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“CUANTAS VECES EN LA VIDA…” Joaquín Nieto Isidro SDB

In document C U Á N T A S V E C E S EN LA VIDA (página 130-135)

Astudillo, Cambados, Astudillo, Medina, Cambados, Salamanca, Coruña…,

Santiago (1956-2020) Trienio en Cambados (1964-1967)

En las raíces

No voy a comenzar… ”cuando era niño…” pero una referencia a mi infancia me parece obligada. Nací en Villadepera de Sayago (Zamora) el 24 de julio de 1943, en una familia humilde y sencilla pero “muy familia”.

Mis primeros años están muy marcados por mis padres, Joaquín y Tránsito, y mi hermana María. La naturaleza era mi hábitat natural y la escuela y la iglesia mis lugares de referencia, con don Emilio, el maestro, y don Gregorio, el párroco.

¡Recuerdo tantas anécdotas…! Ya estaba yo “apalabrado” para irme con los salesianos. Don Emilio había dado el último empujón a mi padre para que me dejara ir. En esta situación fueron al pueblo de misión dos PP. Claretianos. Al final de aquellos días organizaron un acto con los niños y niñas. Me nombraron “alcalde” y me dieron un discurso para leer ante la asamblea. Lo leí, ensayándome tantas veces, que me lo aprendí de memoria. Aún recuerdo las primeras líneas: “Yo, Joaquín Nieto, Alcalde de esta ilustre y animada población infantil de Villadepera…” Echaron el anzuelo los claretianos, pero los salesianos ya habían tomado la delantera. Mi padre nos llevó a mí y a José Manuel Nieto a Zamora. Allí en la Universidad Laboral nos esperaba don Rosendo. Mi padre siempre lo recordaba con nostalgia y afecto.

En Astudillo

Era hacia la segunda semana de septiembre. Ir a Astudillo se me antojaba el extremo del mundo. Salimos en tren desde Zamora y de madrugada estábamos en la estación de Palencia. Nos acompañaba don Felipe García. Debíamos llegar un poco acalorados porque recuerdo que nos tomamos una gaseosa.

Y desde Palencia, La Combinada nos lleva a Astudillo. Era la primera vez en mi vida que salía de casa. Todo nuevo, todo extraño. Las primeras semanas, una morriña impresionante. Pero en ningún momento sentí la tentación de regresar. Nuevamente me encontré con don Rosendo. Poco a poco fui conociendo gente, salesianos y compañeros. Podría hacer referencia a muchos nombres. Unos viven,

Y transcurre el año de Astudillo. Más de doscientos alumnos entre primero y segundo. Para mí el número me descolocaba, pensando en los “veintipocos” de la escuela de mi pueblo.

En Cambados

Al concluir en Astudillo el primer año, vienen las vacaciones de verano. Al año siguiente no regresaríamos allí. Nos esperaba Cambados del que nos habían hablado más de una vez. Un colegio nuevo, al lado del mar. El mar…, cómo sería el mar... Mi imaginación infantil se disparaba.

Recuerdo que una mañana, estando en el pueblo, ya comenzado septiembre, me dice José Manuel, cuando coincidimos para la misa:

–¿Te ha llegado la carta de don Rosendo? –¿Qué carta? –le pregunto.

–La carta para ir a Cambados –me contesta. –No, a mí no me ha llegado nada.

Y ya empecé a darle vueltas en mis adentros. “Por qué no me habrán mandado la carta. Será que ya no quieren que vaya…”. Por si fuera poco, comentándolo con mis padres, insistieron en la misma idea.

Pasaban los días y no llegaba nada. Pero yo simplemente me di por avisado con la carta de José e iniciamos el viaje. Si Astudillo quedaba lejos… Cambados ya era como ir a América. Salimos de Zamora por la mañana, hacia las nueve. Hicimos el viaje en tren asomados a las ventanillas. Todo era novedad. La carbonilla del humo tiñó nuestras caras de modo que llegamos a Orense, hacia media tarde, no fácilmente identificables. Allí hicimos noche para reanudar el viaje el día siguiente hasta Villagarcía de Arosa. Y desde Villagarcía, en coche de línea, a Cambados. El gran colegio de Cambados estaba en plena construcción. Picapedreros por todas partes a las órdenes del señor Duro. Nos alojamos en el actual pazo que por entonces conservaba las señas de identidad de la donante: doña Dolores del Valle. Nos alojamos ocupando todos los rincones hábiles.

Aquí nos pasamos el mes de septiembre y parte de octubre. Tenían que venir los aspirantes de los cursos superiores, concretamente 4º y 5º y también los que iban a comenzar 1º, que lo harían en el mes de enero. Los de 3º, que habían hecho 2º en Astudillo con nosotros, estaban en Allariz. Pero en Cambados no había lugar para todos y las obras seguían su ritmo.

Fue en esta época cuando oímos por primera vez de labios de don Olegario Salán la canción “Cuántas veces en la vida, Cambados tiene que ser…”. Naturalmente no tardamos mucho en aprenderla. Y rara era la sobremesa, el paseo o tiempo de convivencia en que “Cuántas veces en la vida…” no sonara en los aires coreada por aquellas voces adolescentes.

En Sangenjo

La solución que encontraron nuestros superiores a la falta de espacio en Cambados fue llevarnos a Sangenjo, a 12 km. Hablar hoy de Sangenjo ya no sueña bien solo en Galicia, sino en cualquier lugar de España.

En la época del año en que nos encontrábamos, los hoteles, completos durante el verano, estaban ya vacíos. Y fue en el hotel La Terraza donde nos alojamos. Estábamos, naturalmente, distribuidos por las habitaciones. Recuerdo que en mi habitación estábamos Miguel

Meneses, Senén Machín y un servidor. Lo lógico y natural era que por las noches no respetáramos el silencio, entonces sagrado. Por el pasillo, en funciones de asistente, estaba don Joaquín Ruiz. Aunque hablábamos en voz baja, una noche entró en la habitación y nos llamó la atención.

–Ya está bien de charla, ¿no? Y recuerdo que Meneses le contestó:

–Es que estamos rezando el rosario.

En Sangenjo estuvimos hasta Semana Santa. Las clases eran en una parte del comedor y en el hall de entrada al cine. La capilla, el propio cine. Y el patio, un pequeño espacio al otro lado de la carretera y la playa, sobre todo con la marea baja.

Allí pasamos, naturalmente las Navidades. La Nochebuena, al concluir la cena, pasó la señora Palila (la esposa del dueño del hotel) sirviéndonos una copa de sidra a cada uno. Era para nosotros la “madre”. Cuando alguno estaba enfermo nunca dejaba de visitarlo y darle sus mimitos.

Hotel La Terraza, en Sangenjo, donde estuvieron unos meses los aspirantes

Fueron unos meses inolvidables para todos los que vivimos esta experiencia. Nuestros recreos en la playa, nuestras clases con don Olegario (“Yupi”), nuestras caminatas por el entorno, sobre todo Portonovo con su campo de fútbol, nuestras idas a Cambados (andando, naturalmente).

De nuevo en Cambados

En Semana Santa regresamos a Cambados. El alojamiento y las obras tenían que compatibilizarse. El último piso (el desván), la mitad sur era capilla, y la mitad norte teatro. En la actual iglesia aún no habían puesto la primera piedra. En la entrada principal y parte del pórtico, donde se acumulaba el material, los picapedreros un día tras otro amenizaban nuestras clases con el ruido monótono de sus herramientas. Así transcurrió hasta final de curso.

El curso tercero fue para mí el año de la crisis. En casa les sorprendió el bajón en los estudios. A ello se añadió algún comentario desafortunado que acompañaba a las notas, que hizo que a mis padres se les encendieran las alarmas. La presencia de don Olegario fue para mí fundamental. Mi confesor, mi confidente, mi paño de lágrimas. Supo acogerme, entenderme y acompañarme. Siempre ocupará un lugar importante en mi vida durante estos años.

Al final de curso, una sorpresa. En los reajustes que se estaban llevando a cabo entre los distintos cursos, del grupo de 3º, al cual yo pertenecía, algunos pasamos directamente a 5º en el curso siguiente, y de los de 4º otro grupito, también reducido, fueron al noviciado.

Mi quinto curso transcurrió con relativa calma. Se fueron equilibrando los desajustes provocados. Yo personalmente me fui

encontrando cada vez más sosegado y centrado. El ambiente de seminario, con don Justi como director y un nutrido grupo de salesianos cuyos nombres podría recordar uno a uno, se iba consolidando. …Y otra vez Cambados

Paso por alto el año de noviciado en Astudillo y los tres de Medina. Llega el momento de salir al trienio y… de nuevo, destino Cambados.

Todo era conocido, pero al mismo tiempo todo era nuevo. Aunque no habían pasado muchos años las circunstancias habían cambiado sustancialmente.

Joaquín, durante el trienio en Cambados, con Hilario de Mena, que murió trágicamente el 1 de enero de 2007 en el derrumbe de un edificio por explosión de gas en Palencia

Ya me estrené antes de comenzar el curso y de la llegada de los aspirantes. Recuerdo que estaba por allí en aquel fin de verano José María Álvarez, procedente del colegio de San Matías de Vigo, que se incorporaría luego al aspirantado. Quería ponerse un poco al día en el latín. Y allí me estrené.

En setiembre comienza oficialmente el curso: asistente de 3ºB y algunas clases de dibujo en 5º. ¡Qué tiempos! Cuántos nombres pasan por mi cabeza y, asociados a ellos, multitud de anécdotas y “sucedidos”. Algunos ya han fallecido; muchos siguen en la vida salesiana, a otros la vida le ha ido llevando por distintos caminos, pero todos ocupan un lugar en mi corazón.

Para todos, desde estas líneas, mi recuerdo entrañable y un abrazo enorme, aunque en estas circunstancias deba ser más virtual.

Joaquín Nieto Isidro

Santiago de Compostela, 20 de septiembre de 2020

Clérigos durante el trienio en Cambados (1965-1966): Jesús Manso, Miguel Meneses, Isidro Lozano, Benito Bercedo (Director), Ángel Carvajal, Rafa Castro, Joaquín Nieto

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