y ordena que todos vuelvan a la cama
ATAQ UE EN LA CIMA DE LOS VIENTOS
[225]
Este capítulo, que llevaba el núm ero VIII y que, com o era habitual, no tenía título (aunque posteriorm ente m i padre escribió a lápiz « Un cuchillo en la oscuridad» ) com ienza en la m ism a página del m anuscrito en que term ina el anterior; sin duda, no se detuvo en este punto y el m anuscrito tiene las m ism as características: fue escrito con tinta, de prisa pero en form a legible, encim a de borradores a lápiz en los que únicam ente se distinguen algunas palabras o frases aisladas (véase la pág. 239). El texto se prolonga sin interrupción hasta el final del capítulo 12 de la CA, « Huy endo hacia el Vado» , pero, al igual que el capítulo VII original, lo he dividido en dos partes (véase el cuadro en la pág. 171).
Junto a la saliente del noroeste de la Cim a de los Vientos, baj o la lom a alargada que la unía con las colinas que se elevaban detrás de ella, había una profunda cañada. Odo y Frodo se habían quedado esperándolos allí. Habían encontrado señales de un cam pam ento y de fuego reciente y un gran (y asom broso) obsequio: detrás de una enorm e piedra había una pequeña pila de leña. Y, lo que era aún m ej or, baj o la leña encontraron una caj a de m adera con algunas provisiones, sobre todo cram, pero tam bién tocino y frutas secas. ¡Adem ás había un poco de tabaco!
Com o quizá recordéis, cram era una palabra de la lengua de los hom bres del Valle y del Lago Largo con la que describían un alim ento especial que preparaban para llevar en largos viaj es. No se echaba a perder y era m uy nutricio, aunque no m uy agradable, porque había que m asticarlo m ucho y no tenía ningún sabor en especial. Bilbo Bolsón había traído la receta; después de regresar a casa, solía llevar cram en algunas de sus largas y m isteriosas cam inatas. Gandalf tam bién se acostum bró a com er cram en sus perpetuos vagabundeos. Decía que le gustaba rem oj arlo en agua (aunque cuesta creerlo). Pero en las tierras salvaj es no eran nada despreciables, y los hobbits le agradecieron [226] a Gandalf por su am abilidad. Se sintieron aún m ás agradecidos cuando llegaron los otros tres tray endo las alarm antes noticias, y todos se dieron cuenta de que todavía tenían por delante un largo viaj e antes que
pudieran esperar alguna ay uda. Celebraron un conciliábulo de inm ediato, y descubrieron que les era difícil decidir qué debían hacer. Lo que finalm ente los llevó a decidir que ese día no seguirían cam inando y que esa noche acam parían en la cañada fue la leña (porque no podrían haber llevado sino un poco).[154] Parecía im prudente, por no decir peligroso, echar a andar en seguida o antes de descubrir si y a se sabía que habían llegado a la colina o si los estaban esperando. Porque, a m enos que tom aran un largo desvío retrocediendo hacia el noroeste a lo largo de las colinas y dej aran de avanzar hacia Rivendel por cierto tiem po, no les sería fácil encontrar cobij o ni ocultarse. Era im posible seguir por el Cam ino; pero al m enos tenían que cruzarlo para internarse en las tierras m ás accidentadas, cubiertas de espesos m atorrales, que se extendían hacia el sur. Al norte del Cam ino, m ás allá de las colinas, la tierra era árida y llana en una extensión de m uchas m illas.
—¿El… enem igo puede ver? —preguntó Merry —. Quiero decir, parece que siem pre han olfateado en lugar de m irar, al m enos durante el día. Pero tú hiciste que nos echáram os al suelo.
—No sé cóm o perciben lo que buscan —dij o Trotter—, pero les tem o. Y sus caballos pueden ver.[155]
Ya caía la tarde. No habían com ido desde el desay uno. Estaban ham brientos a pesar del tem or y la incertidum bre. En el fondo de la cañada, donde todo estaba sereno y silencioso, prepararon una com ida; la m ej or com ida que se atrevieron a preparar después de exam inar sus provisiones. Si no hubiese sido por el obsequio de Gandalf no se habrían atrevido a probar m ás que un bocado. Habían dej ado atrás las regiones donde se podían encontrar posadas o villas. Al sur de donde se encontraban había Gente Grande (eso decía Trotter). Pero hacia el norte y el este en las tierras cercanas no había m ás que páj aros y bestias, eran lugares inhóspitos abandonados por todas las razas del m undo: los Elfos, los Hom bres, los Enanos y los Hobbits, e incluso los trasgos. Los Montaraces m ás arriesgados atravesaban a veces esas regiones, pero pasaban sin detenerse. [227] Había otras pocas gentes errantes, pero no eran cordiales: Trolls que descendían a veces de las colinas m ás distantes o de las Montañas. Sólo en el Cam ino se podía encontrar algún viaj ero, rara vez Gente Grande en esa época, Elfos tal vez, casi siem pre Enanos que pasaban de prisa ocupados en sus propios asuntos, y que no se detenían a hablar o a ay udar a gente extraña.
Por eso, ahora que Gandalf se había m archado, sólo podían contar con lo que llevaban, probablem ente hasta que se encam inaran por fin hacia Rivendel. Sólo si tenían suerte encontrarían agua. Las provisiones que tenían tal vez les hubieran alcanzado para unos diez u once días; y ahora, con los alim entos que Gandalf les había dej ado, podrían resistir m ás de dos sem anas, siem pre que no com ieran dem asiado. Podría haber sido peor. Pero la posibilidad de pasar ham bre no era lo
único que los hacía tem er.
El frío aum entaba j unto con la oscuridad. Una niebla cubría nuevam ente los pantanos lej anos; pero el cielo había aclarado de nuevo y un frío viento del este barría las nubes. Mirando desde los bordes del valle [debe decir cañada] no veían otra cosa que una tierra gris, que se borraba rápidam ente hundiéndose en las som bras, baj o un cielo claro puntuado por estrellas centelleantes cada vez m ás num erosas.
Hicieron una pequeña fogata en lo m ás profundo de la cañada, y se sentaron en torno envueltos en todas las ropas y m antas que tenían; al m enos, eso hicieron Bingo y sus com pañeros. Trotter parecía contentarse con una sola m anta, y estaba sentado a cierta distancia del fuego, aspirando el hum o de la pipa corta. Se turnaron para m ontar guardia en el borde de la cañada, en un lugar desde donde se divisaban las escarpadas laderas de la Colina de la Cim a de los Vientos y la ladera m enos em pinada de la lom a, todo lo lej os que alcanzaban a ver en la creciente oscuridad.
Mientras caía la noche, Trotter se puso a contarles cuentos para que olvidaran el m iedo. Conocía m uchas historias de los anim ales salvaj es, y decía que hablaba algunas de sus lenguas; y podía contar extrañas historias de sus vidas y aventuras poco conocidas. Tam bién conocía m uchas historias y ley endas de los días antiguos, de los hobbits cuando la Com arca todavía era una región salvaj e, y de cosas m ás rem otas que los vagos recuerdos [228] del pasado de los hobbits. Se preguntaban dónde habría aprendido todas esas historias.
—¡Háblanos de Gil-galad! —dij o Frodo—, m encionaste ese nom bre no hace m ucho,[156] y todavía resuena en m is oídos. ¿Quién era?
—¡No lo sabes! —dij o Trotter—, Gil-galad fue el últim o de los grandes Rey es Elfos: Gil-galad significa Luz de las Estrellas en la lengua de los Elfos. Derrotó al Enem igo, pero perdió la vida. Pero no os contaré esa historia ahora, aunque supongo que la oiréis en Rivendel, cuando lleguem os allí. Elrond la contará, porque la conoce bien. Pero os contaré la historia de Tinúviel; resum ida, pues es un cuento largo del que no se conoce el fin, y no hay nadie excepto Elrond que recuerde toda la historia tal com o se la contaba antaño. Pero, aunque os la cuente resum ida, es una historia herm osa, la m ás herm osa de los días m ás antiguos. —Se quedó en silencio un instante, y luego em pezó no a hablar, sino a entonar dulcem ente:
Intercalar La luz en el tilo, versión corregida. O las líneas aliteradas. Sigue la historia resum ida de Tinúviel.
A continuación, m i padre siguió escribiendo en el m anuscrito hasta el com ienzo del resum en en prosa de la historia de Beren y Lúthien. Pero no había avanzado m ucho cuando lo abandonó y, volviendo al com entario de Trotter sobre la historia, sustituy ó el final por lo siguiente: « Es una historia herm osa, aunque
triste com o las historias de la Tierra Media, y sin em bargo quizá alivie los corazones de los enem igos del Enem igo» . Luego escribió:
He aquí a Beren Mano Vacía el audaz[157]
pero tam bién tachó esas palabras. Poco antes había planteado la posibilidad de usar « las líneas aliteradas» , refiriéndose al pasaj e en verso aliterado que precedía a Light as Leaf on Lindentree [Luz como hoja en el tilo] publicado en The Gryphon (Universidad de Leeds) en 1925,[158] pasaj e que guarda una estrecha relación con algunas líneas de la segunda versión de Lay of the Children of Húrin [Balada de los hijos de Húrin] en verso aliterado, en las que Halog, uno de los guías de Túrin en su viaj e hacia Doriath, cantaba esa canción « para aliviar los corazones» cuando vagaban por el bosque. Pero m i padre decidió no incluir esas líneas en ese punto y en el m anuscrito escribió una nueva versión de Light as Leaf on Lindentree. En ese texto, el poem a se asem ej a m ucho [229] m ás a la versión definitiva que aparece en la CA (págs. 268-270), pero contiene elem entos del antiguo poem a que después se perdieron y elem entos que no aparecen en ninguna de esas dos versiones. Posteriorm ente se introduj eron m uchos cam bios en el texto y m ientras se lo iba escribiendo se consideraron diversas alternativas (la m ay oría de ellas incluidas en la versión definitiva), pero aquí presento el texto original sin las variantes ni las correcciones posteriores.
Las hojas eran largas, la hierba era fina; cubría la tierra un grueso manto de otoños, raíces serpenteantes se asomaban y se hundían,
la luna se elevaba brillando. Los pies de Tinúviel ligeros y presurosos
se acercaron a la flauta de plata de Ilverin:[159] bajo las espesas cicutas y umbelas
Tinúviel se alzaba centelleante. Silentes mariposas recogieron las alas,
la luz se perdió entre las hojas
cuando allí llegó Beren desde los montes fríos, errante y afligido.
y vio maravillado unas flores de oro, sobre el manto y las mangas de la joven,
y el cabello la seguía como una sombra. El encantamiento se apoderó de sus pies cansados,
condenados a errar por sobre piedras, y se precipitó, vigoroso y rápido,
a alcanzar los rayos de la luna. Entre los bosques del país de los Elfos
huyeron levemente con pies que bailaban, y lo dejaron a solas errando todavía,
escuchando en la floresta callada. A veces oía el sonido volante
de los pies tan ligeros como hojas de tilo o la música que fluye bajo tierra
en las ocultas estancias de Doriath. [230] Pero las hojas de la cicuta se marchitaron,
y una por una suspirando cayeron las hojas de las hayas
en los fríos bosques de Doriath. La siguió siempre, caminando muy lejos;
las hojas de los años eran una alfombra espesa, a la luz de la luna y a los rayos de las estrellas
que temblaban en los cielos helados. El manto de la joven centelleaba a la luz de la luna
mientras allá muy lejos en la cima ella bailaba, llevando alrededor de los pies
una bruma de plata estremecida. Cuando el invierno hubo pasado, ella volvió,
y como una alondra que sube y una lluvia que cae y un agua que se funde en burbujas
su canto liberó la repentina primavera. Allí él la oyó cantar con voz clara y viva,
y las cadenas del invierno lo abandonaron; y ya no temió acercarse a la joven
sobre los prados de hierba.
De nuevo ella huyó, pero él la llamó a voces: Tinúviel, Tinúviel.
Ella se detuvo por su voz hechizada y ante él se alzó centelleante. Y el destino cayó al fin sobre ella,
que se abandonó brillando en los brazos de Beren mientras un eco repetía en las colinas
Tinúviel, Tinúviel.
Mientras Beren la miraba a los ojos entre las sombras de los cabellos vio brillar allí en un espejo
la luz temblorosa de las estrellas. ¡Tinúviel!, ¡oh belleza élfica!,
doncella inmortal de sabiduría élfica lo envolvió con su sombría cabellera
y blancos brazos de plata resplandeciente. [231] Larga fue la ruta que les trazó el destino
sobre montañas pedregosas, grises y frías, por habitaciones de hierro y puertas de sombra
y florestas nocturnas sin mañana.
Los Mares que Separan se extendieron entre ellos, y sin embargo al fin de nuevo se encontraron, y en el bosque cantando sin tristeza
Trotter hizo una pausa antes de hablar otra vez.
—Ésta es una canción —dij o— que habla del encuentro de Beren el m ortal y Lúthien Tinúviel, pero es sólo el com ienzo de la historia.
» Lúthien era la hij a de Thingol, un rey de los elfos de Doriath al oeste del Mundo Medio, cuando la tierra era j oven. Su m adre era Melian, que no pertenecía a la raza de los Elfos porque venía del Rem oto Oeste, de la tierra de los Dioses y el Reino Bienaventurado de Valinor. Se dice que la hij a de Thingol y Melian era la doncella m ás herm osa que hay a existido o que pueda existir entre todos los hij os del m undo. Piernas tan gráciles no volverán a correr j am ás por la tierra verde, ni rostro tan herm oso contem plará el cielo j am ás, hasta que todo hay a cam biado.
El siguiente pasaj e, en el que se elogia a Lúthien, es prácticam ente idéntico al que aparece en el Quenta Silmarillion (1937), gran parte del cual se repite en la obra publicada (pág. 223, « Llevaba un vestido azul…» ),
» Pero Beren era hij o de Barahir el Intrépido. En aquellos días, los padres de los padres de los Hom bres abandonaron el Este; y algunos llegaron incluso hasta el oeste de la Tierra Media, y allí se encontraron con los Elfos, y ellos les enseñaron, y adquirieron sabiduría, pero eran m ortales y tenían una corta vida, porque ése es su destino. Sin em bargo, m uchos de ellos ay udaron a los Elfos en sus guerras. Porque en esa época los Elfos cercaron al Enem igo en su siniestra fortaleza del norte. La fortaleza se llam aba Angband, las Estancias de Hierro baj o las torres atronadoras de la m ontaña tenebrosa, Thangorodrim .
» Pero el Enem igo rom pió el cerco, e hizo retroceder a los [232] Elfos y los Hom bres m ás y m ás hacia el sur; y Barahir m urió. Las tierras del oeste fueron asoladas, pero Doriath resistió por largo tiem po gracias al poder y a los encantam ientos de la Reina Melian que levantó una valla en torno a Doriath para que el m al no pudiese entrar allí. En la canción se cuenta[160] cóm o Beren huy ó hacia el sur enfrentándose a m uchos peligros y llegó finalm ente al reino escondido y descubrió a Lúthien. La llam ó Tinúviel, es decir, Ruiseñor, porque aún no sabía cóm o se llam aba.
» Pero Thingol el Rey de los Elfos se m ostró airado, despreciaba a Beren por ser un m ortal y un fugitivo; y lo envió en una búsqueda desesperada para conquistar a Lúthien. Porque le ordenó que le llevara una de las tres j oy as de la corona del Rey de Angband, que estaba en las profundidades del Palacio de Hierro. Esas j oy as eran los Silm arils de los que se habla en m uchas canciones, j oy as poderosas y de brillo sagrado, porque habían sido hechas por los Elfos del Reino Bienaventurado, pero el Enem igo las había robado y estaban custodiadas por todos sus vasallos. Sin em bargo, Beren tuvo éxito en su búsqueda, porque
Lúthien huy ó del reino de su padre y lo siguió; y con la ay uda de Húan, el sabueso de los Dioses, que salió de Valinor, lo encontró otra vez, y a partir de entonces y j untos conocieron peligros y tristezas, y llegaron hasta Angband y engañaron al Enem igo, y lo derrotaron, y se apoderaron de un Silm aril y huy eron.
» Pero el lobo que custodiaba la oscura puerta de Angband le arrancó a Beren la m ano en que llevaba el Silm aril, y Beren casi perdió la vida. Sin em bargo, se cuenta que Lúthien y Beren lograron escapar al fin y regresaron a Doriath, y el rey y todo su pueblo se m aravillaron. Pero Thingol le recordó a Beren que había prom etido no regresar a m enos que llevara un Silm aril en la m ano.
» —Ahora m ism o lo tengo en la m ano —respondió Beren. » —¡Enséñam elo! —dij o el rey.
» —No puedo hacerlo —dij o Beren— porque m i m ano no está aquí —y extendió el brazo m utilado. Y desde entonces se lo conoció com o Beren Erham ion, el Manco.
» Entonces relataron la historia de la Búsqueda en el salón del rey y eso lo hizo m ostrarse com pasivo, y Lúthien puso su m ano en la de Beren ante el trono de su padre. [233]
» Pero el terror se apoderó pronto de Doriath. Porque el tem ible lobo guardián de Angband, enloquecido por el fuego del Silm aril que le consum ía las entrañas m alignas, vagaba por el m undo, feroz y aterrador. Y el hado y el poder de la j oy a le perm itieron atravesar las fronteras vigiladas y llegar en su persecución aun hasta Doriath; y todas las criaturas huían a su paso. Entonces organizaron en Doriath la Caza del Lobo, y en ella participaron el Rey Thingol y Beren Erham ion y Beleg el Arquero y Mablung el de la m ano pesada, y el sabueso Húan.
» Y el enorm e lobo saltó sobre Beren y lo derribó y lo hirió gravem ente; y Húan dio m uerte al lobo, pero perdió la vida. Y Mablung sacó el Silm aril de las entrañas del lobo, y se lo entregó a Beren, y Beren se lo dio a Thingol. Entonces llevaron a Beren, con Húan a su lado, al palacio del rey. Y Lúthien le dij o adiós ante las puertas, pidiéndole que la esperara m ás allá de las Grandes Aguas; y él m urió en sus brazos.
» Pero el espíritu de Lúthien se sum ió en las som bras, porque ése era el destino que cay ó sobre la doncella élfica por am ar a un hom bre m ortal; y fue declinando lentam ente, com o les ocurre a los Elfos cuando sufren un dolor insoportable. Su herm oso cuerpo parecía una flor arrancada súbitam ente y que queda por un tiem po sobre la hierba sin m architarse,[161] pero su espíritu atravesó las Grandes Aguas. Y se dice que cantó ante los Dioses, y que en su canto hablaba de las tristezas de las dos razas, los Elfos y los Hom bres. Lúthien era tan herm osa y su canto era tan conm ovedor que los Dioses se apiadaron. Pero no tenían poder para retener por largo tiem po dentro de los confines del
m undo a los espíritus de los hom bres m ortales que perecían, ni podían alterar el