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Auge del bautismo de infantes

In document EL-DQD- (página 130-133)

Quizá la mejor defensa del bautismo infantil que se haya escrito es el libro de Geoffrey Bromiley titulado Hijos de

promisión. Empieza con la declaración: “La mayor dificultad

en relación con el Nuevo Testamento es que no nos da la evidencia clara y directa a favor o en contra del bautismo de infantes, la cual desean la mayoría de las personas y muchos piensan hallar en sus páginas”.'

Bromiley admitió lo que han reconocido todos los paidobautistas (aquellos que creen en el bautismo de infantes), a saber, que no existe evidencia de que hayan sido bautizados infantes en las iglesias del Nuevo Testamento. Algunos han sugerido que en los bautismos familiares descritos en el libro de Hechos, es posible que se hayan incluido a los niños, pero esto es conjetura. De hecho, la evidencia apunta en dirección opuesta, puesto que el texto afirma algunas veces de forma explícita que el bautismo era dado a quienes respondían al mensaje. Por ejemplo, en el caso del carcelero de Filipos leemos: “Y le hablaron la palabra del Señor a él y a todos los que estaban en su casa” (Hch. 16:32). Esto explica por qué los de su casa pudieron haber sido bautizados, ya que todos tenían la edad suficiente para oír y entender la Palabra. Como veremos, el bautismo infantil descansa sobre otras premisas teológicas.

En el Nuevo Testamento, el bautismo venía inmediatamente después que una persona ejercía fe personal en Cristo. Por lo que sabemos, no hubo creyentes sin bautizar en la iglesia primitiva. Todos los creyentes fueron bautizados como testimo­ nio de su fe.

¿De dónde salió el bautismo de infantes? Se podría esperar que encontráramos referencias a la práctica en los escritos de los padres de la iglesia, es decir, aquellos que habían conocido a

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los apóstoles. No es así. Por ejemplo Ireneo, quien conoció a Policarpo el discípulo del apóstol Juan, escribió un tratado sobre teologia en cinco volúmenes y no hizo referencia alguna al bautismo infantil.

En la epístola a Bernabé (aprox. 120-130) se dedica un capítulo breve al bautismo, pero solo al bautismo de creyentes: “Descendemos al agua llenos de pecados y vileza, y salimos llevando fruto en nuestros corazones, temor y esperanza en Jesús en el Espíritu”.2 Más revelador todavía es el hecho de que en la

Didaqué, un manual antiguo para el ejercicio del ministerio

cristiano (aprox. 100-110), se da instrucción detallada sobre la conducta moral de la persona que es bautizada. Explica que debe emplearse agua de una corriente; si no hay acceso a ella, agua en un estanque. Si no hay agua suficiente para la inmersión, debe derramarse agua sobre la cabeza tres veces, en el nombre del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Sin embargo, no se hace mención alguna al bautismo de infantes.

¿Dónde encontramos las primeras referencias al bautismo de infantes? Con el auge del sacramentalismo (discutido en un capítulo anterior), se llegó a creer que el bautismo y la comunión eran medios de gracia dados a la iglesia. En ese caso, pareció lógico administrarlos a infantes y adultos por igual. Nuestra primera referencia explícita al bautismo infantil viene de Tertuliano, un líder en la iglesia al norte de África (aprox. 200). Tertuliano se pronunció en contra de la práctica, insistiendo en que los niños debían acudir para ser bautizados después de haber crecido lo suficiente para entender lo que estaban haciendo. “Por lo tanto, según la condición y disposición de cada uno y también conforme a su edad, es más provechoso postergar el bautismo, sobre todo en el caso de niños pequeños”.1 Su objeción muestra

que para el año 200 ya se practicaba en algunas iglesias.

La segunda referencia al bautismo infantil proviene de los escritos de Orígenes, quien nació en una familia cristiana en Alejandría, Egipto. Este teólogo disfrutó fama como maestro, aunque más adelante fue forzado a trasladarse a Palestina a causa

del antagonismo del obispo de Alejandría. En un comentario sobre el libro de Lucas, escribió que los infantes son bautizados “para que sea quitada la polución de nuestro nacimiento”. Repitió en esencia la misma declaración en un comentario sobre Romanos.

Los eruditos difieren en cuanto a la magnitud y relevancia que debe darse a estos pasajes. Aunque Orígenes escribió en griego, estos textos solo existen en una traducción latina hecha por un hombre llamado Rufino, quien vivió en un período pos­ terior y fue objeto de notoriedad por la costumbre que tenía de añadir sus propias opiniones a las traducciones que hacía. Algunos piensan que añadió estas referencias al bautismo de infantes para armonizar la enseñanza de Orígenes con las creencias de la iglesia latina de su tiempo. No obstante, si las declaraciones de Orígenes son auténticas, constituyen por cierto un testimonio importante de la práctica del bautismo infantil y su justificación racional en la iglesia alrededor del año 240.

La tercera referencia se encuentra en los escritos de Cipriano, también del norte de África. Cerca de 251 d.C., preguntó a los delegados en un concilio eclesiástico si les parecía que el bautismo debía postergarse hasta el octavo día después del nacimiento. Registra que el concilio, compuesto de sesenta y seis obispos, dijo que el bautismo no debía retrasarse “no sea que al hacerlo expongamos el alma del niño al riesgo de perdición eterna”. Aquí tenemos una referencia explícita que vincula el bautismo de infantes con la regeneración espiritual. En un documento posterior, Cipriano también mencionó que los infantes además debían recibir la comunión. Si la gracia es comunicada a través de los sacramentos, no debería negarse esta bendición a los niños.

Agustín es nuestro cuarto testigo del norte de África quien defendía el bautismo de infantes. Como hemos aprendido, él tuvo un gran efecto en la manera de pensar de la iglesia cristiana. Enseñó que el bautismo infantil se remontaba a tiempos apostólicos, aunque no cita por nombre a alguno que lo enseñase

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antes de Cipriano. De manera consecuente a la teología del área, también atribuye autoridad apostólica a la práctica de la comunión para infantes. Ambos sacramentos son necesarios para la salvación; por lo tanto, ambos deben ser administrados a los recién nacidos. “Si pues, como concuerdan tantos testimonios divinos, ni la salvación, ni la vida eterna debe ser esperada por alguno sin bautismo y sin el cuerpo y la sangre de nuestro Señor, son cosas prometidas en vano a los infantes sin estos sacramentos”.4

Las iglesias que creían en el sacramentalismo administraban ambas ordenanzas a los infantes. Jewett comentó al respecto: “Tampoco se le ocurrió a nadie en la iglesia antigua cuestionar el derecho de los infantes a la eucaristía una vez que quedó establecido el derecho de acogerlos en el seno de la iglesia”. La teoría de que los infantes deben ser bautizados pero no se les puede dar comunión, dice Jewett, “se basa en desarrollos dogmáticos medievales en la iglesia occidental que no tuvieron que ver con una visión evangélica de los sacramentos”.5

Con el desarrollo del bautismo de infantes, surgió la idea de apadrinar a los niños. Tertuliano, quien habló en contra del bautismo de infantes, dijo que estos patrocinadores corrían el peligro de hacer promesas apresuradas al decir que el niño sería un buen cristiano el resto de su vida. “¿Quién puede estar seguro de que así será?”, preguntó.

La práctica del bautismo infantil surgió por ende al norte de África en algún momento de la segunda mitad del siglo segundo, debido en gran parte a la creencia de que el perdón de los pecados venia a través de los sacramentos. De conformidad con este sacramentalismo, también se empezó a administrar la comunión a los niños.

Significado del bautismo infantil en tiempos

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