Emmanuel Mounier nació en Grenoble en el año 1905, es decir, como nos dice Boyer (1981) “el mismo año que Sartre, tres años antes que Merlau-Ponty y ocho antes que Camus. Estos tres nombres son suficientes para crear un clima que reinará en el mundo del pensamiento francés entre las dos guerras mundiales: existencialismo, fenomenología, voluntad de acción o, como se decía en esa época, de compromiso”.
La suya, señala Calvo (2010), “era una familia católica, pero sin dogmatismos; leen bastante y discuten. Su padre es farmacéutico, pero no gana lo suficiente para poder comprar la farmacia donde trabaja, gana lo justo para mantener a la familia y tiene frágil la salud. Tiene una hermana, mayor que él, Madeleine que, años después, será su confidente.”
Tímido y reservado en su actitud exterior, lleva sin embargo por dentro el fuego de los apasionados y de los místicos, aparentemente calmo por fuera pero vivo y atormentado en lo profundo, como el lago de montaña a cuya metáfora recurre para describirse a sí mismo: “ni una arruga en la superficie, una nitidez inhumana, pero el torrente ruge en el fondo y, si miráis bien, en esta superficie no hay metal ni espejo sino la fina piel de un ojo húmedo” (Obras, I).
“Contra la opinión de sus padres, que querían que estudiara medicina, estudia filosofía con Jacques Chevalier y prepara la cátedra de filosofía de instituto, que consigue a los 23 años. Sin embargo, abandona pronto esta prometedora carrera universitaria” y se va a París.
Llegado a la capital el joven y brillante filósofo entró enseguida en contacto con el círculo de intelectuales integrado por Jean Guitton, Gabriel Marcel, Luis Massignon, Daniel Halévy, Jacques Maritain, Nicolas Berdiaev, Ramón Fernández que solían reunirse en Meudon.
La formación filosófica del joven Mounier va unida a grandes personalidades de la época: primero, como acabo de indicar, con Jacques Chevalier (1924-1927) bajo cuya dirección funda un círculo de estudios católicos y se deja seducir por la filosofía de Henri Bergson, amigo personal de su maestro. Luego vendrá ‘el otro Jacques’ -como le llamaba Chevalier a Maritain- a quien frecuenta en las reuniones dominicales en su casa entre 1928 y 1933, entrando allí en contacto con un grupo selecto de filósofos, especialmente católicos. Maritain (1947) queda gratamente impresionado con Mounier por “la nobleza de corazón, la profunda fe sobrenatural, el celo ardiente por la pureza en la acción intelectual”. De esta
fecunda relación surge la Revista Esprit, bajo la dirección de Mounier y el patronazgo más o menos oculto de Maritain, pero no será una revista católica sino un prodigio de ecumenismo exigente donde creyentes e increyentes conviven armónicamente y en igualdad, sin por ello perder los cristianos su primacía espiritual. Esprit cobijaba por igual a católicos, protestantes, judíos, socialistas, libertarios…
Después del crak de 1929 derecha e izquierda machaconean sus viejas querellas. Mounier tiene la intuición de que esa sacudida es el fin de un mundo que reclama una resurrección, que es necesario oponer a esa civilización un proyecto global y nuevo. Durante siglos de dominación burguesa, el racionalismo, el individualismo, y el dinero han abismado al hombre, le han disociado de la naturaleza, de la comunidad y de sí mismo. Este gran hombre estaba convencido y proclamaba que “una transformación radical comienza por el cambio del corazón. Precisamente porque hacemos el mal voluntariamente, la revolución será espiritual o no será; pero, a su vez, será estructural, económica y política, o no será” (Obras, II).
Según Díaz (2000), Mounier posee una personalidad cristiana a toda prueba. Su cristianismo, diría el pensador, es como "una naturaleza profunda", y esta naturaleza, aun cincelada por un sólido cultivo intelectual, nunca deja de ser la materia prima de la que está hecho, y de sentirla como una gracia sobreabundante sobrevenida sin esfuerzo, en contraste con los ilustres conversos que deparó la época entre los intelectuales franceses. Para Garrido (2000) nuestro filósofo “era un laico comprometido hasta la médula. Tenía una vivencia cristiana auténtica de evangelizar de forma inteligente". “Estaba muy inspirado en Pascal, Bergson y los grandes pensadores cristianos.”
Además, su cristianismo, considera Díaz, “está en las antípodas de las facilidades de la cristiandad sociológica, incluso en guerra contra ella. Su sensibilidad va de la mística española al cristianismo radical de Péguy. Su comprensión y vivencia del sufrimiento y su afán de cercanía a los pobres nos revelan una vivencia mística, profundamente enraizada en el misterio de la Encarnación, que aspiraba a la santidad, y a nada más”.
Mientras, el cristianismo de vanguardia descubría a la vez sociológica y místicamente la clase obrera, en un momento en que ésta aún no se había fragmentado ni aburguesado. En 1943, los sacerdotes Godín y Daniel habían publicado un reportaje que produjo gran conmoción, "¿Francia país de misión?", sobre la descristianización de los ambientes obreros. Mounier y sus amigos se adhieren a esta experiencia con fervor visitando con frecuencia al padre André Depierre, sacerdote obrero en Montreuil, donde asisten a asambleas que unen fraternalmente católicos y obreros comunistas: se entrevé la reconciliación futura de la Iglesia y del proletariado.
Pero, aunque nada en Mounier pueda explicarse sin el cristianismo, con decir esto no está todo dicho. El cabalga a lomo de la acción. alternando lo filosófico con lo político y el compromiso.
A decir de Riego (2014), “su vida fue un torrente de ideas y de acciones imbricadas de tal forma que sólo alguien que hiciera de la verdad su vida y de la vida su verdad, pudo haber gestado un movimiento filosófico y espiritual tan singular como fue la fundación de la Revista Esprit y el movimiento que a ella le siguió. Igualmente combatido por la derecha y
la izquierda, así como por la misma Iglesia oficial en aquella inhumana Segunda Guerra Mundial”.
Es por eso que como nos explica Altur (2012): “en 1939 se incorpora a los cazadores alpinos como soldado de servicios auxiliares; el 40 cae prisionero de los Alemanes y es desmovilizado; un año después el gobierno de Vichy en Agosto prohibe la revista Esprit; luego en enero del 42 es detenido y encarcelado, acusado de ser uno de los dirigentes del movimiento Combat; comienza una huelga de hambre, es juzgado y finalmente puesto en libertad”.
Desde la cárcel escribe: “Soy profundamente feliz por haber pasado por aquí. Un hombre necesita haber conocido la enfermedad, la desgracia o la prisión…” (Obras,I). Y como muchos grandes en la historia, aprovecha sus diez meses de cárcel para iniciar lo que sería el Tratado del Carácter y también para discutir sobre Nietzsche con el médico del penal.
En 1947 vuelve a su vocación de filósofo y publica Introducción a los existencialismos y qué es el personalismo.
También por entonces se reúne con Albert Camus, Sartre, y Merleau para manifestar a la opinión pública que no se debe dejar en manos de América o Rusia todas las iniciativas internacionales.
Y por último hay que destacar que en 1949 publica El Personalismo, para muchos su obra maestra. Y como si ya hubiera concluido su obra Mounier muere con sólo 45 años en 1950.
Se fue un maestro del pensamiento para toda una generación, no sólo francesa, y en especial un punto de referencia en los ambientes del pensamiento cristiano.
Ésprit.
Mounier y Ésprit son inseparables, no se comprendería el uno sin el otro.
Garrido (2000) nos dice que en el ambiente de Meudon nuestro filósofo concibió la idea de fundar un movimiento de ruptura con el «desorden establecido», inspirado en las ideas de Charles Péguy, que verá la luz en 1932, junto a la primera edición de Ésprit.
Los fundadores de Esprit fueron Mounier, Georges Izard, Andre Deleage y Louis-Emile Galey. Y en ella colaboraron personajes de calidad tales como Jean Lacroix, Nicolás Berdiaev, Denis de Rougemont, Jacques Madaule,Pierre-Henri Simon, Pierre Borne, etc. El programa del movimiento estaba encerrado en el lema «Rehacer el Renacimiento», es decir, promover una «revolución personalista y comunitaria», capaz de oponerse tanto al individualismo liberal como al colectivismo de matriz fascista o comunista. Su gran fuerza consistió, como señala Calvo, “en haber ligado su manera de filosofar con la toma de conciencia de una crisis de civilización y en haberse atrevido a proyectar, más allá de toda filosofía de escuela, una nueva civilización en su totalidad.”
Según Mounier, para lograrlo había que ”reencontrar la capacidad de transformar las ideas en acción. Una operación en la que se comprometió en primera persona desde las páginas de la revista” (Obras,II).
Su objetivo frente a Esprit nunca fue hacer libros, sino hacer hombres. Nada de amueblar ocios, se trata de comprometer vidas. El aprendizaje del abandono es el camino de la realización auténtica. La desapropiación, ejercicio místico, llega a ser para él, el dato central de la acción. Los enemigos están identificados: la tiranía del dinero, el envilecimiento por la propiedad, la desgracia de la costumbre, la mediocridad burguesa y la estéril pretensión del saber.
La necesidad de intervenir en la guerra civil española, la de oponerse ala definición de un estatuto especial para los judíos, de hacer resistencia ala barbarie en nombre del cristianismo, son algunas de las batallas llevadas a cabo desde las páginas de la revista antes de la segunda guerra mundial.
Pero es después de la segunda guerra mundial cuando la obra de Mounier alcanza su mayor influencia sobre la sociedad civil. Su revista fue el punto de referencia para intelectuales, sindicalistas y funcionarios del Estado ocupados en la obra de reconstruir la democracia.
Esta obra logró ser un prodigio de ecumenismo en el sentido más exigente. No fueron pocos los protestantes que colaboraron en primera línea: R. Leenhardt, R. Labrouse, F. Gogel, J. Ellul, Denis de Rougemont, etc.; judíos como G. Zérapha, socialistas libertarios como E. Humeau o como el judío ruso, luego convertido al catolicismo, A. Marc, o procedentes del marxismo como B. Parain, etc. ¡Y qué decir de la lista de quienes alguna o varias veces escribieron en Esprit! Alain, R. Aron, K, Barth, G. Bataille, J. Benda, J. Bergamín, G. Bernanos, C. J. Cela, J. Chevalier, Y. Congar, J, Danielou, E. Dolléans, M. Dufrenne, H. Duméry, J. Ellul, E. Gilson, J. Guitton, G. Gurvitch, F. Jeanson, J. Lacroix, P.L. Landsberg, E. Lévinas, C. Lévi-Strauss, H. de Lubac, G. Lukacs, G. Marcel, J. Maritain, F. Mauriac, E. Morin, M. Nédoncelle, F. Perroux, P. Ricoeur, D. de Rougemont, P. Teilhard de Chardin...
Pero lamentablemente, como dice Riego (2014) la llamada revolución espiritual, eso de creyentes con increyentes, un ecumenismo en ciernes, no pasaron inadvertidos y ante la inminencia de una condena vaticana a Esprit, Mounier y Maritain escriben un extenso informe, del cual extractamos el siguiente texto: “Para sacar a nuestro cristianismo de esta especie de gueto en el que intentaban meterlo, y para reencarnarlo en los problemas de nuestro tiempo, nosotros, unos cuantos católicos, nos hemos agrupado en el equipo de Esprit… Pero Esprit no es una revista católica. […] Los colaboradores católicos de Esprit, tratando de trabajar siempre como cristianos, nunca han presentado tal o cual solución en tanto que cristianos, ni dejado entrever que sus soluciones eran las únicas a las que los católicos pudieran adherirse… Todo nuestro esfuerzo doctrinal se ha enderezado a liberar el sentido de la persona de los errores individualistas y el sentido de la comunión de los errores colectivistas”. (Obras, IV).
Aunque se encuentran algunos elementos convergentes entre las tesis del joven Marx y las del humanismo personalista, no se puede dejar de advertir que el marxismo presenta al hombre desde una visión demasiado estrecha, reduciendo sus criterios a variables económicas. El personalismo comunitario, que postula Ësprit, acepta y legitima algunos
resultados de la investigación económica e histórica del marxismo pero lo rechaza en tanto sistema totalizante de lectura de la realidad, y cuánto más de la realidad humana. Si se pudiera hablar de lazos comunes sería correcto afirmar que ellos están constituidos por la lucha común contra el mundo del dinero y su tensión por la justicia.
Pero Mounier no puede aceptar ni el materialismo que troquela a fuego la teoría marxista, ni el ateísmo que supone una desacralización del universo humano en claro detrimento de la idea de trascendencia y de apertura a lo Otro eterno, tan cara al pensamiento personalista. “El materialismo, como había dicho Maritain, hace de la causalidad material la única forma de causalidad. Ninguna revolución material es fecunda si no se orienta según la causalidad ejemplar, es decir, si no se orienta espiritualmente”. Ni marxismo ni fascismo deben ser aceptados, sino más bien denunciados: la ‘aspiración totalitaria’ de la izquierda, y la ‘exasperación del nacionalismo’, el antisemitismo y la xenofobia de la derecha.
Es importante señalar que, como manifiesta López (2002), no cabe duda tampoco que nuestro filósofo personalista "estaba en contra de algunas decisiones políticas de los democratacristianos de su tiempo porque pensaba que estos partidos perdían fidelidad, sobre todo, al olvidarse de las acciones sociales en favor de los más necesitados." Y destaca que Mounier abogaba por efectuar "un cambio de la realidad desde instituciones concretas, siendo prioritario el ámbito de la educación para formar a la población en los valores centrales que el filósofo cristiano propugna como garantes del bienestar de la persona."
Mounier "estaba en contra de una democracia relativista. Propulsaba unos valores centrales inamovibles que tuvieran como punto de referencia la persona." En este sentido, fue un pionero defensor de una Constitución Mundial que recogiera unos valores fijos cuyo núcleo fuera la defensa del ser humano.
Esta idea se plasmó posteriormente en la Declaración Universal de los Derechos Humanos "donde participó, como vocal de la UNESCO, Jacques Maritain seguidor del personalismo y admirador de Mounier", asegura López
Con la muerte de Mounier, la dirección de la revista fue delegada al crítico literario Albert Béguin, hasta su muerte en 1957, cuando es asumido el cargo de director de Esprit por Jean Marie Domenach hasta 1976, actualmente la revista es dirigida por Olivier Mongin, quien ocupó el rol de Director desde 1989.
Esprit, continua con el espíritu que la impulsó a responder a los desafíos sociales, a pesar de que se encuentren críticas que la cataloguen como un simple movimiento burgués en contra del desorden establecido, y como un medio mercadeable que pasó a ser parte de una elite social determinada. El recorrido histórico que ha desarrollado la revista ha encontrado eco en nuevos medios de comunicación, logra agrupar a intelectuales en torno a una reflexión social en miras de una revolución personal pero sobre todo comunal. En efecto, hoy día la revista Ésprit se muestra al mundo como un medio de pensamiento contemporáneo, su orientación personalista ha sido atenuada pero no desplazada, se apuesta más a un encuentro intelectual, por lo que han resonado nombres en sus artículos como Hanna Arendt, Hans Jonas, Emmanuel Levinas, Martin Buber, Paul Ricoeur.
A modo de ejemplo, diré que Jacques Delors, ex presidente de la Comisión Europea, y Guy Coq, miembro de la redacción de «Esprit» y presidente de la Asociación de Amigos de Emmanuel Mounier, en un artículo publicado recientemente en el diario francés «Le Monde» hizo un llamamiento a redescubrir a este «cristiano de la resistencia».