiguo por diferentes civilizaciones que se han ido sucediendo a lo largo de los siglos desde que el hombre mostró los primeros signos de estar en camino de convertirse en el ente civilizado que aparenta ser.
Prácticamente ubicada en el centro del territorio, se encuentra la ciudad de Córdoba, que se extiende en gran medida a lo largo de la orilla derecha del Guadalquivir ciñéndose a un glacis que en sus primeras cumbres se eleva hasta lo que un día fuera la línea de costa del Mar Cámbrico.
Tal situación orogénica creó desde siempre un obstáculo a las comunicaciones que se trataron de establecer, sin embargo, geográficamente, la capital cordobesa posee una posición geoestratégica muy importante porque está situada justo en el centro de la extensa región andaluza, lo que le concede muchas ventajas para comunicarse con las demás provincias de su entorno. Al convertirse desde su fundación en una encrucijada, cumplió desde entonces como una gran difusora de caminos. A partir del inicio de la segunda mitad del siglo XIX, también fue el punto de irradiación de las líneas férreas que iban hacia las Andalucías del Sur, Este y Oeste.
Así mismo, se trazaron vías desde Córdoba en dirección al Norte que solventaron el impedimento que suponía la sierra mediante el establecimiento de calzadas o caminos
de todo tipo que se trazaron a través de pasos naturales que mantuvieron su vigencia a lo largo de los siglos.
Pero, en torno a los años sesenta y setenta del citado siglo una vía férrea alcanzó las minas de Cerro Muriano, Espiel y Belmez y otras más, que llegaron desde otros puntos cardinales hasta Peñarroya, Almadén y Puertollano y a toda la riqueza agrícola y ganadera de esas latitudes de la zona de la Sierra, con lo cual, un nuevo elemento como el ferrocarril ― precisamente, el que se comienza a estudiar a continuación ― vino a añadirse a la larga tradición en la explotación de una zona tan hoyada por el ser humano.
Para ampliar la información sobre el ferrocarril y la provincia de Córdoba, ver la obra de López Ontiveros sobre Juan Carandell Pericay en la que el eminente geógrafo analizó los textos de su colega sobre cómo el tren relacionó el territorio y cuáles deberían ser las opciones para completar esa articulación (1996).
Así mismo, Ramírez de las Casas Deza también escribió un texto, que está inédito pero que puede consultarse en la Biblioteca Provincial de Córdoba, sobre los ferrocarriles de La Concepción de Almuradiel hasta Cádiz, de Córdoba a Málaga, de Campillos a Granada, de Utrera a Morón y de Belmez a Almorchón con lo que también se planteaba la relación existente entre este y el territorio geográfico que atravesaba (1899).
5.2.0. El primer intento de construir una línea entre Córdoba y Belmez