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UNA IMPRONTA IMBORRABLE Carlos López Gutiérrez

In document C U Á N T A S V E C E S EN LA VIDA (página 111-115)

[Herrera], Cambados, Astudillo, Medina, Cambados, Salamanca, Madrid, Llaranes (1963-1980). Trienio en Cambados (1970-1973)

¡Cuántas veces en la vida habré recordado mis años en los salesianos! Es cierto que, como aspirante fui directamente a Cambados en 1963 con 14 años, donde me aconsejaron repetir 3º, aunque lo tenía aprobado, por el latín. Supongo que sería habitual con los que nos incorporábamos algún año más tarde, pues el retraso en esa materia era evidente. Tuve la suerte de contar con la gran ayuda de mi compañero de curso José Antonio Prada durante el primer trimestre, que me impartió en este tema clases particulares.

Pero yo conocí a los salesianos unos años antes, en Herrera de Pisuerga, mi pueblo. Allí aparecieron en 1959 para hacerse cargo de un colegio recién construido por los prestigiosos arquitectos José Antonio Corrales y Ramón Vázquez, creo que para el obispado de Palencia. Tenía varias dependencias con un diseño muy original, pero para habitarlo en esas latitudes durante el invierno era casi inhumano. Le llamábamos “El Gallinero”, porque las clases estaban de forma escalonada por la inclinación del terreno. Mis padres me matricularon en él al año siguiente, pues la escuela ya no daba más de sí.

Enseguida quedé, más que sorprendido, maravillado, al comprobar que los salesianos, además de darnos clase, jugaban con nosotros, organizaban actividades, nos enseñaban a cantar, hablar en público, recitar, actuar en el teatro, pintar, etc. Nos visitaban en casa si estábamos enfermos, entablaban amistad con nuestros padres… También había exigencia, por supuesto, pero la disciplina no estaba reñida con el apoyo y la alegría.

Consecuencia de ello fue que no salíamos del colegio. Se impartía la FP de entonces (Oficialía y Maestría) y los primeros años de Bachillerato, para chicos de Herrera y pueblos cercanos. Allí estaba también el internado de aspirantes para coadjutores. Recuerdo que teníamos una cartilla donde, con un sello pequeñito, se controlaba la asistencia y puntualidad (azul, rojo o en blanco). Como la calefacción no era efectiva, pusieron una estufa de carbón en cada aula. Después de misa, los que vivíamos en la otra punta

del pueblo, en lugar de ir a casa a desayunar, nos comíamos allí un bocadillo y nos encargábamos de encender la estufa. Unas cuantas veces tuvimos la clase en las escaleras del pasillo, porque el aula estaba llena de humo.

Me siento obligado a nombrar algunos salesianos de entonces: Cayetano Cuadra, Antonio Álvarez, Glicerio, Manuel Machado, Fernando Nieto, Gregorio del Campo, Matías Piñuela, Florencio, Luis Aranda, entre otros.

Con 13 años vi en ellos un modelo a seguir y cuando me confirmé en la idea, lo planteé en casa y al Director, Antonio Álvarez. Así que en septiembre de ese año fui a Cambados.

El viaje lo hice arropado por un grupo de compañeros que ya habían

ido el curso anterior y un salesiano que nos iba recogiendo desde Palencia. Veinticuatro horas de viaje, madre mía. En aquel Shanghái daba tiempo a echar varias partidas a las cartas, un sueñecito y probar las mantecadas de Astorga. A la llegada, fuimos acogidos con amabilidad en un colegio grande y precioso, donde residiríamos algo más de trescientos aspirantes repartidos en varios cursos, cada uno con su tutor. Los tutores eran los clérigos. Ese año me tocó don Laureano Cerezo.

El cambio para mí fue duro. De moverte en un grupo muy pequeño, donde cada uno éramos protagonistas, pasé al anonimato como simple miembro de una multitud, donde cada uno tenía que adaptarse, integrarse y superar sus problemas lo mejor que pudiera.

El estudio, el deporte, la variedad de actividades y las nuevas amistades surgidas iban contrarrestando y ganando terreno a los momentos de soledad y morriña, que eran inevitables padecer lejos de la familia.

El grupo de Herrera en 1964. En la fila de arriba: José Mª Yéboles, Carlos López, Castañeda, Jesús Simón, Manuel Herrero, José Benito Zurita (?) y José Puebla. Abajo:

Luis Antonio Prieto,

Alberto San Millán y Juan Ignacio González, alias “Libreta”.

Nos comunicábamos con ella por carta, que entregábamos abierta, igual que las recibíamos. Y si lo que llegaba era un paquete, lo presentábamos para su visto bueno.

Los trabajos de servicios y mantenimiento los realizábamos nosotros mismos a través de los llamados “cargos” en pequeños grupos comandados por uno de 5º. Digo esto por contar alguna cosa. Estuve un tiempo de panadero con Miguel Martín y más tarde con Herminio. Era una responsabilidad, porque tenías que calcular la cantidad de pan. Que no faltase y que sobrara lo menos posible. A veces con la humedad que había, al día siguiente estaba como goma. Cogías una barra por un extremo y se doblaba. Y el consumo de pan variaba según el tipo de comida que hubiera. Una anécdota: También pasé por despensero, teniendo como jefe a nuestro querido Federico Ibáñez. Estando repartiendo un día el postre en el comedor, íbamos con aquellas cajas cuadradas de chapa de galletas María, a razón de tres a cada uno. De vez en cuando daba un puñado de trozos. Pues un listillo le dijo a Fede cuando llegó a su lado:

–A mí dámelas partidas.

Y Fede, todo serio y como si tal cosa, sacó tres galletas, las partió y se las dio. Os podéis imaginar las risas. Allí ya daba muestras de su ingenio y sentido del humor. Los recreos eran fundamentales. En esas edades no necesitábamos instrucciones para organizarnos entre nosotros y jugar varios cursos, cada uno con su balón y portero correspondiente, en el mismo campo de tierra. El baloncesto fue mi deporte favorito, que practicaba con los de

mi curso y de 4º y 5º. Entre ellos destacaban José Rodríguez (3º), Jesús Simón (4º) y Alfonso Labarta (5º). Creo que se me daba bien. Era el momento de liberar energías acumuladas. Tras las horas de estudio, de oración y formación religiosa, donde siempre traté de ser un chico cumplidor, este deporte me servía para despejarme, liberar tensiones y soltar amarras. Guardo buenas sensaciones del paseo semanal (miércoles o jueves por la tarde). Los destinos más frecuentados eran La Roca y el monasterio de La Armenteira. Y no digamos del día completo, llamado “paseo largo”, en el que salíamos todos con el mismo destino, para convivir al aire libre. La Toja, el Grove y Sanxenxo (entonces Sangenjo) eran los preferidos. El menú, caldo gallego, paella o cementiño. Qué rico todo. Y para volver, andando, como todos sabemos. No había otra. Los carreiros con agua, barro, zarzas y el atajo por algunos prados para adelantar a otro grupo son imágenes imborrables.

Digo esto, porque años más tarde, cuando me tocó volver a Cambados en el trienio, hacíamos desplazamientos similares, pero la mayoría de los prados estaban ya cercados y la vuelta la hacíamos en autocar. Estaba bien, pero me parecía descafeinado.

Carlos, también jugador de fútbol (Segundo por la izquierda).

En cuanto a la formación recibida, no sería justo examinarla con criterios actuales. Para aquellos años y con la mentalidad de entonces, con las limitaciones y errores que en todas sociedades existen, creo que en general fue muy positiva. Prueba de ello es que la mayoría de los que pasamos por Cambados conservamos un recuerdo especial, envuelto en cariño. Sí eché en falta un estímulo a la autoafirmación y a ser uno mismo, en lugar de presentarnos un modelo único, al que todos debíamos amoldarnos. Quizá sea pedir demasiado para aquellas circunstancias.

En pocos años algunos sectores de la sociedad mostraban nuevas inquietudes reclamando cambios, que nosotros también reflejamos en el Noviciado y sobre todo Filosofía. Todos fuimos evolucionando.

Por eso, cuando volvimos unos años después, dirigidos por Eleuterio Lobato, y ya con un grupo de alumnos externos, se respiraba un talante mucho más abierto, donde tenían cabida todas las iniciativas personales.

La formación salesiana recibida desde los primeros años creo que nos ha dejado una impronta imborrable y, en mi caso, estoy seguro que ha influido notablemente para que me dedicara profesionalmente a la educación, donde me he sentido muy a gusto.

Dice William Wordsworth:

“Los recuerdos no tienen un color definido, se van matizando cada vez que los visitamos, hasta convertirlos en obras de arte”.

Un abrazo a todos.

Carlos López Gutiérrez

Tudela de Duero (Valladolid), 24 de septiembre de 2020 Cambados, 1973: Arriba: Nicolás Ruiz, Pepe Álvarez, Carlos López y Luis Aldemira. Abajo: Antonio Estébanez, Eleuterio Lobato, Javier Fdez. Pereira, don Vicente Linares, Luis Ordóñez, Rafael Castro, Aser Meire, Emilio Mata y Silvestre Llamas.

VIVENCIAS DE UN ASPIRANTE

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