Cuando yo fui a los salesianos, el 1 de octubre de 1960, no pensé que, 34 años más tarde, en 1994 –tras “el cambio de oficio”, según me dijo un paisano del pueblo vecino este verano–, iniciaría un trabajo en el que podría seguir haciendo lo que siempre había hecho, pero con más libertad, y no imaginé que, por ejemplo, tendría que tratar profesionalmente con más de tres decenas de obispos españoles y con más de una docena de obispos americanos. Y todo eso hundía sus raíces en Cambados y en los dos años anteriores.
El primero fue en Astudillo, adonde llegamos después de recorrer en tren los infinitos parajes
de Tierra de Campos por donde las liebres –pensaba– podrían correr a placer. Mi madre,
atrevida, fue de las pocas que nos acompañó hasta el colegio y vio con preocupación que salían unos chicos muy delgados –los novicios: recuerdo a Isidro Lozano, eficiente–, que retiraban los colchones y maletas para subirlas al dormitorio. “¿Dónde he dejado yo a mi hijo?”, se dijo. A los tres meses, el 26 de diciembre, volvió y el jersey me estallaba y yo ya no cabía en los pantalones que tenía. Escribe ella: “Mandé yo, tu madre, que te sacaran una fotografía en la entrada de la iglesia del colegio para que vieran en casa cómo estabais de gordos. Íbamos hablando por el camino [ella y las madres de Abilio y Laurentino] que si estabais muy delgados os traíamos para casa. No tuvimos necesidad. Nos pusimos muy contentas al veros”.
Por la tarde fuimos a la huerta. Y yo sé que Ángel Pellitero es de Valdespino Cerón, de León, porque se lo pregunté tres veces hasta que me dijo que no se lo preguntara más. Y por la noche yo no encontraba la cama, porque nos habían puesto en el dormitorio pequeño y atravesamos el grande para bajar. Después de las primeras buenas noches subimos por la escalera del comedor y de la iglesia y yo –y alguno más– atravesé el primer dormitorio y no encontraba la cama en el segundo. Pregunté al asistente, que era cura –José Antonio Pose–, y tuve que deshacer los pasos andados.
En pocos días –ejercicios espirituales incluidos–, estábamos ya metidos en ambiente que no perderíamos en los cinco años: estudio intenso, esfuerzo continuado, dedicación exclusiva, constancia en el trabajo.
Abilio López, Herminio y Laurentino en Astudillo, el 26 de diciembre de 1960.
Y estaban los juegos compartidos (desde medio cam-po metí yo un gol precioso y no volví a meter ninguno más en toda mi vida). Y los teatros de los fines de semana: durante años recordé el título y orden en que se represen-taron…). Y los paseos semanales. Y prácticas religiosas relativamente sencillas, incluidos los ejercicios mensuales de la Buena Muerte –con recordatorio de momentos finales macabros pero ajenos a nuestro mundo (“Cuando mis manos trémulas y entorpecidas…, cuando mis ojos vacilantes y desencajados…, cuando mis labios fríos y convulsos…”) y que a mí nunca me preocuparon–, la novena de la escoba por la fiesta de la Inmaculada (en 1º barrió a Cesidio Santos que tiró el colchón desde arriba, junto a la enfermería, por el hueco de la escalera), la doble misa de los domingos con el pequeño clero en acción, las bendiciones vespertinas con cantos en latín… Todo estaba encajado dentro de un ambiente que ya Umberto Eco destacó como ejemplo de control y uso de la comunicación en el oratorio de Don Bosco.
Estaba de director don Joaquín González, el padre maestro al que casi no veíamos y cuyos gritos escuchábamos por las tardes en la conferencia que daba a los novicios. Bajaba majestuoso por la escalera central que nunca usamos y a nosotros nos daba caramelos.
En la fiesta del director hubo que esperarle: venía de Herrera, adonde se escapó para que pudiéramos recibirlo… para entrar glorioso al toque de campanas. Años más tarde, en el noviciado, subíamos a la torre en las fiestas a tocar las campanas con el pie, y yo, como viceasistente, subía con más frecuencia para devolver las pelotas de jugar al frontón y otras que se habían quedado encajadas en el tejado. Los novicios habían hecho una alfombra junto al monumento a don Bosco del patio que ponía “Patri dilecto”. El latín que habíamos aprendido casi sin querer (puella pulcra est o algo así) no nos daba para entender la palabra dilecto y algún novicio nos lo explicó: De diligere: diligo, dilexi, dilectum…
Así se nos pasó el tiempo y, ya en los exámenes finales, nos recuerdo estudiando en silencio –al estilo conventual y monástico–, en el patio, durante algún recreo, los pueblos de España, sin saber que muchos de ellos después los iba a visitar para dar algún curso o dirigir algún encuentro, sobre todo en las capitales de provincia: creo que he estado y trabajado en todas ellas, menos en Gerona.
"En esta portería metí un gol, el primero y el último en mi vida de aspirante, desde la mitad del campo durante un recreo". ¡Valiente hazaña!
Allariz fue, como para muchos otros, un año encantador. Llegamos con un coche mixto que se paró en mitad de una cuesta… Todo era muy verde y luminoso. Con Leoncio Ramos aprendí al final del teatro –donde el primer mes teníamos la clase– los signos del zodiaco que no he vuelto a olvidar y, con Jesús Gómez de Villavedón, que todas las palabras francesas eran agudas. Pero tuve suspenso el primer mes y en trimestrales –los dos únicos suspensos de mi vida–, en los que no creo que haya influido que fui a decirle que, según una nota que ponía a pie de página, el participio de avoir (eu) se pronunciaba ü [y] y él me dijo que había dicho que eu siempre se pronunciaba ë [ø] y en ë se quedó. A finales tuve un 10 y, con las demás asignaturas, recibí el primer diploma, que lograría también en los tres años de Cambados y que Jesús Castaño no recordaba que se dieran.
El 12 de octubre, día del Pilar, los mayores del curso se fueron a Cambados para cursar allí segundo: nos dejaban a los demás camino ancho para navegar a placer. Y así fue. El colegio se inundó un día que fuimos de paseo a Santa Marina de Aguas Santas, y los alrededores de Allariz fueron testigo de nuestros recorridos: la laguna de Antela, el monte de Penamá, el Castillo, el avión de Paicordeiro y… un campo de fútbol en lo alto de un monte en el que, cuando el balón se escapaba, algún jugador había de perseguirle cuesta abajo y ser más rápido que él para no tener todos que dejar de jugar. O el campo de fútbol, en que competimos en julio en unas olimpiadas en las que yo gané algo por única vez en mi vida… Y El Breñal, con don Anselmo Duque, donde hicimos la famosa foto primaveral del curso, la única foto no formal de un curso entre todas las que aquí aparecen.
Fui panadero y despensero en dos ocasiones, con Federico Ibáñez y con Manuel Feijoo. Como despensero, me convertí en un experto en abrir velozmente botes de queso americano para la merienda. Manuel Feijoo me enseñó las primeras palabras en gallego, y la conjugación de los verbos (eu fun, ti fuches…) y los números (dazoito, al estilo de Nigueiroá) y algunas tonadas que cantaban los La foto más informal y alegre de un grupo: segundo curso en El Breñal, junto al Arnoya, en un paseo un día de primavera. Herminio está junto a don Anselmo Duque, no sabemos si queriendo suplantarle.
segadores cuando afilaban la guadaña y que después yo canté en Orense con los internos, aplicando otras letrillas. Fue mi primer contacto con el gallego en lo que era un enclave en castellano, que me sirvió después para seguir profundizando hasta llegar a tener la lección inaugural en el colegio de la Coruña, en 1980, sobre el ánima galaica.
Un día cortando el pan a medias con él, metí el dedo índice izquierdo con la barra más allá de donde debía y la cuchilla me rebanó media uña… Don Francisco el
Ínglis la metió en alcohol mientras meditaba en alto sobre la muerte y la brevedad
de la vida, pero no hubo nada que hacer. Me curaron en una farmacia de la plaza de las clarisas… y desde entonces ya tuve la disculpa para decir que no podía tocar la guitarra pues el dedo no llegaba a ocupar todo el traste.
Aprendíamos más por la constancia y dedicación que por la innovación pedagógica, pero recuerdo –además de las clases de caligrafía– la única práctica que tuvimos: don Francisco nos mandó elaborar una lista de los colores pegando el color al lado, que tuvimos que buscar donde pudimos. Desde entonces yo conozco el color fucsia. Y recuerdo la primera clase de Matemáticas con don Manuel izquierdo, con preguntas rápidas de cálculo mental, que yo clavé en mi primera clase –también de Matemáticas– en el trienio.
Al final del curso, camino de casa, yo me quedé en la estación de tren cuidando el montón de maletas de todos mientras los demás iban a visitar el colegio al que un día volvería durante el trienio y en el que viví los dos primeros años de ruptura con el ambiente en que había permanecido hasta entonces.
Los tres años de Cambados fueron la continuación del camino iniciado.
Al final de tercero, fueron mis padres a verme. Estaban allí el día que murió Juan XXIII (3 de junio de 1963). Como en sus últimos años mi madre vio que yo escribía, se puso también ella a escribir, con un lenguaje no viciado, ella que no había ido a la escuela más que unos meses. Me ha dejado varias libretas, la última escrita con 83 años, unos meses antes de morir. Y dice en la página 20:
“Año 63, fuimos a verte a Cambados tu padre y yo, Francisca. Cuando llegamos al colegio casi lloramos de alegría, que pudieras estar allí, en aquel colegio, que nos gustó mucho aquello. Fuimos después a hablar con el director del colegio: qué tal eras. Y nos dijo buenas informaciones: que si seguías así, como hasta ahora, llegarías a ser
profesor. Yo le dije qué habla- bas poco y él me dijo que ya ha- blarías, que sa- bías mucho”. ¡Amor de ma- dre!
No sabía mucho, pero otra cosa no teníamos que hacer y fuimos aprendiendo poco a poco en un ambiente de estudio, con círculos incluidos, y examen diario nocturno, a veces con “correrías apostólicas” de don Nicolás. A mí nunca me tocó. Apuntábamos las palabas de francés o de lengua en una libreta y las íbamos aprendiendo en las filas, que hacíamos en silencio. Y en Creta fui hablando con un taxista griego recordando el padrenuestro y el avemaría en griego que don Jerónimo nos enseñaba, además de entusiasmarnos con el MCM.
Y seguíamos con las clases de canto, y también con los motetes de Tomas Luis de Victoria en la semana santa (el viernes todo era silencio y no podía sonar otra música) y con el Liber chori desde el coro de la iglesia. Y participábamos en las sobremesas. Varias veces en el trabajo he intentado –sin lograrlo– que la gente cantara, algo que era habitual entre nosotros en la sobremesas, fuera en el comedor o en La Roca, y que el director de PPC me decía que un obispo salesiano con el que comió en América se puso a hacer en medio de la comida, lo mismo que a veces hacía yo. Y mientras estuvo en PPC José Luis Cortes, el de los dibujos, entonaba uno de los dos una canción y cantábamos juntos. ¡No lo podían soportar! Sobremesas… y teatro.
En 2º, en Allariz, fui precoz en el cambio de voz, lo que me permitió salir en el teatro con papeles de adultos: con una frase la primera vez… Pero en mayo tuve que aprenderme en una semana el papel de Abuelo en la zarzuela Caperuza azul para sustituir al clérigo que se fue a su casa. No sé cómo lo logré. ¡Menos mal que no tenía que cantar!”.
Y en Cambados me pasó algo similar con El rey moro, que hube de aprender –no sé por qué– en diez días y me sentaba en los recreos en el patio al lado de la pared de la iglesia a memorizarlo (¡Ojo, en los recreos no podíamos estar sentados). Y también salí de Abuelo en La cabaña del tío Tom (transliteración de la madre, pues llevaba un niño en brazos), o de Pedrisco en Condenado por desconfiado, o de marinero, aquí sí cantando en grupo, en La tempestad. Y no sé si era en Usted puede ser un asesino, en 5º, cuando Paco Chomón, que dirigía la obra se llevó las manos a la cabeza –lo estoy viendo– cuando a mí se me cayeron dos tejas que había metido en la funda de una cámara fotográfica. Salía de periodista y José Antonio León me dejó la funda, pero no la cámara, por si le podía pasar algo. El broche de la funda no ajustaba bien, de modo que se abría. Yo sostuve la funda con una mano durante toda la representación para que eso no sucediera, pero en un
La república de la broma, representada el 22 de junio de 1965.
momento –hacia el final– en que uno decía “¡Manos arriba!” y todos las levantábamos, yo también lo hice. Y la funda se abrió y las dos tejas cayeron al suelo con estrépito repetido, toc, toc, entre una carcajada del público… Y yo improvisé: “Mi cámara, me la han robado, que la había comprado en Nueva York…” Y recuerdo a Paco echándose las manos a la cabeza, sin enfadarse, que siempre ha tenido buen ánimo y sonrisa presta además de una cabeza muy bien amueblada. Veo ahora que en los cerca de mil cursos que he dado después a educadores, profesores, animadores de todo tipo y agentes de pastoral –la mitad de esos cursos sobre creatividad– algo han tenido que ver aquellas aventuras teatrales, tanto para hablar en público como para improvisar.
El 7 de marzo de 1965 tuvimos la última misa en latín. Lo recuerdo porque yo dirigía entonces el rezo del rosario –también en latín– durante la misa. Al final había una breve lectura de El rocío de la mañana, de Raúl Entraigas. Este libro quizás ha hecho que yo después haya escrito cosas parecidas o en los últimos 35 años haya llevado Cuaderno Joven, de la revista Misión Joven, en el que he incluido centeneras de páginas con historias similares y actuales.
Al final de 5º, durante algunos de los exámenes finales, caímos varios –al menos media docena– con sarampión. Puedo ser peligroso, pero no nos pasó nada. Don Antonio Estébanez nos cuidó en la enfermería, donde llegaban sones desde fuera de la tapia de la Yenka (“Adelante, adelante, izquierda, izquierda, derecha, derecha, adelante, detrás, un, dos, tres”, como si describiera nuestro futuro) y los sones de “María, María, María” de West Side story, que don Nicolás había traído cuando estuvo de capellán en el ejército y que salían del primer despacho del pórtico, habitáculo del consejero. Don Nicolás también trajo la enciclopedia por fascículos Monitor, en papel cuché, que tanto leí, sobre todo en las noticias de ciencia. Hace tres años, en el seminario de Madrid, mandé abrir una vitrina para poder ojearlos de nuevo en una colección que allí había.
A causa del sarampión, los exámenes finales de Religión y de alguna otra asignatura tuvie- ron que ser por oral. Recuerdo que nunca – ni cuando estudié en Comillas Teología fun- damental– he podido superar la intuición cla- rividente que tuve en- tonces sobre en qué podía consistir lo de la Trinidad. Nunca más. Hace siete años Federico nos recordaba lo que era la semana del duro: “aquella semana que se empezaba tras los duros exámenes de junio y primeros de julio. Se descansaba en los arenales de las concheiras y se tenía merienda cena en la roca a la hora de la puesta del sol”. Esta foto fue en ese semana de 1965. Por ahí andan, Juan Merino, Alejandro Fdez., F. Sueiro, Herminio, Castañín, J. F. Pereira, Julián, Federico y Juanjo…
El director, don Benito Bercedo, a final de 5º, nos regaló a cada uno un separador con una dedicatoria personalizada, escrita son su preciosa letra. La mía decía:
“Sé sumiso y rebelde.
Sumiso, para transformar la vida; rebelde, para transformarla.
Ni doblegarse ni partirse: morir de pie”.
No era original, sino una frase copiada –como las demás– de El pez, libro cuadrado y verde de García Salve que acababa de salir. Pero todavía recuerdo la frase y no sé si he sido sumiso y rebelde a la vez.
Cuatro años más tarde, en 1969, volví a Cambados al trienio. Todo era lo mismo y había cambiado ya. El aire era distinto.
Fui el primer asistente del primer grupo de externos que entraron a estudiar ya no como aspirantes, en el primer año en que se reconocían los estudios con validez oficial. Entre los alumnos de primero quiero recordar a dos artistas: Carlos Martínez Voces, hoy salesiano, autor del musical Juan Soñador –cuya letra yo mismo escribí con Isidro Lozano– y de otras muchas y buenas canciones. Y el externo Francisco Leiro, hoy mundialmente reconocido escultor, sobre todo de grandes esculturas en madera. Los dos era artistas con una sensibilidad exquisita, pero Leiro había dejado al final del curso el pupitre de madera totalmente remodelado. Lástima no disponer de él, pues sería una buena reliquia. “Nunca lo pasé tan mal como en la mili y en los salesianos”, me dijo una vez ya hace bastantes años. No sé si yo le entendí. Nosotros cantábamos entonces con Manolo Díaz que “la juventud tiene razón, hay que seguir luchando…”. Y eso intentamos hacer.
Al final del primer año don Santiago Ibáñez me dijo que no diera consejos a los superiores y me destinó a Orense. Fue un gran regalo. También marchó don Ulpiano con el mismo destino. Don Luis Ordóñez nos llevo en la decaúve. Después de salir por la puerta del pazo, me di cuenta de que dejaba allí la chaqueta. Tuve que volver por ella. No sé cuantas más cosas quedaron en Cam- bados: mucha vida, por supuesto. Y aquellas primeras experiencias pedagógicas, que con las Orense
y más tarde los cuatro años en Coruña –sobre todo 3 de ellos como profesor de Religión en el Instituto de Zalaeta– me hicieron apostar por la educación como agente de cambio y trabajar con los educadores para que así fuera.
Herminio Otero
Madrid, 12 de octubre de 2020