y ordena que todos vuelvan a la cama
TROTTER Y EL VIAJE HACIA LA CIMA DE LOS VIENTOS
[189]
El capítulo VII original, que no tiene título, se prolonga sin interrupción hasta lo que pasó a ser el capítulo 10 de la CA, « Trancos» , para term inar en m edio del capítulo n de la CA, « Un cuchillo en la oscuridad» ; pero la prim era parte de la narración que se presenta a continuación se encuentra en dos versiones m uy distintas desde el punto de vista de la estructura (los dos son textos legibles escritos con tinta). Mi padre tituló estos textos « Corto» y « Alternativo» , pero en este capítulo los llam aré A (« Alternativo» ) y B (« Corto» ), La relación entre los dos es sum am ente com plej a, aunque es posible explicarla;[128] en todo caso, no es un elem ento m uy im portante de la historia de la narración, porque evidentem ente las dos versiones fueron escritas en la m ism a época. Presento en prim er lugar el texto alternativo A (en el que m i padre escribió posteriorm ente « Usar esta versión» ),
—¡Ahora recuerdo! —dij o el posadero haciendo chasquear los dedos—. ¡Medio m om ento! Ya recuerdo, les dij e que lo recordaría. ¡Cielos! ¡Cuatro hobbits y cinco poney s! En los últim os días m e han preguntado varias veces por un grupo com o el de ustedes, y tal vez convendría que habláram os.
—¡Sí, por supuesto! —dij o Bingo abatido—. Pero no aquí. ¿No desea venir a nuestro cuarto?
—Com o usted quiera —dij o el posadero—. Cuando hay a arreglado una o dos cositas, iré a desearles buenas noches y a ver si Nob les ha llevado todo lo que necesitan; entonces hablarem os.
Bingo, Odo y Frodo volvieron a la salita.[129] No había luz. Merry no estaba allí, y el fuego había dej ado de arder. Sólo después de avivar un rato las llam as y de haberlas alim entado con un par de troncos, descubrieron que Trotter había venido con ellos. Estaba tranquilam ente sentado en una silla en el rincón.
—¡Hola! —dij o Odo—. ¿Qué desea?
—Es Trotter —dij o Bingo apresuradam ente—. Sospecho que tam bién quiere hablar conm igo.
—Sí y no —dij o Trotter—. Tengo m i precio.
—¿Qué quiere decir? —preguntó Bingo, perplej o y alarm ado. [190] —No tenga m iedo. Sólo esto: le contaré lo que sé, y le daré lo que tengo y, aún m ás, guardaré su secreto baj o la capucha (m ucho m ej or que usted y sus am igos), pero quiero una recom pensa.
—¿Y cuál es su recom pensa, m e podría decir? —dij o Bingo, enfadado; com o es natural, pensaba que habían caído en m anos de un pillo, y recordó con disgusto que le quedaba poco dinero.[130] El total no contentaría a un pillo, y no podía prescindir ni siquiera de una parte.
—No es m ucho —respondió Trotter con una m ueca de satisfacción—. Sólo esto: tendrá que llevarm e con usted hasta que y o decida dej arlo.
—¡Oh!, ¿de veras? —replicó Bingo, sorprendido pero no m uy aliviado—. Aun en el caso de que aceptara, no podría prom eterle una recom pensa hasta saber m ucho m ás de usted y de sus noticias, señor Trotter.
—¡Excelente! —dij o Trotter cruzando las piernas—. Parece que está recobrando el buen sentido; m ej or así. Hasta ahora no se ha m ostrado ni siquiera la m itad de lo desconfiado que debía. Muy bien, entonces, diré lo que sé, y usted se encargará del resto. Eso m e parece j usto.
—¡Adelante entonces! —dij o Bingo—. ¿Qué sabe?
—Y bien, le diré lo que sé —dij o Trotter, baj ando la voz; se incorporó y fue hasta la puerta, la abrió rápidam ente, m iró fuera, y luego la cerró en silencio y se sentó otra vez—. Tengo oído fino, y aunque no puedo desvanecerm e en el aire, puedo asegurarm e de que nadie m e vea, si así lo deseo. Estaba detrás de una cerca cuando un grupo de viaj eros se detuvo en el Cam ino no lej os de aquí, hacia el oeste. Llevaban un carro y caballos y poney s; había m uchos enanos, uno o dos elfos y … un m ago. Era Gandalf, claro está; es inconfundible, usted estará de acuerdo conm igo. Hablaban de un tal señor Bingo Bolger-Bolsón y de sus tres am igos, que se suponía que venían detrás de ellos en el Cam ino. Debo decir que eso fue un tanto im prudente de parte de Gandalf; pero hablaba en voz baj a y tengo oído fino, y estaba m uy cerca de ellos.
» Seguí a Gandalf y a los dem ás hasta la posada. Hubo bastante agitación para una m añana de dom ingo, les aseguro, y el viej o Barnabás corría dando vueltas en redondo; pero se m antuvieron [191] apartados y nunca hablaron fuera de un cuarto cerrado Fue hace cinco días.[131] Se m archaron a la m añana siguiente, y ahora veo aparecer a un hobbit y tres am igos suy os de la Com arca, y aunque dice llam arse Colina, él y sus am igos parecen saber bastante de las andanzas de Gandalf y del señor Bolger-Bolsón de Baj o la Montaña. Soy capaz de atar cabos. Pero no tienen que preocuparse, porque guardaré la respuesta baj o la capucha, com o dij e. Quizá el señor Bolger-Bolsón tenga buenos m otivos para cam biar de nom bre. Pero si es así, le aconsej aré recordar que hay otros, fuera de Trotter, que son capaces de atar cabos; y no todos son dignos de confianza.
—Se lo agradezco —dij o Bingo, sintiéndose aliviado porque al parecer lo que Trotter sabía no era nada grave—. Tengo m otivos para cam biar de nom bre, com o dice usted; pero no entiendo cóm o alguien podría adivinar m i verdadero nom bre por lo ocurrido, a m enos que sea tan hábil com o usted para escuchar indiscretam ente… para… averiguar cosas. Tam poco entiendo por qué tendrían que interesarse por conocer m i verdadero nom bre en Bree.
—¿No lo entiende? —preguntó Trotter en tono som brío—, pero en Bree tam bién saben escuchar indiscretam ente, com o dice usted, y adem ás no le he dicho todo lo que tengo que decirle.
En ese m om ento los interrum pió un golpe en la puerta. El señor Barnabás Mantecona estaba allí, con una bandej a de velas, y detrás venía Nob con j arras de agua caliente.
—Pensé que tal vez querrían pedir algo antes de acostarse —dij o el posadero, dej ando las velas en la m esa—. He venido a desearles buenas noches. ¡Nob! ¡Lleva el agua a los cuartos!
Entró y cerró la puerta.
—El asunto es así, señor… señor Colina —dij o—. Me han pedido varias veces que estuviese pendiente de cuatro hobbits de la Com arca, cuatro hobbits con cinco poney s. ¡Hola, Trotter! ¡Así que aquí estás!
—No se preocupe —dij o Bingo—. Puede decir lo que quiera. Trotter está aquí con m i consentim iento.
Trotter sonrió.
—Bueno —em pezó a decir el señor Mantecona otra vez—, el asunto es así. Hace cinco días (sí, así es, el dom ingo en la m añana, [192] cuando todo estaba en silencio y tranquilo) llegó un grupo de viaj eros. Gentes extrañas, enanos y todo tipo de gente, con un carro y caballos. Y el viej o señor Gandalf venía con ellos. Entonces m e dij e han estado pasando cosas curiosas en la Com arca, y seguram ente regresan de la Fiesta.
—¿De la Fiesta? —dij o Bingo—. ¿Qué Fiesta?
—¡Cielos, señor! La fiesta de la que habló el señor Verde. La fiesta del señor Bolger-Bolsón. Este m ism o m es pasó m ucha gente por aquí hacia el oeste. Unos cuantos Hom bres tam bién, Gente Grande-Grande. Nunca había visto algo igual. Los que hablaban algo decían que iban a la fiesta de cum pleaños del señor Bolger-Bolsón o que le llevaban cosas. Parece que es pariente de ese señor Bilbo Bolsón del que en una época se contaban historias extrañas. En verdad, se siguen contando en Bree, señor; aunque y o diría que en la Com arca y a las han olvidado. Pero, por decirlo así, en Bree som os m ás lentos y nos gusta escuchar historias antiguas m ás de una vez. No creo todas esas historias, por supuesto. Ley endas las llam o. Tal vez sean ciertas, o tal vez no. Entonces, ¿dónde estaba? Sí. Gandalf y los enanos y todos ellos llegaron el dom ingo en la m añana. « Buenos días» , les dij e. « ¿Se podría saber de dónde vienen y adónde van?» , dij e am ablem ente.
Pero él m e hizo un guiño y no dij o nada, y los dem ás tam poco. Pero después m e llevó a un lado y m e dij o: « Mantecona» , eso dij o, « unos am igos m íos vienen detrás de m í y pasarán pronto por aquí. Deberían llegar aquí el m artes,[132] si pueden ir por un cam ino descubierto. Son hobbits: uno es un individuo rollizo y pequeño (le ruego que m e disculpe, señor) de m ej illas roj as, y los otros son sim plem ente hobbits j óvenes. Vendrán en poney s. ¿Puedes decirles que no se detengan? Iré despacio cuando salga de aquí, y espero que m e den alcance, si pueden. Pero no se lo digas a nadie m ás, y no les digas que se queden a descansar aquí. Tu cerveza es buena, pero tendrán que tom ar lo que puedan rápidam ente, y seguir su cam ino. ¿Me entiendes?» .
—Gracias —dij o Bingo, crey endo que el señor Mantecona había term inado; y otra vez aliviado porque le parecía que el m isterio no ocultaba nada grave.
—¡Un m om ento! —dij o Barnabás Mantecona, baj ando la voz—. No he term inado todavía. Otros tam bién han preguntado por [193] cuatro hobbits; y eso es lo que m e desconcierta. El lunes en la noche llegó un individuo alto en un enorm e caballo negro. Veía cubierto con una capucha y una capa. Yo estaba de pie ante la puerta, y m e habló. Su voz m e pareció m uy extraña, y al com ienzo apenas entendí lo que m e decía. No m e gustó su aspecto Pero, por supuesto, preguntó por cuatro hobbits con cinco poney s[133] que venían de la Com arca. Esto es curioso, pensé; pero recordé lo que m e había dicho el viej o señor Gandalf y no respondí a sus preguntas. « No he visto a ningún grupo com o ése» , le dij e. « ¿Qué quiere de ellos o de m í?» Al oír eso le dio un latigazo al caballo sin decir una palabra m ás, y partió cabalgando hacia el este. Los perros aullaban y los gansos graznaban cuando pasó por la villa. Le puedo asegurar que no m e m olestó que se fuera. Pero después oí decir que habían visto a tres individuos que iban por el cam ino hacia Com be, m ás allá de la colina, aunque nadie sabía con certeza de dónde habían salido los otros dos.
» Pero regresaron, aunque usted no m e crea, o eran otros tan parecidos a ellos com o la noche y la oscuridad, y que venían detrás. El m artes en la noche llam aron a la puerta, y m i perro em pezó a aullar y a gritar en el patio. “Es otro Hom bre negro”, dij o Nob que m e vino a buscar con los pelos de punta. Cuando fui a la puerta, m e di cuenta de que era cierto: pero no había uno solo, sino cuatro, y uno de ellos estaba sentado en la oscuridad con el caballo cerca de la puerta. Se inclinó hacia m í, y habló com o susurrando. Sentí un escalofrío en la espalda, ¿m e entiende?, com o si m e hubieran echado agua fría por debaj o de la cam isa.[134] Era la m ism a historia: m e preguntó por cuatro hobbits con cinco poney s. Pero parecía m ás im paciente y ansioso. En realidad, tengo que decirle que m e ofreció un poco de oro y plata si le decía qué cam ino habían tom ado, o si le prom etía estar atento a su llegada.
ocurrieron cosas m uy curiosas y no m e gustaba su voz). “Pero no he visto ningún grupo com o ése. Si usted m e da algún nom bre, tal vez pueda darle un m ensaj e, en caso de que lleguen a m i casa.” Al oír eso, se quedó en silencio un m om ento. Y entonces, señor, m e dij o: “Se llam a Bolsón, Bolger-Bolsón”, y dij o lo últim o siseando com o una víbora. “¿Algún m ensaj e?”, [194] le pregunté, tiritando de pies a cabeza. “No, dígale solam ente que querem os encontrarlo pronto”, dij o siseando; “tal vez nos vea otra vez”, y partió con sus com pañeros, y desaparecieron rápidam ente en la oscuridad, así, por todas esas ropas negras que llevaban.
» ¿Y qué le parece todo eso, señor Colina? Debo confesarle que no estoy m uy seguro de que ése sea su verdadero nom bre, le ruego que m e perdone. Pero espero haber hecho lo que tenía que hacer, porque m e parece que esos individuos negros quieren hacerle daño al señor Bolger-Bolsón, en caso de que sea usted.
—¡Sí! Es el señor Bolger-Bolsón —dij o Trotter de pronto—. Y tendría que estarte agradecido. Sólo puede agradecerse a sí m ism o y agradecerles a sus am igos si toda la villa sabe su nom bre y a.
—Sí, le agradezco —dij o Bingo—. Lam ento no poder explicárselo todo, señor Mantecona. Estoy m uy cansado, y preocupado. Pero en pocas palabras esos… bueno… esos j inetes negros son precisam ente de quienes estoy tratando de escapar. Le estaré m uy agradecido (y Gandalf y m e im agino que el viej o Tom Bom badil tam bién lo estarán) si olvida que alguien m ás fuera del señor Colina pasó por aquí, aunque espero que esos detestables j inetes no vuelvan a m olestarlo.
—¡Espero que no! —dij o Barnabás.
—¡Bien, buenas noches entonces! —dij o Bingo—. Le agradezco nuevam ente su am abilidad.
—Buenas noches, señor Colina. ¡Buenas noches, Trotter! —dij o Barnabás—. Buenas noches, señor Pardo y señor Verde. ¡Cielos! ¿Dónde está el señor Ríos?
—No sé —dij o Bingo—, pero supongo que está fuera. Dij o que iba a salir a tom ar un poco de aire. Volverá pronto.
—Muy bien. No lo dej aré fuera —dij o el posadero—. ¡Buenas noches a todos! —Luego salió y sus pasos se perdieron en el pasillo.
—¡Bien! —dij o Trotter, antes que Bingo pudiera decir nada—. El viej o Barnabás y a le dij o m ucho de lo que tenía que decirle. Yo m ism o vi a los Jinetes. Hay siete por lo m enos. Eso cam bia todo, ¿verdad?
—Sí —dij o Bingo, ocultando su tem or lo m ej or que podía—. [195] Pero y a sabíam os que nos estaban persiguiendo, y al parecer no descubrieron nada nuevo. ¡Qué suerte que hay an venido antes que nosotros!
—Yo no estaría tan seguro —dij o Trotter—. Todavía tengo algo m ás que decirle. [Añadido a lápiz. El sábado pasado vi a los j inetes por prim era vez, al
oeste de Bree, antes de cruzarm e con Gandalf. Es posible que tam bién hay an ido siguiendo su rastro. Y tam bién vi a los que visitaron a Barnabás. Y] el m artes en la noche estaba recostado en un m ontículo j unto a la cerca del j ardín de Bill Helechal y lo oí hablar. Es un individuo extraño, y sus am igos se le parecen. Lo habrá visto usted entre los huéspedes: un suj eto m oreno y m alhum orado. Salió inm ediatam ente después de la canción y el « accidente» . Yo desconfiaría de él. Le vendería cualquier cosa a cualquiera. ¿Me entiende? No vi con quién estaba hablando Helechal ni escuché lo que decían; sólo oí siseos y susurros. Eso es todo lo que tengo que decirle. En cuanto a m i recom pensa, haga lo que le plazca. Pero en cuanto a acom pañarlo o no, sólo le diré esto: conozco todas las tierras entre la Com arca y las Montañas, pues las he recorrido casi todas a lo largo de m i vida; y soy m ás viej o de lo que parezco. Le puedo ser útil. Supongo que tendrá que dej ar el Cam ino descubierto después del accidente de esta noche. Pero presiento que no querrá cruzarse con ninguno de esos Jinetes Negros si puede evitarlo. Les tengo pavor.
Trotter se estrem eció, y vieron con sorpresa que se había cubierto la cara con la capucha y las m anos. La habitación parecía m uy tranquila y silenciosa, y la luz pálida.
—¡Bien! ¡Ya pasó! —dij o al cabo de un instante, echando atrás la capucha y apartando los cabellos que le caían sobre la cara—. Quizá sé o adivino m ás que usted sobre esos Jinetes. Usted no les tem e bastante… todavía. Sin em bargo, es m uy posible que oigan hablar de usted esta m ism a noche. Mañana tendrá que m archarse de prisa y en secreto (si es posible). Pero Trotter podría guiarlo por senderos poco transitados. ¿Lo llevará con usted?
Bingo no respondió. Miró a Trotter, un individuo som brío, indóm ito y toscam ente vestido. Era difícil tom ar una decisión. No dudaba que gran parte de la historia fuese cierta (y, adem ás, el relato del posadero la confirm aba); pero no era tan fácil estar [196] seguro de sus buenas intenciones. Tenía una m irada m isteriosa, pero había algo en él, y algo en su m anera de hablar que con frecuencia se apartaba de los rústicos m odales de los m ontaraces y las gentes de Bree; algo que parecía cordial, e incluso fam iliar. El silencio se hizo m ás profundo, y Bingo aún seguía indeciso.
—Bueno, y o digo que venga, si necesitas que te ay ude a decidir —dij o Frodo finalm ente—. En todo caso, y o diría que puede seguirnos dondequiera que vay am os, aun si no quisiéram os llevarlo con nosotros.
—¡Gracias! —dij o Trotter, sonriéndole a Frodo—. Es verdad: podría seguirlos y tendría que seguirlos, porque sentiría que es m i deber. Pero tengo una carta para usted; creo que le ay udará a tom ar una decisión.
Ante el asom bro de Bingo, sacó de un bolsillo una pequeña carta sellada y se la pasó. Afuera decía « B de G j» .
Bingo exam inó cuidadosam ente el sello antes de rom perlo. Parecía ser el de Gandalf; tam bién parecían ser suy as la letra y la runa j. Dentro, había el siguiente m ensaj e. Bingo lo ley ó en voz alta:
Mañana del lunes 26 de septiembre. Querido B. No te detengas mucho tiempo en Bree; no pases la noche aquí si puedes evitarlo. Me han llegado algunas noticias en el camino. Los perseguidores están cerca: hay 7 por lo menos, tal vez más. No vuelvas a usarlo, ni siquiera para hacer una broma. No viajes cuando esté oscuro ni cuando haya niebla. Avanza todo lo que puedas de día. Trata de alcanzarme. No puedo esperarte aquí, pero avanzaré despacio por un día o dos. Busca nuestro campamento en la Colina de la Cima de los Vientos.
[136] Te esperaré allí todo lo que pueda. Le daré esta carta a un montaraz (un
hobbit salvaje) llamado Trotter: es moreno, tiene cabellos largos, ¡usa zapatos de madera! Puedes confiar en él. Es un viejo amigo y sabe mucho. El te llevará a la Cima de los Vientos y más lejos si es necesario. ¡Date prisa! Tuyo.
] 9 s k 9 8 r Gandalf j [137]
Bingo m iró la letra arrastrada, parecía tan genuina com o el sello. —¡Bien, Trotter! —dij o—, si m e hubieras dicho en seguida que [197] tenías esta carta, todo habría sido m ás fácil, y nos habría ahorrado una larga charla. ¿Pero por qué inventaste toda esa historia de lo que habías escuchado indiscretam ente?
—¡No la inventé! —dij o Trotter riendo—. Le di un buen susto al viej o Gandalf cuando m e asom é por detrás de la cerca. Le dij e que tenía suerte de que fuese un viej o am igo suy o. Tuvim os una larga charla, sobre m uchas cosas. Bilbo y Bingo y el [añadido a lápiz: Jinetes y el] Anillo, si quieres saberlo. Se alegró m ucho al verm e, porque tenía prisa pero estaba m uy ansioso por ponerse en contacto contigo.
—Bueno, debo reconocer que m e alegra que m e hay a escrito —dij o Bingo —. Y si eres am igo de Gandalf, ha sido una suerte encontrarte. Lam ento