Cinco años he vivido como aspirante a salesiano. Cinco años durante una travesía ilusionante en una nave que solo tocaba puerto 30 días al año.
Tiempos difíciles en la sociedad civil. Despedidas y desgarros. Trenes nocturnos cargados de mano de obra joven, abarrotados de maletas de madera con destino a Hendaya-Centroeuropa.
Apartada del mundanal ruido, una nave con 40 y hasta 300 aspirantes navegaba por un mar sereno y viento empopado gobernada por capitán, patrón, maestres, oficiales de puente, oficiales de cocina y máquinas. Todos, todos expertos entregados en cuerpo, alma y corazón a la formación de la marinería.
Mi cuaderno de bitácora está muy erosionado por la acción del tiempo pero mis sentimientos están vivitos y coleteando. Solo desde el corazón voy a respirar.
Mi primer puerto de alistamiento fue Astudillo. ¡¡Qué duro fue aquello!! ¡Cuánto lloré y lloré!
Me destetaron a la brava, me sacaron de un mundo ideal de libertad a un caserón de disciplina. Me recuerdo de lloros en grupos y de un galleguiño, el único, se apellidaba Sotelo, ¡probiño él! Vinieron sus padres al rescate. “¡Ay!, no meu corazonciño / xa non pode haber contento, / qué está de dolor ferido, / que está de loito cuberto” (Rosalía).
La travesía hasta Navidad fue durísima. No se la deseo a ninguno de mis descendientes. ¡Por Dios, quita para allá!
En Navidad vino mi madre a verme (también a Herminio) y a partir de ese punto todo fue distinto. Orienté las velas y todo fue mejor…
¡Cuántos recuerdos! Don Valentín…
El pórtico. ¡Qué bien sonaba el canto de la noche! “Toma, virgen pura, nuestros corazones…”.
Sotelo, Abilio López, Laurentino y Herminio Otero el 26 de diciembre de 1960 en las escaleras de la iglesia de Astudillo.
La Iglesia con el altar a María Auxiliadora. La fuente, el olor de las acacias en mayo y camino de Palacios del Alcor, la huerta y el Santo Cristo de Torre Marte… Y como vecinos soleados, las clarisas y el alfarero hacedor de las ánforas del agua y, camino de Palencia, las yeseras como majadas de cíclopes y, al sur, en la esquina bajo los aseos, el alguacil con su trompetilla: “Por orden del señor alcalde, se hace saber…”. Y en orden humano, un recuerdo a la familia Celada (sigue en la plaza del cartel de Philips), Husillos, Sendino, Anselmo y mi amigo Mariano del Mazo. ¡Astudillo! Te tengo en mis entretelas más primigenias y siempre que puedo voy a verte.
Allariz fue la segunda travesía. La meiga del Arnoya. Sigues ejerciendo de maga, a pesar de la edad, para un niño de tierra y adobe: tus calles, tus casas, la piedra, los carros chillones, el bulevar del Arnoya, los autobuses mitad personas mitad animales, la fábrica de curtidos, San Benito, los fuegos artificiales desde una terraza de un edificio al lado del río y el ruido del cantero de arriba mezclado con los frenazos de los camiones del pescado.
¡Allariz!, tú sabes que te cortejo de noche siempre que puedo. Cuando estás más bonita y más olorosa a la luz de los faroles y el olor de madreselva. Recorro tus calles y me siento en la plaza recordando… Y la escena del espirotrompo de La lengua de las mariposas, de José Luis Cuerda, y… Hasta que, atollado en sentimientos, entro en el Fandiño por un bebedizo de aguardiente da Terra da chispa.
Zona del pórtico donde cantábamos antes de subir a las clases y altar de María Auxiliadora en Astudillo.
La tercera travesía fue larga durante 3 años. El pazo de Serantellos, Castrelo, Cambados. El mar, el mar. Thálatte [θάλαττη] de la Anábasis. La tierra prometida que fluye leche y miel. Un colegio de calendario, cuánto distinto de los caserones anteriores. Espacios abiertos, luz de mañana y tarde, los magnolios, los paseos de mirto y rosas, el castaño, las camelias, los emparrados de albariño y, sobre todo, la playa de La Roca en la desembocadura del Umia. Recuerdo a Herminio con voz pastosa echando el discurso en las veladas del cementiño. Normal.
Tiempos de estudio… Epaminondas, Yugurta.
Mis mejores y peores recuerdos suceden a las tres de la tarde.
Los jueves por la tarde era tiempo de paseo. La Roca, Cambados, Sangenjo, Poyo, O Grove, la Lanzada, la Armenteira, Vilanova…, corredoiras. Y un viaje a Santiago. Todos nos transformamos también. El clérigo se convertía en uno más y sus comentarios tenían más repercusión que largos sermones. Eran como una pequeña salida al espacio desde la nave.
Mis peores y tensos recuerdos se representan en un drama titulado La saca. Sobre la línea de la carretera a dos metros de altura de las butacas y ante todos, estaba él solo, el descarriado con su maleta. Él solo y a la vista de todos al estilo medieval. El drama era mudo y terminada cuando llegaba el autobús que le llevaba a Villagarcía. ¡Ostras!, si hace dos horas estaba con nosotros compartiendo el pan… El silencio era la respuesta. Corramos un tupido velo.
Pero en esta ilusionante travesía tuve capitanes y oficiales de puente extraordinarios que siempre hubiera querido tener cerca. Muchos…, pero quiero traer a mi memoria a tres o cuatro.
Don Pedro, don Pedrito, ya mayor, burgalés, que al regreso de sus vacaciones nos traía una caja de fósiles marinos recogidos en su pueblo o un botellín con petróleo de Valdeajos. Grande y humilde, rebozado en un aura de bondad y paz. Un abuelo en el confesonario. Un apasionado por la historia de España, el Siglo de
Oro… Con don Pedro me pasaba lo mismo que me sucede cuando visito las ermitas románicas del norte de Palencia. Aquí se respira paz auténtica y me siento a gusto. Retiradas, humildes, redondas y sin aristas…, sin pináculos –eso es del gótico–. Cuando te vas acercando a ellas, sientes que algo tuyo viene a tu encuentro y, cuando te alejas, notas que algo tuyo se quedó allí. ¡Qué grandes valores me enseñaste! La humildad, la bondad y la sinceridad en estos tiempos de imagen, megavatios ventiladores y… cartón piedra. ¡Gracias, don Pedro, primer director de Cambados!
Don Jerónimo de Andrés, el hombre del MCM. El oficial de puente ilusionante. ¡Qué feliz curso 3º B! ¡Cuánta ilusión, cuánta entrega desinteresada, cuánta generosidad! Natural de Calzada del Coto, tierra de campos inmensos donde la vista se pierde en un horizonte formado por el tostado de la tierra y el azul intenso del cielo. Solo el vuelo de una bandada de avutardas los separa.
Tú, como los paisanos comprometidos con la tierra, arar, sembrar… y siempre mirando al cielo. Lo de recoger, Dios dirá.
Gracias, don Jero. Sembraste en mí tantas buenas semillas de ilusión, honestidad, trabajo, disciplina, etcétera, que me han servido de herramientas en la vida. ¡Qué grande eres!
Don Tomás (creo que Díez). ¡Su majestad El Viti! En el centro de la plaza siempre. Temple, fuste, asceta, saber estar y devoto de San José, qué gran patrón. Me impresionaba su concentración cuando rezaba. Hace unos 12 años le encontré por la calle Independencia del León. Sí, era él, inconfundible, con sotana y una cartera de mano. Bien podía pasar por un hombre negro del Banco Central Europeo. ¡Gracias, don Tomás! ¡Cuánto saber estar me enseñaste. Gracias. Estás cercano en mi corazón.
Don Justiniano (creo que Septién) fue director nuestro en tercero, mi mejor año. Hombre fajado, me lo imagino apretándose el cinto para salir a la categoría de pesados en el corro de lucha leonesa. Facciones amplias y bondadosas. Recuerdo una cicatriz en el labio.
En toda la travesía del aspirantado creo que fue el único director que, al finalizar el curso, nos recibió en su despacho por riguroso orden de apellidos. Salió Abilio López Pérez, natural de mi pueblo y actualmente en Venezuela, y entré yo al ruedo. No sabía dónde ponerme, si en
las tablas o debajo de la mesa. El despacho era amplio y con luz pero sin sol. Era de mañana. Sin levantarse, me mandó sentar, se retiró las gafas de pasta negra, se echó una mano a la frente para sujetar su cabeza y, mientras miraba un cuaderno, Don Justi, muchos años después, en el Naranco con un antiguo alumno.
Sin mirarme. Un minuto de espera en silencio durante el cual él se iba agrandando y yo me iba empequeñeciendo. ¡Trágame tierra, trágame tierra! ¡Ya! De pronto, la eminencia serenísima se levantó, me tendió su corto brazo y su mano ancha como una pala.
–Felicidades. Te estás haciendo un hombre. ¡Sigue así!
Aquello fue para mí una inyección de adrenalina en vena. Nunca lo he olvidado. Salí por la puerta grande y entró Juan López.
Qué importante es bajar al ruedo y animar a la cuadrilla. Me lo enseñaste, don Justi. En la vida todos necesitamos un minuto de gloria.
De todos he aprendido valores. Valores que no se enseñan en los institutos. Esto era diferente y superior.
He aprendido a vivir contra viento y marea. De vosotros he aprendido a que la vida es una carrera de fondo.
Gracias a todos capitanes, patronos, maestre, oficiales de puente de cocina de máquinas. Quiero recordar, porque los tengo muy presentes, a don Ulpiano, de Valverde Enrique, don Pablo, don Darío, don Estébanez, mi humilde Astorga, don Martin y, cómo no, al señor Ordóñez.
“Tal vez lloré o tal vez reí, tal vez gane o tal vez perdí, pero ahora sé que fui feeliiizz”.
“La vida sigue y siempre hay
un motivo para luchar, que es vivir”.
Un abrazo.
Laurentino López Redondo Castrillo del Condado (León), 3 de octubre de 2020
Vidriera de Cambados sobre el sueño de don Bosco, La inundación.