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EL EXAMEN DE MI VIDA Matías Vallejo Romero

In document C U Á N T A S V E C E S EN LA VIDA (página 181-186)

Celanova, Allariz, Cambados y Astudillo (1960-1966)

Cuando yo fui a los Salesianos era un día de finales de verano de 1960. Unos meses antes, quizás en mayo o junio, en Ponferrada, me enfrentaba a un examen en que don Rosendo nos ponía a prueba a un grupo de futuros aspirantes.

Una mañana, muy temprano, juntamente con otro niño de mi mismo pueblo, Lillo del Bierzo, había bajado en el coche de línea hasta Ponferrada. En un colegio cuyo nombre no recuerdo, intenté hacer lo mejor posible un “examen” que, con el discurrir de los años y por lo que más adelante diré, creo que fue el “examen de mi vida”. Solo tengo en mi memoria una pequeña anécdota, si así se puede llamar, relacionada con ese examen. En la escuela del pueblo jamás el maestro me había explicado los números fraccionarios. Cuando en un ejercicio vi unos números encima de otros…, bueno, es fácil imaginar mi reacción.

Un mes o dos después, mis padres recibieron una carta en la que les explicaban el día que debía presentarme en la estación de Ponferrada para viajar hasta Celanova, así como el ajuar que debía llevar, marcado todo con el número 248. Ah…, y sin olvidarse del colchón.

El día señalado, acompañado por mi madre y con la maleta y el colchón que abultaban el doble que mi pequeña figura, me presenté en la estación de Ponferrada y, desde allí, en un tren lento, lento, lento…, bordeando durante muchos kilómetros el río Sil y posteriormente el Miño, llegamos a Orense. Y de Orense, a Celanova. Cambados: Foto de Matías Vallejo en su viaje de 2005. (Foto del auto).

Durante seis años (Celanova, Allariz, Cambados y Astudillo) mi vida, mis anécdotas, posiblemente sean más recordadas por algunos de mis compañeros que por mí mismo.

De esos seis años pasados en los Salesianos conservo algunos recuerdos, pero son recuerdos bastante inconsistentes donde realidad y ficción se mezclan para crear más confusión en mi memoria. Afloran esos recuerdos cuando algún estímulo, una foto, una conversación, una lectura, enciende y conecta ese recóndito escondrijo al que trato de llegar 60 años después.

Sin embargo, siempre queda algún rescoldo que, una vez avivado, puede trasladar al presente aquello que desde hace tantos años permanece “Dios sabe dónde”: • De Celanova recuerdo el enorme “caserón”

(perdón por llamarlo así), sede del Colegio y, a la vez, sede del Auxilio Social, institución de la época de posguerra.

– ¡Cuántos partidos de frontón en uno de los claustros! Por cierto, en el patio de ese claustro también jugábamos, con unas pelotas de trapo, a balón-rey (¿Se llamaba así?).

– Todavía tengo en una de mis piernas la señal causada por una patada, jugando al fútbol, que me propinó mi amigo Manuel Feijoo.

– Tampoco se ha borrado de la memoria la escapada, algo que teníamos totalmente prohibido, a la cúpula de la iglesia del monasterio.

– También tengo un recuerdo, pero esta vez desagradable, de la primera comida. Al entrar en el comedor ya teníamos los platos llenos, creo que de caldo gallego. A mí no me gustaba, pero había que terminarlo si se quería salir del comedor…

• De Allariz recuerdo los paseos a orillas del río Arnoia.

– Y recuerdo también, cómo no, una salida a la laguna de Antela, cerca de Xinzo de Limia, donde las sanguijuelas se nos pegaban a las piernas.

– Igualmente los recreos en que jugábamos en el patio a un juego que podría parecerse al béisbol.

Matías en Celanova (arriba) y en Allariz (abajo) en 2004.

• Cambados, Cambados, Cambados… “Cuántas veces en la vida Cambados tiene que ser…”

– Cambados marcó un punto de inflexión en mi estancia en los Salesianos. ¡Cómo será que, cuando en alguna conversación sale el tema de los Salesianos, el primer recuerdo es… Cambados!

– Quizás sea porque en esa época mi consciencia era ya mayor. Me estaba convirtiendo en adolescente.

– Fue una época en la que disfrutaba jugando, en los paseos por las pequeñas aldeas de los alrededores, en los partidos jugados cuando la marea estaba baja cerca de las rocas… Incluso disfrutaba estudiando.

– No puedo dejar pasar la ocasión de mencionar y dar las gracias por su bondad, por su sonrisa, por su cariño, a don Jerónimo de Ándrés.

• De Astudillo recuerdo muy pocas cosas:

– La puesta de sotana en Zamora, día feliz que compartí con mi familia presente en el evento.

– La excesiva rigurosidad. Para mí siempre fue difícil saber en qué basaban sus opiniones los superiores para calificar la conducta de los novicios.

– El día 31 de mayo de 1966 finalizaba mi estancia en los Salesianos después de una breve charla con el padre Maestro.

Ese día, 31 de mayo de 1966, me vi de nuevo en mi pueblo; y me vi muy perdido, muy desamparado, muy solo…, a pesar de tener mucha gente a mi alrededor.

Matías en Cambados, en la zona de los magnolios con el invernadero al fondo (2005)

Imposición de sotana en Zamora (1965)

Así pasé varias semanas, hasta que reaccioné y me di cuenta de que comenzaba para mí una vida nueva. Una nueva vida en la que solo yo podía marcar el rumbo y tomar decisiones, acertadas y equivocadas.

Como la situación económica familiar no era muy boyante (la verdad es que nunca lo fue), pronto, creo que fue a primeros de julio, me puse a trabajar en un taller de calderería perteneciente a una de las varias empresas de la única industria de la zona: la minería.

Al mismo tiempo que comenzaba a trabajar, intentaba poner orden en mis ideas. Y mi idea principal en ese momento era seguir estudiando, no echar en saco roto la excelente formación recibida durante seis años. Mi situación era complicada. No podía asistir a ningún instituto. El más cercano estaba entonces a 35 kilómetros de Lillo del Bierzo, en Ponferrada.

Pero como dice el refrán que “Dios aprieta, pero no ahoga”, escuchando la radio se encendió la luz a través de un anuncio/propaganda de las Universidades Laborales. Aunque el plazo para solicitar becas ya había finalizado, sin impreso oficial, a través de una carta simplemente, solicité una beca y… ¡Milagro!, me la concedieron. Podía, por tanto, seguir estudiando, podía hacer valer la formación recibida en los Salesianos.

En septiembre de ese 1966 me vi de nuevo interno, en la Universidad Laboral de Córdoba, regentada por los Dominicos; pero para esta nueva etapa de mi vida ya tenía alguna experiencia acumulada durante los seis años anteriores.

Todo lo sucedido posteriormente, convalidación de estudios, finalización del bachillerato, estudios de Magisterio en León, solo son consecuencia del espíritu de superación, del espíritu de sacrificio, de los años de formación impagable que recibí en los Salesianos.

Terminado Magisterio, me ha “tocado” ejercer en diversos destinos: en los HH. Maristas de León antes de aprobar las oposiciones y, una vez superadas estas, en León, Ponferrada, Astorga, Badalona y Madrid. A partir del año 2000, merced a una comisión de servicios, he trabajado en el Servicio de Apoyo a la Escolarización de Ciudad Lineal, San Blas y Vicálvaro, en Madrid.

He pasado por todas las situaciones imaginables ejerciendo mi profesión: tutor, secretario, jefe de estudios, director; aunque creo que la labor como docente dando clases ha sido la más gratificante.

Mi profesión me ha permitido disfrutar de alegrías y también de compartir alguna tristeza con mis numerosos compañeros.

Hoy, a mis 72 años, cuando vuelvo la vista atrás y recuerdo “el examen de mi vida” en Ponferrada, me considero una persona afortunada y doy gracias a la vida que me ha ofrecido oportunidades con las que, siendo niño y, sobre todo, pensando en el entorno y ambiente que me deparó mi niñez, jamás podría haber soñado.

Es imposible saber qué me habría deparado la vida si hubiera seguido un “camino normal”, o sea, sin ese examen para ingresar en los Salesianos. Sin embargo, sí puedo decir cuál hubiera sido el itinerario más habitual en aquellos tiempos para la mayoría de los hijos de los mineros:

– Escuela hasta los 14 años, si antes no se abandonaba, algo relativamente frecuente entonces.

– Hacia los 14 años, comenzar a trabajar en la “línea de los baldes” aéreos que transportaban el carbón desde las explotaciones mineras hasta el ferrocarril hoy llamado Ponfeblino.

– Después de cuatro o cinco años, la mina, la negra y dura mina.

– Con suerte, poder jubilarse después de tener los pulmones destrozados por la silicosis y, si no había tanta suerte, la mina, de vez en cuando, se cobraba su tributo.

Por eso, considero que fui muy afortunado y que todo lo que para mí era una gran probabilidad cambió y se convirtió en un mal sueño que nunca llegó a cumplirse.

Por todo ello, por seis años estupendos y maravillosos, por la gran formación humanística recibida, por la suerte de tener unos estupendos compañeros, estoy muy agradecido a los Salesianos.

Matías Vallejo Romero

Quintana del Castillo (León), 18 de septiembre de 2020

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