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Aspectos puntuales del pensamiento de Maritain

In document Libro_Filósofos Católicos Libro Virtual (página 145-153)

En esta apartado mi referente más inmediato es Plaza (2006), gran conocedor de la filosofía de nuestro autor.

La persona

Aceptando que es “una paradoja” recurrir a una cita que no pertenece a Maritain, sino a Mounier (1938), quien con frecuencia discutiera sus pareceres, quiero partir con Plaza,

que: “Una persona es un ser espiritual constituido como tal por una manera de

subsistencia y de independencia en su ser; ella mantiene su subsistencia por la adhesión a una jerarquía de valores libremente adoptados, asimilados y vividos por un compromiso responsable y una constante conversión; ella unifica así toda su actividad en la libertad y desarrolla por añadidura, a golpes de actos creadores, la singularidad de su vocación”. Ontología de subsistencia, referencia a una jerarquía de valores, singularidad y

creatividad coexisten en la persona, y por ello Maritain, dice Peces-Barba (1972), “nos interpela desde una noción de la sociedad humana cuyo fin es integrar a los individuos, pero que encuentra su última razón de ser en el desarrollo de las personas. Esta

definición personalista de la sociedad conlleva determinadas exigencias en cuanto a sus estructuras y funciones que se resumen en cinco grandes propuestas: libertad, igualdad, amistad, verdad y justicia”.

Como nos decía Posenti (1978), “la exigencia de la libertad es absolutamente central en el pensamiento de Maritain, ya que en ella se incluyen no solo la libertad política del

ciudadano, sino también la radical libertad del hombre frente a sí mismo, a su propio destino, y a Dios”.

Pero quiero ser más explícito para intentar responder –al menos en lo fundamental–, a ese misterio que sigue siendo el hombre. Para ello analizaré los constituyentes formales de la persona: individualidad y espiritualidad.

La individualidad

Me pregunto con Díaz (2006): ¿Qué es propiamente el individuo?, ¿qué constituye su peculiaridad?

Para Maritain (1968), “la individualidad se opone al estado de universalidad en el que las cosas están en el espíritu, y designa el estado concreto de unidad o de indivisión

necesaria para existir, merced al cual toda la naturaleza existente o capaz de existir se pone en la existencia como distinta de los demás seres”.

“Tanto en el hombre como en los demás seres corporales, en el átomo, en la molécula, en la planta, en el animal, la individualidad tiene por raíz ontológica primaria: a la materia”. (1968).

La raíz que constata nuestro filósofo es, como él mismo precisa, “primaria”; es decir, no es la única, pues en el caso del ser humano la otra y necesaria raíz ontológica, que explica la individualidad humana, es la espiritualidad, que el hombre sea espíritu.

A Díaz esto le parece especialmente relevante en la línea de afirmar la unidad del ser humano: “individualidad y personalidad no son dos realidades distintas, sino dos aspectos de una misma realidad, el ser humano” (Bustos 1949). Y para mayor abundamiento, anota lo que afirma otro comentarista: “El hombre en su esencial unidad es, por un aspecto de su ser, una persona, y por otro es un individuo” (Moreno 1987), lo que hay que resaltar es la unidad subyacente en la realidad metafísica que define al hombre.

La espiritualidad

“El cuerpo, dice Maritain (1951), es una parte esencial del hombre. Por eso podemos afirmar que se es individuo porque se existe materialmente, y se es más plenamente individuo, en el caso del ser humano, porque somos espíritu (individualidad espiritual), el cual completa la diferenciación que implica la individuación material; es decir, el espíritu termina de individualizar al hombre. Entonces, somos personas en cuanto somos espíritu y cuerpo, no sólo espíritu. Decíamos que se es persona en virtud de la espiritualidad, la cual da el sustento último a la unidad material del ser humano, superando con ello la precariedad que le es sustancial. Y, conformando así, una unidad real, una unidad material-espiritual.”

A decir de Giró (1995), “es en la acción, en la praxis, donde se juega finalmente la orientación de la vida humana. Con ello ya podemos vislumbrar la capital importancia que adquirirán estos elementos antropológicos en el campo político, en el sentido de oponer las visiones individualistas y todo lo que ellas implican, a la concepción personalista con su defensa integral del ser humano y de una vida social más humana.”

Caiceo (1994) interpreta a Maritain así: “El hombre por ser persona está dotado de materia y espíritu; por la materia tiene una individualidad y por el espíritu posee una personalidad, pero sin embargo es una unidad”

Moreno (1987) afirma que “Maritain concibe al hombre como una sustancia corporal inteligente, es decir, como una persona, como un universo de naturaleza espiritual” En el terreno estrictamente religioso, en la Universidad Ramón Llull (2003) se ha señalado que “Jacques Maritain hace igualmente una incursión en la mística, que él define como la sabiduría superior, aquello «que se encuentra en el corazón de la existencia humana». Por esto destaca grandes figuras de estas experiencias

trascendentes, como por ejemplo san Benito, santa Catalina de Siena, santa Teresa de Ávila y santa Teresa de Lisieux. Pero el místico más admirado y estudiado por Maritain es sin el menor asomo de duda san Juan de la Cruz. Maritain sitúa a este santo como el punto álgido de la mística cristiana, de una manera equivalente a lo que representa Santo Tomás en la filosofía cristiana.”

Continuando en el terreno de la mística se destaca, en esta institución, que nuestro filósofo “también miró más allá de la religión cristiana. Supo encontrar en la ascesis india la confirmación de que el alma humana tiende a la experiencia mística, al

encuentro con Dios. Este interés por otras religiones -que en ningún caso se tiene que confundir con un intento de sincretismo- evidencia que el pensamiento de Maritain era en algunos aspectos bastante adelantado a su tiempo. Este trazo interreligioso profetiza una parte del espíritu del Concilio Vaticano II y del camino que la Iglesia ha seguido desde entonces.”

Dignidad de la persona humana

Hago mía otra cuestión que Díaz (2006) se formula: ¿En qué afecta a la vida política el reconocimiento, o su ausencia, a la dignidad humana?

Y nos respondemos: “Maritain, utiliza el fundamento ontológico de la concepción del ser humano para sustentar su visión, la cual deriva de su maestro, Santo Tomás: “La persona es lo más noble y lo más perfecto en toda la naturaleza” (Maritain 1968). No olvidemos que esta afirmación deriva, a su vez, de la noción de persona aplicada a la divinidad, por tanto su importancia metafísica es notable y el pensador galo no duda en hacerla propia para justificar la dignidad de la persona humana.

Maritain (1968) lo expone con estas palabras: “Para distinguir y separar desde el principio una filosofía social que se edifica sobre la dignidad de la persona humana de cualquier otra filosofía social fundada en la primacía del individuo o del bien privado, es la razón por la que ese personalismo insiste tanto en la distinción metafísica entre individualidad y personalidad”.

“La tradición metafísica occidental define a la persona por la independencia, como una realidad que, subsistiendo espiritualmente, constituye un universo aparte y un todo independiente (con independencia relativa) en el gran todo del universo, y cara a cara del Todo Trascendente que es Dios” (1968).

En este sentido, según Díaz (2006), “la dignidad humana es fundamento de las relaciones sociales que revierten sobre el mismo hombre, para posibilitarle –a su vez– el

cumplimiento de dicha dignidad”. De esta tensión da cuenta la siguiente afirmación de nuestro filósofo: “El hombre es persona y obra dándose a sí mismo sus propios fines, un universo en sí mismo, un microcosmos que, en su existencia precaria y amenazada en el seno del universo material, posee no obstante más alta densidad ontológica que todo ese universo” (1982).

La esperanza

Para Picón (2004), la esperanza fue la fuerza motora de la vida y la obra de Maritain pues es indispensable en la búsqueda de la verdad. Por eso nuestro filósofo es paradigma de esperanza.

Para tratar el tema debo partir con Picón de que esperanza y verdad son conceptos y realidades que hay que entreligar.

Según este escritor, “Maritain descubrió que el esperar es un movimiento hacia un objeto en lo que éste posee de bueno. En la Revelación cristiana halló ese objeto, pero lejos de concluir su búsqueda luego de la conversión, supo también discernir que dicho bien no podía poseerse absolutamente, que se trataba de un bien futuro, un bien árduo pero posible, y que como tal supone un camino, al fin del cual hallará la Verdad tan esperada. Tuvo clara conciencia de que el ser humano es incapaz de asir la razón última de su esperanza. Así, en torno a esta idea, configuró todo su pensamiento, y en particular centró aquí el fundamento de la historia de la humanidad. Sin reparos, Maritain presentó a la esperanza como el “hilo de Adriana” necesario para la comprensión del misterio del hombre y su desarrollo cultural.”

Su predilección por la filosofía del hombre lo llevó a preocuparse por el hombre concreto y por su dimensión metafísica y trascendente, temas entorno a cuya médula soñó un

verdadero humanismo. Es decir que Maritain no concibió la posibilidad de imaginar el desarrollo del humanismo integral alejado de una visión esperanzadora del hombre y de

su historia. Por ello abordó la problemática filosófica de la historia y del hombre no desde el pasado, sino centrando su atención en lo por venir.

Toda la filosofía de Maritain, aún la anterior a su conversión, giró alrededor de esta preocupación por la Verdad. Verdad y Esperanza se implican en el pensamiento

maritainiano porque esta última se sitúa en la estructura misma del pensamiento humano. Picón sostiene que “todo el pensamiento de Maritain tiene una orientación fundamental hacia la esperanza, desde la antropología hasta la gnoseología y la epistemología. Buscando la verdad donde ella germine. Maritain se sitúa ante el mundo en una actitud plenamente optimista animada por el dato de la fe. Sabe que el hombre y todo cristiano no están condenados a la esperanza en sentido profano, sino que están abiertos a ella. Así es que todos los intereses especulativos y prácticos, para él se resuelven en tres preguntas clásicas: ¿qué puedo saber? ¿qué debo hacer?¿qué puedo esperar?

Sociedad, política y democracia

Definido el ser humano como persona y señalados sus atributos, me basaré en ello para afirmar el fundamento propio de la sociedad que es la misma persona humana y su necesidad de expansividad y perfeccionamiento con los otros. Este segundo aspecto se proyectará y se refundirá en el horizonte tan notoriamente contemporáneo que es la conquista de la libertad. “La persona, dice Plaza (2007), es fuente de libertad, fundamento de lo social y sentido de la historia; creo que el pensamiento de Maritain es una notable contribución intelectual y reflexiva de esta verdad que lenta, fatigosa y dolorosamente intenta imponerse en la realidad histórica humana”.

“Maritain señalaba, dice el mismo Plaza, que en cuanto al funcionamiento de la representación política y al medio esencial y básico de ejercicio de la libertad que es el sufragio universal, la participación activa y real del pueblo en la vida política era

insuficiente, y podemos asegurar que lo es aún más hoy. Mas aún, acudía al viejo -pero siempre certero- Tocqueville (2002) para prevenir que esclavizar al hombre en las cosas cotidianas es especialmente peligroso, porque en ellas la libertad es más necesaria que en las grandes. Hoy, las cosas cotidianas, son la empresa, el sindicato, la obra social, la organización alimentaria y previsional, la salud familiar, la escuela y la televisión”.

Y Maritain concluía, en El hombre y el Estado (2002), que “todo lo que pudiera lograrse en el cuerpo político, merced a los órganos particulares y sociedades de grado inferior al Estado, es decir de la libre iniciativa del pueblo, debiera ser librado a esa inagotable energía; y que así, desde el fondo -a un nivel mucho más profundo que el de los partidos políticos- naciera el programa de conductas para gobernantes y gobernados, los intereses y libres iniciativas grupales, desde la conciencia común de los grupos (locales, laborales, escolares, solidarios, etc., etc.), empezando por los más pequeños hacia los más

grandes, y manteniéndose en constante renovación”.

Como vemos, éste es un aspecto en que el pensamiento de Maritain ha mantenido su actualidad y su condición de programa de futuro. Él fue el único intelectual católico - quizás con Sturzo (1972- que pensó la democracia del siglo XX en relación con el cristianismo.

En Cristianismo y Democracia (1986) afirma una relación, diríamos “natural”, entre ambos: “El ímpetu democrático ha surgido en la historia humana como una manifestación temporal de la esperanza evangélica”.

Maritain afirma que la democracia es una forma de Estado, por la cual el poder político tiene un límite en la dignidad de la persona y sus derechos.

Para Zanotti (2012), “él pone a la persona humana y a sus derechos personales como el eje central de la ética política y de una democracia que sea realmente cristiana. La persona humana, como Imago Dei, tiene una dignidad esencial que debe ser respetada y ese respeto se traduce en el respeto a sus derechos humanos fundamentales”.

Maritain defiende la idea de un “Estado laico vitalmente cristiano”. Esto es, el Estado no se confunde con el poder eclesial. El Estado como tal es laico, no tiene poder sobre cuestiones eclesiales, sólo sobre el bien común temporal. En esto, nuestro filósofo aplica la “ingeniería conceptual tomista”.

Pero como nos aclara Fuenmayor (1974) “esa laicidad no implica laicismo, esto es, la pretensión de una autonomía temporal absoluta, donde el cristianismo no tiene ninguna influencia en la vida social. La tiene, pero indirectamente: a través del contenido concreto que va tomando la ley humana, influenciada por una ley natural cristiana, a través de los siglos. Esa ley natural puede ser entendida por cualquier ser humano, por supuesto, y en ese sentido no forma parte de la Revelación”.

Persona, sociedad y pluralidad

Para Díaz (2006), “el fundamento de la sociedad en su conjunto es la persona humana y su proyección en la existencia es la acción y la acción más significativa será la de carácter político.” Es una relación directa entre persona y sociedad, pues, como bien señala

Naudón (1948) “ la noción de personalidad implica, así, las de totalidad e independencia, que constituyen su dignidad y sus derechos”.

“Una sociedad de hombres libres exige la adhesión a algunos dogmas básicos que constituyen la médula de su existencia, y debe ser consciente de sí y de esos principios, un credo humano y de libertad, que son la vía y los medios para que cada hombre pueda luchar por su libertad final: la carta democrática”, dice Maritain (2002). Este es el

fundamento del pluralismo y su programa para este milenio.

En el orden temporal, en el plano de lo político y de la sociedad civil, es posible y necesaria la colaboración directa, la amistad cívica que conduce a tener objetivos comunes de pensamiento práctico sin que sea necesaria una identidad doctrinal. “Basta que en los principios y en las doctrinas tengamos entre nosotros una comunidad de similitudes y proporciones (para Maritain analogías) respecto a un fin práctico

determinado, el cual -de por sí- por referirse al bien común, es un fin superior de orden natural”.

Cuando los que pertenecen a familias religiosas o filosóficas diferentes permiten entrar en sí el espíritu del amor, las implicaciones del amor fraterno crean en los principios de la razón práctica y en las acciones de confrontación dentro de la ciudad temporal, una

comunidad de similitud y analogía que se corresponde -por una parte - a la unidad fundamental de nuestra naturaleza-y por la otra- no tanto a puntos mínimos de doctrina compartidos, cuanto a una serie de nociones prácticas y de principios de acción de cada uno.

Trabajo y propiedad

Maritain, sotiene Plaza (2007), “quería conceder a trabajo y propiedad, de un modo adaptado a cada actividad, las ventajas y garantías que la propiedad privada aporta al ejercicio de la personalidad; que en las grandes empresas también el régimen de

propiedad sustituya todo lo posible al del asalariado y que la servidumbre de las máquinas -reales y virtuales- sea compensada en la persona humana por la participación de la inteligencia laboral en la administración y dirección –economía comunitaria: participación y responsabilidad, análogamente a la vida política- para transformar desde adentro el puro interés privado, en comunión y amistad fraterna, la sociedad de capitales en sociedad de personas; la copropiedad de algunos bienes (medios de producción), garantizaría lo humanamente importante, el “título” del trabajo y en el futuro un patrimonio común. Allí se reunen la persona del trabajador y el instrumento de trabajo, y el primero trabaja con seguridad y libertad, por motivación económica e incentivo moral, con participación y autoridad.

Esta propuesta de Maritain, continúa escribiendo Plaza, consiste en “una forma

comunitaria de propiedad que esté efectivamente al servicio de hombre y no caiga en el vicio común a la propiedad de capitalistas y comunistas de ser un modo

despersonalizado y deshumanizado de poseer, no es sólo actual, sino revolucionaria: esta copropiedad de los medios de producción debería servir de base material a una posesión ejercida como personas no sobre cosas en el espacio, sino sobre funciones y formas de actividad en el tiempo, a la posesión de un cargo o título de trabajo que asegure al hombre un empleo propiamente suyo, ligado a su persona por un vínculo jurídico, título y garantía social de la valorización de lo que fundamental e inalienablemente es propiedad del trabajador, sus fuerzas personales, su inteligencia, sus brazos”.

El bien común.

“El bien común, recalca Maritain, no es sólo la colección de artículos y servicios públicos que presuponen la organización de una vida comunal, sino también unas condiciones fiscales saneadas, un aparato militar fuerte, un cuerpo de leyes justas, buenas aduanas e instituciones prudentes, todo lo cual lo organiza la sociedad política dentro de su propia estructura, y así mismo la herencia de los grandes recuerdos históricos, sus símbolos y glorias, las tradiciones vivas y los tesoros culturales. El bien común incluye igualmente la integración sociológica de la conciencia cívica total, las virtudes políticas, el sentido del derecho, la libertad de todas las actividades, la prosperidad material y el esplendor espiritual, la sabiduría hereditaria que opera inconscientemente, la rectitud moral, la justicia, la amistad, la felicidad, la virtud y el heroísmo en la vidas individuales de los miembros del cuerpo político.” (2002)

[...] el cuerpo político difiere del Estado. Éste es sólo aquella parte del cuerpo político especialmente interesada en el mantenimiento de la ley, el fomento del bienestar común y del orden público, así como la administración de los asuntos públicos. El Estado

se especializa en los intereses del todo. No es un hombre ni un conjunto de hombres; es un haz de instituciones combinadas que forman una máquina situada en la cima: este tipo

de obra de arte ha sido construida por el hombre y utiliza cerebros y energías humanas y no es sino hombre, pero constituye una encarnación suprema de la razón, una

superestructura impersonal y perviviente [...].” (2002)

“[...] el Estado no es sino un organismo facultado para utilizar el poder y la coerción, integrado por expertos o especialistas en ordenamiento y bienestar públicos, un

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